Entramos al apartamento, no había nadie, según Daniel todos estaban en la casa de la mamá de su padrastro pero segurísimo habían dejado almuerzo. Yo me senté en un sofá en L que había en la sala mientras me recuperaba de la asoleada; él entró a la cocina a destapar ollas.

-Sisa, la cucha dejó almuerzo, son lentejas con carne, ¿usted si come de esto peluche?

- jajaja obvio– Le respondí con tono de burla. 

Se sienta en el comedor y saca de un canguro una bolsita transparente llena de marihuana, se pone a trillar y comienza a contarme qué fue su vida todo este tiempo de no vernos. Habían pasado ya tres años en los que Facebook era el único medio por el que hablábamos y, el último año, de no saber nada de él. 

Daniel tenía una novia a sus catorce años y, como vivía peleando con su padrastro, decidió irse de la casa para vivir en la de ella. No tardó mucho en dejarla embarazada y fue ahí cuando comenzó a trabajar de manera más seria con la droga. Recuerdo la casa de Lina, yo hacía mi pre icfes a unas cuantas cuadras de ahí y casi todos los sábados pasaba a visitarlos. El bebé era hermoso,  la versión bonita del papá. 

Daniel comenzó a cambiar mucho desde que se mudó a la casa de Lina, su cuerpo se llenó de tatuajes, se dejó crecer el cabello y las palabras con las que se expresaba ya no eran las del niño de colegio que había conocido años atrás. La relación con su novia comenzó a marchar mal porque él vivía en la calle fumando, robando y vendiendo vicio, hasta que finalmente Lina lo echó y se fue a vivir con su abuela  al barrio de su infancia, Montebello.  El barrio de la guerra, como le dice él.

Uy gonorrea calor el de esta casa –, Dice mientras se quita el saco negro que lleva puesto. 

- Horrible marica. 

- Trillá ahí yo voy a servir que estoy que me parto.

En el centro de su pecho tiene tatuado el escudo del América, en un hombro una calavera con dos pistolas y en el otro el escudo de la selección Colombia, en medio de ellos dos palabras que no logro descifrar. En su costilla izquierda tiene una mata de marihuana, en la derecha la cara de un perro bull terrier, en el estómago el nombre de sus papás, en el cuello unos labios rojos, en los brazos tiene a homero, un diamante y otros dibujos, pero en la mano tiene el más importante, el nombre de su hijo, Oliver. 

Daniel trae el almuerzo a la mesa y comienza a comer rápidamente con una mano y con la otra, sigue trillando. Acaba de almorzar primero que yo y arma el porro, lo prende y me sigue contando lo que ha vivido los últimos siete meses. Apenas llegó al barrio Montebello hizo contacto con unos amigos de la infancia y comenzó a vender droga con ellos para poder sostenerse y mandarle plata a Oliver. Vendían ahí mismo en el barrio, se la pasaban en una cancha que era tradicionalmente de hinchas del Cali y se enrumbaban los fines de semana con lo producido en la semana. A Daniel el jefe de la oficina para la que trabajaba le preguntó si quería ganar más plata y ahí fue cuando comenzó a matar gente por encargo. Le pagaban entre cuatro y cinco millones por “positivo”. Alcanzó a hacer seis positivos en seis meses. 

Daniel se movía en Sucre, El Obrero y otras partes del centro, compraba y vendía droga y armas. Para él trabajaban niños de diez, once y doce años; niños de barrios pobres sin esperanza de nada. Niños que con un revolver treintaiocho tienen cinco, siete chulos en una noche, cuenta de manera expresiva subiendo la voz. Demuestra mucho respeto por los más chicos, asegura que son los más peligros. Los de la sangre más fría. También habla de las mujeres, dice que son pocas, pero las que hay son unas locas. 

Daniel nunca ahorró nada de lo que ganó por matar, extorsionar y vender droga. Él dice que plata fácil, plata maldita y que por eso desaparecía rápido. A Montebello llegó otra oficina a hacer la guerra, a querer apoderarse del barrio, del negocio de la extorsión a los comerciantes y de la distribución de droga. Cuenta que fueron días difíciles, que nadie dormía, nadie comía, se metía perico todo el día para estar atento, se sentaba con el fierro listo para disparar. Le tocó olvidarse de la familia, de su novia actual y de sus amigos. Su vida se convirtió en cuatro paredes, vivía a la espera de que lo fueran a buscar. 

 

 

Al principio nos dábamos roces  en la moto y si se veía algún desconocido se le preguntaba quién era, si era un extraño simplemente se mataba… Luego ya nos tocó encerrarnos porque esa gente se calentó y a nosotros nos cogieron a unos socios que ahora están presos… Nosotros les matamos a varios y ellos también. 

Daniel dejó de ver a su hijo desde que llegó a Montebello, pero cuando podía llamaba a preguntar por él; cuando estalló la guerra tuvo que desaparecerse para protegerlo, nadie sabía dónde estaba, solo su novia actual, una chica del barrio que conoció tan solo días después de mudarse para allá. A todos los amenazaron con matarles a la mujer y los hijos, por fortuna, nadie de la oficina rival sabía que Daniel tenía un hijo y eso fue lo que lo motivó a marcharse cuanto antes de ese mundo. Pasaron días rondando en su cabeza la idea de irse, pero solo se decidió un martes a las seis de la tarde cuando un amigo llamó a avisarle que ya iban por él. 

Empacó maletas y fue a dar a Palmira, pero en Palmira no pasaba nada, me dice riéndose. Tan solo una semana después volvió a Cali, a la casa donde nos encontrábamos en ese momento, había estado encerrado un mes, apenas hacía tres días que había vuelto a salir a la calle. Se cortó las  trenzas que nacían en su nuca y terminaban en la mitad de su espalda, ahora  se pone sacos sin importar el calor para que nadie lo vaya a reconocer por los tatuajes, usa gorra siempre y se viste diferente a como lo hacía en el barrio. Fuma compulsivamente cigarrillo y, ahora que ha vuelto a salir, compra marihuana también. 

A Oliver aún no lo ve, dice que prefiere que las cosas se calmen para no ponerlo en peligro. Tiene un celular con minutos que sólo gasta en él y, claro, en su novia, que como Daniel dice, ella  estuvo más en las malas que en las buenas.

Daniel se levanta de la mesa, se pone el saco y me dice que lo acompañe al parque, que no quiere estar más encerrado. Llevo los platos a la cocina, él limpia la mesa de los restos de marihuana y salgo al balcón de la torre. Bajamos los cuatro pisos calmadamente aunque él mueve sus dedos con insistencia igual que cuando lo vi caminar en el colegio.  Esta vez Daniel lleva el canguro con la marihuana en su cintura. Llegamos al parque, no muy lejos de la casa de su mamá, y nos sentamos en una banca de cemento pintada de blanco. El parque está solo, hay unas cuantas bancas más y todas están vacías, es un espacio realmente silencioso.

Daniel arma otro porro. Me dice que necesita dormir, que fuma y fuma para ver si le da sueño, pero que no lo logra. Me pone una mano en el cuello y me hace saltar, estaba helada. Dice que se duerme quince minutos y se despierta con pesadillas de que lo van a matar, que es casi igual que cuando estaba encerrado en la oficina escondiéndose. Sueña con los que ha matado y con los que lo quieren matar, sueña que lo persiguen, nunca sueña algo bonito. 

 A este parque traía a mi hijo antes de meterme en tanta vuelta, me dice, y besa su mano, la misma con la que apretó el gatillo muchas veces atrás y  donde tiene tatuado el nombre de su hijo. Le pregunto si no le da miedo que por ese tatuaje, que es el único que no se cubre, lo reconozca alguien y lo maten; Daniel fuma un poco más de marihuana, traga el humo y me responde:

Por él es por el único que doy la vida, ni por mí doy la vida. Desaloja el humo de sus pulmones y lo bota en dirección al cielo.