La Mesa, corregimiento de Valledupar, Cesar, población conocida en la década de los 80 como “La despensa agrícola de Valledupar” y considerada años después por Rodrigo Tovar Pupo, jefe paramilitar el Bloque Norte, y alias 39 como escondite de guerrilleros y milicianos de las Farc y el ELN, para justificar el despojo de tierras y desplazamiento masivo de familias campesinas de la zona.

 

Por: José Gregorio Pérez

 

Las imágenes de dos hombres armados del Frente Mártires del Valle de Upar del Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC, exigiéndole la ficha para que siguiera su camino carretera arriba, on se han borrado desde 2001 de la memoria de Eduardo Jiménez, habitante del corregimiento La Mesa, de Valledupar. Esa era la prueba solicitada para establecer quiénes vivían allí, desde que los paramilitares llegaron al pequeño poblado en septiembre de 1999.

Una vez instalados en el caserío, los ‘paras’ incautaron las cédulas de los pobladores y repartieron fichas de colores con los nombres de los habitantes como nuevo documento de identidad. La de Eduardo era amarilla porque vivía en el pueblo y la recibió luego de certificar su permanencia con la familia.

La de color azul era para los que trabajaban como jornaleros o aparceros en las fincas de las veredas Cuba Putumayo, El Mamón, El Palmar, La Sierra, La Estrella, Los Cominos, Nuevo Mundo, Tierra Nueva y Sabanita, previa identificación de sus patronos. Debían permanecer dos meses trabajando y luego podían salir, por una semana, a Valledupar.

La ficha roja la entregaban a quienes los paramilitares señalaban como sospechosos, es decir, presuntos guerrilleros vestidos de civil o sus colaboradores; tenían una lista en el paso del primer retén instalado para entrar al corregimiento, a solo quince minutos del Batallón La Popa del Ejército, en la vía Valledupar-La Mesa.

Además de repartir las fichas y meter las cédulas en unas bolsas, los paramilitares ordenaron a los 1200 habitantes pintar postes, árboles, puertas de las viviendas y juegos infantiles con los colores de la bandera nacional, como muestra de que el pueblo estaba bajo su dominio.

Cuando me llevé la mano al bolsillo de la camisa no la encontré. Miré a mi mujer, quien abrió los ojos en un gesto de sorpresa. Me acuerdo que uno de los ‘paras’ le dijo al otro: Este se va derechito para la ‘última lágrima’, y soltó una carcajada debajo de la pañoleta que le cubría el rostro. Yo entré en pánico y mi mujer empezó a pedirles que no me sentaran en la piedra, que nosotros vivíamos allí, cuenta Jiménez.

Eduardo llegó a La Mesa, desplazado por las Farc desde Minas de Iracal, un corregimiento del municipio de Pueblo Bello, a hora y media de Valledupar, en donde el Frente 59 amenazó de muerte a todos los pobladores si no los apoyaban contra los paramilitares.

 “Estábamos sometidos por la guerrilla, al Frente 59 de las Farc y a su comandante alias Chamo. El primer asesinato fue el del fundador del corregimiento, Elías Orozco Arzuaga, nuestro primer corregidor. Alias Chamo lo acusó de ser colaborador del Ejército y ordenó matarlo el 28 de marzo de 1990, junto con su hijo. También nos obligaban a darles comida. Se hizo la denuncia en Valledupar, pero allá nos declararon zona roja”.

Las Farc convirtieron el corregimiento en un corredor por el que se movilizaban con los secuestrados que traían desde la vía Valledupar-Bosconia para llevarlos hasta un campamento situado en el cerro Góngora. La presencia constante de la guerrilla en la zona hizo que la población fuera estigmatizada como colaboradora de la subversión.

“Todo lo que las Farc hacían en la carretera, lo venían a esconder cerca del pueblo. Yo tenía un compadre que había sido sargento del Ejército, pero estaba retirado. La guerrilla se enteró que estuvo de servicio en el Batallón La Popa y empezaron a preguntar por él. Un día decidió viajar a Astrea, donde vivían unos familiares, cuando llegó a un retén, guerrilleros del Frente 59 lo detuvieron, lo hicieron arrodillar en la carretera y le dispararon tres tiros en la cabeza. Él vendía frutas y verduras en Valledupar, no se metía con nadie. La guerrilla nos echó el ojo a mi familia y a mí por ser él compadre nuestro”.

Eduardo retoma su relato sobre el día que llegó al retén paramilitar con su esposa.

 “´Si no tienen la ficha se jodieron´, nos dijo el paramilitar que portaba un radio. ´ ¿Quién nos certifica que viven aquí y no que son colaboradores de la guerrilla? Porque hemos investigado y en este pueblo hay mucha gente que le ayuda a los elenos´. Yo empecé a sudar frío porque se me había perdido. Había salido con mi mujer para el Valle a comprar unas cosas para el cumpleaños del hijo mayor y pasé sin problemas los tres retenes de ida. Como ya me conocían, regresando no tuve problemas hasta llegar a la entrada del pueblo”.

 

En este puente caído, que está a dos kilómetros del batallón La Popa de Valledupar, los paramilitares instalaron el primero de tres retenes de vigilancia, a lo largo de la carretera que conduce a La Mesa. Los habitantes lo llamaron “El puente del Descanso Eterno”, porque quienes llegaban allí y no tenían documentos de identificación, eran obligados a subir a motocicletas y días después aparecían muertos y con señales de tortura por caminos veredales.

 

La condenada piedra

En la entrada, los paramilitares instalaron un retén al frente de una piedra. Allí eran llevados los que querían ingresar al caserío pero figuraban en una lista de sospechosos y eran ubicados en la piedra, los paramilitares los amarraban y los interrogaban, les ordenaban confesar sus nexos con la guerrilla y decir si en el pueblo había colaboradores. El 18 de diciembre de 1999 llegó al pueblo Salvatore Mancuso, comandante de las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC, y visitó la piedra a la que llamó “la piedra de los milagros”, porque aquellos que allí se sentaban “confesaban la verdad”.

Jiménez hace un gesto de desagrado en su rostro y menea la cabeza de un lado para el otro.

Esa época fue muy dura para todos. Todo el mundo era sospechoso, tuviera o no las fichas amarillas o azules. El que se sentara en esa condenada piedra sabía que era hombre muerto.

Aseguró que un milagro le salvó la vida a él y a su mujer.

“Cuando uno de los paracos hablaba por radioteléfono con uno de los jefes que le decían Calabazo, diciéndole que tenían dos sospechosos, apareció el corregidor que venía de una reunión en el colegio. Nosotros estábamos sentados en la piedra. Mi mujer empezó a llorar y a mí me entró una angustia porque me veía entrando a ´la última lágrima´”.

Los pobladores llamaban así a una camioneta con cabina de color verde. Allí eran subidos los sospechosos, eran amarrados y les tapaban los ojos con un trapo, y no se volvía a tener noticias de ellos. Algunos lloraban y suplicaban que no los mataran.

 

 Esta piedra, ubicada a la entrada de La Mesa, los paramilitares la convirtieron en un sitio de interrogatorios y torturas de aquellos que acusaban de ser “sospechosos” de pertenecer a la guerrilla o ser sus colaborares. Lista en mano, proporcionada por desertores de las Farc y el ELN, los paramilitares trasladaban hasta allí a los que no portaban la ficha de color amarillo, que los identificaba como habitantes de la zona, o a quienes figuraban en “la lista de la muerte”.

 

“La gente del pueblo llegó hasta la piedra. El corregidor preguntó quién estaba al mando del retén para hablar con él y le dijeron que Calabazo, pero no estaba por allí. Entonces les dijo que él nos conocía, que vivíamos más arriba y criábamos cerdos (...) La bendita ficha se me perdió tal vez en Valledupar, durante las vueltas que hice en el comercio con mi mujer. De ella dependía que no fuera a parar a una fosa común”.

El radioteléfono sonó y emitió un ruido estridente que afectaba los oídos. El paramilitar lo desenganchó de la reata del uniforme camuflado que lo ataba al lado derecho de la pistola nueve milímetros y vociferó: – “Siga, siga, adelante”. El corregidor, Jiménez y su mujer escucharon una amenaza que los dejó fríos:

– Pídales los nombres, si están en la lista que tengo, llame a donde sabe y que se los lleven.

– Sus nombres.

– Eduardo Jiménez y Mariela Torres*.

– Eduardo Jiménez y Mariela Torres, ¿copió?

– Ya. Un momento reviso.

El corregidor trató de intermediar.

– Comandante, yo los conozco. Ellos viven aquí, a lo mejor se les perdió la ficha. Pero le doy mi palabra de que los conozco.

– Yo no sé nada, -le dijo el paramilitar-, yo apenas llegué anoche a la zona y no conozco a nadie aquí. Lo cierto es que si viven aquí y no tiene la ficha, se jodieron.

Volvió a sonar el radioteléfono.

– No están en la lista. ¿Quién más está ahí?, siga.

– El corregidor, dice que los conoce.

– Apunte los nombres y deles otra ficha amarilla. La próxima vez que no la tengan ya saben lo que les pasará. Acompáñelos hasta la casa y páseles revista más tarde.

El paramilitar que portaba el radio ordenó traer un vehículo para llevar a Carlos y a su mujer, y dirigiéndose al corregidor le ordenó que los acompañara.

– Súbase viejo, usted me va a dejar todo en orden. ¿Dónde viven?

– La casa está arriba, antes de la curva.

La gente empezó a dispersarse. Tres motocicletas llegaron hasta el retén con hombres vestidos de civil y pistolas entre el pantalón y la camisa, a la altura del estómago.

– Ustedes quédense vigilando mientras hago una vuelta allá arriba. Nadie pasa de aquí en carros, si no está identificado.

– Como ordene.

Diez minutos después, el paramilitar se bajó del vehículo y, junto a Eduardo y su mujer, ingresó a la casa. El hijo mayor, que estaba pequeño, se asustó al ver entrar a tres paramilitares armados que revisaron las habitaciones.

– Espero que la próxima vez no se les pierda la ficha. Evítense problemas y hagan lo que les decimos. Estaremos por aquí para visitarlos.

La mujer de Eduardo fue a la cocina y regresó con un vaso de jugo para el corregidor que limpiaba el sudor de su frente con un pañuelo. La temperatura llegaba a treinta grados, el calor levantaba un bochorno en el ambiente, recalentando las piedras de la polvorienta carretera que lleva a las veredas vecinas. Ningún árbol se movía, el reloj, clavado en los ladrillos de la pared, encima de una mesa, marcaba las 3:15 de la tarde, hora en que habitantes, jornaleros y trabajadores de las fincas debían estar en el pueblo para ser censados y realizar trabajos comunitarios.

– Eduardo –le dijo el corregidor– no vuelvas a perder la ficha esa. La próxima vez te matan.

Hacia las siete de la noche, tres camionetas se estacionaron frente a la casa de los Jiménez. De uno de los vehículos se bajó un hombre que vestía uniforme camuflado, portaba un sombrero en la cabeza y una pañoleta cubría su rostro, seguido de cinco hombres y otros dos que se apostaron a lado y lado de la puerta. Con el puño apretado de su mano derecha golpeó fuertemente la puerta.

– ¡Eduardo Jiménez, salga!

Eduardo abrió la puerta y se sorprendió al ver a nueve hombres armados que lo esperaban afuera. El hombre se identificó como alias ‘39’, su nombre era David Hernández Rojas, y le preguntó si estaba solo o con su familia.

– Están mi mujer y mis dos hijos.

– Le advierto, -le dijo ‘39’-, no vuelva a perder la ficha. Ya sabe qué pasará la próxima vez. Sabemos que la guerrilla lo sacó de su pueblo y eso da tranquilidad. Pero aquí no confiamos en nadie. Agradezca al corregidor que puso la mano en el fuego por usted.

Alias ‘39’ salió de la casa, seguido de sus hombres. En la camioneta lo esperaba su conductor, John Jairo Hernández Sánchez, alias Daniel Centella.

 

La carretera que conduce a la población de La Mesa y 10 veredas más. Durante 7 años, los paramilitares sembraron el terror entre sus pobladores, acusándolos de ser guerrilleros y colaboradores.