"Voy a contarte mi secreto a solas, le dije una vez al mar y con sentida voz, le conté el desastre de mi vida, y al conocer mi amarga desventura – hombre- exclamó con doloroso acento: soy grande pero más es tu tormento, soy hondo pero más es tu amargura”. Poema de un preso. Prisión Gorgona.

Por: Lina Isaza

—A los muros se los come la selva –le dije al Capi mientras las botas pantaneras se hundían entre las hojas.

—No sólo la selva, los lamentos también –me contestó mientras se adentraba por uno de los pasillos largos  que conducen a la antigua enfermería.

Al pasar la reja me detengo a mirar al cielo. Tiene la forma de las hojas que dejan pasar algunos rayos de sol. Todo es verde: verde claro, verde oscuro, verde grisáceo. Verde claro son las hojas que se sobreponen a los años y el desgaste; verde oscuro es la lama que crece sobre los muros, o en los antiguos azulejos completamente blancos de algunas paredes; y verde grisáceo son los muros que se mezclan entre la selva, las hojas y el moho. Paredes que guardan memoria, paredes que hoy muestran la ruina del delito, el dolor de la soledad, el amargo sabor del exilio.

Somos 12 personas, todos biólogos. Hace un par de años la isla fue atacada por las FARC y desde entonces sólo se permiten estadías para investigadores, ésta vez nos quedaremos en Playa Palmeras, una playa alejada del funcionamiento administrativo del parque y donde sólo  se encuentran dos guardaparques monitoreando el nacimiento de las tortugas marinas. Nos quedaremos ahí 7 días, muestreando el ecosistema rocoso del costado occidental de la isla. Viajamos más de 12 horas para llegar hasta acá. Entre la salida de Cali, el recorrido por la vía al mar, y la llegada a Buenaventura hay alrededor de cinco horas, todo depende del tráfico en la vía. Pasamos por Dagua y hacemos la obligada parada a desayunar en la Fonda Paisa, uno de esos restaurantes propios de la orilla de la carretera, de tejas rojas y un asador en el centro del restaurante; arepas de choclo, calentado de fríjoles, pericos y chorizos llegan a la mesa, café con leche, aguapanela y claros de maíz. 

Llegamos a Buenaventura después de pasar por los Tubos, un famoso balneario a la orilla del río Dagua,  los desvíos para Sabaletas y San Cipriano, pueblitos pequeños donde se puede disfrutar del húmedo pacífico bañado por ríos y abrazado por calor. El tráfico se torna pesado, las motos esquivan carros, busetas y volquetas; los pitos ya no dejan dormir y el bochorno, ese característico calor mezclado con humedad, nos dan la bienvenida al puerto más importante del Pacífico Colombiano, que de pacífico no tiene tanto, Buenaventura es una de las ciudades más peligrosas del país. La desigualdad socieconómica es completamente notoria: manejan más del 60% de las actividades portuarias del país pero más del 80% de su población es pobre, según cifras del Dane; sin lugar a duda, esta desigualdad es el motor de la violencia: grupos armados heredados del paramilitarismo, comúnmente llamadas Bacrim, las rutas del narcotráfico en la región y la ubicación geoestratégica del puerto son detonantes claves del conflicto, que busca manejar los negocios rentables de las armas, las drogas y la siembra de cultivos ilícitos.

Hay dos muelles además del turístico. De ahí zarpan barcos de carga y barcos medianos que acondicionan para transportar víveres, encargos y personas. Son barcos de tablas viejas con nombres peculiares: Discovery, Karen Vanessa I, Karen Vanessa II, Amazonas... Por lo regular viajan con torres de canastas de cerveza en la proa que llegarán a varios pueblos del sur de la costa pacífica. La mayor parte se queda en Guapi y Tumaco, y de ahí se distribuyen a varios lugares del Cauca como Sanquianga, Negritos, Timbiquí y Bocas de Satinga.

Sus nombres y apellidos, niña –dice la señora al otro lado del vidrio, encerrada en una caja de tablas de madera de las que transportan en los barcos de carga, transporte y turismo, porque acá, bultos y personas somos tratados casi por igual.

Acá soy 6 billetes de cincuenta mil y un número que encontraré pintado en un camarote. A los lugareños les cobran menos; eso sí, no les dan camarote, sólo les prestan unas colchonetas que extienden por los pasillos a la hora de dormir. Recostarse en esas camas suena como el chillido de varios murciélagos, y las sábanas se ven desteñidas de tanto uso. Caminamos por el muelle con nuestras maletas enormes, un par de cajas donde guardamos equipos y unas canecas con más equipos, las organizamos en la popa y los pasillos laterales del barco. Las maletas van con nosotros en el camarote y ocupan casi la mitad del cuarto, que no es muy grande, sólo caben dos personas paradas y las maletas que llevamos. Tal vez tiene 1,80 entre la puerta y la pared, exactamente la longitud  de cada cama del camarote.

 

 

La proa no solamente tiene canastas apiladas de cerveza. En la bodega, bajo esas mismas canastas de cerveza, llevan víveres para distribuir a lo largo de la costa: atún, pasta, tomates, plátanos, arroz, papas, y un sinnúmero de alimentos que no se pueden conseguir en las costas son llevados desde el interior. Huevos, gallinas, carne, cilantro, cebolla, enriquecen el panorama con cacareos y un peculiar olor de mercado itinerante. En diciembre, uno que otro aparato excéntrico tiene cabida entre cajas de frutas y bultos: televisores pantalla plana, equipos de sonido y motos son transportados en el barco junto a lo demás.

La prisión en la que se convirtió la Isla Gorgona, el 8 de octubre de 1960, albergó los más crueles delincuentes de Colombia por 24 años, y fue clausurada por el presidente Belisario Betancourt el 25 de junio de 1984. Era un lugar perfecto para confinar a los condenados. Está ubicada a 35 km al oeste de la costa; sus aguas nada pacíficas, “el mar picado”, los tiburones y las serpientes hacían de esta isla un lugar casi imposible del cual fugarse. La isla fue descubierta en 1524 por Diego Almagro, quien la nombró como San Felipe, pero Francisco Pizarro, en 1527, al ver la cantidad de serpientes, la asoció con las Gorgonas de la mitología griega -que llevaban serpientes en la cabeza-, así que su nombre cambió.

En sus inicios, la isla sirvió de estación de abastecimiento para las naves que se movían entre Panamá y Perú. El libertador, Simón Bolívar, en 1820,  le dio las islas Gorgona y Gorgonilla (un islote pequeño en el suroeste de la isla), a Federico D'Croz, un sargento mayor de la Legión Británica como reconocimiento por su lucha. D’Croz estableció una finca que posteriormente, a finales del siglo XIX, sus herederos le vendieron al comerciante de oro Ramón Payán. Ahí, los Payán constituyeron una próspera hacienda, hasta que Alberto Lleras Camargo, presidente de Colombia en 1960, apropió las islas al Estado y la convirtió en la prisión de máxima seguridad.

La brisa salada del mar se mueve con el vaivén del barco, la sal se siente en la piel, entre los vellitos de los brazos, en la cara y en los labios. El barco enciende sus motores y después de la acostumbrada revisión de la policía, se puede salir de Buenaventura con dirección al sur, pasando del Valle del Cauca al departamento del Cauca.

A eso de las 11 o 12 de la noche, los pasillos se atiborran de cuerpos por entre los que hay que saltar, de un lado y del otro, para no pisar un pie, una mano, o incluso un bebé. 

Al amanecer, llega la lancha de Parques Nacionales Naturales, con dos funcionarios del parque. Agarramos las maletas, hacemos una cadena para pasarlas hasta el primer piso y, ya todo abajo, se pone en la lancha. En diez minutos, después de casi 12 horas en mar abierto, estamos en tierra.

¿Cuánto caminamos?

—Como dos horas… —me contesta el Capi. 

— ¿Y esto es? 

—Sí, ya llegamos. Esto es. ¿Fea no? 

—Son muros, nada más.

 

 

El suelo está húmedo, como todo en la costa Pacífica. El agua es abrumadora, la humedad entra por los poros y se pega en las costillas, en los intestinos, en los huesos. El aire caliente y húmedo entra por la nariz y por la boca, y se revuelve con la sensación de desahucie, dolor, pena y abandono que genera el lugar.  El monte se devora el tiempo, los recuerdos, la memoria. 

Bien lo dice la primera placa en la entrada de la prisión: “Oh, vosotros, los que entráis. Dejad toda esperanza”. Desde que cruzamos la reja que marca el inicio de la Alcatraz colombiana, el ambiente se torna oscuro; homicidas y violadores, en su mayoría, eran recluidos en la isla. Desde que cruzaban esa misma reja perdían su identificación personal y prácticamente el nombre. Se les asignaban códigos para ser identificados dentro de la cárcel, y eran sometidos a constantes abusos por parte de las autoridades, e incluso, de los mismos reclusos. Debían convivir con la selva, las serpientes y los mosquitos transmisores de enfermedades, que acababan, de cierta manera, el suplicio de la soledad.

Desde la entrada el lugar es abrumador. Los pasos se tornan pesados, la selva murmurante. Los últimos rayos del día entran por los espacios que dejan las hojas y las ramas. El suelo y las paredes mohosas asienten el tiempo que anda a paso lento.

Mientras nos adentramos por los pasillos de la cárcel, pequeños cuadros van recreando la historia. En la entrada de la enfermería el recuadro, de cemento y letras grises, cuenta las “crueles curas” a los que debían ser sometidos los internos de la cárcel. “¿Tratamientos imposibles? El doctor Bernardo Ocejo practicó cirugías de cabeza y amputaciones mayores con segueta y cuchillo como único material quirúrgico”.