Después de aquel desaire en el banco por no saber firmar, Estelia se propuso entrar a estudiar para aprender a leer y a escribir. Se inscribió en un colegio gratuito de enseñanza acelerada. Agacha la cabeza cuando dice que a su edad apenas ha empezado a estudiar, pero también piensa que a pesar de todo llegar a la ciudad fue bueno para ella. 

–Yo allá no pensaba como pienso ahora, uno acá en la ciudad sin estudio no vale nada. En el Chocó no necesitaba estudio porque allá la gente trabaja de su cuenta; allá nadie lo humilla, si usted quiere irse a trabajar se va y si un día no quiere pues no va, pero tiene su comida y con qué vivir. En cambio acá para barrer calles tiene que ser bachiller.

Estudia los sábados de doce del mediodía a siete de la noche. Ya cursa cuarto grado. Hace lo que puede por aprender pero no puede concentrarse por completo, tiene que encargarse de todo en la casa: el oficio, los niños y sus tareas del colegio. A ese ritmo es poco lo que puede dedicarse a estudiar.

Desde aquella noche en que tuvo que huir de Istmina, tiembla cuando ve un arma. Hace unos días cuando iba caminando por las calles polvorosas de su barrio, vio a un hombre que llevaba un revólver. Salió corriendo para su casa, con sus manos temblorosas intentó abrir la puerta, pero sentía que no la abría, que la llave no encajaba. Se metió a su casa pálida del susto. Cada que escucha disparos o se enfrenta a alguna situación peligrosa, Estelia se acuerda de los momentos de miedo que vivió en su Chocó –yo estoy como marcada por la violencia, no he podido superarlo–, cuenta. 

Estelia conoce poco de la ciudad, no sale mucho del sector en el que vive en el Distrito de Aguablanca. Para ella Cali debe verse como una ciudad enorme y desconocida. Sigue recordando con nostalgia su pueblo.

 –Sacarlo a uno de su tierra, de donde uno es, donde tenía mis cosas, mi banano, mi papa china, todo. Toda mi familia ha vivido de criar gallinas, marranos, de sembrar maíz, plátano, arroz, de matatai como se dice por allá. En cambio acá es tan diferente. Cuando salgo me siento como mosco en leche. Esto por acá es muy duro.

Aunque Estelia recuerda los días tranquilos en que se bañaba en el río, recogía  maíz, yuca y papa china, no quiere regresar a su tierra. No olvida cuando bajaba gente muerta por el río o cuando alguno de los habitantes hacía algo que no fuera del agrado de los hombres armados y terminaba muerto o desaparecido, como le pasó a su vecino Jorge que desapareció y nunca se volvió saber de él. 

–La ley allá no existía, la ley eran ellos (los hombres encapuchados)…la vida por acá es muy dura, pero yo no deseo volver a mi tierra, prefiero vivir en la invasión –dice Estelia frunciendo el ceño como si de repente regresaran todos los malos recuerdos. No volvió a saber nada de aquel lugar, de solo pensar en esos días se estremece.

***

Hace unos días su mamá le dijo que estaba orgullosa de ella, que había avanzado mucho más de lo que lo hubiera hecho en el campo: ya sabe escribir su nombre y está mejorando la lectura. Estelia está empeñada en aprender mucho más. Aunque para ir a estudiar debe dejar a sus hijos solos, está convencida de que no puede desaprovechar la oportunidad de estudiar si quiere conseguir un buen empleo, dejar de vivir donde vive...un mejor futuro para ella y sus hijos. Quiere que ellos también se sientan orgullosos de ella.

–Pero yo no sé qué me pasa, me atacan los nervios, de la ansiedad que tengo de aprender a escribir bien, me atrofio y no puedo escribir. Tengo la mano pesada –dice Estelia empuñando las manos en señal de impotencia. Le aterran los dictados y odia su letra ladeada y disforme. Su sueño es terminar de estudiar y sacar a sus hijos de la invasión en donde viven, no quiere que crezcan en ese entorno de violencia del que ella quiere huir.

En Colombia se lee un promedio de dos libros al año por habitante, Estelia ha leído dos libros en sus 24 años de vida. Recuerda especialmente el primero que leyó: Mapaná, del escritor Sergio Álvarez. Un cuento de 112 páginas que narra la historia de Colacho, un niño de 13 años que emprende una travesía por la selva amazónica en busca de su mascota, una boa entrenada llamada Mapaná, que le robaron unos traficantes de animales. El niño debe enfrentarse a numerosas dificultades que a la vez contextualizan el relato de un país violento. Quizás la aventura de Colacho identifica a Estelia un poco con su propia historia de violencia. Ese primer libro le costó diez mil pesos en el Parque Santa Rosa y a punta de lectura silábica tardó varios meses en leerlo. 

Antes de conocer personalmente a Estelia, me sorprendió darme cuenta que tenía Whatsapp. Le escribí de inmediato. 

–Hola ¿Estelia? –¡Doble chulito! El mensaje llegó. Después de un rato noté que aparecía en su ventana ‘escribiendo’, pero ninguna respuesta aparecía. Tardó unos minutos más hasta que por fin contestó: 

–Hola –y fue todo lo que escribió.

Estelia es uno de los más de mil millones de usuarios que registra la aplicación de mensajería instantánea Whatsapp –casi uno de cada siete habitantes de la Tierra– que envían más de treinta mil millones de mensajes al día. Para miles de usuarios la aplicación se ha convertido en un instrumento indispensable de la comunicación diaria, para Estelia escribir desde su celular es toda una proeza.

Sus compañeras del colegio escriben en Whatsapp moviendo los dedos a una velocidad que por ahora es imposible para ella. Espera el día en que pueda escribir igual de rápido. 

Mientras para algunos la ortografía en los mensajes no tiene mayor importancia, Estelia lucha con la franja roja debajo de las palabras que indica error de escritura. Piensa, borra y escribe de nuevo hasta que desaparezca. 

–A veces cuando tengo datos me pongo a escribir, así me demore mucho, pero me fascina porque en el teléfono no sale la letra ladeada como es mi letra, sale derechita –dice riéndose.

Me reuní algunas veces con Estelia para ayudarle en su proceso de aprendizaje de lectoescritura. Leímos cuentos, mitos y leyendas del pacífico colombiano. Nuestros encuentros terminaron desde que consiguió trabajo en una casa de familia. De vez en cuando hablamos por Whatsapp y cada vez tarda menos en escribir ‘hola’, a veces prefiere enviar notas de voz.

Estelia no es la que mejor escribe y lee en su clase, pero se siente feliz porque por lo menos ya sabe escribir su nombre. 

–Cada vez que voy a firmar me recuerdo de esa frase que me dijo esa señora, y yo digo: Dios mío las cosas no son imposibles, sino que uno cree que no se puede.