Tras participar en varios programas de resocialización para jóvenes, Edwin Hernández hoy es un líder cívico de la comuna 21 de Cali. Con su hermano y un amigo creó la Fundación Huella Ambiental, dedicada al reciclaje. Tiene más de 300 integrantes entre desmovilizados paramilitares y guerrilleros, exdelincuentes y recicladores comunes. Ahora todos son compañeros de trabajo.

 

Por: Juan Camilo Parra

Con apoyo de: Felipe Moncada.

 

Es domingo y Edwin, un hombre de 1.65 metros de estatura y una contextura rolliza y templada, espera que la policía autorice el cierre de la vía. Aguarda en una bicicleta cross de la que no se bajará hasta el final de su trabajo como coordinador de tráfico. La jornada inicia hacia las nueve de la mañana y finaliza a la una de la tarde. Durante ese tiempo Edwin o “Gumer”, como lo llaman en la zona, cuida, junto a otros 22 vigilantes, que ningún automotor ingrese a la ciclovía. Hoy está reservada solo para ciclistas, patinadores y caminantes. Años atrás las personas de esta zona de la ciudad se cuidaban de él.

El sol es abrasador. Edwin lleva una sudadera negra, una camiseta de manga larga fluorescente con el escudo de Cali en ambos hombros y una gorra con orejeras en tela impermeable que también logran proteger su cuello. 

Tiene 37 años. Cuando solo cumplía catorce, por esta misma zona se le podía ver saliendo de su casa, perfumado, vestido de jean y camiseta, abordando un bus de la empresa Crema y Rojo.

Con revólver en mano pedía a los pasajeros que le entregaran el dinero y las pertenencias. En esa época y a su edad, doscientos mil pesos eran todo un botín.

Gumer Hernández, su papá, de quien heredó el sobrenombre, compraba y vendía repuestos y cacharros para mantener a una familia de cuatro hijos. Era un hombre duro. De él, Edwin aprendió el lenguaje de los golpes. En una ocasión Gumer le pegó por no defenderse de un compañero del colegio que le robaba la comida y lo golpeaba a la hora del recreo. Desde entonces Edwin aprendió que para sobrevivir necesitaba usar la violencia.

Nos detenemos cuando el semáforo se pone en rojo. Llegamos a la mitad del trayecto. En la espera de cambio de luces se nos unen niños en patines, bicicletas y triciclos. Los adultos siguen trotando en su lugar para conservar el ritmo. Así es un día en la vida actual de Edwin. Levantarse, una reunión aquí, un trabajo por allá. Solucionar un lío, organizar personal y enviarlo a reciclar. Darles vuelta a los niños que viven con la madre. Hoy piensa en el ejemplo que le puede dejar a la cola, así llama a sus hermanos menores.

 

  

El camino de las armas

Han pasado casi 14 años desde que abandonó el camino de las armas. La ciclovía atraviesa la calle 123, una avenida de cuatro carriles que conecta a la comuna 21 con el resto del distrito de Aguablanca. Habla con tranquilidad de su pasado y su cuerpo empieza a hablar por él. Cojea mientras se baja de la bicicleta. Tiempo atrás recibió un tiro de escopeta con balines en la pierna izquierda. Recuerda que ese día iban a matar a uno de sus amigos, él estaba con una muchacha, “sano”, cuando se pilló la vuelta y corrió. Los proyectiles salieron en forma de abanico y lo alcanzaron, algunos balines se quedaron incrustados en su tibia y esta mañana soleada los siente más. Desde entonces Edwin abraza a la vida. 

La Comuna 21 empieza en el centro comercial Río Cauca y termina en el barrio Pizamos 1, que colinda con el antiguo vertedero de basuras Navarro. Atrapada entre el caño de la avenida Ciudad de Cali y el río Cauca, tiene 11 barrios y su corazón económico es una calle donde se encuentran desde concesionarios de motos hasta ventas de todo a mil y dos mil pesos. Por sus calles transitan jeeps, mototaxis, carros “piratas”, buses antiguos y los modernos del sistema de transporte masivo. Tiene tres centros de salud, iglesias cristianas, católicas y evangélicas. Ubicada en el oriente de Cali, es una de las zonas que congrega a la mayor población de la ciudad y, sin embargo, pareciera que no ha terminado de insertarse. 

El oriente se extendió a partir de los años cincuenta con barrios piratas y asentamientos de invasión. Por esta zona circulan pandillas, ladrones de poca monta, oficinas de cobro y milicias urbanas guerrilleras y paramilitares. Gran parte de los homicidios de la ciudad se registran en ella. Cali se mantiene como una de las ciudades más violentas del mundo.

Edwin fue ladrón, pandillero y miliciano. Inició una escuela de delincuencia que ha dejado cicatrices en su cuerpo y que lo han llevado a bordear la muerte. No obstante su vida criminal, la historia de su prontuario contiene también la lucha por transformar su vida.

Fue durante el primer mandato del alcalde Rodrigo Guerrero, en 1994, cuando Edwin, su hermano Alexander y otros jóvenes participaron por primera vez del programa “A lo bien parce”. Organizaciones no gubernamentales de Bogotá, como el Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo y el Centro de Investigación y Educación Popular –Cinep-, lo lideraron. Para entonces la ciudad vivía una guerra urbana. Entre enero de 1993 y diciembre de 1995, se cometieron 6.123 homicidios y 3.387 víctimas fueron personas entre los 15 y los 30 años. En este mar de sangre aparecieron los primeros deseos de Edwin por dejar las armas y enfocar sus energías en otras labores. 

El programa fue un éxito mientras funcionó. Edwin dejó de delinquir, cortaba el césped de los parques del Distrito de Aguablanca, retomaba sus estudios secundarios y recibía atención psicosocial. Otros compañeros participaron en estudios de formación técnica con el SENA (Servicio Nacional de Aprendizaje). Pero si hay una temporada peligrosa para la ciudadanía son las transiciones entre gobiernos. Cuando el programa apuntaba a su segunda fase y se perfilaba como la esperanza de los jóvenes, misteriosamente, desaparecieron los dineros para su funcionamiento y 850 jóvenes quedaron a la deriva. A lo Bien Parce hacía parte de la historia. 

Tan fácil como comprar un pan 

Las andanzas volvieron. El programa le había servido a Edwin para ampliar su red de contactos. “Calle Caliente”, su parche, seguía firme “pa’las que fuera”, en la misma cuadra polvorienta del barrio Decepaz, cuyas casas se construían de a poco. Conseguir las armas para volver al ruedo era tan fácil como ir a una panadería y ordenar un pan. El “Parche del Humo”, el grupo enemigo que operaba a las tres cuadras contiguas a “Calle Caliente” había conseguido apoyo de un grupo insurgente y se había fortalecido. Edwin y Alex se vieron en desventaja y buscaron hacer lo mismo. A los pocos días se fueron al monte.  

Antes se despidió de la ciudad con una rumba para todo el parche. Habían vuelto los negocios y se dio el lujo de hacer cerrar una discoteca, dar instrucciones para que solo ingresara quien él autorizaba. Exigió que nadie fuera requisado y ordenó licor para cada mesa. De esa forma evaporaba el dinero obtenido por las vueltas de la semana.  

El entrenamiento militar fue en límites de los departamentos de Valle y Cauca, en las filas del EPL. Allí los hermanos aprendieron a armar y desarmar fusiles AK47 y M60, a preparar tatucos con anfo, papas bomba y a ‘urbaniar’, así se le llamaba a ejecutar operaciones militares en el casco urbano de las ciudades.

 

 

 

Alexander cuenta que llegaron hasta las montañas de Suárez, Cauca, por tercos, por “ganas de recibir maltrato”. Transcurría el 2002 y la terquedad solo les duraba un año. Iban comiendo selva, “no quiero ni recordar”, interrumpe Alex mientras juega con las llaves de su moto, contrariado. En ese tiempo alcanzan a “volear quimba” (combatir) en la comuna 13 de Medellín contra el bloque Cacique Nutibara de las Autodefensas. También cuidan rutas del narcotráfico y escoltan carros. No saben qué llevan en su interior pero mientras estaban bajo su responsabilidad debían dar hasta la vida para que el paquete llegara a su destino.

Aunque tenían sueldo y comida, decidieron regresar a la casa. Extrañaban la familia.De regreso a Cali, el alcalde era Jhon Maro Rodríguez y había diseñado su propio programa para intentar contrarrestar la violencia. Gumer y Alexander querían intentarlo otra vez. Corjucali, la Corporación de Jóvenes Unidos Trabajando por Cali los había reunido. El programa quería redireccionar hacia programas educativos a jóvenes con procesos delictivos, vulnerables y con altos riesgos de drogadicción. Era el programa bandera del Alcalde, pero no generaba empleo y los peligros de reincidir eran latentes. 

Por aquellos días un grupo de las FARC llegó en camionetas lujosas al parche, abrió una maleta y ofreció un millón de pesos a quienes tuvieran entrenamiento militar y superaran un casting corporal. Gumer se sintió tentado pero estaba convencido de querer conocer a sus hijos. Algunos de los que aceptaron la oferta, fueron quienes activaron las bombas que explotaron frente al Palacio de Justicia y el comando principal de la Policía Metropolitana, en el corazón de Cali. Los más desafortunados terminaron en fosas comunes, en caños y en el Río Cauca. Hoy, Gumer calcula que ha visto caer más de 50 amigos.