La lluvia no da tregua

Inunda los techos de las caletas, las cocinas, los baños y el aula; inunda los caminos anegados de barro, inunda la cancha de fútbol que los guerrilleros construyeron a escasos metros de la entrada y los árboles que camuflan el campamento. Las zanjas no evitaron que el barro ensucie el piso de madera y ahora intentan limpiarlo con una escoba, pero la lluvia no cede: golpea con fuerza los techos de plástico, se mezcla con la tierra de la selva y su ruido monótono ahoga las carcajadas del loro. También, por momentos, impide mi conversación con Alberto, guerrillero del Frente Jaime Pardo Leal.  

Entonces se acerca más. Quiere contarme con claridad este episodio de su historia. 

Camino al trabajo, con otro campesino, se encontró al ejército. Sintió miedo. En 1988 todavía no era guerrillero pero vivía en el Urabá, una región donde la gente inocente desparecía cada vez con más frecuencia. El teniente del ejército no tardó mucho en justificar la desconfianza de Alberto: al comprobar que pertenecía a la Unión Patriótica –un partido político de izquierda- ordenó torturarlo para obtener información sobre la guerrilla. Los soldados le apuntaron con sus fusiles, lo golpearon, lo asfixiaron. Pero Alberto no sabía nada.     

Cuando, después de desnudarlo, el teniente dio la orden de que lo mataran  –pero no con el fusil, sino con el machete- y sintió el primer machetazo en el hombro y la sangre corrió por su cuerpo desnudo, Alberto pensó más que nunca en su madre. Pensó que nunca la volvería a ver, pero sobre todo que ella lo buscaría incansable, inútilmente.

Quizá –un segundo antes de morir- nosotros también pensemos en la persona que amamos. 

Pero Alberto no murió. Los soldados lo creyeron muerto, lo enterraron poco profundo y huyó cuando no había nadie; buscó ayuda, se recuperó en un hospital, se escapó del hospital, compartió tres meses con su madre y luego ingresó a las FARC: “Antes de que me mataran”. Seis años después, en 1994, supo que su madre había desparecido. 

-Era una viejita rezandera y la desaparecieron –recuerda Alberto, con el ojo derecho apagado por una cicatriz- En ese momento, mi mamá era la persona que yo más quería. Yo era un hijo muy querido por la viejita. Ella me consentía mucho, porque yo era el hijo menor. Me daba mucho pesar no volver a ver a la vieja.  

La historia de Alberto me recordó que muchos guerrilleros también les escriben cartas a sus familias. Y en ellas hablan de la paz con esperanza, casi podría decirse que con ilusión. Me quedé pensando, sobre todo, en la carta que Antonio, un guerrillero del Frente 30, le escribió a su madre:

Te pido, madre, que no te preocupes tanto por mí porque ahora la intensidad de la guerra ya bajó: se ha llegado a otro acuerdo con el gobierno de no agresión. A esto le llamamos: Cese al fuego bilateral y definitivo, porque estamos a punto de firmar la paz.

 

 

La tristeza irreparable

Ismael -8 años en las FARC- asegura que, con las palabras de la jerga guerrillera, se podría escribir un diccionario. En seguida indica algunos ejemplos: cuando quieren mencionar el lugar donde duermen, los guerrilleros dicen caleta; de ahí se desprende la palabra caletear, que se refiere a las relaciones íntimas. El acto de robarle la pareja a un compañero se llama parrillar y quien lo ejecuta, parrillero. El guerrillero hambriento se conoce como mochado y el que repite almuerzo, como repelador.

“Socio y socia es que son socios sentimentalmente –explica Ismael, con la mirada fija en sus manos-. Porque aquí no se puede decir esposa, aquí el matrimonio no existe, existen los socios de caleta”.     

Y la lista es larga: rancha, chonto, polvo de burro, blanqueado. Con su mera existencia, estas palabras describen la cotidianidad de los guerrilleros. Y, sin embargo, los guerrilleros son reacios a mencionarlas en sus cartas: relacionan la jerga guerrillera con una informalidad que, para ellos, no debe quedar registrada en algo tan importante.

Nuestra Diana Isabel, maravillosa y sabia, me escribe cartas tan lindas que reflejan tu belleza espiritual –le escribió Nelson a la madre de su hija, que murió hace once años en un operativo del ejército-. En todos sus gestos, sonrisas, palabras, escritos, estás reflejada, mi adorada Deisy.

Muchos guerrilleros han perdido a sus parejas en bombardeos, combates o emboscadas. Pero transcurre el tiempo y algunos no dejan de escribirles. Hace cinco o seis años, Irene               -11 años en las FARC- vio por última vez a su primer novio: lo vio acercarse decidido a través del campamento, lo vio entregarle una carta sin pronunciar palabra y lo vio desaparecer, con una comisión de las FARC, en los senderos invisibles de la montaña. No lo vio morir, días más tarde, con las costillas rotas en un accidente. Tardó varios años en reunir el coraje para leer una carta que ya no podría contestar. Sigue siendo el amor de su vida. 

No existen palabras –ni en la jerga guerrilla ni en ninguna otra jerga- para describir la tristeza irreparable de ciertas pérdidas.  

 

  

Las cartas son nobles

Escribieron cartas de amor Edgar Allan Poe y Lord Byron,  Ernest Hemingway y Martha Gellhorn, Frida Kahlo y Diego Rivera, Juan Carlos Onetti e Idea Vilariño, Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, Harper Lee y Truman Capote. Es difícil concebir a un artista sin cartas de amor. Y las cartas de ciertos artistas valen su peso en oro. El año pasado, un coleccionista neoyorkino pagó 137 mil dólares por las cartas que Frida Kahlo le escribió a Josep Bartolí, su amante español. Sólo eran 25. Ciertamente costaron mucho más que su peso en oro. 

Los medios también saben sacarle jugo a las cartas de personajes famosos. El Diario de Mendoza titula “Amada mía”.  El Cosmopolitan, “Cartas de amor de grandes personajes”. Arcadia, “10 famosas cartas de amor”. BBC, “Cartas que han hecho historia”. Clarín, “Las 10 cartas más sorprendentes de la historia”. En casi todos los artículos mencionan escritores como Ernest Hemingway, Gustave Flaubert y Franz Kafka. En casi ninguno mencionan al genio de la literatura irlandesa, James Joyce, quizá porque sus cartas a Nora Barnacle están más cerca de la suciedad erótica que del amor romántico: 

Te habrán impresionado las cosas sucias que te escribo. Quizás pienses que mi amor es una cosa sucia. Lo es, querida, en algunos momentos. Te sueño a veces en posiciones obscenas. Imagino cosas muy sucias.

Las otras cartas, la mayoría, me parecen demasiado prudentes. Pero siempre habrán vistosas  excepciones: la carta en que Frida Kahlo insulta a Diego Rivera por sus frecuentes infidelidades. La carta en que Simone de Beauvoir le explica al escritor Nelson Algren, su amante, por qué nunca dejará a Sartre –ni a París- para vivir con él en Estados Unidos. O la carta que Antoine de Saint-Exupéry le dirige, pocos días antes de morir, a un amor imposible: “No hay más Principito, hoy día ni jamás. El Principito está muerto o se volvió totalmente escéptico. Un Principito escéptico no es más un Principito. Estoy resentido con usted por estropearlo”.

El escritor argentino Ignacio Uranga dijo que para sobrevivir había que aferrarse a las palabras como a un salvavidas. Quizá por eso se han escrito tantas cartas desde los campamentos guerrilleros y desde cualquier campo de batalla: la BBC publicó cuatro de las doscientas treinta mil cartas que dejaron los soldados caídos durante la primera guerra mundial. Y la nobel de literatura, Svetlana Aleksiévich, cuenta que los soldados soviéticos, durante la guerra de Afganistán, escondían dos copias de una misma carta, una en la pierna derecha y la otra en el pecho, porque no sabían qué parte del cuerpo les dejarían las bombas enemigas.

Los libros son pretensiosos: se escriben con la esperanza de perdurar, más allá de la muerte, en la memoria de múltiples generaciones. Las cartas son nobles: se escriben con la esperanza de perdurar, más allá de la muerte, en la memoria de una única persona: la persona que amamos. En octubre del 2015, el reportero sueco Aylan Kurdi encontró una carta en el Mar Egeo, protegida por una bolsa hermética, escrita en árabe iraquí y firmada dulcemente por Hamody (diminutivo de Mohamed). Todo indica que el remitente, antes de morir en las aguas del mediterráneo, quiso salvar su última carta de amor: 

Rosa es maravillosa cuando ríe, cuando me hace sentir celos, cuando se arregla el cabello, cuando me da un beso. Para aquella a quien le entrego mi secreto y por quien muero. Éste es un beso mío. Del humilde y amoroso Hamody.

 

 

Los náufragos las escriben para despedirse y los artistas para desahogarse. Liudmila Quincose, una poeta cubana, escribe cartas por encargo. Hace quince años colgó un cartel en la puerta de su casa -“Escribanía Dollz. Se escriben cartas de amor a cualquier hora. Cartas de negocios y cartas de suicidas de 8.30 a.m. a 3.00 p.m.”- y desde entonces no ha parado de recibir encargos, incluso desde el extranjero. Esto significa que las cartas son nobles, pero también son universales. 

Los guerrilleros las escribían durante las pausas de la guerra. Cuando el secretariado las prohibió -porque podían facilitarle información al enemigo- los más desesperados las escribían a escondidas o con la secreta complicidad de sus mandos. Yo encontré 27 cartas de amor en un campamento de las FARC. Casi todas escritas a mano, probablemente con las mismas manos que empuñaron un fusil. Y en muchas cartas, como Nelson, hablan de la paz con esperanza.  Casi podría decirse que con ilusión.

El tiempo va de prisa, hace 11 años que tú partiste y nuestra beba ignoraba en qué mundo vivíamos, eran tiempos duros, la guerra rondaba en todo el país como aligerando el viaje de la muerte. Mi amada Deisy, te comunico que todo indica que la guerra va a terminar, por ahora es la noticia del año y nuestras familias están muy felices.