Por: Kevin García

Fotografía: Daniel Arteaga

 

En nuestro país, una nación que ha generado indicadores de violencia y desplazamiento con niveles que suelen compararse con países como Siria, Irak, Congo y Sudán, llegó el momento de incluir en el cuadro mental de nuestras posibilidades mejores formas de resolver nuestros conflictos. No será nada fácil. Más allá de la concentración de guerrilleros de las Farc y la entrega de sus armas, existen estructuras que durante décadas han reproducido múltiples violencias. Los puntos acordados en La Habana pretenden transformarlas. Ante esto, los medios de comunicación tienen el desafío de vigilar el cumplimiento de los acuerdos y orientar entre la ciudadania el tipo de paz que se espera construir después del proceso. 

En cualquier caso será una Paz Imperfecta, no una ausencia de conflictos. 

Sabemos que los valores, las creencias, las prácticas culturales y los temores más latentes de la población han estado asociados durante décadas con la polarización y la violencia. Ante esto necesitamos conflictos de mejor calidad que partan del respeto real de las diferencias y la revisión de nuestras propias “verdades”. Lo expresó muy bien Estanislao Zuleta: No se puede respetar el pensamiento del otro, tomarlo seriamente en consideración, someterlo a sus consecuencias, ejercer sobre él una crítica -válida también en principio para el pensamiento propio-, cuando se habla desde la verdad misma, cuando creemos que la verdad habla por nuestra boca; porque entonces el pensamiento del otro sólo puede ser error o mala fe; y el hecho mismo de su diferencia con nuestra verdad es prueba contundente de su falsedad, sin que se requiera ninguna otra.

Asumir con seriedad las ideas opuestas implica situarlas en sus contextos, comprender las condiciones en que se producen y las razones y significados de quienes las divulgan. Una sociedad con mejores conflictos es una sociedad que puede aceptar puntos de vista contrarios sin pretender exterminarlos. La construcción de este escenario requerirá tanto empeño, recursos y estrategias como la producción de guerra.

Por su parte, la construcción de la memoria colectiva también afronta sus propios interrogantes: ¿Si la memoria es una selección de hechos del pasado, de estos setenta años de violencia partidista y guerrillera cuáles hechos serán materia del olvido?, ¿si las fechas son marcos en que se guardan los recuerdos, qué pasará con los hechos de los que se desconocen sus fechas?, ¿si durante décadas hemos sido contados por una memoria oficial, quiénes producirán las otras memorias?

Las labores del periodismo no son pocas, deberá volver a humanizar a los combatientes, presentar los contextos y ampliar los puntos de vista sobre lo ocurrido. Varios medios nacionales e internacionales ya han empezado a hacer esta labor. A ellos nos sumamos en esta edición.

Es el momento de curar heridas.