Miradas: de frente con la guerrilla 

El primer día del voluntariado, todos estamos nerviosos; tenemos prejuicios encima más allá de la voluntad y el deseo de paz. Entre voluntarios y guerrilleros hacemos un ejercicio para vernos como iguales: debemos sostenernos la mirada por tres minutos. Estoy frente a un guerrillero, se llama David y quiere ser periodista, igual que yo, la diferencia es que él dejó la Universidad Nacional en tercer semestre para entrar al movimiento. Tenemos la misma edad, pero hemos vivido los 21 años de formas muy distintas, yo ni siquiera he visto un arma de cerca, él las ha manipulado; lo más próximo que he estado del campo ha sido en las vacaciones cuando visitaba a mi abuela en la finca o a mi tía en el Huila, él lleva cuatro años viviendo entre la selva; yo vivo con mis padres y mi hermana, él hace dos años volvió a tener contacto con sus padres por Facebook, pero considera que su verdadera familia es la guerrilla; yo no he vivido la muerte de un amigo, aún salgo con los compañeros de la universidad  a bailar o a comer, él ya perdió a dos de los tres amigos con los que se enlistó. Para mí, ver la luna llena a las cinco o seis de la mañana es de admirar, me entretiene, para ellos, me decía uno de los guerrilleros, significaba que el ejército iba a atacar debido a que el cielo estaba despejado y podía ubicarlos mejor desde los helicópteros. Escuchar un avión para mí es mirar hacia el cielo y pensar “¿a dónde va?”, para ellos era correr por sus cosas ante un posible bombardeo.    

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Aquí en las FARC, hay desde guerrilleros que no terminaron el colegio hasta profesionales graduados. El departamento de propaganda es una muestra de esto: jóvenes que militaron desde los 14 años y desean estudiar comunicación social, estudiantes que dejaron su carrera para unirse al movimiento y profesionales como Santiago, un publicista chileno que se enlistó hace un par de años. Pero no es el único que viene de otros países, hay brasileros, ecuatorianos y hasta holandeses. 

Boris Guevara entró a los 17 años a las FARC, lleva la mitad de su vida militando, es uno de los integrantes del departamento de propaganda, y el encargado de hacer la presentación esta mañana. Con el proyector como apoyo y la cámara sobre la mesa, el hombre de tez morena, lentes delgados y camisa manga larga, da un contexto histórico de las FARC con respecto al equipo que en otra organización se llamaría “de comunicaciones”. Acá  ese término es usado para las conexiones de radio y teléfonos satélites, por eso se les conoce como “propaganda”. El espacio construido con guaduas como soportes, tela negra de construcción como paredes y tejas de zinc en el techo, se queda pequeño, incluso para el reducido público que somos.  

Antes de que iniciaran los Diálogos de  Paz, el deber del departamento de propaganda era repartir volantes, poner las pancartas y pintar los muros en las tomas, incluso llegaron a imprimir revistas sobre el movimiento y formar estaciones de radio, que terminaban bombardeadas. Al llegar a La Habana, los guerrilleros que tuvieran Facebook eran sancionados; si deseaban tener un perfil, debían pedir permiso a sus comandantes. Con el avance de los diálogos, la apertura en las redes sociales para el movimiento fue más amplia, el cese al fuego y de hostilidades bilateral y definitivo permitió que se pudiera registrar más de la vida diaria de los guerrilleros. “Más o menos el 80% de la memoria de guerra se ha perdido”, asegura Boris Guevara mientras nos mira por encima de las gafas y recuerda que fue en Cuba donde la delegación del movimiento dio la orden de recuperar la memoria histórica de las FARC.

Durante años, las fotos y videos en esta guerrilla estuvieron prohibidos. Las emboscadas en los campamentos, el movimiento constante y los enfrentamientos con el ejército, hacían imposible conservar la información. “Muchas veces es más valiente el que se para con una cámara frente al combate que el que lo hace con un fusil”, asegura Boris. Los discos duros, casetes y computadores donde tenían los archivos terminaban destruidos o en manos del ejército. “O cargas con tu Pc o cargas comida”, dice Guevara quien, con las mismas manos que diseñaba explosivos hoy toma fotos y edita videos para las redes sociales del Bloque Occidente de las FARC-EP. 

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En el pequeño intento de auditorio, guerrilleros y voluntarios nos hemos unido a ver un video preparado por estudiantes de Bellas Artes, la premisa para el que está frente a la cámara es: “¿qué le preguntarías a un guerrillero?”. Me quedo mirándolos, siento que va a ser un tanto incómodo. Las palabras de quienes aparecen en el video provocan susurros, ¿qué sintió al disparar un arma?; melancolía, ¿qué es lo que más va a extrañar de estar en la guerrilla?; risas, ¿qué es lo más extraño que ha comido?; secretos y extrañezas, ¿con qué planifican las mujeres de las FARC o no les permiten tener relaciones?; indignación, ¿ustedes se cepillan los dientes? “Nos creen monstruos, no creen que somos personas que nos comportamos como ellos”, decía una de las guerrilleras a otra compañera. Agacho la mirada. Muchos, hasta hace poco, los veíamos sólo como un grupo armado que habitaba la selva.

En medio de los panes y galletas que enviaba la Organización de Naciones Unidas, y el café con el que complementábamos el refrigerio, escuchamos a los guerrilleros comentar algunas de las respuestas a las preguntas: unos no sintieron nada al disparar un fusil, cada quien decide el método de planificación que quiere o puede aplicar el que le recomiende el médico de un centro de salud o el de la guerrilla. Una mujer del movimiento aseguró que iba a extrañar todo: “la guerrilla es mi familia”. Entre risas por las respuestas y los asombros de los guerrilleros ante las dudas que teníamos, le insistimos a una de las guerrilleras “¿Qué es lo más extraño que has comido?”, “El pan de la ONU” respondió ella.

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Verlos a la cara es distinto a lo que muchos imaginamos. No, no da miedo. Parecen campesinos, muchos lo son. La mayoría tienen el rostro manchado por el sol, usan botas militares o pantaneras y algunos tienen al menos una prenda con camuflado. Aquí no se valen de nombres, basta con decirles camaradas. Cuando los llaman para recibir órdenes o las funciones del día, o cuando se paran a recibir una clase lo hacen con las piernas abiertas a la altura de los hombros y las manos en puño atrás de la espalda. Acá, no se les olvida un “Buenos días”, aunque no nos conocen nos invitan a tomar tinto cuando nos ven temblando de frío, corren a buscar miel de abeja cuando ven a alguien con molestia en la garganta, se burlan de nosotros cuando nos llevan una ventaja de cinco goles en un partido y se emocionan como niños cuando deben adivinar el nombre de un número y decir si es unidad, decena o centena. 

 

Paz: una firme convicción

Cinco días después de la llegada no me he sentido vulnerada o atacada en ningún momento. Tengo la confianza de dejar mis cosas en un lugar y encontrarlas ahí después de horas. Los hombres y mujeres de las FARC se sientan a nuestro lado en el almuerzo o en los refrigerios y empiezan a contarnos sus historias: Hermanos paramilitares, primos en el ejército, médicos de las Fuerzas Armadas que les han salvado la vida a cambio de dinero, enfrentamientos de horas con soldados, cenas de menos de media libra de harina disuelta en agua para 20 personas y guerrilleros que nunca han disparado un fusil.      

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Tratar de entender un conflicto armado como el que vivió Colombia con las FARC es muy complicado, no se trata de separar entre buenos y malos, entre quién tiene la razón y quién no. Hay tantos matices como opiniones y versiones de una guerra. 

Las fotos del voluntariado empiezan a estar en las redes y los comentarios no se hacen esperar: adoctrinamiento, simpatizantes y colaboradores se quedan cortos para los insultos que rodean las imágenes. “¡Estudiantes conviviendo con guerrilleros!”, exclaman algunos, no como reproche, sino como advertencia. Esa realidad de las amenazas y el señalamiento apenas se dibuja en un escenario de posconflicto. 

La polarización entre los que apoyan y desaprueban los acuerdos o la reincorporación de las FARC a la vida civil y política de forma legal es tanta que ya no sólo es riesgoso estar de acuerdo con un lado, sino no apoyar por completo alguno de los dos. Pero estar de frente y convivir, en medio de un proceso de paz, con quienes se han considerado enemigos, es solo un paso para la consolidación de los acuerdos y la realidad que en unos años vivirá el país. 

“La paz no es una estrategia, es una firme convicción”, cantaba Alexandra Nariño, más conocida como la guerrillera holandesa, en la despedida que nos daban los farianos al terminar la jornada del voluntariado en La Elvira, Cauca. Lina es el reflejo de la conciencia que tiene las FARC sobre el fin de la confrontación armada y la necesidad que tiene la implementación de los acuerdos y el proceso paz de integrar a la comunidad en la participación política. Hace menos de tres años, Lina terminó el grado once y hace uno, mientras finalizaban las conversaciones en La Habana, cumplía su anhelo de pertenecer a las FARC.  Ya no se trata de engrosar las filas y entrenar un ejército, ahora es cuestión de preparase para defender las ideas a través de los discursos y el debate público. Un paso más difícil que el de coger las armas. Recuerdo que un guerrillero, al hablar del partido político que va a conformar el movimiento, nos decía:

-La política es más difícil que la guerra, pero se puede hacer.