Por: Angélica María Bohórquez.

 

No podría ser madre ahora ni luego y ojalá mi cuerpo dejara de intentarlo.

 

Anotaciones infantiles

Yamilé apoya la espalda en el lavaplatos, celular en mano, para sintonizar el partido del Nacional en la radio. Son las ocho de la noche, hace frío como en otras ciudades (no ésta) y ella aún no termina con el aseo del primer piso de la casa. En la cocina hay cúmulos de platos sucios con guiso de tomate y grasa de pollo. La baldosa tiene manchas pegajosas de pisadas. En la mesa del comedor hay granos de arroz estrellados y gotas de jugo rojo. Pero ella no se impacienta ante el caos, da con la emisora, sube el volumen y pone el celular en un mesón. Su vientre tenso en el uniforme blanco choca contra el borde. Lo protege con sus manos mientras fija la mirada en el piso sucio.

1. La sensación -más bien la certeza- de llevar otro ser adentro debe ser parecida a la que produce un trabajo final pendiente. Una especie de desasosiego desvelador al tiempo que esperanzado; la bifurcación del camino, que da al mejor y al peor escenario; el comienzo de un juego que puede acabar en la renuncia o en una de esas altísimas notas con apreciaciones que hacen sentir que en la vida no importan los amores perdidos ni los días malos, sino lo que acabaste de obtener (con esfuerzo, con conciencia, o sin ellos), eso que ahora es tuyo.

Victoria tiene treinta y siete años. Es trabajadora social y su primer empleo estable lo obtuvo en una fundación del ICBF, para la protección de niños y adolescentes, ubicada en Pereira. En su trabajo debió llevar casos de maltrato físico y abuso sexual. Tuvo que convertirse en una mujer mesurada para sentir. En la fundación conoció a Jhon, con quien se casó siendo todavía una mujer mesurada para sentir. Años después vinieron a vivir a Cali, Victoria estaba embarazada cuando llegó. Salía al antejardín de su casa en la tardes para ver afuera, tomar café y llorar a veces hasta que anocheciera. Cuando nació Isabella lo primero que experimentó fue que al fin tenía algo verdaderamente suyo y debía encargarse de preservarlo, de cuidarla. Y no hay mesura en ese esfuerzo.

2. Cuidar de alguien más, de una persona pequeña cuya cabeza puede romperse con un golpe, cuyas manos pueden apretar apenas un dedo de adulto, cuya respiración puede interrumpirse si una sábana de algodón bloquea las fosas nasales, ha de ser como fijarse en cada movimiento de una pareja en la que no se confía: en miradas que apunten hacia otros lugares y señalen intenciones que escapan al espacio que comparten los dos, silencios que hablen de conflictos, evasiones que tracen otro camino deseado, pasos que lo siguen y se alejan. Cuidar de alguien tan vulnerable debe ser como cuidar de mí misma, de salir lastimada. El intento por interpretar esos movimientos da origen a una paranoia permanente y manías, extrañeza, equivocaciones y momentos que se arruinan en medio de ese esfuerzo.

Lorena es la mamá de Elisa. El papá de Elisa se llama Jonathan. Lorena y Jonathan se conocieron en la universidad, primer semestre de Comunicación Social en el Politécnico Grancolombiano de Bogotá. Tenían dieciocho y diecinueve años cuando empezaron a salir. Hoy tienen treinta cuatro y treinta cinco. Elisa apenas cinco y cuando Lorena le alza la voz, llora y grita “Quiero a mi papá”, pero Jonathan siempre llega tarde, entonces Lorena la duerme antes, para evitar líos. A Jonathan no le gusta que la regañe, tampoco hablar de su mal comportamiento, hablar del hogar, llegar al hogar, que Lorena le pida plata para el mercado, que le diga que necesita el carro. Él merca, él maneja, porque él trabaja. Y aunque ella se quede en casa, todos los días Elisa quiere a su papá.

 

 

3. Vivir con alguien, es decir, con una pareja y formar una familia debe ser tan engorroso como tener una pareja, pero hay que sobredimensionarlo, lo que resulta difícil pues en mi caso siempre llega el tiempo de encerrarme, de verlo y voltear la cara, de estar ahí, enamorada, queriendo, pero con la identidad a medio hacer, tratando de descubrir quién soy. Todo es sencillo porque ahí termina, cuando me dice “andá, descubrite”, y entonces me voy.

Así que ni porque intente sobredimensionarlo podría entender lo que es vivir con alguien o tener un corazón latiendo en el útero o cuidar a un ser que respira por la cabeza.

 


 

Carta a un niño que nunca nació

Oriana Fallaci, periodista y escritora italiana, había publicado seis obras a sus cuarenta años. En 1969, con Nada y así sea, un reportaje sobre la Guerra de Vietnam, obtuvo reconocimiento internacional y empezó a consagrarse como una de las mejores del oficio. Auténtica feminista con una carrera brillante, dos aspectos que hicieron que sus allegados y colegas se sorprendieran cuando les dio la noticia de que esperaba un bebé, en los dos sentidos que encierra el verbo esperar.

Había tantos juicios, porque era una profesional brillante y porque no era “señora”. La hostilidad hacia la futura madre se podía atrapar en las manos: cuando iba a consulta médica y decía que era “señorita”, cuando el padre del bebé anunciaba que sólo pondría la mitad del dinero necesario para arreglar semejante lío, cuando su jefe la despojaba de toda humanidad para recordarle que era una productora de textos para publicación.

Pero las manos de Oriana estaban ocupadas escribiendo para su “niño” una conversación extensa (agregar otras reflexiones del libro) en la que le cuenta que aunque le llame así, preferiría que naciese mujer, porque quiere que experimente la vida como su mamá, asumiéndola como un desafío y una aventura que requiere valentía, y que tenga la posibilidad de tomar muchos caminos. Pero le explica que si es hombre también será feliz porque además de que recaerán sobre él menos injusticias, será uno de esos hombres que las combaten.

 

 

Aquel diálogo unilateral -recogido por la autora en el libro Carta a un niño que nunca nació- que establece Oriana con ese ser, al que empieza a sentir antes de que la ciencia le confirme que existe, es una declaración de amor y un manifiesto. Pero también es evidencia del trastorno de nuestro tiempo, una sensación permanente que ha traído consigo la posmodernidad: la de vacío y fin de las certezas. Es una discusión difícil esa sobre el inicio de la vida:

“Yo odio esa palabra que aparece por todas partes y en todos los idiomas. Amo-caminar, amo-beber, amo-fumar, amo-la-libertad, amo-a-mi amante, amo-a-mi-hijo. Trato de no usarla nunca, de no preguntarme siquiera si aquello que perturba mi mente y mi corazón es lo que llaman amor. Pienso en ti en términos de vida”.

Eso es el ‘niño’: vida, células que revolotean y se multiplican locas, afanadas; un corazón que surge, como de la nada, a las tres semanas; un cuerpo que empieza a tomar forma a las cinco, y que sin embargo no se distingue del de cualquier otro mamífero en esa etapa de gestación; manos diminutas a las seis semanas y un par de puntos negros e insondables que serán ojos y verán. Claro que hay vida. Claro que puede haber muerte.

 


 

El anverso

Oriana Fallaci no se convirtió en madre. La sensación de haber tenido otra vida adentro y no tenerla más es, a veces, la de haber perdido dos vidas.

Emilse aún no ha escrito un libro para ella y su niño. Es doctora en psicología, trabajó en Profamilia, feminista, madre de Luna, vive con Leonardo, el padre de Luna y de su niño, al que le faltaban cuatro meses para nacer. No tenía nombre y sin embargo Emilse pidió a su familia tiempo para el duelo, prudencia y silencio. Leonardo dice que llora mientras come, que no puede comer, que no querían perderlo, que ya pensarían en un nombre.

El niño de Emilse y Leonardo tenía veinte semanas. Ellos ya llegaron a los cuarenta años. Su cuerpo, el del niño, ya era humano y lo verían con Luna en la ecografía de los cinco meses en la que se puede determinar el sexo. Sí era un niño, pero su corazón latía con un ritmo extraño, alterado. Entonces el doctor, ahí mismo, debió decirle a Emilse, Leonardo y Luna que el niño padecía lo que se conoce como sufrimiento fetal. Que había empezado a quedarse sin oxígeno, por una deficiencia en la placenta, y que en realidad sufría, como un adulto que no puede respirar. Podría haber sobrevivido, pero las secuelas por la falta de oxígeno serían severas.

 

 

Todos se despidieron del niño sin nombre. Pero Emilse no deja de pensar en él y ve sus fotos estos días.

Milena es joven, a veces desborda tanta juventud y desparpajo que provoca invitarle a dejarlo, a limpiarse esa sensación de invulnerabilidad porque es humana. Y por una vez lo reconoce: me cuenta que quedó embarazada a los dieciséis años de su novio del colegio, “por estúpida, no porque no supiera que los condones existen”.

Ella, como Oriana y tantas mujeres, sólo necesitó un par de días de retraso para entender lo que pasaba: llevaba un niño adentro. Entonces se sentó en la cama estrecha, tendida de blanco raído, y se golpeó el vientre tan fuerte como pudo. Cuando entendió, con la misma claridad con que supo que estaba embarazada, que no era la manera de resolverlo, clavó la mirada en el piso de tierra y pensó en quién podría ayudarla, poner la mitad del dinero para resolver el problema. El novio no era una opción, tenía diecisiete años.

Salió de su casa procurando guardar la zozobra en el bolsillo para que sus padres no la vieran. Luego corrió al colegio. Era miércoles.

4. Estar embarazada sin desearlo debe ser como enfermar de repente por tiempo indefinido en el momento en que más te gusta salir de casa. Hay días en los que es mejor quedarse y ver los canales nacionales, embeberse de esos programas de la tarde que muestran “casos de la vida real”. Pero una dosis diaria de eso es letal. La mayoría de los días es mejor pasarlos entre calles y salones. Arreglarte cada mañana, esperar el bus, caminar hasta la universidad, las clases, el almuerzo, dormir en el pasillo, comer helado, reír y mancharse de helado, andar de la mano con alguien, besar, follar, follar, comer más helado, volver a casa sin nada en los bolsillos.

“Cuando llegué a Colombia no había mujeres, había mamás”, es una frase conocida de la profesora Florence Thomas. Docente titular en la Universidad Nacional de Colombia, coordinadora del grupo ‘Mujer y Sociedad’ del Departamento de Psicología de la misma institución, columnista en El Tiempo, madre, ex esposa, abuela y -el rótulo que seguro le complace más- feminista. Llegó de Francia, su país natal, en 1967, con un colombiano del que se enamoró.

Esa década, la de los sesenta, presentó una explosión demográfica que Thomas explica de forma simple: cuando llegó a Colombia no había mujeres, había mamás, porque la palabra ‘no’ estaba fuera del alcance femenino. La imposibilidad de negarse a ser madres contribuyó al aumento vertiginoso de la población, que a su vez causó estragos que persisten. Para dibujar un panorama hay que valerse de números: en 1905, inicios de siglo, había 4.7 millones de habitantes en Colombia. Cien años después, en 2005, el censo poblacional anunció que éramos más de 42 millones. Esto indica que el siglo XX tuvo una tasa de crecimiento poblacional promedio del 3% anual, que por supuesto varió según acontecimientos tecnológicos y culturales. 

Para los años cuarenta, nacían unos ocho bebés por hogar colombiano, pues en los hijos se veía una fuerza de trabajo importante y necesaria para las labores del campo. En 1960, la mencionada explosión demográfica, curiosamente, comenzó en paralelo con un evento histórico de naturaleza contraria: la anticoncepción como rutina femenina empezó a hacerse popular, pues se aprobó en Estados Unidos la distribución de la primera píldora anticonceptiva. A esta parte del continente la pastilla llegó en el 61, y al parecer tardó mucho más en entrar a los hogares del país más conservador de la región. 

La fase que debía seguir al crecimiento poblacional vertiginoso de los sesentas y setentas, sería la de reducción de la tasa de fecundidad y natalidad, impulsada por factores como la educación sexual, “las oportunidades de empleo femenino, [la conciencia de] los mayores costos de la crianza de los hijos, [la tendencia a] las familias más reducidas”i, pues es una fase que deben atravesar las sociedades modernas, que aspiran superar la pobreza.

Pero el nuestro es un país alejado de ese ideal:

El Estado colombiano no ha asumido hasta la Constitución de 1991, la responsabilidad de proveer instrumentos de control natal ni de la educación reproductiva de la población, por razones religiosas, dejándole esas tareas a una institución privada, Profamilia, que ha hecho una labor notable en la diseminación de las prácticas contraceptivas. Y a pesar de esa labor, los embarazos en adolescentes van en aumento (1 de cada 5 madres es adolescente según el DANEiii) y las tasas de fecundidad son mayores justo en las zonas más afectadas por la pobreza. 

 


 

El desencanto

Marena se levanta cuando su hija sale de la ducha. Usa una camiseta blanca, que era de su esposo, a la que le cortó las mangas porque no gasta en pijamas. Recorre las habitaciones, saluda, se para frente a las escaleras y aunque está atolondrada intenta mostrarse receptiva, pregunta “¿qué quieren desayunar?”. Silencio. Entiende que hoy Mariana amaneció irritable y muda porque se trasnochó estudiando, que su marido aún no quiere desayunar y que el día no ha empezado para Andrés. Entiende. Va para la cocina. Así son algunas mañanas.

Valeria se plancha el cabello antes de vestirse por la necesidad de verse desnuda en el espejo y repasar las marcas de sus últimos años, una a una. El vientre flácido, sin estrías, pero inflado aunque Inés ya tenga cuatro años, y ella apenas veintisiete. Han pasado cuatro años y su cuerpo no se ve como su cuerpo, tampoco Inés como su hija o ese lugar como su habitación. Lorena y ella se burlan de lo poco que las niñas parecen quererlas. El espejo muestra formas y texturas que de repente hacen que quiera vestirse de prisa. Pero parece que necesita reflejarse un poco más, a ver si se encuentra en esa mujer.

Marisol espera a su hija sentada al comedor. “Ya son las 9 de la noche y usted sola en la calle”, le dice en la última llamada. El perro ladra en el segundo piso. Su hijo y su marido ven televisión con el volumen alto.

Ella ya dejó la cocina arreglada y la comida de la niña lista. Huele a humedad y por las rendijas de la puerta se cuela el tufillo a fábrica de cartón. La luz fluorescente sobre la mesa titila como si fuera a extinguirse. Es viernes. Todos los viernes son así.

Catalina se durmió por fin. Diana desactiva la función de wifi del celular y va a la cama. Su esposo, Sebastián, no tarda en llegar, pero ella, que siempre ha respetado la hora de dormir, apaga la luz y se acuesta. 10:32. La alarma la programa para las 4:32. La cuna está a pocos pasos, no va a dejarla sola en otra habitación pues Catalina es todo. Tiempo atrás perdió a otra Catalina en su vientre. Dolió por meses, así que quiso buscar sentido en un lugar diferente a la maternidad y empezó una segunda carrera a los 26. Hoy, a los 28, parece una adolescente menuda y pequeña. Catalina es inmensa, se parece a Sebastián, que acaba de llegar y las encuentra dormidas. La casa en silencio le recuerda la época en que era novio de Diana y ella vivía con sus papás. Con cautela alcanza su lado de la cama y se deja caer en un sueño brusco, fulminante.

 

 

Victoria se levanta una hora antes de despertar a sus hijos, ahora son Isabella y Alejandro. Se mueve en la cama unos minutos y piensa: “tengo que pararme ya. Ya”. Va al primer piso, enciende la luz de la cocina. Son las 5 de la mañana. Abre la nevera, saca el tetero de Alejandro -que después de lavar con agua hirviendo puso ahí la noche anterior- prepara el Pediasure, lo pone en el microondas. Pela la fruta del desayuno, barre las migas de comida que hay bajo el comedor. Revuelve seis huevos, corta el pan en rebanadas, pone a hervir leche, alista los pocillos para el café, prepara jugo con la fruta que peló, saca las loncheras de los niños y las llena de paquetes de galletas, vasitos de yogurt, chocolatinas jet y tazas con fresas que también lavó la noche anterior. Se sienta un momento en el sofá y piensa: “¿qué más tenía que hacer?” y en ese pensamiento se sumerge hasta que es hora de despertarlos.

Cuando Lorena va por la calle hace girar cabezas. Es una flaca de paso sereno, buena postura y cabello largo. Usa pantalones ajustados, pero jamás se ve vulgar. Lleva las gafas de sol en la cabeza, un reloj de pulsera sutil, el bolso de cuero en esa misma mano y en la otra, la mano de Elisa. Esta vez conversan sin gritar. Elisa lleva la cabeza bien atrás para ver a los ojos a mamá. “¿Dónde estamos, mi amor?”. Elisa levanta los hombros. “Será que el parqueadero es por aquí?”. Elisa baja la vista y se pasa la lengua por las comisuras de la boca, que aún le saben a helado de chocolate. Mamá jamás recuerda dónde deja el carro, tal vez por eso papá odia prestárselo.

Yamilé termina de hacer aseo a las diez y se pone a planchar. De nuevo busca algo que escuchar en la radio del celular. Marena le deja la colchoneta, la almohada y la cobija en la sala. Le pide que descanse, pero Yamilé debe acabar esa noche para viajar temprano a Candelaria, el pueblo donde vive con Carlos, el papá del niño que espera y Jaider, su hijo menor.

Todos en casa duermen a las 12, incluso la señorita Mariana, a quien Yamilé le ha subido un pocillo de café dulce más temprano. El segundo piso está apacible. El primero ya está limpio y faltan un par de camisetas del joven Andrés para terminar.

Dobla la mesa de planchar con dificultad y apaga la luz de la cocina. El primer piso está apacible. Se acuesta en el colchón en la misma posición en que se ve a su niño en las ecografías. Ya tiene cinco meses y el sexo definido. Será Carlos, como el papá. Le da las buenas noches al niño que sólo se mueve cuando se antoja de alguna comida. Pero esta vez se mueve para despedirse de su mamá.

 


 

Fin

Milena supo que la única persona que podría ayudarla, en ese pueblo de vírgenes, sería un profesor ateo que le dictaba filosofía desde hacía tres años. Su familia era humilde y tradicional. Sus profesoras eran mujeres mayores, madres todas, de misa los domingos y medallas de santos entre los pechos. Corrió a buscarlo y no debió decir mucho para que el profesor entendiera que era un verdadero problema para ella, que había obtenido el mejor puntaje en las Pruebas de Estado registrado jamás en la escuela del pueblo y se iría a estudiar a la capital.

Tendría unas tres semanas cuando el profesor le explicó que debía beber una infusión de vervena y perejil tres veces al día y le entregó las hierbas en una bolsa de plástico azul. Milena lo hizo por varios días, no recuerda cuántos, en medio de la sangre y las contracciones, lavando el baño prendida en fiebre, ayudándose con golpes contra las paredes, que le hicieran recordar que jamás quedaría embarazada de nuevo, porque era lo más parecido a enfermar de repente y por un tiempo indefinido.

Veo a una pareja sentada a varias sillas de mí. Son ancianos y aún se toman las manos con fuerza. Esperarán los resultados de una prueba de azúcar, presión, colesterol. Desearía la hipoglicemia, las arterias obstruidas, que me formulen Prazosina. Me asusta la idea de lo que es permanente, incurable por tanto. Y aún así no he dejado de pensar en el nombre de mi niña: Helena, como la mujer más bella del mundo griego. Mi Helena no llevaría a una guerra, quizá me daría paz.

Pero la paz es el miedo que se rompe: “Negativo” y ya no temo nada. La pasta se toma a horas.