Ha terminado de armar las cajas para Halloween. Con dificultad, se pone de pie, camina hacia la cocina, siempre con una mano apoyada en la pared, y me ofrece un vaso de Coca-cola fría. Luego ella se lleva directamente a la boca una botella de casi dos litros de la gaseosa al clima.

—Nada me hace daño. Puedo comer lo que quiera y todo me gusta. Eso sí, nada caliente. Prefiero las cosas al clima.

Paciente, con su mirada cuerda y cristalina fija en el piso, arrastra sus manos a través de la pared que separa la cocina del garaje, donde están los pianos. Gertrudis habla de su inestabilidad, dice que los exámenes médicos no han dicho mucho: los resultados apuntan a que no es un problema del oído. A veces cuando está sola, como hoy, el teléfono suena y ella no alcanza a contestarlo. Camina muy lento. Al sentarse en el piano, sin embargo, la lentitud desaparece: sus manos dejan aflorar unas piezas musicales espléndidas que desbordan el ámbito silencioso de la casa y nítidamente se escuchan en la calle. Esta música pura, directa, recién nacida del instrumento alegra la casa. Interpreta sin gestualizar ni sonreír. Con su rostro grave y sus manos iluminadas, Gertrudis se parece mucho a las miniaturas de compositores que reposan sobre el otro piano.

 

El matrimonio 

—En esa época no se usaba el voto popular. Siempre le gustó la política pero no estudió nada de eso.

Sigifredo fue elegido alcalde de El Darién, un neblinoso municipio vallecaucano situado a 86 kilómetros de Cali. Gertrudis continuó viviendo en Buga, y ya en ese entonces sus dos hijos, Jorge Alberto y Aída, rondaban los seis y los ocho años. Ella viajaba a visitarlo, pero nunca se fue de Buga, a pesar de que el contacto con su padre era nulo. Sigifredo era oriundo de El Darién; también tenía familia en Sevilla y en Cartago. Todos sus hermanos eran carpinteros, como él.

—Pero a él no le gustaba que le dijeran carpintero. Él decía que era ebanista, porque así se llaman los que trabajan maderas finas. Este comedor lo hizo con cedro negro, madera pesada.

La vejez de Sigifredo lo confinó a una soledad compartida con Gertrudis. Tiempo atrás, había trabajado tres años con un noruego en Buenaventura, donde pescó una enfermedad cuyo nombre Gertrudis no sabe pronunciar y cuyo origen, según ella, está en “algo que la sal del mar hace sobre las latas de atún”. Lo trató un doctor en Cali, Ivánovich, que estudiaba la enfermedad, pero no pudo hacer nada por las piernas de Sigifredo. Las articulaciones se le oxidaron y se adelgazó. Cuando pasaban buses grandes por la calle de su casa, se arrinconaba contra la pared porque lo embargaba la sensación de que el viento que dejaban a su paso lo iba a tumbar.

—También sufría de diabetes. El médico le decía: no tome trago, pero era como decirle que fuera y tomara.

Luego le dio glaucoma, lo operaron y perdió la vista. Vivió inválido y ciego 18 años y medio. Gertrudis lo atendió hasta el final.

—Yo le decía a la gente: admiro la entereza de este hombre, la resignación con que recibió su enfermedad.

Ella interrumpía sus clases matutinas de piano para ir a llevarle el desayuno al cuarto: se tomaba cinco pocillos de café en leche con pan integral migado. Gertrudis fue paciente, pero él le ayudó: nunca alegaba, nunca pronunciaba groserías, estaba resignado a morir en el cuarto en penumbras donde no hacía más que oír radio. Su emisora preferida: Clásica, la emisora de la Fundación Carvajal. Cerca de morir, un médico le dijo a Sigifredo que debían extraerle los testículos, o de lo contrario se le estallarían: tenía cáncer. Lo operaron en Tuluá. Luego le dijeron que el cáncer estaba en otra zona de su cuerpo.

—Una noche me dijo: Gertrudis, está oliendo horrible. Yo le dije que seguro habían tirado algún animal muerto en la calle, pero era él quien olía muy fuerte. Yo pensaba: ¿qué es esto, Dios mío?, ¿por qué no te lo llevas? Y me escuchó: en 2012 le faltó el aire y murió tranquilo a las nueve de la mañana.

 

La certeza de la muerte ablanda el corazón

La rodean numerosos símbolos judíos, aunque ella se declara cristiana. Menorás de distintos tamaños (candelabros de siete brazos), Jamsas (símbolos con forma de mano), numerosas copas de Kidush (usadas en el Sabbat) y otros símbolos escondidos en la cotidianidad de la casa. Dentro de su vestido de flores blancas y grises y frente al piano, Gertrudis se parece más al retrato severo que Stieler hiciera de Beethoven hacia 1820, que a la imagen que hasta entonces yo había recibido de ella. Esta impresión se fortalece cuando interpreta Para Elisa, de Beethoven, una de las primeras piezas que aprendió a interpretar en los cuarenta, cuando apenas era una niña. Usa todos sus dedos para tocar el piano, cuyas teclas aprieta con el suave oleaje de sus manos: no realiza movimientos repentinos ni separa sus manos de las teclas mientras toca. Su cabello recortado y blanco adelante, luego gris y finalmente negro atrás, da la impresión de que tiene un torbellino endurecido sobre su cráneo. Gertrudis Kremer es Beethoven mientras toca el piano.

Al final de sus días, Samuel Kremer, el padre de Gertrudis, se puso muy mal. Un diciembre, ya con más de ochenta años, estuvo a punto de morir.

—La gente comenzó a decirle: Samuel, tienes que perdonar a Gertrudis, por eso no te mueres. A él le dolía mucho el estómago. Yo creo que tenía cáncer.

En febrero de 1984, su hermano Herbert, que había venido de Barranquilla, arrimó a la casa de Gertrudis y le dio la noticia tantos años esperada: “Papá dijo que fueras. Mañana te recibe”. Al día siguiente, Gertrudis fue por primera vez en 32 años a la casa de su padre, y sus medios hermanos, que eran más de diez, la recibieron cordiales. Samuel estaba dormido.

—Yo nunca lo olvidé ni lo odié, a pesar de que cuando salí de la casa no me dejó sacar mi máquina de escribir, ni mi máquina de coser, ni mi piano, ni siquiera la ropa. Él fue muy buen papá mientras estuve en la casa.

Conversaron, hicieron las paces, vivió doce días más y murió el 21 de febrero. Gertrudis no heredó nada de su padre, o, al contrario, lo heredó todo, según cómo se miren los hechos. Ella lo ha dicho: su padre era quien ponía música en casa cuando ella era apenas una niña, su padre fue quien la inscribió en las clases de piano a los cinco años, su padre fue quien le regaló el alma dos veces.