Los náufragos las escriben para despedirse y los artistas para desahogarse. Liudmila Quincose, una poeta cubana, las escribe por encargo. ¿Qué escriben los guerrilleros farianos en sus cartas de amor?

Por: Santiago Blandón

 

De las palabras no se vuelve

La palabra favorita de Ismael es amor

Sería una respuesta predecible si no fuera porque Ismael pertenece al Frente Urbano Manuel Cepeda y, antes del cese al fuego, estaba encargado de instalar explosivos en puntos estratégicos de Buenaventura. Sería una respuesta predecible si no fuera porque, durante ocho años, Ismael enfrentó -y sobrevivió- a uno de los ejércitos más grandes de América Latina. En los labios de Ismael, una respuesta común puede resultar insólita:

-La palabra más significativa para mí es amor -dice Ismael y reconoce que se le pegan las palabras- porque amor encierra todo. Digamos que uno aquí ama a todos. Créame que cuando alguien muere uno lo siente, porque uno ya siente amor por esa persona, uno ya no lo ve como un cualquiera sino que aquí todos somos como miembros de una sola familia.            

Antes de conversar con Ismael, fotografié a tres guerrilleras jugando fútbol, a una pareja de guerrilleros estudiando lecciones de ortografía, a un guerrillero con un gatito montado en el hombro, a ocho guerrilleros escuchando historias alrededor de una fogata. Pero la respuesta de Ismael me sigue pareciendo insólita, quizá porque durante muchos años los colombianos nos acostumbramos a pensar que los guerrilleros eran inhumanos. Y a muy poca gente se le ocurrió preguntarse si era posible; si era cierto que, por pertenecer a una de las guerrillas más grandes del mundo, estaban impedidos para reír, llorar, cantar, bailar, entristecerse y dar respuestas como las que dice Ismael. O enamorarse. 

O escribir cartas de amor. 

 

El lado oscuro del corazón

Los guerrilleros de las FARC me compartieron 27 cartas escritas en hojas de cuaderno, con una caligrafía escolar y lapiceros de distintos colores. Casi todas son breves, son emotivas, son infantiles y huelen a humedad, quizá porque acompañaron a sus autores a través de la selva y también sobrevivieron al calor, la lluvia, la oscuridad, la infinitud verde de la montaña.

Ese día fue de alegría y tristeza para mí –escribió Yesenia, del Frente Franco Benavides, refiriéndose al día en que el comandante en jefe de las FARC y el presidente de Colombia firmaron el “fin del conflicto”-  Al mirar a mi alrededor y saber que tú no estabas y que jamás podría volver a ver esos lindos ojos, me dieron ganas de salir corriendo, gritar, buscarte y tenerte por última vez entre mis brazos. 

Deisy, Adriana, Laura o Camila. Son algunos de los nombres que encuentro entre las cartas de los guerrilleros. Las mujeres prefieren escribirles a sus comandantes en La Habana, amigos o familiares, pero también son románticas: Clara –cuatro años en la insurgencia- se aprendió un poema de Benedetti para recitárselo a Santiago, el publicista chileno que ingresó hace varios años a las FARC. Y Vicky –tan antigua como Clara- escribió un poema titulado “Amor guerrillero”, donde le habla a un compañero de distancia, de tristeza y del anhelo por verlo pronto.

Algunos guerrilleros no saben leer ni escribir, pero se las arreglan para expresar su amor a través de dibujos, manillas o pequeños adornos de madera.

(…) los amores en la guerrilla son más intensos –escribió Victoria Sandino, una de las líderes más importantes de las FARC, en un artículo que publicó la página web de la organización- Somos camaradas y sobre esa base hemos aprendido a tejer fuertes lazos de amistad, sostenida en profundos afectos, surgidos de la admiración que sentimos por muchas y muchos de nuestros compañeros. Somos la combinación de todas las formas de amar.

 

 

Sin embargo, en un contexto de guerra -donde hombres y mujeres no se separan de su fusil- hasta el amor se puede tornar sangriento. Nelson -28 años en las FARC- me cuenta que ha visto morir a más de diez guerrilleros, literalmente, por amor. Y me describe los tres casos más recordados: cuando una guerrillera se enteró de que su novio había pedido traslado a otro campamento, para separarse de ella, lo abrazó con una granada escondida entre los senos: “Desparecieron de la cintura para arriba”. Otra guerrillera, cegada por una infidelidad, le disparó a su pareja mientras dormía y luego se suicidó. Los encontraron muertos y casi abrazados en la cama. El tercer caso estuvo a punto de desencadenar una masacre cuando el antiguo novio de una guerrillera no soportó verla con otro hombre, tomó su fusil y empezó a disparar indiscriminadamente en mitad del campamento. Por una coincidencia milagrosa, las balas no alcanzaron a nadie. Pero el guerrillero se suicidó.  

Según Nelson, la mayoría está muy lejos de resolver su despecho con un asesinato o un suicido, pero hay otras medidas extremas: solicitar la baja, pedir traslado o desertar, son algunas de las más comunes. De ahí que en la guerrilla existan normas involucradas con el amor. Las relaciones sentimentales con civiles están prohibidas, cada año les realizan exámenes para descartar enfermedades de transmisión sexual y para convivir con una pareja deben solicitar el permiso del comandante.

De todas maneras, con el avance de la reconciliación, algunas normas se han abolido: desde que anularon la prohibición del embarazo, en menos de once meses, las parejas de las FARC han concebido 300 bebés. 

  

52 años de guerra

Durante cuarenta y cuatro años fue el principal enemigo del ejército colombiano. Cuando murió –de muerte natural- era el guerrillero más viejo del mundo y uno de los más legendarios. Sin duda, la historia de Tiro Fijo resume la historia de las FARC. Pero  sabemos poco de él.

Sabemos que era un campesino como cualquier otro hasta que los conservadores lo desterraron y entonces se convirtió en guerrillero liberal. Sabemos –gracias a un texto de Eduardo Galeano- que se llamaba Pedro Antonio Marín hasta que heredó el nombre de un compañero muerto y entonces empezó a llamarse Manuel Marulanda. Sabemos que fue guerrillero liberal hasta que los políticos liberales se aliaron con los conservadores y entonces fundó una guerrilla comunista. Sabemos que esa guerrilla se llama Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y que el ejército colombiano no consiguió derrotarla tras 52 años de confrontación. Sabemos que el conflicto armado dejó ocho millones de víctimas –entre desplazados, secuestrados y muertos- y que las dos partes enfrentadas se sentaron a dialogar en noviembre del 2012, después de otros intentos fallidos, para “detener el baño de sangre”. 

Cuatro años después, el 26 de septiembre del 2016, el heredero de Manuel Marulanda, Timoleón Jiménez, y el presidente de la república, Juan Manuel Santos, firmaron unos acuerdos que implicaban, entre otras cosas, el desarme de las FARC. Pero el proceso –que duraría seis meses y contaría con el respaldo de la comunidad internacional- no podía iniciar hasta que se refrendaran los acuerdos.

El 2 de octubre salieron a votar trece millones de colombianos y, contra todo pronóstico, el NO obtuvo una ventaja de 50 mil votos. Un resultado tan catastrófico que al día siguiente la moneda colombiana cayó 2,6%, sin mencionar las repercusiones políticas. 

Sin embargo, los guerrilleros expresaron su voluntad de continuar con el proceso de “reincorporación a la vida civil”, el cese de hostilidades se prolongó hasta el 31 de diciembre y Juan Manuel Santos recibió –cuando todos lo daban por descartado- el premio Nobel de Paz. 

Ese mismo día, Timoleón Jiménez escribió en su cuenta de Twitter un mensaje donde felicitó al presidente Santos y declaró que el único premio –al que aspiran los guerrilleros- es la paz de Colombia.