Por Álvaro Coral

La trompeta militar resonó por todo el campo de entrenamiento la madrugada del 22 de julio de 1984. Iniciaba la jornada y el dormitorio del Batallón de Caballería en Ipiales Nariño pareció envuelto por constantes ráfagas de viento que se filtraban hasta llegar a los soldados contraguerrilla. “¡Diez minutos para arreglar la cama, organizar el equipaje y salir a formar!” mencionó el Sargento Primero, Fabricio Astudillo, con un tono imponente que se asemejaba a un grito de guerra. Y aunque daba vueltas por el dormitorio y gritaba injurias e insultos contra sus soldados, su espeso bigote permaneció intacto. 

-Astudillo no cree en nadie. Parece inofensivo con su pequeña estatura y rostro delgado, pero su rigidez puede enloquecerte –dijo el soldado Leonel Coral a su compañero que se encontraba al lado.

Ya habían pasado diez minutos cuando Coral, hombre de 19 años que provenía de una vereda nariñense, escuchó los pasos del Sargento cada vez más cerca. De manera que templó su sobresábana con rapidez y en su morral de viaje sólo alcanzó a llenar cuatro camisetas y un pantalón camuflado. Sabía que al estar ubicado su dormitorio al lado de la puerta de salida, Astudillo debía pasar en cualquier momento. Y al lograr disponer las almohadas en su lugar, un grito del Sargento alertó a todos.

-¡A formar al poniente! –ordenó señalando la parte derecha del campo de entrenamiento. 

La jornada militar del Grupo de Caballería iniciaba a las cuatro de la mañana con ejercicios de resistencia física y técnicas de disparo. No obstante, sin un previo aviso, esta vez los gritos de Astudillo surgieron una hora antes en el dormitorio de sus reclutas. En respuesta a las órdenes del Ministerio de Defensa los altos mandos del Batallón de Caballería debían enviar hombres a territorios dominados por las guerrillas. En aquellos días de 1984, mientras  el gobierno de Belisario Betancur lideraba el proceso de reinserción de hombres del M-19, las Farc y el Eln adquirían influencia sobre la población campesina en el sur de Colombia.

 

 

 

Después de la súbita llegada de Astudillo, la incertidumbre se reflejó en aquellos rostros de jóvenes que desconocían la causa de la interrupción. Leonel Coral, un joven delga y trigueño, pensativo y con su equipaje al hombro, formó de último en una de las filas que los soldados habían conformado para escuchar el mensaje del Sargento. Observó su bigote estático y percibió la rapidez de sus pasos. 

Astudillo manoteaba y explicaba a los soldados que las Farc habían crecido hasta alcanzar alrededor de 1000 y 3000 combatientes; en un mapa demarcó toda la región andina, la pacífica y los Llanos Orientales para mostrar la ubicación del grupo armado. “¡Es un enemigo público!”, repetía con cierto odio en su mirada. Y después de su discurso y exaltación al Grupo Antiguerrilla Montura -al que pertenecía Coral- informó que todo el escuadrón presente debía realizar un operativo en zonas rurales del Putumayo. 

Los soldados se miraron extrañados y sin respuesta; algunos ansiaban practicar las maniobras de defensa y ataque que habían aprendido en sus cursos militares; otros regresaron a sus dormitorios –y ante la falta de información sobre el lugar exacto del Putumayo al que se dirigían- intentaron preguntar al Sargento. Leonel, en cambio, permaneció en un costado del campo de entrenamiento, observando por varios segundos las montañas que se dibujaban al horizonte, oscuras ante sus ojos, como un par de triángulos que degradaban la calma del cielo. “No hay de qué preocuparse. Sólo inspeccionarán un territorio y nada más”, escuchó Coral al Sargento Astudillo. 

Tras quince minutos de alistamiento de equipaje y ejercicios físicos, el grupo de mando -conformado por dos subtenientes, dos cabos y un dragoneante- ordenó por radioteléfono el envío de una flota de camiones de defensa AM41 que vendrían a recoger al grupo de soldados de contraguerrilla. Las cuatro de la mañana cayeron y los primeros rayos de sol aún no aparecían en el Batallón. Y mientras algunos soldados, emocionados, esperaban en mitad del campo de entrenamiento, Coral permaneció orando al pie de un altar de una capilla contigua al dormitorio. 

Por la carretera Ipiales-Putumayo, los tres camiones transportaban a los soldados que habían vuelto a conciliar el sueño cuando el sol apareció. Aunque el día parecía luminoso, al interior del primer camión la oscuridad reinaba y Leonel Coral seguía despierto, pensativo y con una sed insaciable. En la penumbra del vehículo, sentado en una esquina y con la mirada en alto, aquella incertidumbre causada por la inexperiencia en enfrentamientos armadas le llevó a recordar sus primeros días en el Ejército. Y cuando el camión pareció acelerar, la imagen de su tío, Antonio Coral, llegó a su mente como un rocío de vitalidad. 

Leonel quedó apto en el Grupo de Caballería del Ejército el 3 de junio de 1984, tras presentar un examen médico en el que revisaron sus signos vitales y el alcance de su visión. Los resultados describieron a un hombre con excelentes condiciones físicas, delgado, pero con suficiente peso para asumir la rutina en el ejército. Sólo bastó la firma de un recibo para sustentar el ingreso del nuevo recluta que llevaría en su uniforme el apellido Coral. Su tío, un hombre de espeso bigote y acento marcado, se despidió con varias palmadas en el pecho y con abrazos que reflejaban un cariño mutuo. Coral entró a un universo desconocido de honor y valentía.

 

 

-¡Todos enfilen por orden de estatura y pasen rápido a la peluquería! -señaló un teniente encargado del reclutamiento juvenil. 

Aunque Coral entendía que sus 1,67 metros de estatura lo caracterizaban como un hombre pequeño, desconocía su lugar de ubicación en aquella fila. Sólo cuando la vio conformada, entendió que debía ocupar un puesto delantero.

–Pasen de a cinco personas a la peluquería, mencionó el teniente. Coral recogió su larga cabellera y frunció el ceño.

*** 

“Después de peluquearnos, nos sacaron como ganado a bañarnos con enormes mangueras. Jamás imaginé que nos iban a empelotar al aire libre y a tratarnos como animales que se dirigían al matadero”, expresó Coral, entre risas, mientras dialogaba con su compañero en uno de los camiones AM41. 

La mañana agonizaba y el mediodía se tornaba caluroso. Los 30 soldados contraguerrilla habían viajado cuatro horas seguidas y sólo faltaban tres para llegar a una base militar de Puerto Asís, Putumayo. Allí debían descansar una noche, pero la ansiedad y la intriga parecían dominar a todos los hombres, en especial a Coral, quien fue el primero en exigir que detuvieran el camión para solicitar por radioteléfono información exacta acerca del lugar al que se dirigían.

-¡Aquí alfa uno, aquí alfa uno desde la compañía “Montura”! Sargento Astudillo, ¿me copia?

- Canal abierto. Prosiga –respondió el Sargento desde su puesto de mando en Ipiales.    

-El Putumayo es un departamento muy grande. Pedimos se nos brinde información del punto al que nos dirigimos. No sabemos si se trata de un pueblo, una vereda o un corregimiento. Y el soldado que conduce sólo tiene la ruta a seguir. 

-Base militar del municipio de Puerto Asís –dijo el Sargento con un tono de frialdad que logró sorprender al recluta. 

Aunque en los cursos de preparación un grupo de entrenadores enseñaron técnicas de ubicación y geografía nacional a los30 soldados, Puerto Asís, ciudad de alta confluencia guerrillera y paramilitar, nunca fue mencionada. A mediados de 1984, los cultivos de cocaína en este territorio eran custodiados por miembros de las Farc, quienes dos años después iniciaron confrontaciones armadas contra los “Macetos”, un grupo paramilitar que emergía en el país. Y en las zonas amazónicas del municipio, cientos de campesinos trabajaban en el cultivo de coca, siendo para muchos de ellos la principal fuente de ingresos. Así que el Grupo Contraguerrilla Montura seguía avanzando por carretera, desprevenido y sin conocer su destino.

*** 

A las seis de la tarde, Leonel se encontraba frente a la ventana del AM41, observando con detenimiento los cañaduzales que se extendían por varias hectáreas que rodeaban la carretera. La puesta de sol no sólo indicaba las dos horas que faltaban para llegar a Puerto Asís, sino que los tenues rayos le recordaron el regreso de la oscuridad que le despojaría la calma adquirida durante las nueve horas que había viajado. Y mientras el verde de los bosques desaparecía en la noche, Coral recordaba que las únicas actividades en las que sobresalía eran las del campo. Por lo menos así lo sintió cuando el Sargento Astudillo le encomendó labores de jardinería. Los doce campos de entrenamiento que conformaban el Batallón eran trabajados por el soldado, cada mañana, con utensilios manuales y una aspiradora que sabía manejar a la perfección. 

El sol se ocultó de repente y tras varias horas recorriendo instantes de su pasado como jardinero, Leonel empezó a cerrar sus ojos y a sentirse adormilado. La aceleración constante del camión AM41 había creado un efecto de levedad que permitía que el cuerpo y la mente del recluta se abandonaran sin resistencia. Para entonces, los tres camiones recorrieron 250km y estaban a punto de llegar a la base militar de Puerto Asís. A la madrugada siguiente los soldados contraguerrilla debían iniciar un patrullaje por zonas selváticas cercanas al Caserío El Palo.

Eran las tres de la mañana, después de una fugaz noche de descanso en la base militar. El dragoneante Bustos, líder de la operación, dio ubicaciones exactas del lugar al que el Grupo Contraguerrilla Montura debía dirigirse.

-La selva que deben ubicar se encuentra a las tres con cincuenta de la parte baja del Río Putumayo –señaló el dragoneante, utilizando las manecillas del reloj para expresar que el lugar quedaba al noreste. 

A Coral, junto a sus 29 compañeros, le pareció que los altos mandos ocultaron información acerca de las características de Puerto Asís por razones de seguridad y, además, por mantener un ambiente de tranquilidad. Y aunque Coral observaba serenidad en los rostros de los demás soldados, había retomado sus oraciones, pero esta vez en silencio y sin compañía. Recordaba cada una de las maniobras que debía ejecutar frente al enemigo, las posiciones de contra-ataque y la lucha cuerpo a cuerpo. Pero el miedo a la muerte sobrepasaba el honor y la fuerza que los entrenadores le inculcaron. Por momentos pensó en salir corriendo sin más, escapar y resguardar su vida que parecía incierta al pensar en el fuego cruzado.

-Deben atravesar el Río Putumayo y caminar selva adentro- señaló Astudillo por radioteléfono.

El Grupo Contraguerrilla había formado la “posición punta de flecha”, una alineación defensiva utilizada para contrarrestar al enemigo y evitar emboscadas. Coral se encontraba en uno de los laterales con su fusil AEK 971 al hombro, atento a los movimientos de las ramas que tenía al frente. El dragoneante Bustos avanzaba a la cabeza por el bosque que aún permanecía oscuro y con miles de criaturas que se movían en las copas de los árboles. Distinguir movimientos humanos se tornaba difícil.

-¡Alto! –mencionó en voz baja.

Y mientras los soldados disminuían el ritmo de sus respiraciones para escuchar los ruidos del bosque que a primera señal parecían indescifrables, un gato montés apareció de repente y asustó a todo el Grupo Contraguerrilla. Por suerte lograron observarlo con la linterna que el dragoneante portaba en su casco; lo esquivaron y con ello pudieron evitar disparos que llamaran la atención. Todos quedaron pasmados ante tal episodio inesperado y a Coral se le adormecieron las piernas por varios segundos.

 

 

Hasta las doce del mediodía continuaron avanzando, sin rastro de guerrilleros ni movimientos extraños que lograran alertarlos. Los soldados, cansados y con un hambre incontenible, decidieron acampar en un lugar plano y avisar al grupo de mando su ubicación actual.

-Busquen maderos rectos y formen una fogata para calentar las provisiones –ordenó el dragoneante mientras inspeccionaba la planicie en la que se encontraban. 

Coral fue el primero en emprender la búsqueda con una navaja que le habían prestado. Sin detenerse, quitó las ramas de un delgado árbol y por fin sintió que podía aportar a su grupo. Sentía que construir una fogata era una labor que le pertenecía más que disparar un arma o enfrentar a una guerrilla. Quitó las astillas de un tallo y empezó a buscar hierba seca. Y cuando entendió que debía suministrar más fuerza en el trabajo, dejó su arma abandonada a la sombra de un arbusto para trabajar con mayor agilidad. 

-¡Abajo, abajo! –repitió el dragoneante con un tono de sorpresa. 

Un grupo compuesto por unos 80 hombres de las Farc caminaban a unos 110 metros de distancia. El Grupo Contraguerrilla Montura, tras reconocer a los insurgentes por las insignias que cargaban en los brazos, se acostó en el suelo y quedó impresionado por la cantidad de hombres que se acercaban. Muchos de los soldados habían abandonado sus armas para construir  la fogata y ahora yacían desprotegidos y con un grupo de guerrilleros acercándose. Cuando Coral se arrastró para alcanzar su arma, el dragoneante le llamó la atención y le dijo que debía quedarse inmóvil.

-¡Por su culpa nos pueden matar a todos! Aguante la respiración y no se mueva. 

Los pasos de los guerrilleros parecían sonar al unísono. Atravesaban la selva y algunos guerrilleros cargaban rifles de asalto más poderosos que las armas AEK 971 del Grupo Antiguerrilla. Mientras el dragoneante sacaba de su camuflado una camiseta blanca para expresar la rendición de sus hombres, Coral levantó plegarias al tiempo que cerraba sus ojos y dejaba caer su cabeza al suelo. Toda valentía inculcada había desaparecido con la rapidez de un parpadeo. Los soldados, envueltos en pánico, derramaban lágrimas por la tierra y temblaban como ramales al viento. Y cuando el dragoneante se alistaba para alzar sus brazos con un gesto de rendición, de repente expresó un mensaje que animaría a todos.

-La guerrilla ha girado a la derecha. Estamos a salvo.