Un episodio de zozobra

Quedar en embarazo sin haberlo deseado, cuidar de otro ser sin saber cuidar de uno mismo. Luego, el engaño, descubrir que el tipo es casado, dar la vuelta y alejarse, así no mas, sin reclamos ni demandas porque la vida ya es demasiado complicada como para perder tiempo y energía en eso. De repente, tener a un bebé respirando entre los pechos y no saber cómo actuar, no tener nada qué ofrecer. La única certeza es que hay que alimentarlo, trabajar por ende. Lo que sigue es dejarlo a cargo de alguien más y confiar en que, al volver en la noche con un tarro de leche y pañales en el bolso, todo estará bien.  

 

Acercarse a la verdad

Silvia, la directora, una mujer de estatura baja y gestos dulces, llevaba años tratando con padres alcohólicos, drogadictos o desorientados que, en un último esfuerzo para que sus hijos no corrieran con la misma suerte, los entregaban al cuidado diario de la fundación. Sin embargo, nada de eso le sirvió para comprender el conflicto entre las recién llegadas. De Belén, sabía que el padre de su hija había sido una presencia fugaz y distante, y que a pesar del miedo no tardó mucho en asumirse como madre soltera. De la pequeña, sabía que creció en habitaciones arrendadas y casas ajenas en las que su madre trabajaba como aseadora; que era atenta y juiciosa en el colegio, pero que en cualquier momento perdía los estribos y su nota por conducta se iba a pique. Temía que en medio de una de sus furias le hiciera daño a otros niños y a ella misma. Silvia tenía razón en preocuparse, a los pocos meses de vivir allí, Paula se golpeó tantas veces contra la pared que su rabieta terminó en fractura. 

Los trabajadores de la fundación fueron los primeros en dudar de la salud mental de la pequeña. ¿Era posible vivir tantos años junto a alguien con tremendos arrebatos sin sospechar nada? Tal vez Belén no quería hacerlo; algunas madres prefieren evitar, huir. El diagnóstico médico, además de una rotura en su clavícula, fue de trastorno crónico de esquizofrenia. La supuesta rebeldía absurda y pasajera que durante años habían reprimido a golpes, eran los síntomas de una enfermedad que distorsiona por completo las experiencias sensoriales. Era como si Paula siempre hubiera vivido en otra realidad.

 

Una práctica heredada

Pero Belén nunca supo que golpeaba a una persona enferma, en su cabeza reinaba el deber de “corregir” a una niña sana que se había obstinado en sacarla de casillas. Como tantos padres, generación tras generación, creía que los correazos lo iban a solucionar; no es sencillo despojarse de lo que han concebido como disciplina durante tantos siglos: discusiones que fluctúan entre golpes y madrazos, zapatos y correas amenazantes, regla en mano porque “la letra con sangre entra”. En el 2015 se reportaron ante el ICBF 10.435 casos de violencia intrafamiliar contra menores, lo que significa que, aunque sea ajeno para muchos, el maltrato infantil continúa latente, ocurre ahora mismo en cientos de lugares en todo el mundo; ocurre con frecuencia en esa Colombia remota y marginal, allí donde el desconocimiento de otras maneras de educar fortalece la tradición del castigo físico, o donde se respira violencia porque sí, porque los golpes hacen parte de la supervivencia; ambientes trágicos, desoladores, cuna de los casos que suelen aparecer en las noticias. 

 

La distancia también cura

No viven juntas desde hace tres años; después del diagnóstico Paula fue trasladada a una fundación en Palmira. A las pocas semanas de su ausencia, Belén notó que sus días se hicieron más sencillos; aunque se dedicaba a la cocina desde las 5:00 am, le sobraba tiempo para leer, jugar con los niños, para pensar en Carmen, su mamá, en los años de silencio, y en la idea de buscarla. En las tardes suele hacer un ejercicio que aprendió durante la visita de una doctora a la fundación: consiste en acostarse con los brazos y las piernas extendidos, cerrar los ojos, pensar en algo agradable y respirar profundo, con ritmo; ¿en qué piensa Belén cuando se tumba en forma de estrella sobre el suelo? Casi siempre en el futuro, en el mejor futuro posible. 

-¿Le gustaría vivir de nuevo con ella?

-Sí, claro, pero de manera diferente

Reconoce que fue excesiva con los golpes, y no se siente orgullosa de ello. Mientras tanto, ha comenzado a reconstruir el amor hacia Paula desde la distancia. Paradójicamente, sin la necesidad imperante de controlarla, pudo estudiar y comprender poco a poco el impacto de la esquizofrenia en la vida de su hija. Ahora, en una etapa de visitas restringidas, la llama casi todos los días y le habla con ternura, aunque la niña nunca rompa el silencio al otro lado de la línea.

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