Actividad de preparación para la dejación de armas, Pueblo Nuevo, Cauca. Mayo 30 de 1991. Fotografía: Archivo María Deisy Quistial

 

Por: Eliseth Peña.

 

Nunca olvidaré que todos los relojes no marcan de la misma forma los segundos. Teníamos que entrar faltando un cuarto para las cinco, se haría un solo asalto y sonaría un solo tiro.  

Los que se encontraban en la vía Panamericana empezaron disparar y todo se volvió un ‘sancocho’. Se escuchaban disparos por todos lados, pero la hora que marcaba el reloj no era la que se había acordado para el asalto al puesto de policía de Santander de Quilichao. Lo cierto es que nos metimos allá. Llegué al frente del hospital y había dos policías que no sabían si correr o disparar. Estaban asustados y nosotros también. Era nuestro primer combate con el enemigo.

Aunque había participado de entrenamientos, esa ocasión era real. Me sorprendía ver a varias mujeres agarradas dando plomo. Eran las compañeras del comando Ricardo Franco, una disidencia de las FARC liderada por José Fedor Rey, conocido como Javier Delgado. Yo, en cambio, escasamente cargaba una pistola y unas bombas caseras hechas con tubos de PVC. ¿Cómo puede pelear uno contra alguien que tiene un buen fierro mientras uno tiene una bomba de PVC?

 

 

Nos dijeron: “Mientras usted no esté seguro, no puede disparar a lo loco, tenemos que ir al objetivo”. Mi labor fue ayudar a pasar bombas, a mirar los heridos, estar pendiente, cuidar que no se nos fueran a meter por detrás. 

Para la retirada debíamos escuchar las consignas “¡Manila!, ¡Manila!”. Cuando las escuché, pasó un carrito y me subí. Allí iban dos heridos del Franco. ¡Qué susto! Me monté y un compañero había escuchado mal y pensó que yo, Dalila, estaba herida. 

En ese carro íbamos el conductor, un compañero que disparaba por la ventana, yo iba atrás cuidando los heridos y a mi lado iba otro compañero que me dijo:  “Présteme ese fierro y coja este. Dispare si nos están disparando, vamos a pasar por el puesto de policía”.  

Cuando pasamos nos dispararon. Pensé que me había muerto. Me decía: “Si no me hubiera metido aquí, estaría viva”.

Ahora me río del susto. Me tocaba y me preguntaba “¿será que estoy viva?”. Pensé que solo me había sucedido a mí esa sensación, así que pregunté a uno y otro compañero y todo el mundo decía “¡sí!, ¡sí! me pasó lo mismo, me tocaba y decía ¿estoy vivo?”. 

Ese día atravesamos las calles de Santander y nos fuimos a descargar los heridos. Encontramos los carros de huida pinchados y los dueños no estaban. Nadie más sabía manejar. Era 1984 y saber conducir un carro era difícil.

Nos llovió. Caminamos cargados de equipos. Avanzábamos remolcándonos el uno al otro toda la noche. Estábamos con hambre y cansados porque además habíamos hecho nuestros rituales ancestrales de mambeo de hoja de coca con el tewala, el médico tradicional y la  toma de “chirincho”, una bebida que ofrecemos a nuestros espíritus. Los rituales nos ayudaron mucho.

Después de todo lo que se vivió en esa toma, estaba asustada. No me sabía orientar, estaba despistada. Todo el mundo estaba cansado, con sueño. Sentados a la orilla del camino nos fuimos acomodando en un montecito. Como a las seis de la mañana pasó el helicóptero.  

La toma de Santander tuvo mucha resonancia en los medios en enero de 1984. Con ella se quería mostrar al pueblo colombiano que se estaba creando el movimiento indígena para defender nuestros derechos. La toma fue notable en el país. Se decía que los indígenas ya no estaban solos, que había nacido un movimiento que defendía sus luchas populares. Desde ahí el movimiento empezó a tomar fuerza.

 

 

 Los recuerdos de mi infancia

Somos indígenas. Vengo de una familia muy pobre, éramos terrajeros, es decir, pagábamos a un terrateniente por el pedazo de tierra donde trabajábamos y vivíamos. Mi papá era pastuso, mi mamá, de los lados de Totoro. Nací en la vereda El Jazmín, que en aquella época se llamaba Santana. 

Para ir a la escuela el recorrido era de dos a tres horas. Se estudiaba de ocho de la mañana a cuatro de la tarde. La mayoría de los niños empezábamos a ir a la escuela cuando teníamos entre los ocho y los diez años.  

Un recuerdo que me impacta y que en mi tierra marca la lucha ocurrió para la fiesta del Día de la Madre. Vivíamos casi a la orilla de un río. Los indígenas hacemos las casas en las orillas de las quebradas porque nos toca cargar el agua. Ese día por la parte alta de la montaña pasó un muchacho de 15 años asustadísimo corriendo. Decía que habían matado a Petronila, una vecina del sector, a su hija que se llamaba Teresa y a la nieta de dos años. La bebé sobrevivió porque solo le cortaron el brazo. 

Todo el mundo se fue a asomar. Esa gente había matado hasta a dos perros. Todo el mundo estaba asustadísimo. ¡Era una tragedia! El niño que vio a los autores del crimen se había escondido encima de un tanque. La niña fue trasladada a Mondomo. La comunidad se reunió, estuvo pendiente y los pobladores iniciaron investigaciones para saber quién cometió los asesinatos. 

La familia era gente que trabajaba en una finca y simplemente pedía que se les reconociera el tiempo de trabajo. Ellos reclamaban cincuenta mil pesos. Era mucha plata en aquel tiempo. Para no pagarles los mandaron a matar, pero no fue el propio dueño, porque él ya había muerto y era muy buena gente. 

Mi papá también era terrajero. Mi hermano se había ido a explorar tierras baldías en el Naya y mi papá quería seguir su ruta. Cuando el señor para el que trabajaba se enteró de que se iba, le dijo que estaba muy viejo para que se pusiera a voltear con sus hijos. Así que le marcó un pedazo para que trabajara la tierra.

El señor le dijo: “Floro, te vas muy lejos, mejor te voy a dejar tu pedazo de tierra, siémbrale cabuya”.

Él había quedado de darle escrituras pero tuvo un accidente y se mató. Entonces llegó su familia a querer sacar por las malas a todas las familias terrajeras. Nosotros éramos vecinos de la familia que mataron y sabíamos que seguíamos en la lista. Fue un momento muy duro.

A los días se descubrieron los autores, estaba involucrado un señor llamado Elí Mosquera y cinco hombres más. Les habían pagado los cincuenta mil pesos para que mataran a la familia.

Esa finca empezó a irse para abajo y el ambiente se puso muy tenso en la comunidad. A uno no lo dejaban escuchar las conversaciones de los mayores, no se podía decir el nombre del papá ni de la mamá, tampoco de los vecinos. Nos decían que si llegaba gente extraña no debíamos dar datos. 

Muchos terrajeros se fueron y solo quedamos tres familias. Nos dijeron que teníamos que desocupar. Mi papá dijo que el dueño le había dejado ese terreno y que no alcanzó a hacer un documento porque se murió en un accidente.

Manuel, así se llamaba uno de los familiares del difunto, le respondió a mi papá que teníamos que irnos. Mi papá le dijo que por lo menos le pagaran las mejoras que tenía el terreno. Le había sembrado café, yuca y otros cultivos de tierra caliente. No aceptaron. Esperaban a que las plantas estuvieran listas para la cosecha y las arrancaban, al café le daban machete. Todos los esfuerzos de mi padre quedaban ahí. Varias veces intentaron matarnos. 

Teníamos dos perros, una perra a la que le decíamos Culebra y otro al que llamábamos Nipororo. Un día que no estábamos ladraron mucho y por ellos los vecinos notaron que había gente rara en la zona. Nos pidieron que tuviéramos cuidado. 

Había una quebrada a la que íbamos a bañarnos y a jugar. Un día miércoles mi mamá se había ido para Santander. Me quedé haciendo el almuerzo para mi papá y me iba a bañar cuando subió una chica llamada Gloria. Me dijo que venía gente armada y que eran cinco. Ella estaba en la quebrada y con sus amigos subió corriendo cuando notaron que la gente armada se asomaba río arriba. Venían a matarnos. La comunidad se reunió y los persiguió. Lograron quitarles las armas. También les encontraron plata. Venían dispuestos a acabar con nosotros.

Estos hechos hicieron que la comunidad, al ver que las cosas se ponían duras, tomara justicia por sus propias manos. Se iniciaban las recuperaciones de tierra. La gente nos decía que no nos fuéramos. La situación se puso más dura y teníamos que dormir en el monte porque estaban intentando asesinarnos. 

Empezó a llegar el Ejército y nos dimos cuenta de que aunque muchos vecinos luchaban por recuperar la tierra, otros llevaban información a los dueños. Cuando llegaba el Ejército traía una lista y llamaba por los nombres exactos a los comuneros, a la gente que estaba en las recuperaciones.

El Ejército llegaba a la una de la mañana, violentaba las puertas, agarraba a culatazos a la gente y amenazaba con disparar. Mi papá fue encarcelado en muchas ocasiones. En una de esas le iban a disparar y yo me paré delante de él y lo abracé. Mi papá decía que lo mataran. Era terrible.

La mayoría de los hombres que vivían en las veredas eran encarcelados en distintas cárceles por ocho, quince días, un mes y hasta tres meses. 

Las señoras se echaban su niño a la espalda, los niños más grandecitos nos terciábamos las jigras, unos morrales pequeños, con piedras y garrotes. Llevábamos picas, palas y machetes para desbarrancar la vía por donde avanzaban los carros. Como la vía principal era lejana, nos agarrábamos a desbarrancar, a dañarla para que no se llevaran a todos los hombres. Siempre éramos las mujeres y los niños los que teníamos que poner el pecho y responder cuando se los llevaban a la cárcel. 

Mi papá, igual que otros vecinos, muchas veces fue a parar a las cárceles de Popayán, Santander y Buenos Aires por participar en las recuperaciones de tierra. La última vez estuvieron mi papá y mi mamá encarcelados como tres años y medio. Para que me dejaran verlos tenía que ponerme a llorar. Fue muy difícil. Mi hermana Olga me llevó a trabajar a una casa de familia y terminé la primaria. 

En esa época se hablaba de una organización llamada Consejo Regional Indígena del Cauca, CRIC. Uno de muchacho no entiende, nos decían que quedaba en Popayán, pero nunca buscamos el apoyo del CRIC. Hicimos esfuerzos para pagar el abogado. Mi hermana y yo recogimos lo que más pudimos. 

Cuando salieron de la cárcel retornamos al cabildo.

Lo que había vivido en la vereda no era nada para lo que estaba pasando alrededor del Cauca. Se habían iniciado las recuperaciones de tierra y con ellas llegaban las amenazas, las torturas. Entendí que el esfuerzo que cada uno hizo en ese momento tenía un gran valor a pesar de que éramos tan jóvenes. El mayor tendría entre 30 y 35 años, si acaso. El resto éramos un poco de chicos y chicas. Sentíamos que nuestra lucha estaba reivindicando los sueños del compañero Álvaro Ulcué, un líder sacerdote de la comunidad que fue asesinado en 1984, y de aquellos que ya no estaban. La recuperación de tierras trajo consigo el respeto a la vida, el respeto por nuestra cultura, el legado que Quintín Lame nos había dejado.