- Aló

- ¿Animal Safe?

- Sí, cómo no

- Mire, es que quiero ir a la fundación, ¿cómo llego?

- Va a la terminal y toma un bus que lo deje  por el kilómetro tres de la vía Ginebra - Buga. Pregunte si pasa por la fundación, ellos le llaman “la perrera”.

-  Gracias, ya los estaré visitando.

- Okey, nos vemos.

 

Por: Edwin Ruiz

Allí están. 400 perros y perras laten sin cesar. Reaccionan ante la presencia del intruso. Lo quieren ahuyentar. Las experiencias con mis congéneres los tienen tras las rejas.  Han perdido la libertad. Dejaron de jugar en el parque con sus amos, dejaron de ser sus mejores amigos. Ya no vagan sin rumbo por la ciudad con su manada, buscando comida, pleitos, olfateando feromonas. Ahora están en el albergue. Rodeados por los cañaduzales interminables que abundan en el Valle y resguardados por una cerca de mallas y alambres de púas. Hay un bloque de tres pisos en ladrillo arquitectónico, parece una casa de un conjunto residencial con sus balcones y alcobas en las que dormitan. Los perros suben y bajan por sus gradas externas. En un amplio pavimento están los patios, son alrededor de 20, cada uno para 20 canes.  Las celdas son asignadas dependiendo del carácter de los animales.  Los mansos entre mansas. Generalmente, dos machos sin castrar para 18 hembras, que cuando llegan son esterilizadas y sus ovarios son extraídos. En el último rincón están los furiosos, los que hacían honor al aviso “cuidado, perros bravos”. En ese patio hay rastros de sangre, a veces se devoran los unos a los otros, aunque en esta ocasión es la de un perro enfermo. Una acequia angosta recorre a lo largo el albergue. Los ratones nadan en ella, pero no se atreven a pasar los límites, son un manjar para estos perros que se vuelven gatos.

Adentro, los animales ladran pero no muerden. Es la hora del almuerzo. En la cocina está don Reinaldo quien era el veterinario, ahora les prepara el alimento. En unas ollas cilíndricas que le llegan hasta su cintura elabora una mezcla de cuchuco de maíz con menudencias de pollo. Con el tiempo él y los demás trabajadores se han acostumbrado a convivir en el lugar. Cualquiera no lo soportaría todos los días. En el poco tiempo que llevo, siento dolor de cabeza y empiezo a toser. Mis oídos están por colapsar ante los  cientos de perros que ladran sin cesar, cada uno con intensidad entre 50 decibeles y 80 decibeles aproximadamente; el tímpano empieza a afectarse a los 70 decibeles y el ser humano presenta daños graves a partir 120 dB. Un calor intenso evapora sustancias químicas y residuos, un olor fuerte parecido al de la papa descompuesta se propaga por el lugar. A pesar de todo, los trabajadores dicen que no se han enfermado, aunque sus caras reflejan la dureza del trabajo.  Algunos animales han acabado de comer.  La siesta es una manifestación de relajación, están unos sobre otros en los mesones y en el piso. En otro lado del patio, para escapar a la inclemente temperatura de una tarde soleada, los perros jadean intensamente, sólo pueden sudar por las plantas de sus patas, el resto del cuerpo no tiene poros.

 

 

¿Cómo llegan? No hace falta hacer redadas, las ex mascotas son llevadas a la “perrera”.  Un perro al niño dejó de fascinarle como juguete nuevo, el cachorro creció y dejó de ser lindo o tierno, su enfermedad parecía no tener cura, se envejeció y no cuidaba la casa como antes. Ya no fue útil. Entonces sus amos, sus mejores amigos tomaron el camino fácil. No querían tener remordimientos de conciencia dejándolo en la calle, pero tampoco querían hacerse a cargo del animal. Prefieren la noche para no ser vistos, toman su camioneta o su moto, se dirigen al kilómetro tres. Unos los amarran a la puerta principal, otros los lanzan desde sus vehículos. Un día arrojaron varias cajas por encima de la cerca, un trabajador fue a inspeccionar y venían veinte cachorritos. De Crash, Rufo, o Sacha, pasan a llamarse Amarillo Mediano patio 3A, Negra bodega, Blanca Tumor patio 2B. El perro enfermo recibe tratamiento y el que llega sano, a los pocos días se contagia de alguna enfermedad. Probablemente de moquillo. Los puede dejar paralíticos, con neumonía; pueden quedar sordos, ciegos o sin su sentido más preciado y sensible, el olfato. El 50% de quienes padecen moquillo tienden a morir.  El can que se está curando elimina el moquillo a través de sus secreciones y excreciones, en el albergue. Defecan en cualquier lugar del patio, de allí el alto riesgo de propagación del virus. Yuldor, el veterinario, se encarga de vacunar y proporcionar medicinas a los refugiados. Tiene 18 años, usa botas de pantano y un delantal azul celeste. Siempre ha colaborado con la fundación. Le heredó la vocación a su padre. Casi siempre permanece en el consultorio, que a su vez es laboratorio y sala de  cirugías. No hay mucha ventilación, así que el fastidioso olor de afuera se concentra. Un mesón está repleto de jeringas cargadas con medicamentos y vacunas. Los perros no hacen fila para que los inyecten, Yuldor en compañía de Reinaldo, el cocinero, y Rubén, un ayudante de oficios varios, va tras ellos patio por patio. Entre los tres agarran a uno, es de color amarillo ocre y opone una resistencia mínima. Reinaldo con una cuerda lo enlaza, le forma un bozal, lo toma por las patas y lo deja ensimismado e impotente. Luego Rubén lo levanta sosteniéndolo del cuero. Yuldor acaricia bruscamente su pata, detecta la vena, oprime la inyección. Suelta el animal de raza... no sé de cual será y es difícil saberlo. Los perros callejeros son producto de cruces y más cruces, se montan en cualquier perra en calor, sin importar la raza, ni el color. El veterinario regresa al consultorio, enciende el portátil, se conecta al Facebook y escucha reggaetón cubriendo un poco los ladridos.

La gente prefiere el pedigrí, a los finos y puros. Por cada persona de buen corazón que decide adoptar, ingresas tres, cinco o siete parias descastados a la fundación. Para evitar el hacinamiento y condiciones sanitarias indeseables, el más enfermo, el que ya no tiene cura, es sentenciado a la eutanasia: 20 minutos para llegar a “la muerte dulce”. Poco a poco una dosis de sedante entra por uno de sus músculos, las angustias y los dolores van desapareciendo hasta llegar a un grado de plenitud. Después viene la anestesia, que refuerza el efecto de los sedantes; al animal lo desconectan de sus recuerdos y de la consciencia de su existencia. Por último, le inyectan en sus venas una solución que súbitamente detiene los latidos de su corazón. Del procedimiento pasa a la fosa, en dónde están otros cientos de perros que fueron considerados sin remedio.

 

 

Allí quedaron. Ahora me despiden. Un perro, flaco, peludo, mediano, me muestra sus colmillos ladrando agudamente. Me reclama, tal vez me expresa su odio o solo quiere defenderse y marcar su territorio. Un cachorro me acompaña hasta la salida. Y dando  un último vistazo a la “perrera” topo con una mirada de desilusión y decepción de un can que debería estar en libertad, jugando con quien consideraba su mejor amigo, pero ahora sus amigos son su manada.

Estando lejos del albergue, mi nariz sigue impregnada de aquel olor.