En Palmira, una pequeña ciudad al suroccidente de Colombia, un equipo de basquetbolistas en situación de discapacidad se está abriendo camino con sus manos. Luego de perder algunas de sus extremidades, luchan por sobreponerse y hoy practican el deporte adaptado, una actividad que es ejemplo de reconciliación con el cuerpo y la vida.

 

Por: Carlos González, Mercy Insuasti, José Luis Vargas, Aura Camila Lema y Daniela Ramírez.

 

Es media mañana y el sol pega fuerte en la Alcaldía de Palmira, un edificio de fachada cuadriculada y nueve pisos color crema dispuesto frente al parque principal de la ciudad. Livintong Grueso, un morocho alto, entrenador del club de baloncesto adaptado Te ayudamos, camina por una rampa de acceso junto a seis de los muchachos del equipo, quienes suben con dificultad en sus sillas de ruedas.

–Fuimos, me acuerdo mucho, porque nos invitaron para entregarnos una dotación para los juegos departamentales en Tuluá. Debíamos subir hasta el Concejo, en el segundo piso, pero la Alcaldía Municipal no estaba adaptada para la condición de discapacidad. Entre un guardia y yo nos tocó cargar a cada uno de los muchachos y subirlos por las escaleras–, me cuenta con su acento de la costa pacífica. 

La calle principal que atraviesa al barrio El Prado convulsiona en las noches: caminantes, estancos, negocios de comida rápida, tabernas, gimnasios y asaderos de pollo se cuentan en cantidades a cada lado. En la mañana el sol calienta mesas y botellas vacías. La mirada de algunos colegiales se desvía hacia el hombre que atraviesa a dos ruedas la Carrera 41.

José Martín Salgado, presidente del club Te ayudamos desde hace seis años, es el primero en llegar al entrenamiento. Su piel es trigueña, tiene 50 años y siempre lleva una gorra que le oculta una cicatriz en la cabeza. Su expresión recia esconde una historia de militancia y su camiseta esqueleto deja ver una sirena tatuada en su brazo derecho.

–Me la hizo un amigo cuando lo fui a visitar a la cárcel –me dice sin emocionarse. Luego confiesa que jamás se haría otro tatuaje. 

Martín echa un vistazo a la cancha y espera. El polideportivo de El Prado parece hecho de pequeños accidentes: la pintura de una casa a punto de caerse decora el fondo de una tarima de cemento, baños que funcionan a medias, pelotas de fútbol atrapadas entre las vigas del techo, el tubo de uno de los tableros de baloncesto torcido por el choque de una volqueta. Y hoy, lunes, unas vallas metálicas obstruyen la cancha.

Elkin Toro, un ex policía nariñense, pálido y de brazos largos, llega para ayudarle a Martín. Se baja de un carro al que le ha adaptado los pedales en forma de palancas al alcance de la mano. 

–Yo lo mandé a arreglar. En los concesionarios no te dan la opción. 

Como Livintong no ha llegado, la esposa de Elkin –morena, callada– lo ayuda bajando la silla de ruedas de la parte de atrás del carro. Elkin avanza hasta que sus ruedas se encuentran con lo que alguna vez fue una rampa de acceso al polideportivo. Ahora no es más que un pedazo de cemento resquebrajado en el que las sillas se atascan, pierden el apoyo y patinan. 

–Al menos nos dejaron agua –dice Martín mientras toma un poco de las bolsas que los organizadores de la Segunda Copa Sparta dejaron regadas junto a la cancha.

La Copa Sparta es una exaltación de hormonas  y músculos, un evento de fisiculturismo organizado por el Instituto Municipal del Deporte y la Recreación –IMDER Palmira–, la Alcaldía y el Humbert Gym –la única cadena de gimnasios de la ciudad–. El evento se realizó el sábado y entregó más de dos millones de pesos en premios. 

Martín espera que el IMDER le entregue la misma cantidad de dinero para participar con el equipo en un torneo que se realizará dentro de mes y medio en Popayán.

En Colombia hay más de dos millones y medio de personas en situación de discapacidad, suficiente para repoblar siete veces a Palmira. Aun así, las ciudades colombianas todavía no están listas para acoger de forma apropiada a esta población; más de 7 mil personas en condición de discapacidad viven en Palmira, más de 160 mil viven en Cali. 85 millones habitan en América Latina y buena parte de ellas lo hace en extrema pobreza. Bajo este panorama dos millones de pesos pueden no ser nada, pero para Martín y el equipo ahora pueden serlo todo. 

Los muchachos siguen llegando al entrenamiento. Quienes viven más lejos, como Yani, Eduardo y Vladimir, vienen en uno de los dos buses adaptados que hay en la ciudad. Pocos lo hacen en sus carros, como Elkin y Richard; otros llegan en sus motos, a las que han puesto una tercera llanta para mantener el equilibrio, como Nelson. Mauricio, confiado y robusto, es de los pocos que se desplaza en una moto convencional. Y rodando, como se le dice a andar en silla de ruedas, llegan Martín y otros desde los barrios cercanos. 

Nelson tiene una sonrisa tímida, un deje campesino y 45 años tallados en un cuerpo fornido. Baja de su moto y atraviesa la cancha saltando en su pierna izquierda. 

–¡¿Entonces qué, mocho?! –le grita Mauricio.

–Bien, bien –responde Nelson mientras sonríe.

–¿Y por qué le dice mocho? –, alguien pregunta.

–¿Cómo que por qué? ¿No ve que está mocho?– responde Mauricio mientras todos se ríen. Poco les interesa esconder lo que son. 

Reírse de sus propias tragedias es la forma en que aprendieron a enfrentarse a los otros; pero, sobre todo, a sí mismos. 

Se cambian de ropa, algunos sujetan el tronco a una silla con una banda de velcro elástico, aseguran sus piernas con un cinturón y se vendan los dedos de las manos. Acomodan los cojines para no pelarse las nalgas y atan los pies a la parte baja de la silla de ruedas. Cada quien calienta a su manera. Livintong los mira y se distrae. Charla con alguien en la puerta del polideportivo. Pareciera que se olvida del silbato que cuelga de su cuello.

Jaiver Castillo, un joven entrenador contratado temporalmente por el Imder, dirige el equipo cuando se aproxima un campeonato.Livintong es el antiguo entrenador, ha decidido renunciar a los contratos insostenibles de tres y seis meses con el Imder, pues considera que su trabajo con el equipo va más allá de un papel con su firma.

– A uno lo contratan de esa forma para cansarlo y no poderse pensionar. Luego de vencido el contrato, a uno le toca hacer campaña política para asegurar otra vez un puesto inestable. Antes usted tenía una buena hoja de vida y lo contrataban. Ahora no es así, todo se volvió palanca. Yo quiero asegurar mi trabajo porque tengo capacidades, no porque otro tiene poder–, me dice Livington mientras caminamos hacia su casa. 

Desde hace cinco años colabora con el equipo sin recibir pago. Acompaña a los muchachos en eventos, ayuda a Martín a organizar los viajes y para sostenerse trabaja como profesor de educación física en varios colegios de la ciudad.

Son reiteradas las ocasiones en que a falta de entrenador, el baile de ruedas y balones no ocurre. El equipo se dispersa y las prácticas quedan reducidas a un partido. A nada.

Hoy Martín asume el liderazgo dictando órdenes con rostro alargado y estricto.

–Dejen la charla y empiecen a calentar –le oigo gritar desde el otro lado de la cancha mientras con un trapeador seca los charcos que dejó el aguacero de la noche anterior. Hace girar la rueda de su silla con la mano izquierda, mientras con la otra arrastra el trapeador de un lado para otro. Las cejas fruncidas y los labios apretados delatan la dificultad de la tarea. Se detiene y gira para ver qué está pasando en la cancha: sigue pendiente de que los muchachos empiecen a entrenar. 

Mauricio García, el mejor encestador del país en los juegos nacionales del 2012, es uno de los jugadores del club que más critica el control de Martín sobre los entrenamientos.

–Si por mí fuera yo los cojo a todos y les digo cómo es que se entrena. Organizamos bien el tiempo y hacemos todo lo que me enseñaron en la Selección Valle: calentamiento, velocidad, resistencia, ejercicios de técnica, gimnasio ¡Así es que se debe entrenar! Pero véalo –señala hacia la cancha–, él es el que dice cómo se hacen las cosas acá. 

La noche anterior, Martín vio por televisión una sesión en la que el Senado de la República debatía sobre los derechos de las personas en situación de discapacidad. Desde entonces las preocupaciones lo asaltaron: hay que empezar a gestionar un espacio para el equipo en la nueva Ciudadela Deportiva de Palmira; pero no debe olvidar que lo urgente es obtener el dinero para ir a competir a Popayán. Ya en el entreno, Martín hace pases y varias canastas, y aunque a veces trastabilla nunca se cae. El hombre de la cara larga parece sonreír por dentro. 

Martín y Mauricio se disgustan durante el partido. Discuten por una jugada en la que una falta no fue bien pitada por Livintong. Pero es tarde para enojarse: son las doce y el entrenamiento termina. Los muchachos se pasan de las sillas deportivas, de ruedas anchas, inclinadas y ágiles, a las que usan para rodar por su cuenta, más estrechas y pesadas. Durante la alcaldía pasada –hace ya cuatro años– les entregaron las sillas que siguen usando ahora. Varias llevan la pintura descascarada y en algunas se ven remiendos de soldadura, rines flojos y radios que se han caído por el uso. La mayoría de sillas con las que cuenta el equipo incumplen los criterios deportivos –y humanos– más básicos.

Por otro lado, las sillas personales son ganadas con tutelas impuestas ante Entidades Promotoras de Salud –EPS–, pero son pocas las que se entregan tras una primera petición. Algunos de los muchachos del equipo incluso le han pedido a Martín que les presten las sillas deportivas del club cuando no tienen en qué más rodar. 

-La otra vez le prestamos una a El Indio y casi la desbarata de tanto andar en ella –, recuerda Martín con disgusto al final del entrenamiento.

Eduardo Escobar, un moreno de voz suave, se cambia de camiseta, lava su cara y guarda todo en un maletín negro que carga sobre las piernas. Se asegura de tener las manos secas y se aplica crema humectante para suavizar los callos. 

–Mi mujer se enoja si me siente las manos ásperas, entonces prefiero cuidármelas. 

 

 

La dureza en el rostro de Martín se generó, tal vez, con los años. O gracias al Imder y a una negligencia tan fiera como su obstinación para tramitar los recursos del equipo.

Los dos atentados que le hicieron en Cali en 1990, a causa de su militancia en el movimiento M–19, pueden ser otro motivo de su seriedad. Integrantes de las FARC dieron con él una tarde de marzo mientras caminaba en compañía de un amigo. Iban rumbo a su casa cuando Martín escuchó los disparos. Quedó tirado en la acera junto a su amigo, quien perdió la vida aunque no tenía relación con grupos armados. Martín se hizo el muerto durante algunos segundos, ignorando que dos disparos le habían llegado a la médula. En abril del mismo año lo buscaron de nuevo, pero esta vez ninguna bala logró alcanzarlo. 

Aun en esta diminuta ciudad, lejos del fuego cruzado en las montañas, la violencia se pasea con disimulo. Las negligencias del gobierno, la construcción poco incluyente de casas y espacios públicos y la precariedad de las condiciones laborales son algunos de los disfraces que hoy visten y camuflan a la violencia. 

Martín no puede ingresar con su silla de ruedas ni a la ducha de su propia casa. Se baña en el patio sentado en una silla rimax junto al lavadero. Su columna se ha desviado dos centímetros y ya no puede trabajar pegando pisos, una habilidad que conserva de su pasado como obrero de construcción.

Tras intentar de todo para revertir la difícil situación económica del equipo, Martín sabe que ni alcaldes, gerentes o empresarios se interesan por apoyar al deporte adaptado. 

–Hay empresas que pueden dar la dotación de un uniforme, pero la niegan –me cuenta.

Incluso financiar sus gastos personales le resulta difícil. 

–Hace veinte días trabajé pegando un piso y, le digo sinceramente, me di cuenta que ya no puedo más. Mi hermano trabaja como maestro de obra en Jamundí y a veces algo me manda.

Como presidente del club, Martín no tiene sueldo.

–Me ganaría algo si un día fuera a una empresa y me dieran 40 millones de pesos para el equipo, porque tendría derecho al 5% de lo que conseguí. Pero eso no pasa, es difícil. Yo consigo máximo dos millones para viajes que cuestan tres. Y si saco el 5% ¿qué queda? Si me pongo a sacar para mí, no viajamos. Por eso nunca saco, prefiero irme con todo el equipo a jugar. No hago esto para enriquecerme, sino para que nos mantengamos activos.

Martín rueda hacia su casa con una tarea clara en su mente: aun no consigue los dos millones de pesos y no falta mucho para el torneo en Popayán.

 

 

Un partido de baloncesto adaptado se juega con las mismas reglas que uno convencional: cuatro tiempos de diez minutos en los que se exige conducta deportiva, velocidad, destreza en manos y ruedas por igual, un ganador y un perdedor. Se suman varios choques y algunas caídas que terminan con un hombre levantándose por su cuenta; aquí en el polideportivo, el espectáculo goza además de manos cubiertas por una grasa negra que evidencia la falta de aseo en el lugar. En cada entreno, partido y campeonato aparece el dolor del esfuerzo en los hombros, además de las secuelas heredadas tras las lesiones. 

Jair es un negro carismático y bonachón. A su mirada tímida la acompaña una cicatriz que rodea el ojo izquierdo. Es de los más hábiles del equipo. Sus largos brazos le permiten jugar como encestador o ‘poste’, como le dicen en la jerga deportiva a su posición.  Lleva casi un año viniendo desde Pradera para entrenar con el equipo. Cuando llega al polideportivo se quita las prótesis vestidas con un jean ajustado y tenis blancos. Deja todo junto a las escaleras. Cambia su camiseta azul por una amarilla y holgada con la que acostumbra a entrenar. Retiradas las prótesis, cada muñón queda protegido con un vendaje duro de color cartón. Jair se asegura a la silla y rueda hacia la cancha, siempre con una sonrisa.

Trabajó como soldado profesional en Corinto, Cauca, una población azotada por el conflicto armado. 

–Fue durante un control de área. A las seis y media de la tarde, me acuerdo, que sonó un bum... me levantó y caí a un hueco y ya ahí mis compañeros me empezaron a gritar que no me quedara dormido – cuenta mientras su voz tenue apaga su sonrisa. 

En la clínica su familia estaba muy inquieta hasta que uno de los médicos se decidió a hablarle. 

Recordaba que me había levantado una mina, pero no sabía que me habían mochado las dos piernas. Pensé que era una, pero no sabía que eran las dos. Lo tomé con calma gracias a Dios, porque sé que esto es un trabajo y todo trabajo tiene sus riesgos.

La explosión de la mina antipersonal le dejó una doble amputación por encima de las rodillas y una pensión que el ejército nacional le paga desde hace seis años. No se podría decir que tiene suerte, pero es uno de los pocos jugadores del equipo que recibe dinero cada mes.

En Palmira, el 69% de personas con discapacidad no recibe ingreso económico. La cifra a nivel nacional es más preocupante: cerca del 81% de quienes están en edad productiva aseguran que su situación de discapacidad ha sido el motivo principal para no ser contratadas. Pero estas cifras, aunque alarmantes, no son extrañas. La tasa de desempleo en esta población es elevada y el acceso a servicios como educación, vivienda y transporte es limitado. Se genera así un círculo interminable entre discapacidad y pobreza.

 

 

Elkin va a un costado de la cancha, bebe de una bolsa de agua, se acerca y en medio de la charla me cuenta sobre su primer intento de comprar una casa en Palmira: planeó todo para comprarla en el conjunto Molinos de Comfandi. Pagó la primera cuota y exigió que se adaptaran los diseños a su situación. Después de todo, la ley dicta que el 1% de las casas que se construyan a partir de 1990 tienen que adaptarse con rampas y habitaciones en el primer piso. 

–A los seis meses me dijeron: ‘no, no tenemos casas así, el diseño ya está hecho’, y me devolvieron la plata –hace una pausa con esa tranquilidad que nunca lo abandona–. Es duro porque, imagínese, uno va a comprar una casa y tiene que ir a tratar con el banco. El banco le dice: ‘usted no nos puede demostrar cómo va a solventar el pago de las cuotas’. Yo tengo facilidades porque soy pensionado, pero un discapacitado ‘normal’ no. ¿Quién tiene trabajo serio aquí en el equipo? Nadie. Jair y yo somos pensionados, pero de resto nadie tiene trabajo fijo. Todos son rebuscadores. Aquí el deporte debería ser un trabajo.

Al equipo se le brinda un apoyo al deportista de 400 mil pesos al mes, pero es para todo el grupo. Esto deja a cada integrante con $30.000 mensuales.

–Así no se puede.