Acabado el conversatorio, otorgada la respectiva ovación a los realizadores, la proyección culmina. Más tranquila y esperanzadamente ahora que el proyecto cuenta con el respaldo económico necesario. ¿Cuántos colectivos culturales como Cine al Parque, sin embargo, naufragarían a la espera de un espaldarazo gubernamental semejante? Consciente de su fortuna, la pareja agradece a espectadores e invitados y procede a desmontar el improvisado teatro. La plaza vacía se acopla a la quietud de la noche.

 

Pinceles que traspasan los muros

Trazos de azul cunden la obra de Carolina Jaramillo. Trazos de bestias concéntricas que cuadro a cuadro se persiguen entre sí; bodegones con cebollas cubiertas de arcoíris, trípticos fragmentados como escalinatas obscuras, y cierto mesías trémulo en mitad de la galaxia (un encargo, según dice). Desde niña, Carolina fue criada por sus abuelos, quienes le inculcaron amor por la belleza en la manifestación del ser humano y la organizada gestión de los bienes. Quizá por ese ejemplo, un amplio repertorio de acuarelas en lienzo ya ocupaba las paredes de su casa a los trece años. Nada de pasear por las corrientes artísticas: el expresionismo fue siempre lo suyo. 

Enamorada de su tierra, Carolina abrió paso al muralismo en Cali. Desde mediados del 2008 soñó con un museo que plasmara la voz de tantos artistas emergentes de Latinoamérica, contándose a sí misma, y que estuviera a disposición de todo el que quisiera apreciar las obras. “Actualmente 45.000 artistas colombianos agonizan en su profesión por una clara ausencia de público”, afirma. Y no es gratuito; la historia misma de las políticas culturales, en Colombia, comienza de manera tardía con el reconocimiento estatal de la cultura en la segunda década del siglo XX, como respuesta a las diferentes instituciones culturales creadas a finales del siglo XIX: bibliotecas, patrimonio histórico, artístico y arqueológico. Apenas en la mitad del siglo pasado comenzaron a aparecer los primeros esbozos de lineamientos culturales en Colombia y fue en los años sesenta cuando las políticas culturales entraron en el ámbito de la gestión pública y la vida de la cultura.

Establecer relaciones directas con el Estado y ser parte de la Red Nacional de Museos, fueron para Carolina los mejores dividendos obtenidos al ganar en la primera versión de Estímulos Cali en el 2013. “Solo existe una primera vez y es la que más debe impactar”, dice. Y así fue. El monto conseguido se materializó en la Primera Bienal de Muralismo Internacional, inaugurando el Museo Libre de Arte Público y Muralismo de Colombia.

Su Casa Matriz tiene dos pisos y se ubica en una esquina del barrio La Merced. En la fachada izquierda había un colorido y visionario dibujo alusivo a la Patria Grande con algunos mandatarios actuales representando la hermandad y la paz entre sí. En lo alto de la rocosa pared se lee en la entrada “Museo Libre de Arte Público y Muralismo de Colombia”. En el interior de la sede hay una escalera inclinada y, en las paredes, la marea de reconocimientos, diplomas, cartones y obras. De la habitación principal cuelgan las obras de la hoy directora y coordinadora de la institución artística.

El proyecto, cuenta Carolina, se ha sostenido gracias a la autogestión y algunas alianzas con entidades públicas y privadas con base en la Economía Naranja. En los últimos cuatro años, la entidad ha realizado tres Bienales de muralismo, en las cuales se ha convocado una considerable cantidad de artistas, nacionales y extranjeros, interesados en emplear sus técnicas para embellecer la ciudad y formar nuevos artistas. El Plan Municipal sugiere la temática, que para esta vez se trata de la paz en territorios de conflicto, la apreciación, reconocimiento y consolidación de los recursos naturales y las representaciones simbólicas locales.

La economía naranja reconoce el trabajo de artistas y creativos como un proceso que fabrica mercancías. Este tipo de actividades representa un 6,1 % de la economía global. Se concentra en las industrias culturales, industrias creativas, industrias del ocio, industrias del entretenimiento e industrias de contenidos. En otras palabras, reconoce que los procesos culturales y artísticos son rentables y se deberían obtener ingresos de ellos. “Pilar de Mecenazgo” es la frase que acoge el trabajo en equipo para la autogestión usada por Carolina.

Re-significar y re-componer el tejido social, según Carolina, es la misión del Museo Libre de Arte Público. Actualmente funciona como entidad privada, sin ánimo de lucro y se encuentra distribuido en la ciudad con 60 pabellones y dos centenares de obras. “Tenemos ciudades desarraigadas con monumentos invisibles ante nuestro ojos, es por eso, que el museo busca articular comunidad y espacio público por medio del arte. No traemos la gente al museo, llevamos el museo a la gente”.

 

El trenzar de los hilos ancestrales

Se teje la vida. Se teje la minga y el palabreo. Los procesos, el caminar, enlazar los hilos. Son las cuatro de la tarde y hace menos de una hora llovía ligeramente. Afuera del quiosco de ladrillo, tres mujeres sentadas en sillas plásticas blancas tejen bolsas de lana. Cada una sostiene un par de agujas, enhebradas con hilos negros, blancos, cafés y beiges. De camisa morada y jean, María Andrea Quiwanás trabaja en mitad de las compañeras. Su cabello negro oscuro, liso como pocos, está recogido y lleva puesta una mochila gris con rayas amarillas que ella misma ha hecho. Tiene 52 años y sus manos denotan fuerte trabajo agrícola. Viene desde el resguardo indígena ubicado en Jambaló. Hace parte de un grupo de 15 mujeres de la comunidad Nasa que, ante la adversa economía, encontraron esta opción para sustentarse. Enlazando las aulas, nuestra lengua y la escritura.

La Loma de la Cruz se divide por cuatro niveles, cada uno con hileras de tiendas artesanales. En el primero, dentro de un puesto a la izquierda del sendero hay cuatro espacios, cada uno correspondiente a un establecimiento. El lugar está lleno de objetos hechos en madera: estatuillas, xilófonos, maracas, caballitos mecedores; así como mochilas, manillas de lana, y bisutería en variedad de estilos y colores.

María Andrea, aferrados los ojos a la mochila que hilo a hilo nace de sus manos, narraba tiempo atrás cómo debía salir a las tres de la mañana para alcanzar el transporte que la llevara al Nuevo día. Tomar ahí el carro de las cuatro de la mañana: una chiva que la transportaría hasta Santander. A las siete en punto ya estaba a bordo del bus que venía a Cali. Y llegaría tarde para encontrarse con la compañera que le estaba esperando. El hilo que tejemos desde la base de la mochila, así mismo tejemos las palabras en asamblea. El trayecto era largo. El venir y encontrarse con otras tejedoras en la eventualidad de que las mochilas se hayan vendido. Pero esto cambiaría al radicarse en Cali junto a sus compañeras para dedicarse más al proyecto.

 

Mujeres Tejedoras es un grupo que se concentra en la producción y venta de artesanías hechas por mujeres indígenas, residentes de Cali o de cabildos de la comunidad Nasa. El inicio se gestó en la Fundación Miriam Janeth Tacan, institución que brinda ayuda a mujeres provenientes de cabildos. A diferencia de otros grupos de emprendimiento cultural, no buscan ayuda financiera de la alcaldía, pues evitan la burocracia que ello implica.

Aparte de la venta de sus artículos, el colectivo recibe ingresos por dictar talleres de tejido en la Universidad Javeriana. Viajan al resguardo cada fin de semana y periódicamente celebran con danzas la ceremonia de las semillas, donde el astro baja en forma de cóndor y sobrevuela los pequeños frutos de la madre tierra.