Un ex funcionario público sentenciado a muerte por las Autodefensas Unidas del Santander y el Sur del Cesar, en Sabana de Torres, oriente colombiano, vivió un éxodo para defender su vida y la de su familia. Varios años después, la travesía continúa.

 

Por: Abrahán Gutiérrez,Cindy Paola Gómez Prada, María Victoria Espinosa, Gabriela Cárdenas Sáenz y Robinson Kennedy Imbachi.

 

Está arrodillado al lado derecho de su camioneta, una Chevrolet Luv 96. Al otro lado de la calle un vecino escucha los gritos amenazantes de los secuestradores y enciende las luces del antejardín. El Costeño, un paramilitar, sujeta a Luisa por la espalda. Ella al sentirse atacada, grita y se despiertan algunos habitantes del sector. Bernardo puede notarlo porque las ventanas de las casas empiezan a resplandecer. Implora piedad mientras piensa en sus hijos “tan pequeños y frágiles”. El sicario hala la corredera de la pistola nueve milímetros para cargarla y en seguida aprieta el gatillo. En ese momento, Bernardo despierta.

Tiene la misma pesadilla, al menos tres veces al mes, desde hace más de quince años. Es un hombre de aproximadamente 68 años. Tiene el rostro surcado por arrugas, es de contextura media y vive en el barrio Meléndez, al sur de Cali. Suele saludar con una sonrisa y nadie percibe a simple vista la tragedia que soporta. Son las tres de la tarde y en su casa la temperatura llega a 37 grados.

A uno le toca acostumbrarse a estos hornos. Aquí a todas las casas les hacen el techo de Eternit. Imagine lo que se puede sentir tenerlo todo y ahora estar en un infierno de estos….

La casa tiene escasos cinco metros de frente por diez de fondo y un segundo piso con balcón. En él hay rosas blancas, anturios amarillos, una flor del desierto y una jaula con tres canarios. Al entrar, en la derecha de la sala hay unos muebles con imitación de piel, un televisor de 20 pulgadas junto a la ventana y un computador de torre en la esquina del fondo. Encima del computador reposa un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús que acompaña a la familia desde hace más de 30 años.

Su esposa, Luisa Marcela Marmolejo, una santandereana de pura cepa, es de esas mujeres que sirven un café reverberante a las tres de la tarde, mientras uno se tuesta con el sol. Saluda mientras dispone la mesa y se despide con amabilidad.

 

 

La casa queda en silencio. Bernardo toma el vaso de café y sus manos tiemblan. Fue el sexto hijo de una familia humilde de Buga, su niñez estuvo atravesada por dificultades económicas, su padre fue jornalero y él debió trabajar desde pequeño para colaborar en su casa. Con esfuerzo logró graduarse del Instituto Técnico Agrícola y poco tiempo después fue contratado como visitador por el entonces Incora (Instituto para la Reforma Agraria).

“Primero iba al Cauca, verificaba que la gente invirtiera los préstamos y analizaba la viabilidad de otros créditos. Un día necesitaban a alguien para que hiciera esas mismas labores en Santander y como pagaban más, acepté. Me tocaba la zona de Wilches, Sabana de Torres y Lebrija. Esa parte que es más costa que Santander”.

La zona era muy peligrosa, existían estaciones de bombeo de petróleo que la Esso le había entregado a Ecopetrol años atrás. Por ello diversos grupos armados hacían presencia, “era una disputa por dinero”, estaban las AUC apoyadas por el Ejército y las guerrillas del EPL, el ELN y las FARC. “En las noches, en Sabana de Torres apagaban las luces, después se escuchaban los disparos. A veces eran los paramilitares, a veces las guerrillas y, a veces los sicarios de alguien. Siempre venían a buscar alguna persona. Un día, incluso, vinieron a buscar a la hermana de Luisa Marmolejo, porque ella lideraba el sindicato de Ecopetrol”.

En Sabana de Torres, tan sólo cuatro años después de fundado en 1920, comenzaron las primeras exploraciones petroleras por la Colombia Sindicate, en la región de la Tigra. A pesar de los esfuerzos tempranos, la búsqueda fue infructuosa porque las tierras, aún ingobernables para sus nuevos habitantes, llevaron a la muerte a cientos por paludismo, picaduras de serpiente y ataques de tigres. Los norteamericanos que dirigían las obras decidieron abandonar y regalaron sus pertenencias al ferrocarril. Pero en el momento de recogerlas, para sorpresa de todos, desaparecieron sin dejar rastro, hasta un motor de una tonelada y metros de pisos en cemento.

En ocasiones algunos hacendados llamaban por créditos y aunque poseían las tierras, las habían robado a otros y pretendían que se les ayudara en el “torcido” de legalizarlas. Ofrecían plata, pero “la honestidad está por encima de todo”.

Por no torcerse aparecieron los primeros enemigos: “otros funcionarios colaboraron y consiguieron tierras, pero ahora los están procesando por complicidad con los paramilitares. Era evidente el enojo de esos criminales, incluso, algunos compañeros me decían que no me fuera a hacer matar”.

El Incora estuvo involucrado en el despojo de tierras en Magdalena Medio y el sur del Cesar. La revista Semana informó en 2013 que el Instituto Colombiano de Reforma Agraria cambiaba los listados de los beneficiarios de subsidios para compra de tierras y admitía la venta de los derechos a terceros en el Cesar, muy por debajo del precio real, mientras cientos de campesinos se veían obligados a abandonar sus territorios.

Años más tarde, cuando Bernardo ya estaba casado con Luisa Marmolejo y ambos eran funcionarios públicos, debido a presiones de jefes para favorecer a paramilitares en el robo de tierras, se retiró del Incora. Consiguió trabajo como chofer de Rodrigo Enríquez Delgado, el gamonal del pueblo que ganaba la mayoría de los contratos petroleros. Durante los trayectos por la región, Bernardo empezó a conocer las evidencias del saqueo.

Los despojos que dejaba el fuego eran la clave. Sabía que algo estaba pasando cuando llegaba a un lugar y encontraba una finca con los establos quemados o con rastros de quema de sembradíos o de pastos del ganado.

Los ‘paracos’ quemaban las tierras y si usted no cedía a la presión, al hambre de su familia o a los animales, iban y mataban a un hijo, a un primo, a veces a todos. Después hacían papeles ‘chimbos’ con ayuda de notarios torcidos en Bucaramanga, Barrancabermeja o Floridablanca y se robaban las tierras. Yo no me presté para eso”.

Una mañana soleada de 1992, el matrimonio descubre que hay un proceso de licitación en labores de reforestación en Sabana de Torres. Serían los encargados del vivero de Ecopetrol. En la noche escriben el proyecto. Se trasnochan, hacen las proyecciones de costos y presupuestos. Piden permiso en sus trabajos para no asistir y continúan así durante cinco noches.

Bernardo suele recordar el vivero: “Uno llega allá por la carretera central de Sabana a Bucaramanga, en el kilómetro 18 toma el desvío para coger a las oficinas. Lo primero que se ve es un puesto de policía. Sólo oficinas y después están las dos estaciones de bombeo”. La planicie se interrumpe por líneas de interminables tuberías que llevan el petróleo desde allí hasta Barrancabermeja, donde está la refinería. En la primera estación queda el vivero. Una malla eslabonada rodea el extenso lote donde, sembradas en bolsas y materas, crecían desde rosales hasta pinos y caoba.

Bernardo luchaba para sacar su familia adelante, mientras en las zonas rurales del Magdalena Medio, alias “Camilo Morantes”, junto a su hermano alias “Braulio”, dirigían las Autodefensas Campesinas del Santander. Estos paramilitares en 1996 se unieron al grupo del Cesar para conformar las Autodefensas Unidas del Santander y del Sur del Cesar (Ausac). Eran oriundos del Bajo Simácota, en el Carmen de Chucurí, de donde fueron desterrados por el ELN debido a los vínculos de los paramilitares con el MAS, un movimiento antisubversivo creado en la década de 1980 por Guillermo Isidro Carreño Lizarazo, un inspector de policía de Santa Helena del Opón, para exterminar simpatizantes de izquierda.

Bernardo logró obtener el contrato del vivero y sintió que el esfuerzo de tantas noches sin dormir había valido la pena. Como el negocio era rentable compró tres casas, dos en Sabana de Torres, otra en Piedecuesta y una camioneta para transportar trabajadores. Todo iba bien, hasta que una mañana a fines de 1996, encontró en el suelo, al lado de la puerta de su casa en el barrio Carvajal, un panfleto firmado por Camilo Morantes, donde lo citaban a una “reunión” en San Rafael de Lebrija, una vereda de Rionegro, municipio ubicado a 20 minutos por carretera, bajo el dominio de las Ausac. Su esposa le insistió para que no fuera, pero él pensó que “era mejor dar la cara, porque con los ‘paras’ uno no sabía”.

El teléfono suena. Aunque Bernardo lo tiene a escasos dos metros, decide ignorarlo, pero es molesto. La lumbrera del cielo revienta el techo de zinc en la casa del frente y los rayos de luz inundan la sala, mientras el timbre enloquecido suena sin parar. Salimos al balcón, frente a la casa, se puede ver el barrio El Jordán, un lomerío desierto, una marejada de cemento y tejas de Eternit, ni parecido a Sabana de Torres. Durante el día, cuando el sol se riega a raudales, recuerda cuán lejos está de todo por lo que luchó.

El día que recibió la nota, Bernardo llamó a Rodrigo para ponerlo al tanto, pero a él también lo habían citado. Ambos estaban preocupados. En la zona el ELN había sacado a la Policía; luego, a sangre y plomo, llegaron las Ausac.

Algunos contratistas decidieron reunirse y pensar salidas, pero era imposible, todos sabían a qué se enfrentaban; había rumores de asesinatos a campesinos, de comerciantes arrojados a los cocodrilos y de incineración de hombres vivos en la hacienda del paramilitar Camilo Morantes.

- Denunciemos-, propuso un contratista.

- Imposible, -interrumpió un ingeniero de Ecopetrol-. El Ejército está con los paras, la Policía está con los ‘paras’. En el momento en que detecten que estamos en esas nos quiebran hasta las mascotas. No voy a exponer a mis hijas de esa forma.