Una pianista de ascendencia judía y europea que ha vivido toda su vida en Buga desde muy joven experimentó un largo exilio de su casa paterna. El piano ha sido la columna vertebral de su vida en la infancia, en la enfermedad y en la vejez. ¿Cuántas teclas de nuestra vida nos toca la música?

 

Por Edward Valencia

 

Sentada en la mesa del comedor y de espaldas a su pequeño jardín de bifloras, Gertrudis Kremer, una pianista pequeña, maciza y blanca, arma unas cajas de guardar dulces para el día de Halloween. Se trata de un favor para su nieta, Isabel Romero, encargada de una fiesta de disfraces para niños. Mientras arma con paciencia las cajas, Gertrudis cuenta que todo lo que hay en su casa hecho de madera fue elaborado por su esposo, Sigifredo Cardona, quien murió ciego y postrado hace cuatro años. Solo los dos pianos de su alma que hay justo en la entrada no fueron trabajados por él. Concentrada, no levanta su rostro para hablar.

—Cuando me casé con Sigifredo, tenía 17 años. Fue el fin. Mi adorado padre no me volvió a hablar durante 32 años, a pesar de que ambos vivíamos aquí en Buga. Decía que yo era una traidora, que había traicionado la raza casándome con Sigifredo.

El padre de Gertrudis, Samuel Kremer, era un judío europeo que había llegado a Colombia luego de un viaje arduo desde Brasil, en donde había desembarcado junto con otros jovencitos judíos que no sobrepasaban los 20 años. Venían huyendo desde Rumania, probablemente del estrépito posterior a la Primera Guerra Mundial durante los años 20. Gertrudis no sabe dar las razones exactas; “era el comunismo”, dice. Llegó por el sur a Buga, un pequeño y caluroso pueblo del Valle del Cauca, y se estableció para siempre allí como comerciante de telas y zapatos.

 

Una traidora

A Gertrudis no le gusta hablar de su madre. Samuel les decía a ella y a su hermano Herbert que había muerto en el parto.

—Se llamaba también Gertrudis, pero no recuerdo su apellido—apaga su voz: parece un olvido a consciencia—. La he visto en una o dos fotos. Se parecía bastante a mí, o bueno…es al contrario, yo me parezco a ella, ¿cierto?

Vivían los tres en una casa grande como todas las casas antiguas del Centro de Buga. Primero había un zaguán, cinco cuartos espaciosos, un patio intermedio, y luego estaban la cocina y los baños; al final, el solar que ahora tanto añora Gertrudis. Samuel había conseguido a dos mujeres bogotanas que cuidaban de Herbert y ella como dos mamás.

—Pero el amor es caprichoso y tonto y no deja pensar. Conocí a Sigifredo, un carpintero trigueño y ojinegro, ocho años mayor y borracho recurrente. Yo estaba en quinto de bachillerato, pero me escapé para casarme con él. Fui una tonta. Yo pensaba: me caso y, si tiene vicios, los deja. ¡Mentira! Y fue de novela: nos casamos a escondidas en la sacristía de la iglesia Santa Bárbara, porque el padre tenía miedo de que mi papá apareciera de repente y empezara un alboroto.

Cuando Gertrudis se casó, su padre ya tenía una relación con Florinda, la madre de sus medios hermanos. Sin embargo, ni Herbert ni ella se relacionaban con ellos; su padre no los relacionó. Uno de aquellos medios hermanos era Harold Kremer, el reconocido cuentista bugueño que fundó “e-Kuóreo”, la primera revista de minicuentos en Hispanoamérica.

 

Vivir del piano

A pesar de la relación con el padre de Gertrudis, la pareja se quedó viviendo en Buga. Entregado a la bebida, Sigifredo se desentendió de las necesidades de su mujer, quien un año después del matrimonio dio a luz a Aída, su primera hija.

—Desde los 18 años comencé a dictar clases de piano.

Hacia 1939, cuando tenía solo cinco años, Samuel inscribió a Gertrudis en las clases de piano de Carmen Vicaría de Escobar. Eran clases de una hora diaria y todos los alumnos eran judíos.

—Paisanos, así los llamaba mi papá. En ese entonces había muchos aquí en Buga. Recuerdo que cada viernes nos reuníamos en una casa diferente y la familia de esa casa era la encargada de preparar la comida. El borsch, lo recuerdo especialmente, era una sopa de remolachas deliciosa.

Samuel le regaló un piano, pero no pudo llevárselo cuando se fue de su casa. Sin embargo, doce años de aprendizaje fueron suficientes: Gertrudis conocía a los clásicos y los interpretaba lo bastante bien como para ser considerada por la comunidad como una profesora de piano. Así que comenzó a impartir clases para suplir los descuidos económicos de Sigifredo. Tenía una buena relación con la música. Años después, Alejandro Castillo, dueño de un almacén de porcelanas y vajillas finas conocido como La Perla, fue quien primero trajo y puso de moda en Buga el acordeón. Para enseñar su interpretación, vino un amigo italiano del señor Castillo. Gertrudis compró un acordeón y aprendió con el italiano.

—No recuerdo su nombre. Yo tendría unos 22 años cuando el italiano se fue de Buga. Entonces comencé a dar clases de acordeón. 

Pero las clases de piano eran las más solicitadas. La gente la buscaba para aprender este instrumento. Fueron estas clases y las misas adonde la llamaban a tocar las que la salvaron del desastre económico. Hoy, a sus 82 años, Gertrudis todavía toca el piano y el acordeón e imparte clases en su casa cinco días a la semana, de 9 a 12 y de 2 a 6. Conserva dos pianos: uno pequeño y americano que le compró su esposo y se destempla con facilidad, y otro que es alemán y lo compró hace muchos años con sus ahorros, el que más usa. Sus descendientes hasta la tercera generación saben tocar el piano gracias a ella.