Muchos caleños no han sufrido el impacto directo de un sismo y una suerte de optimismo frente a los movimientos telúricos se ha tomado la ciudad. Hoy no estamos preparados para atender un desastre y tampoco para prevenirlo.

 

Por: Cesar Augusto Suárez

 

Es martes 19 de septiembre y el reloj marca las 11 a.m., en Ciudad de México. Poco más de cuatro millones de capitalinos, de los más de 21 millones que tiene y que le convierten en la segunda urbe más poblada del planeta, interrumpen su rutina para ser partícipes del simulacro antisísmico, el mismo que se lleva a cabo religiosamente año tras año después de la tragedia de otro 19 de septiembre, el de 1985, cuando la tierra se estremeció encabritada aplastando bajo toneladas de escombros hasta 20000 personas, 3000 más de las 17000 que le caben a la plaza de toros de Cali. Y pensar que aquellos cuatro millones de mexicanos se preparan, sin saberlo, para lo que ocurrirá exactamente dos horas y catorce minutos después, cuando nuevamente, como si de un chiste de mal gusto se tratase, el suelo decide sacudir el empolvado recuerdo de 1985 a los mexicanos. 

 

Las torres de naipes mexicanas

Mientras copiaba la tarea de inglés, la pequeña notó cómo su pupitre empezaba a tambalearse. Creyó que alguien lo pateaba. Sin embargo, no había alguien detrás suyo. Fue entonces cuando su maestra advirtió lo que sucedía: está temblando, gritó. Era el sismo quien sacudía no sólo su puesto, sino numerosos edificios en Ciudad de México, como el complejo escolar Enrique Rebsamen, al cual pertenecía la pequeña, y en donde una edificación de tres plantas donde funcionaba la casa de la directora, oficinas de la dirección y una sala de espera donde los niños aguardaban a sus padres, se vino abajo en apenas cuatro segundos. 

El olor a gas encendió las alarmas. El polvo nublaba la vista. Ecos de auxilio emergían de entre los escombros. Decenas de niños se hallaban bajo la pila de concreto, metal, ladrillo, y vidrio. A estas ruinas había quedado reducida la escuela. De inmediato, los transeúntes empezaron las labores de rescate. La armada tardaría al menos una hora en llegar, pues la ciudad entera estaba colapsada. Los padres de los pequeños empezaban a congregarse a las afueras de la escuela, o lo que quedaba de ella. 

Sostenían carteles con el nombre de sus hijos: el conteo regresivo oficial había empezado. De cuando en vez los rescatistas elevaban su puño en el aire, y el silencio callaba el ruido. Habían encontrado a alguien. Gritaban su nombre, y los padres corrían a su encuentro. Tan sólo dos desenlaces posibles: reconocer el cuerpo inerte de sus hijos, o por el contrario, y así lo delataban los aplausos, hallarlos aún con vida, bañados en polvo, deshitradatados, lánguidos, pero a fin de cuentas, respirando aún. Aquellos momentos se repetirían durante algunas noches. La lista de fallecidos de uno de los voluntarios, quien se encontraba sentado en un improvisado escritorio, registró hasta 19 niños, y seis adultos. 25 personas a quienes la alarma de sismo no impidió que tres niveles de concreto les cayera encima. 25 personas de un total de 361 muertos que dejó el temblor de magnitud 7,1 que sacudió el centro de México. 

Y es por ello que resulta imposible no preguntarse siquiera qué sucedería si un sismo de igual o peor magnitud golpeara nuestra ciudad. Elkin Salcedo es un viejo conocido de los medios locales y nacionales. Lo llaman cada tanto para responder a la cuota de preocupación, aunque efímera, que despierta en nosotros ver edificios desplomarse como torres de naipes, tal como sucedió en México, o Ecuador. Su semblante impávido a lo mejor se debe a que lleva décadas advirtiendo los riesgos sobre los cuales se erigió nuestra ciudad, y por ello poco le sorprendería que ocurriera una tragedia. Repite un discurso que lleva años denunciando. Su mirada permanece fija, su piel oscura, cabello corto y lentes rectangulares configuran la imagen de un hombre que, a sus 40 años, quizá un poco más, es todo un referente en lo que respecta a la sismología. Basta con ver su trayectoria: es Doctor en Ciencias de la Tierra de la Universidad Estatal de Moscú, Rusia, jefe del departamento de Geografía de la Universidad del Valle, y director del Observatorio Sismológico, ente adscrito a la Universidad del Valle, y el cual se encarga de monitorear la actividad y adelantar investigaciones sobre la actividad sísmica del Suroccidente Colombiano. Salcedo es, en definitiva, lo que en el medio periodístico conocemos como una “voz de autoridad”. 

Cuando de riesgo se refiere, es vital comprender dos aspectos: la posibilidad de que el sismo se genere, y las condiciones del lugar donde eventualmente puede acontecer. Actualmente, resulta imposible predecir cuándo ocurrirá un movimiento telúrico. Pero sí pueden ejecutarse acciones para reducir la vulnerabilidad de la ciudad. La implementación adecuada de la norma sismorresistente, así como una correcta planeación de ordenamiento público, representan sin duda alguna una de las tantas medidas que deberán llevarse a cabo, ojalá más temprano que tarde, para reducir el riesgo. De igual forma, Salcedo subrayó la necesidad de que la ciudadanía asuma un papel más activo en la gestión de riesgo, pues la participación de los caleños ha resultado escasa. Todos debemos adoptar planes familiares, reconocer sitios seguros, así como salidas de emergencia, establecer puntos de encuentros, etc. Información que nos aseguraría un mínimo de conocimiento a la hora de actuar y permitiría, en cuestión de segundos, tomar decisiones para salvaguardar nuestras vidas. 

Ojalá no debamos protagonizar imágenes como las del vecino Ecuador, cuando el sábado 16 de abril del 2016, a las 18:58 hora local, un terremoto de intensidad 7.8, uno de los de mayor intensidad registrados en América Latina en los últimos veinte años, sacudió a las provincias de Esmeraldas, Manabí, Guayas, Santa Elena, Los Ríos y Santo Domingo.

 

La pequeña Ashley

El sábado 16 de abril de 2016 debería haber sido un día como cualquier otro. Ashley, de seis años, quien vivía en el centro de Porto Viejo, en zona costera de Ecuador, junto a sus padres y hermana, se despertaría, haría sus quehaceres, vería la TV junto a sus padres y, una vez entrada la noche, saldría a cenar a un restaurante de comidas rápidas junto a su familia. Sus padres no podrían ponerse de acuerdo, ambos querían ir a sitios diferentes. Su padre al restaurante de unas cuadras más arriba, mientras su madre quería ingresar al local del frente. Finalmente, convencieron a esta última, y terminaron yendo al que decía su padre. Todo continúo según el plan, hasta que el reloj marcó las 18:58, y el suelo empezó a convulsionar durante 60 tortuosos segundos. El padre agarró del brazo a Ashley, mientras su madre hacía lo propio con su hermana, y corrieron hasta la salida. Una vez afuera, el padre, quien huyó junto a Ashley, gritó el nombre de su mujer e hija mayor. Nadie respondió. Decidieron regresar a su casa, a lo mejor habían corrido hasta allí fruto del caos. No las encontraron, ignoraban que se hallaban sepultadas en los escombros del restaurante, y no fue solo hasta el otro día, que sus cuerpos fueron recuperados. El restaurante al cual pensaba ir la madre de Ashley aún sigue en pie. 

671 personas fallecieron aquella noche, algo así como cuatro buses articulados del MIO en hora pico, los azules con el acordeón en el medio que recorren las principales vías de nuestra ciudad. Otras 385.000 resultaron directamente afectadas. Las cifras son la cara amable de miles de historias que deja a su paso el sismo, como la de Ashley, para quien el sábado 16 de abril de 2016 no fue un sábado como cualquier otro. 

Es ahora cuando las palabras de Salcedo cobran más sentido, cuando nos sacudimos del desinterés generalizado que se ha tomado Cali, y empezamos a preocuparnos por las medidas de sismorresistencia en nuestros edificios, a pedir medidas de prevención como los simulacros, a comprar el pito y los víveres y botellas de agua que conforman el kit de auxilio en caso de que el seísmo interrumpa nuestro sueño, a traducir eso que llaman el “triángulo de la vida”, pero que en realidad pocos entienden. Han pasado más de 80 años desde el último gran sismo que sacudió nuestra ciudad, lo cual ha anestesiado la memoria de los caleños, aún cuando el riesgo es más que patente. 

 

La madrugada del 2004

Cuanto más próxima estaba la fecha de parto, Laura y su esposo se regocijaban de alegría. Era cuestión de días, según le habían dicho los médicos. La madrugada del lunes 15 de noviembre de 2004, había empezado a sentir unas contracciones que anunciaban las buenas nuevas: si nada salía mal, daría luz a su hijo en cuestión de horas. Por ello, se dirigió rápidamente, junto a su esposo, a la Clínica Materno Infantil, donde permaneció hospitalizada. Sin embargo, jamás se imaginó que a las 4:06 a.m, un par de horas después de arribar a la clínica, un sismo estremecería la ciudad, provocando la evacuación de pacientes y trabajadores, pues precisamente fue la Materno uno de los edificios que más se resintió con el temblor. Debió bajar a tientas las escaleras, en medio de la oscuridad. No fue la única que debió hacerlo, pues a su lado se encontraban otras mujeres, también a punto de dar a luz, así como 24 neonatos y 30 adultos. Los socorristas tenían prohibido correr con las incubadoras, y debieron coordinar hasta el más mínimo movimiento para evitar cualquier complicación que afectara a los recién nacidos. Cuatro horas duró el martirio.

Aquella madrugada del 15 de noviembre de 2004 estuvo sepultada durante un buen tiempo en el imaginario caleño. Los edificios que danzaban al compás del viento, los vidrios y pedazos de asfalto que se desprendían de las edificaciones, así como los cientos de habitantes, aún en pijama, que huían despavoridos de sus casas a primeras horas de la mañana, son escenas de un recuerdo condenado al olvido. No obstante, los recientes eventos sísmicos que sacuden al continente han reactivado la alarma de una posible catástrofe, y han provocado una ola de preocupación. Ahora es cuando hacemos memoria, y aquella mañana resurge al recuerdo. Ahora es cuando, más de diez años después, nos preocupamos acerca de qué tan preparado estamos en caso de un movimiento telúrico de alta intensidad, e intentamos descifrar la complejidad de una ciudad, surcada por cuatro fallas, cuyo riesgo de terremoto es el más alto del país. 

Santiago de Cali, la tercera ciudad más poblada de Colombia con alrededor de dos millones y medio de habitantes, se encuentra ubicada en el suroccidente de Colombia. Aquella zona se encuentra bajo amenaza sísmica por dos razones principales: la fuente de subducción, es decir el choque de la placa del pacífico con la placa del continente, y cuyo movimiento produce múltiples sismos, desde superficiales -aquellos cuya profundidad varía entre 0  y 70 km-, hasta sismos profundos -los cuales oscilan entre 70 km y 300 km de profundidad-; y la existencia de fallas activas que atraviesan la ciudad, como la Cali-Patía, la Santana, la de Río Claro, Dagua-Calima, la falla Roldanillo, entre muchas otras, y las cuales presentan una actividad histórica, lo cual significa que existe la posibilidad de reanimación. Ahora bien, en cuanto a las medidas de prevención se refiere, vale la pena mencionar que en la ciudad se han adelantado estudios de vulnerabilidad sísmica y microzonificación sísmica. Éste último fue adoptado en diciembre de 2013 y significa mayor exigencia para las constructoras, pues determina el comportamiento de los diferentes tipos de suelo que componen la ciudad en caso de un movimiento telúrico y por ende las zonas de mayor vulnerabilidad. La zona cuyo riesgo es más alto es la que los expertos han denominado “el Cono de Cañaveralejo", y está ubicada entre las comunas 10 y 19, sobre el trazado y periferia de la avenida Roosevelt, según estableció El País. Y fue en esa zona precisamente donde resultaron más averiados los edificios en el sismo del 2004. 

No obstante, y muy a pesar de los estudios adelantados, aún no se han adoptado con decisión las medidas de prevención necesarias. Gran parte de la ciudad aún no ha incorporado medidas sismorresistentes en sus construcciones, pues muchas fueron construidas antes que se estableciera la norma de 1984, año en el cual se definió una ley que adoptaba medidas sismorresistentes para construcción. Más del 70 por ciento de las edificaciones de la ciudad presentan alto riesgo en caso de sismo, pues fueron construidas antes que entrara en vigor la norma. Y resulta aún más difícil creer que edificaciones consideradas vitales a la hora de atender una catástrofe, como las escuelas, hospitales, terminales, aeropuerto, entre otros, no hayan atendido, en su mayoría, la norma de sismorresistencia: las ocho estaciones de bomberos, la sede de la Alcaldía, la terminal de transporte, entre otros, no han adoptado aún medidas sismorresintentes en sus construcciones.  Y ni hablar de los edificios particulares, sobre los cuales existen controles precarios. En el caso de las construcciones informales o las autoconstrucciones, donde las obras se realizan sin supervisión de un ingeniero, y se cree, ingenuamente, que la presencia de un maestro de obras es más que suficiente. 

Seguramente, hemos escuchado la historia del vecino que extiende los límites de su predio al construir más plantas, asumiendo que con tan sólo un par de columnas bien apuntaladas el edificio responderá cuando el temblor le sacuda la suela de sus zapatos. En teoría, nadie debería construir sin una licencia de una curaduría, ente que asume el rol de notario al verificar que los planos sean coherentes con las normas vigentes de construcción. No obstante, todo muere en el papel, pues la institucionalidad no ha implementado controles efectivos que regulen las nuevas construcciones. 

La prioridad, según la ley, no es ya atender un posible desastre, sino más bien prevenirlo. La gestión de riesgo que consolidó la ley 1523 del 2010 consiste en tres etapas, la prevención, mitigación, y atención del desastre. En cuanto a la prevención aquella ley establece que todos los municipios deberán ejecutar su gestión de riesgo. No obstante, la prevención en Cali se reduce a la implementación de simulacros, y poco más. En los tres últimos años se han adelantado apenas tres simulacros, es decir uno por año, y han contado con la participación escasa de apenas unas cuantas instituciones, sobre todo, del ámbito público, como colegios, organizaciones estatales, etc. En definitiva, no estamos preparados para atender el desastre, tampoco para prevenirlo. 

Muchos caleños no han sufrido el impacto “directo” de un sismo, y debido a ello una suerte de optimismo se ha tomado la ciudad. El falso ideal de estar seguro, puesto que aún no ha ocurrido un evento telúrico en la zona que afecte considerablemente a la ciudad, ha promovido un desinterés contagioso. Un sismo en Cali significa, hasta el momento, reacomodar los cuadros que adornan la sala de nuestras casas, y poco más. Y esto se debe en parte al fenómeno “asistencialista” que enfermó a la sociedad, la cual tan sólo se limita como el Estado a adoptar las medidas de prevención, cuando la ley descrita más arriba explica claramente que “todos (incluso los ciudadanos) somos responsables de la gestión de riesgo”. 

¿Habrá que resignarse a levantar la mirada, con camándula en mano, y orar para que el ritmo encabritado que sacudió las tierras en México y Ecuador, no contagie las nuestras?