La casa fue construida en 1815 por encargo de un acaudalado ganadero llamado Víctor Cabal. Luego pasó a manos de George Henry, el padre de Isaacs. En el siglo XIX se llamó Casa de la sierra por su ubicación en el piedemonte, al inicio de la montaña de la cordillera central. Entre sus tierras existía un trapiche para la producción de panela y a esa empresa George Henry puso el nombre de su esposa, Manuela. Era muy poderoso gracias a Manuelita Ferrer y compró las mejores tierras que van desde Palmira hasta Cerrito.

Si hay un espacio en el que el relato histórico y la ficción parecen indisolubles es en El Paraíso. Los guías mezclan la historia de la novela con la historia del autor y con las creencias que han nacido a lo largo de los años. Cuentan que, según la obra, el escritor y el personaje principal eran los mismos y la historia del autor es fusionada con la historia del personaje. Muchos visitantes avanzan convencidos que todo hace parte de la misma realidad. Pero la hacienda solo perteneció a la familia Isaacs por tres años y por mucho tiempo fue usada como bodega para el almacenamiento de cosechas.

Cuentan los archivos de prensa del Relator, un periódico liberal ya desaparecido, que fue adquirida por la Gobernación del Valle en 1953 y remodelada en cuatro meses con tapices y muebles de la época, siguiendo, cuidadosamente, la descripción de cada capítulo de la historia. La sala fue decorada con muebles Luis XV y en ella pusieron la guitarra de Emma, hermana de Efraín; los restauradores consiguieron cuadros antiguos con marcos florentinos para decorar la pared.  El cuarto para recrear la habitación de María fue pintado con colores tenues, casi diluidos y cortinajes de tules. En el aposento de Efraín dispusieron una biblioteca colmada de volúmenes antiguos de tapa rústica y un año después, en 1954, donado por la Academia de Historia del Valle, instalaron afuera de la casona el busto de Jorge Isaacs tallado en mármol.

Los turistas se detienen ante samanes de siete metros de diámetro y cerca de ciento veinte años de antigüedad. Durante el recorrido algunos escépticos se preguntan si María existió en vida o solo fue un personaje de la literatura. Pero cuando investigas descubres que la imagen de María también es de ficción. Nació del pedido que le hizo Isaacs al pintor Alejandro Dorronsoro para que dibujara un rostro de facciones impecables que reflejara el alma de su protagonista. Y el pintor no encontró mejor rostro que el de su propia novia, la profesora Angelita Riascos. Aunque Isaacs encargó la imagen el pintor le dio el retrato a su novia como regalo de año nuevo. Cuando el escritor vio la imagen en la prensa se emocionó y le escribió al pintor para pedirle algunas mejoras: un rostro menos carnudo y una nariz más dulce y angosta. Como inspiración pidió Isaacs que detallara el rostro de su familia y que se inspirara en la Virgen de la Silla de Rafael. Lo curioso es que prometió pagarle con estrofas firmadas para despertar la admiración pública del pintor, y tal parece que éste aceptó el trato porque más adelante aparece en el periódico la imagen de la novia del pintor encarnando a María con su nariz más estilizada. 

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Hoy solo hay un destino cultural en el Valle del Cauca que congrega más visitantes que El Paraíso: la iglesia basílica de Buga. Acá, tras el llamado del guía, los visitantes avanzan en procesión. Se agolpan frente a los aposentos. Los niños pasan al frente del pelotón hasta bordear los cinturones que impiden el ingreso a los cuartos. Algunos miran con atención devota.

Esta casa tenía un cuarto oratorio. Cada domingo un cura llegaba de Llanogrande, hoy conocido como Palmira. Rezaba tres misas en el día, la primera para los dueños, la segunda para familiares y allegados, y la tercera para los esclavos. Sobre el atril del oratorio descansa un misal romano escrito en latín. La misa se realizaba en este idioma y el sacerdote oraba de espaldas a los creyentes.

El guía comenta a la improvisada procesión que las mujeres colocaban de cabeza a San Antonio para que les diera un novio y los turistas estallan de risa. A María ya se lo había dado pero fue ella la que murió de amor.

Algunos se preguntan si la casa es tan vieja por qué tiene algunas zonas en concreto. Y es que desde que el Estado la adquirió en 1953 ha tenido dos remodelaciones para conservarla en pie. En la última los arquitectos restituyeron el vallado de piedra que bordea la hacienda, restauraron un muro desplomado que sostenía el corredor frontal de la entrada. Cambiaron los marcos de algunas ventanas y de la puerta de la habitación de los mayordomos. Fortalecieron los muros de contención y en las zonas más débiles aplicaron concreto simple. También eliminaron la chimenea y el tejadillo original, restauraron el cielo raso y quitaron el hollín que en sus tiempos generó el trapiche. Nivelaron el terreno, corrigieron la angulación de una de las vigas, repararon los pisos de piedra y las canales de agua. Restauraron las cornisas de las ventanas originales. Reconstruyeron los andenes de piedra. Reemplazaron los ladrillos desplomados. Pusieron morteros de adobe y calicanto y reubicaron pilares de madera.

En fotografías antiguas puede verse la hacienda bordeada de pasto irregular y matorrales; con terneros pastando en las afueras y un par de guayabos escuálidos. Pero los exteriores de la casona también fueron convertidos en un edén. Dispuestos a un lado de la cocina, sobre un pasadizo que comunica con el interior de la casa y como si fuera el detrás de cámaras de la historia, se encuentran los cuadros con las maquetas de las restauraciones. La última fue entre 1979 y 1988 y hasta los jardines fueron embellecidos. Como si fuera una especie de arca de Noé los arquitectos sembraron en el estanque laurel, jazmín y guayabo; en el corral pusieron cedro rosado, nogal de cafetales, árbol del pan y guayacán. También sembraron árboles de gualanday, ceibas, sauces, samanes y laureles de cera. Hay palma zancona y palma real cubana, madroño y guayacán. Hay arbustos de rosas, jazmín del cabo y hortensias; y hay hierbas ornamentales como helechos, anturios, palmitas y papayuelos. El huerto no se quedó atrás y en él pusieron ruda, zabila, cidrón, orégano, mejorana y toronjil, yerbabuena y prontoalivio. Por eso muchos visitantes encuentran su paraíso sentados entre las plantas bajo las sombras de los samanes.

En los tiempos que recrea la novela las zonas aledañas al valle del río Cauca ofrecían muy buenas condiciones para la producción agrícola y ganadera. Había pequeñas villas en formación y estas condiciones eran un paraíso para viajeros extranjeros y nacionales, para poetas locales y escritores de periódicos lugareños que exaltaban las cualidades del paisaje. A la zona solo le faltaba una carretera al mar. Para salir del país los hacendados atravesaban la cordillera central a caballo hasta llegar al centro, en Honda embarcaban por el río Magdalena en barco a vapor hasta Barranquilla. De Barranquilla avanzaban en caballo hacia Cartagena y desde el puerto partían por el mar Caribe.

También desde el mar Caribe llegaban los esclavos. Muchos terminaban sometidos en las minas del Pacífico y las haciendas esclavistas crecieron al fragor de la pujante economía de las minas. Cuenta en una de sus investigaciones el historiador Germán Colmenares que incorporar esclavos a una hacienda era la manera más evidente de capitalizarla. El negocio de esclavos no pudo ser más seguro desde las primeras décadas del siglo XVIII cuando los yacimientos mineros estaban en pleno auge. Los africanos eran internados por comerciantes españoles que permanecían en Cali antes de ir a Popayán o a las regiones mineras. En ocasiones eran vendidos por comisionistas españoles o criollos.

Llegaban desde Cartagena, uno de los principales puertos negreros de la Colonia en América. Una ciudad agitada que en los siglos pasados vivía amenazada por piratas y corsarios que merodeaban el Caribe y por los negros cimarrones de los palenques que se revelaban contra la explotación. A Cartagena llegaban esclavos enfermos y heridos, sometidos a los oprobios del transporte; encadenados y aturdidos. Eran presas de un negocio en el que intervenían capitalistas genoveses, negreros portugueses y grandes compañías holandesas, francesas e inglesas que lucraban de la trata humana.

En el puerto los compradores se congregaban y negociaban las mejores “piezas” mientras los misioneros religiosos iniciaban la evangelización y el despojo de las creencias que consideraban herejes.

Cuenta Colmenares que la “La mayor parte de estos esclavos debieron venderse en Popayán y en las regiones mineras del Chocó y de la vertiente del Pacífico de la provincia; en zonas como Barbacoas, Dagua y Raposo. Pero aún en Cali, en donde los esclavos se destinaban al servicio de las haciendas o de las casas, las transacciones se hicieron mucho más frecuentes”.

Las primeras explotaciones de oro en el Chocó debieron llevar esclavos negros ingresados de contrabando. En las haciendas el número medía la importancia de la propiedad y en zonas de abundantes tierras y escaza población los esclavos valorizaban más una posesión que el propio terreno. También con esclavos podían aumentar la producción agrícola en labores diferentes a la ganadería. Muchos hacendados los compraban como un gesto de poder y ostentación social.

En el Valle del Cauca algunas haciendas tenían trapiches y cultivos de caña para abastecer de aguardiente a las minas. Los trapiches funcionaban como un sistema de compresión en madera, accionado por caballos o bueyes.

Se cree que las haciendas agrícolas y ganaderas entraron en crisis cuando los liberales abolieron la esclavitud. Los esclavos huyeron a la selva y formaron sus palenques. Otros se quedaron en las haciendas ocupando parte del terreno y pagando con trabajo, pero no fue tan buen negocio para los hacendados. En el caso de George Henry, el padre de Isaacs, el juego y el licor sumieron a la familia en la quiebra y un extranjero llamado Santiago Eder adquirió en remate las haciendas La Rita y La Manuelita. En ellas, además de cultivos de caña, encontró un pequeño trapiche movido por tracción animal que producía 4 quintales diarios de azúcar de pan. Santiago Eder, en 1874 reemplazó la tracción animal por energía hidráulica, y logró aumentar la producción diaria a 350 libras de azúcar morena, convirtiendo a La Manuelita en el primer productor de azúcar del Valle del río Cauca. Hoy el ingenio es una de las empresas más prósperas de la región.

Cuenta Fabio Martínez que la caña de azúcar “sería definitiva para el progreso y desarrollo de la región como había sucedido años atrás en las islas de las Antillas cuando Colón trajo las primeras plantas; como había pasado dos siglos atrás en el sur de España cuando los árabes la transportaron desde Persia; y como había sucedido en Persia cuando Alejandro Magno la introdujo desde Nueva Guinea, en África”.

Desde El Paraíso la planicie del Valle del Cauca se desvanece entre la bruma. A pocos kilómetros está la zona industrial de Yumbo que expulsa en las noches sus gases tóxicos a la atmósfera. Las mayores tierras planas del Valle hoy son cultivos de caña de azúcar.  Durante las temporadas de corte, la bruma es una nube espesa de humo y fuego que arde desde los cañaduzales.

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Juan José Saer fue un versado escritor argentino, novelista y ensayista, que en su libro El concepto de ficción, se preguntó qué hace que un autor se vuelva emblemático. Se respondió que es la obstinación del propio escritor por contar desde una mirada particular. “Todas las fuerzas de su personalidad, conscientes o inconscientes, se encuentran en una imagen obstinada del mundo, en un emblema que tiende a universalizar su experiencia personal”. Pero en el caso de Isaacs la novela, más que un emblema de la experiencia del autor, ha sido leída como una imagen obstinada de los principios católicos.

En 1850 los liberales habían iniciado una ofensiva contra el poder de la iglesia, llevaron a cabo reformas que incluían la liberación de esclavos, una ley agraria y la separación de poderes entre la iglesia y el Estado. Los jesuitas fueron expulsados del país y estas decisiones liberales generaron protestas de los terratenientes del Cauca que se oponían a la abolición de la esclavitud.

Diez años después de iniciadas las reformas hubo una guerra civil en contra de los liberales en el poder y en ella participó Isaacs. Cuando publicó María en 1867 ya era un distinguido escritor conservador. Antes de su publicación la novela fue corregida por Miguel Antonio Caro, el más importante dirigente conservador del último cuarto de ese siglo. La obra resolvió el interrogante de cómo contar la nación en la ficción y resolvió las necesidades expresivas de las élites para contar el país que no acababan de conocer.

Eran tiempos de agitación ideológica y los partidos se disputaban el poder para moldear la nación que empezaba a surgir. En una trama sentimental María muestra el ideal de una nación bastante conveniente a las élites conservadoras. Y mientras otras novelas tuvieron una difusión truncada, María fue un relato triunfante. La novela está acorde con los cánones de lo bello y lo bueno de su época; es decir, con el orden instituido. Como un programa radial que se emite a miles de personas, María fue modulada por los hombres de letras de la capital y su historia respondió muy bien a las expectativas de los sectores católicos y conservadores. Fue reseñada en sus periódicos y gozó de todos los honores publicitarios de su momento.

Pero para el profesor Martínez, María hizo méritos propios para convertirse en una novela fundacional. Cuenta que “antes de 1867 no había una tradición novelística en la nación, existían crónicas, historias generales de Indias, discursos políticos escritos por los héroes de la independencia colombiana y latinoamericana, pero la novela no existía como tal. María –dice- es pionera, como lo es el Quijote en el siglo XVII”. Y para exaltar más a Isaacs cuenta que así como Rulfo inventó a un pueblo llamado Comala, García Márquez a Macondo y Onetti a Santa María, Isaacs inventó El Paraíso. Dice que fue un símbolo tan fuerte que en los primeros años del siglo XX inmigrantes japoneses llegaron al Valle del Cauca y se instalaron en Palmira, motivados por la novela. 

Isaacs escribió María en los años siguientes a la muerte de su padre en 1861 en medio de un declive patrimonial. El padre era dueño de 12.500 hectáreas de tierra, una cifra similar a la quinta parte de Cali. Pero también era adicto al juego y de partida en partida empezó a perder su fortuna hasta que presionado por las deudas murió y sus haciendas fueron rematadas. Tres años después el presidente conservador Tomás Cipriano de Mosquera lo nombró inspector para el trayecto entre Cali y Buenaventura, y allí, en condiciones climáticas y emocionales adversas, inició la escritura de María. En una carta escrita a su amigo Adriano Páez relata las dificultades que vivió en ese momento: “Hay una época de lucha titánica en mi vida, la de 1864 a 1865: viví como Inspector del camino de Buenaventura, que se empezaba a construir entonces en los desiertos vírgenes y malsanos de la costa del Pacífico. Vivía entonces como un salvaje, a merced de la lluvia, rodeado siempre de una naturaleza hermosa, pero refractaria a toda civilización, armada de todos los reptiles venenosos, de todos los hálitos emponzoñados de la selva. Los 300 o 400 obreros que tenía bajo mis órdenes y con quienes habitaba como en campaña, tenían casi adoración por mí. Trabajé y luché hasta caer medio muerto por obra de la fatigante tarea y del mal clima”.