Pasamos por pasillos y pasillos. Muros de ladrillos, repellados con cemento gris, están dispuestos,  formando casi un laberinto de lamentos; algunos con pequeñas entradas de luz, otros completamente oscuros. Las enredaderas se trepan por las paredes, parecen brazos que se extienden desde la tierra para alcanzar el cielo, brazos que salen desde el purgatorio queriendo alcanzar las nubes.

Sus hojas grandes y verdes recubren el suelo, los mosaicos de los baños, la panadería y el comedor. Una pequeña reja separaba al cocinero del resto de la prisión; cuentan que muchos fueron apuñalados por no conceder indulgencias a los prisioneros; los presos tomaban venganza, algunas veces con los guardas de seguridad como cómplices. Alimentaba más de 1500 personas, entre reclusos y funcionarios, con fríjoles, arroz y papa todos los días, cada día, hasta el último del funcionamiento de la prisión.

La salida de la isla es igual que la entrada. Las maletas y los equipos se montan a la lancha, a eso de las 5 o 6 de la tarde, y se espera hasta que el barco llame por radio teléfono a la Isla. No se puede escoger el barco, ni mucho menos los camarotes.  Los barcos tienen asignados días de zarpe y tardan prácticamente tres días en ir y volver al puerto de Buenaventura: el día que zarpan, un día completo de navegación (según el último lugar que visitan), y el día de regreso. Descargan las bodegas, y las personas abordan lanchas, o canoas, que los llevan hasta sus destinos. Para los lugareños, los viajes en barco no tienen mayor trajín; viejos y chicos conviven con el mar, se arrullan con el sonido de la ola al romper en la playa, con el barco, con la lancha, con el mangle y las canoas. 

Dentro de la prisión se traficaba no sólo con armas, que en su tiempo eran objetos corta punzantes hechos de madera, también con prostitutas llevadas por los directores y funcionarios de la cárcel. Estas mujeres prestaban el servicio dentro de la prisión a todos que tuviesen cómo pagar, incluso con artesanías talladas por ellos mismos. Las enfermedades de transmisión sexual pululaban tanto como los mosquitos; rondaban de cuarto en cuarto, de enfermo a enfermo, de sangre a sangre, así lo muestran las placas informativas de la enfermería dentro de la isla.

—Los charcos se quedan ahí durante mucho tiempo 

sí, acá la humedad es brava, acaba con todo.

Se lo lleva todo.

Ya no hay techo, el sol se refleja en los espejos de agua que quedan entre los pasillos. Las algas crecen, el moho también, y así todo se va deteriorando, hasta que el moho ya no es moho sino árbol, hasta que el alga no es alga sino bejuco.

 

 

Dicen que la cárcel se basó en un diseño nazi. Los calabozos de castigo eran pequeñas celdas con una cama y una letrina. Las paredes de los baños fueron recortadas pues se asesinaban dentro de las letrinas; los guardas, desde el techo, vigilaban todo lo que ocurría en los cuartos, los baños, los pasillos, el comedor y los patios de lavandería. El botellón, era quizá el castigo más terrible: los presos eran enterrados casi que vivos, en un cilindro de más de dos metros de altura en la selva, tan estrecho que no los dejaba ni sentarse, completamente desnudos, al sol y al agua; ahí recibían la comida que muchas veces caía y se mezclaba con sus propios desechos, tapando el único sifón, ahogándolos en un batido de lluvia, mierda y llanto. Así lo narran los funcionarios del parque, profesores que en su tiempo de estudiantes conocieron la prisión y algunos recuadros que vemos mientras hacemos el recorrido. 

Hubo sólo tres fugas exitosas: Eduardo Muñetón Tamayo, acusado de ser guerrillero, fue capturado borracho, después de dos años de libertad, alardeando de su escapatoria, y fue devuelto a la prisión; Daniel Camargo Barbosa, «el sádico colombiano», logró escapar aprovechando la fiesta de la Virgen de las Mercedes; había construido una pequeña balsa con troncos, amarras de bejucos y lianas, pero fue recapturado tres años después. Felipe Santiago Arroyo logró escapar de la policía, de la Gorgona, sobre unos balzos amarrados, era un ladrón alegre, fantoche y confesó más 34 asesinatos, vestía de negro y le llamaban “El Diablo”.

—Ya le dimos la vuelta, ya no hay nada más que ver. La foto en los calabozos quedó muy chévere.

 —¿Nos vamos o qué? – le pregunté. Caminamos de regreso al Poblado para esperar el barco.

 

 

Por lo menos queda verde, vivo, pero se pierde el rastro de lo que fuimos, y de lo que no debemos volver a ser; como dicen los abuelos: pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla. Suena el radio y avisan la llegada. Agarramos las maletas, las cargamos en la lancha y partimos al encuentro con el barco. La noche está estrellada, y en el mar, tranquilo, se ven peces saltar atraídos por las luces del barco, de nuestras linternas y de la luna. De vez en cuando nos despide una tortuga sacando su caparazón del agua. El viaje será tranquilo.

En la isla, los presos pagaban con la vida sus crímenes. La selva se traga la cárcel como la muerte se tragó a cientos de hombres mientras la cárcel existió. Algunos presos se mataron entre ellos, otros se hicieron morder de serpientes para terminar el sufrimiento, algunos murieron en el intento de huir del exilio. El abandono y la desesperanza carcomieron la vida de quienes aquí entraron, de quienes aquí existieron, de quienes aquí respiraron.  Más de mil almas sufrieron el destierro y el olvido en una tierra de belleza absoluta, de un mar de colores, de una selva exuberante. Más de mil almas vieron caer sus días como hojas secas que se van asfixiando minuto a minuto con sólo tres testigos de su dolor: la luna, el sol y el mar.