En la Hacienda El Paraíso el aposento de Efraín luce los accesorios que identifican el personaje: la imagen de Isaacs, quien lo escribió, una cruz cristiana sobre el nochero, tres rosas rojas sobre el gabinete y una escopeta sobre la pared. El tapete dispuesto al lado de la cama para poner los pies al levantarse es el cuero de un jaguar. La literatura hace más Historia cuando viaja en compañía del poder.

 

 

El hombre del billete de cincuenta

¿Cómo fue la vida del hombre que hemos portado en la billetera?

  

 Por: Kevin García

"He pasado de las sombras a la luz". Jorge Isaacs

"Se ha estudiado al novelista y al poeta, en la forma de un soñador romántico y casi supraterrenal. No se ha analizado al hombre con sus naturales deficiencias o repulsiones que determinaron el crecido cúmulo de sus enemistades y el permanente fracaso de sus planes en la tremenda  lucha por la vida". Demetrio García

 

En la Hacienda El Paraíso el aposento de Efraín luce los accesorios que identifican el personaje: la imagen de Isaacs, quien lo escribió, una cruz cristiana sobre el nochero, tres rosas rojas sobre el gabinete y una escopeta sobre la pared. El tapete dispuesto al lado de la cama para poner los pies al levantarse es el cuero de un jaguar. La literatura hace más Historia cuando viaja en compañía del poder.

Un dicho popular dice, en alusión al uso del bigote, que la personalidad se lleva sobre la boca –Cantinflas en sus películas lucía un bigote entrecortado, despoblado, débil e irregular-.  En su fotografía más conocida Isaacs luce un bigote en forma de herradura, espeso y largo por los lados, le cubre los labios, es delgado en las puntas y se curva un poco hacia las mejillas en los extremos. Es una mezcla de los estilos imperial y revolucionario, da volumen a su rostro delgado y agrega fuerza a su carácter. El autor de María aparece en la foto en posición diagonal. Podría pensarse que gira su cuerpo a pedido del fotógrafo. Esa postura acentúa sus facciones y destaca su rostro rectangular. Bajo unas cejas pronunciadas, sobresale su mirada filosa, firme, metálica. El ángulo de la mandíbula enmarca la piel. Isaacs era cazador y en la foto mira como águila, con una autoridad serena, sin perder el foco y sin asomo de dudas.

 

Miraba como un águila y tenía una gran visión. Hizo de la autobiografía, los relatos de costumbres y la escritura de viajes, una novela reconocida en Hispanoamérica. Las águilas, como todas las aves, ven los colores de forma más intensa, pueden distinguir más matices y detectar en la distancia los senderos de sus presas. Isaacs pintó con palabras y emociones el paisaje del Valle, cautivó a las lectoras de su época y a los letrados de la capital.

En la competencia por la notoriedad pública de su época fue el Muhammad Ali de la literatura, un ganador absoluto. Tejió su figura con palabras. Y las palabras son como las monedas, aunque conservan su forma cambian de valor con el tiempo y la distancia. Pero fue la propia imagen de Isaacs, no su palabra, la que el Banco de la República marcó en papel moneda. En el año 2000, el Banco decidió que el billete de cincuenta mil pesos, el de mayor denominación hasta ese momento, fuera un homenaje a su figura. Lleva el rostro del escritor con su mirada clara y su bigote espeso. En la parte superior aparece la silueta torneada de María, en posición contemplativa. A su lado un libro abierto recuerda la novela y sobre el fondo reposa el Valle serpenteado por el río Cauca. El reverso es un homenaje a El Paraíso con su samán centenario y frondoso y las dos palmas que se elevan a sus espaldas.  En tonalidades lila, verde y amarillo lleva un pasaje de la novela que inspiró los colores del billete: “una tarde, tarde como las de mi país engalanada con nubes de color de violeta y lampos de oro pálido, bella como María”.  ¿Puede haber una mayor metáfora de valor que marcar la imagen de un escritor en un billete? Isaacs es una imagen que se porta en la billetera y en el inconsciente.

¿Cómo debemos aproximarnos a este héroe decimonónico? Hoy la figura de Isaacs llega a los oídos a través de las voces de autoridad de profesores y directivos, de instituciones públicas, agencias culturales privadas, y hasta de los cajeros electrónicos. Pero un día debes preguntarte quién fue ese hombre del que todo parece dicho, por qué los billetes de cincuenta mil llevan su imagen, cuál es la dimensión de su historia.

Su figura literaria es la de un hombre del que todo crítico serio siente cierta obligación de decir algo en algún momento de su vida. De María se ha escrito sobre el amor con Efraín, sobre el decoro de la protagonista, el significado de las flores de la hacienda, los vestidos de la época, los orígenes de los esclavos, la economía clasista; se ha escrito sobre la historia intelectual del novelista, sobre la nostalgia y la ausencia, sobre la vida y la muerte. 

Recordar su nombre es parte de una agenda nacional. Cada que el nacimiento de María termina en una decena, el Estado agenda actividades para recordarlo. Sin embargo, en los colegios María no despierta el mismo entusiasmo. Una profesora de literatura que me habla como si estuviera confesando un delito y pide no citar su nombre, cuenta que la novela le parece fuera de época y que no le gusta gastarse el tiempo con sus estudiantes leyendo una historia rosa que no les dice nada a los jóvenes de hoy. Y te preguntas qué hacer cuando las grandes referencias culturales, centrales en las instituciones del Estado, apenas orbitan entre sus ciudadanos.

Te preguntas si puede despertarse una interpretación de las huellas de la identidad nacional solo a través de laureles y halagos; sobre todo para conocer un personaje que fue genio y figura, que caminó entre la exaltación y el insulto, entre las rosas y el barro.

No puedes leer la novela hoy sin que algo te muerda por dentro. María murió a los dieciocho años, no pudo disfrutar la fortuna que heredó de su padre, porque solo a los veintiún años una persona era consideraba adulta y su herencia era la dote que el padre de Efraín, a cargo de María, debía entregar al hombre que la llevara al altar. Efraín se va a estudiar medicina a Europa, y las mujeres no podían estudiar, debían quedarse en casa preparándose para el matrimonio. María se queda cuidando los rosales, escribiendo cartas de amor, cosiendo en el costurero, entre agujas e hilos, muriendo de epilepsia y pena moral.

Fabio Martínez, Doctor en Literatura y uno de los principales investigadores de la vida de Isaacs, no se guarda adjetivos para hablar del escritor. Te cuenta que “fue un personaje emblemático para la cultura colombiana y latinoamericana en la segunda mitad del siglo XIX. Fue uno de los personajes más importantes porque escribe la primera novela fundacional de la literatura de este lado del continente. María es el mojón simbólico inicial para que se abra toda la narrativa en el siglo XX”.

Dice Martínez, biógrafo de Isaacs, que “así como García Márquez fue el personaje más importante de la literatura latinoamericana en el siglo XX, uno puede decir que Jorge Isaacs fue el personaje de la literatura latinoamericana más importante del siglo XIX”. Pero al relato del amor idílico y abnegado de María, García Márquez, también fabulador de la vida de provincia, opuso un amor mundano. Lo hizo en El amor en los tiempos del cólera. Conservó la lealtad y la constancia del amante pero desechó la castidad, la pureza y la abnegación. Al tono solemne de Efraín opuso la ironía y el patetismo de Florentino Ariza. Y como si uno de sus propósitos fuera hacerle una vuelta de tuerca a la novela de Isaacs, invirtió los argumentos de la trama. María se enferma de amor, pero en la novela de Gabo el amor llega como una peste a Florentino, no a Fermina; llega con molestias corporales y síntomas típicos del cólera.

En la novela de Gabo es Fermina el personaje acaudalado; Florentino es el hijo de una mujer humilde. Es Fermina la que parte del pueblo en compañía de su padre y es él quien queda adolorido esperándola. Parte de la fuerza de la novela de Isaacs se soporta en una pulsión que nunca se consuma. Gabo narra una historia que abarca las pasiones juveniles más desbordadas hasta el tedio de la vida matrimonial. “El amor en los tiempos del cólera” está inspirada en el noviazgo de sus padres y la escribió luego de recibir el Nobel. Era la obra preferida del escritor. Se lo confesó en marzo de 1998 a Conchita Penilla, de la televisión francesa: “‘Cien años de soledad’ es un libro mítico, y aunque no trato de disputarle ningún mérito, ‘El amor en los tiempos del cólera’ es un libro humano, con los pies sobre la tierra de lo que somos de verdad”. 

Isaacs hacía parte del círculo intelectual de los hombres de letras de la capital que tenían gran influencia en la cultura. Y la cultura escrita tuvo un peso enorme para definir los rasgos de la vida pública. Los hombres de letras dirigían los periódicos y eran ellos quienes garantizaban que una novela se convirtiera en un hecho público. Aunque era de provincia, Isaacs pudo acceder a estos círculos gracias al estatus de su familia. Su papá era un comerciante inglés de origen judío que había llegado a la Gran Colombia gracias a las buenas relaciones que existían con el imperio británico. Su familia era acaudalada, su padre hizo una gran fortuna en la década de 1820 explotando minas de oro en el suroccidente del país. Luego se estableció en el Valle del Cauca y compró cuatro haciendas. Una la llamó Manuela en honor a su esposa. Otra la llamó Casa de la Sierra y hoy todos la conocen como El Paraíso.

El padre de Isaacs tenía haciendas en una época donde éstas eran el modelo económico por excelencia. No eran fincas de veraneo que hoy alguna familia de clase media alta podría adquirir pagando a cuotas para visitar los fines de semana, sembrar plantas y respirar aire fresco. No. Eran enormes territorios con cultivos, ganadería y esclavos.

Hoy El Paraíso es un idilio, no deja ver sus cicatrices. Permanece intacta, oculta el paso del tiempo, suspendida para la contemplación de propios y extraños. En una mañana de domingo de junio cuatro parapentes sobrevuelan a pocos metros de altura sobre la casona principal. Aquí la taquilla, más allá la vigilancia privada. La entrada para los niños a cinco mil, los adultos pagan ocho mil. En la primera planta de la casa está la tienda de artesanías. Vende ediciones conmemorativas de Isaacs, vino artesanal, llaveros, fotos por encargo. Mientras inicia un recorrido guiado, algunas mujeres se abrazan a las palmas, otras se sientan entre los rosales y las hortensias.

Al interior de la casa haces un viaje al pasado y descubres como la memoria encarna. A falta de filtros de agua y neveras, los esclavos vertían agua sobre un tinajero purificador que tenía piedra volcánica en su interior. Agregaban azufre, arena y carbón mineral. El agua era filtrada por una piedra pómez y caía sin impurezas a otra tina que la conservaba fría. Permanecía disponible para la voluntad de los dueños. Para retirarla los esclavos debían usar un cucharón metálico con dientes en forma de sierra que impedía tomar agua sin regarse. El esclavo que llevara el cuello mojado recibía un castigo. Debía llevar el líquido hasta el aguamanil, un jarrón ancho y vistoso con pico vertedero que permanecía en los cuartos y que a falta de lavamanos hacía de ajuar para el higiene personal de los dueños de la hacienda.

En la cocina hay un trapiche y dos pilones, uno oscuro para el café, otro claro para moler arroz y maíz. En ausencia de jabón lavaplatos los esclavos lavaban con ceniza y barro. Los mayordomos dormían sobre esteras de guadua con colchones de paja y compartían habitación entre cinco y seis parejas. Era bien visto que las mujeres quedaran embarazadas muy seguido porque cada recién nacido en los años siguientes sería un trabajador para la hacienda.