Margarita, una optómetra caleña, trabaja cada día para darle una oportunidad de integración social a pacientes que han perdidos sus ojos. ¿Se puede herir con la mirada?

 

Por: Juan David Ramírez, Daniela Carmona, Cristian Leal, Alexandra García.

 

Una mujer fabrica ojos

La doctora Margarita recibe a Samuel en su consultorio casi al medio día. El muchacho, alto y apuesto, luce gafas oscuras para ocultar la mirada que aún no reconoce como la suya. Al entrar se sienta sobre una de las enormes sillas donde semanas atrás la doctora tomó las medidas para fabricar el ojo artificial que ahora está usando, y se quita las gafas para ser revisado una vez más. 

-Parpadea un poco. Listo. Ahora mira hacia arriba.

La puerta corrediza nos separa de quienes esperan afuera, es un consultorio pequeño, somos tres y nos vemos algo apretados. Esta vez viene por un último retoque: la prótesis, una concha de polímeros fabricada para conservar fielmente las proporciones de su ojo sano en la cavidad lastimada, se desvía un poco de la altura normal cuando parpadea. Samuel es un joven vanidoso. No quiere andar otro momento sin corregir aquel error. Por lo demás, su prótesis ocular es casi perfecta. El resultado de una disciplina que mezcla ciencia, técnica y arte.

En la calle hace un calor insoportable pero adentro el clima parece idóneo. Estamos en el segundo piso de la Torre A del Centro Médico Imbanaco de Cali. Ahí, la doctora Margarita lleva 26 años dedicada por completo a la optometría y fabricación de prótesis oculares, ayudando a pacientes de distintos lugares de Colombia.

 


 

Todos llevan una historia de duelo: han perdido una parte de su rostro. Las razones van desde enfermedades congénitas, traumas por lesión o infecciones que devoran el rostro. Procesos siempre difíciles. A pesar de que la doctora Margarita conoce esta clase de historias a través de los años, la que Samuel cuenta sobre la pérdida de su ojo izquierdo le conmueve especialmente.

Una noche a comienzos del año, va de regreso a casa por el barrio San Antonio. Se ha despedido de sus amigos después de negarse a ir de fiesta, quiere volver temprano y descansar. Camina chateando con el celular en la mano. No cae en cuenta de un barrista que le mira con envidia y le sigue desde la oscuridad. Se disputa un partido en el Estadio Pascual Guerrero, pero como otras veces, no sabe qué equipos juegan. 

-Parcero, una moneda.  

-No tengo nada, todo bien. 

Se asusta, guarda el celular y avanza con velocidad. Lo siguiente es un acto de odio que aún no puede explicar. El barrista se acerca por detrás y le clava una puñalada en el rostro. De esa siguen tres más en la espalda. Después del ataque, el barrista decide que no quiere el dinero ni el celular. En el andén donde trató de robar, deja un cuerpo desangrándose, sólo, en mitad de la noche. Como puede, impulsado por una voz en su interior, Samuel se levanta y trota hasta llegar a la Clínica Comfenalco, a seis empinadas calles de aquel intento de homicidio. Ahí se desmaya hasta despertar al día siguiente para comprobar su pesadilla. De todas las heridas, una le duele más que las demás. Su ojo izquierdo está destrozado y su cerebro lastimado, el puñal ha hecho contacto con  él.

 

 

 

La doctora Margarita termina de pulir los bordes de la prótesis mientras Samuel acaba su historia. Cada vez que la cuenta revive la angustia de aquel momento. El miedo. La doctora le entrega de nuevo su prótesis y él ansioso la coloca con su ayuda. Con cuidado, primero la parte superior y luego la inferior. Toma un espejo de su maleta y observa el reflejo sin las gafas oscuras. Siente que está completo. 

-Este tatuaje me lo hice después de aquella noche -, cuenta mientras señala sobre su pantorrilla la figura de un ojo llorando estelas de colores. Dice que al verlo recuerda aquello que lo hace fuerte. Si bien la prótesis ocular no le devuelve la visión en el ojo que perdió, ni borra de su mente los recuerdos de aquella amarga noche, al igual que el tatuaje, le sirve para afrontar su nueva condición. Con el ojo artificial puede hablar de frente a las personas, sin miedo por la ausencia de una parte. Porque aunque no pretendamos hacer daño, cada vez que miramos con insistencia a un discapacitado, lo estamos arrastrando a la inseguridad, a la desconfianza en sí mismo. Repasar dos veces a quien nos parece diferente causa daños profundos en personas que luchan por reconocerse y aceptarse cada mañana frente al espejo.  Ahora Samuel encuentra en los reflejos, de nuevo, una mirada.

Margarita tiene una voz amable, las manos inquietas, pero muy delicadas, los ojos oscuros y el cabello al hombro teñido de castaño claro. Cuando habla se hace entender fácil. Está sentada en el laboratorio de diseño facial que instaló en la parte trasera de su casa, donde crea las prótesis que terminan sobre el rostro de sus pacientes. Nos cuenta que no sólo diseña ojos. También es especialista en fabricar prótesis para el resto de los órganos que se encuentran en el rostro. Desde hace 9 años es anaplastóloga profesional.

 

La anaplastología es la ciencia que reconstruye partes del cuerpo con anatomía artificial. Una actividad multidisciplinaria de la medicina que permite rehabilitar, a través de prótesis, la función estética del rostro o las demás partes del cuerpo. A pesar de la enorme demanda, esta profesión es casi desconocida. Tanto, que incluida la doctora Margarita, Colombia sólo cuenta con tres anaplastólogos.

Todo el laboratorio huele a pegamento acrílico. Con él adhiere los hilos rojos que simularán los vasos sanguíneos en los ojos artificiales. El cuarto está iluminado por luces de neón y una ventana grande. Se ven vitrinas con prótesis faciales, libros de medicina ordenados sobre varias repisas e instrumentos para manipular los materiales. Hay un mesón largo con los ojos que pronto serán parte de la vida de alguien. Están en varios tarros con los nombres de sus dueños anotados en tiras de cinta de enmascarar. Los revisa con paciencia. Prende la máquina y se acomoda un tapabocas.

A pesar del ruido de la pulidora, nos cuenta sobre su experiencia. Pasa tanto tiempo escuchando trabajar aquella máquina, que le parece el sonido natural de la habitación. De niña se acostumbró al mismo ruido de los motores y a los olores del acrílico, porque su padre era laboratorista dental. Creció viendo cómo se fabrican prótesis dentales. Parte de los equipos que tiene en el laboratorio son heredados de él.

Estudió Optometría en la Universidad de la Salle en Bogotá. El mismo año en que se gradúa inicia a trabajar en el Departamento de Oftalmología del Hospital Universitario del Valle en Cali, donde conoce un gran número de pacientes que pierden el ojo por culpa de traumas.

Historias de estas hay muchas, todas las que te imagines. Y no había quién hiciera las prótesis.

En caso de daño grave, se removía todo el globo ocular herido con la idea de no afectar al ojo sano. En el siglo pasado este procedimiento es considerado extremo para todos los casos. Crece el número de pacientes sin ojo que no pueden conseguir prótesis a su medida.  En ese momento los ojos artificiales son estandarizados. Se importan desde países como Alemania, Argentina o los Estados Unidos para venderse en las tiendas especializadas. Aquellas prótesis de la época son prácticamente iguales.