De malicia y empauta´os

Los rostros de los maestros de mayor edad no han librado el paso del tiempo, pero a la hora del juego sus cuerpos se desenvuelven con la agilidad de un adolescente. Como las iguanas, detrás de la piel escamada y con pliegues, se esconden seres vitales y de movimientos rápidos, que casi nunca se agitan y jamás sudan. 

-El Maestro Luis se cuida, él se cuida. Tiene 84 u 85 años y tiene más vitalidad que cualquiera de nosotros. Y Luis tieneeee ¡Luis! ¿Cuántos abriles?

-¿Cuándo?

-Por ahorita, pues.

-Setenta y siete

-Setenta y siete ¡Oiga! Cuidado y nos miente.

De esos abriles, más de la mitad han transcurrido en la práctica de la esgrima.  Las academias acompañan la mayoría de los recuerdos de los maestros. La de Manuel María, la de Domingo Palomino, la de don Luis, son enumeradas una a una por Miguel. Desde jóvenes han recibido la instrucción de un maestro que en ningún caso debía ser su padre, así este fuese un experimentado machetero. ¡Así se conserva la tradición del zuncho! Porque cada discípulo es un refuerzo que mantiene el arte en pie. Eso sí, aclara, también había muchas academias secretas. Usted podía ver que la gente llegaba como a hacer visita a una casa y resulta que era academia. 

El aprendizaje en secreto fue una constante. Los esclavos la escondieron en las danzas frente a los ojos de sus amos y los libres la escondieron en la oscuridad del monte o en las salas de sus casas a puertas y ventanas cerradas, para no ser perseguidos por la Iglesia o la Ley; porque está claro que cuando la necesidad de armar a los negros con machetes se disolvió con el fin de las guerras, ante los ojos de los hacendados y los curas, los valientes guerreros se convirtieron en criminales y herejes. Lo otro es que algunos maestros eran muy celosos. Cuenta Héctor Elías. Pasa es que cuando hay alguien que sabe algo y sabe que usted está aprendiendo comienza a mirar a ver qué sabe, a tantiar o buscarle problema para él ensayarse. Por eso era secreto. Parte del celo de algunos macheteros llega al punto de fingir o de cambiar su postura al andar, porque los conocedores del arte pueden descifrar las técnicas de juego de un hombre con solo verlo caminar. Siempre hay una forma característica de pararse. Allí –Miguel señala los pies de Héctor Elías- está preparado para cualquier ataque. 

Esa lectura y conocimiento del cuerpo del otro tras un solo vistazo, fue la prueba que le bastó al hombre blanco para acusar a los negros de los palenques del Cauca de pactar con el diablo y los duendes. Siempre en Occidente aquello que no se comprende se persigue, se somete, se sataniza o se exotiza. A favores de espíritus malignos fueron reducidas la alegría y vitalidad al bailar y tocar un instrumento, al igual que la ferocidad en tiempo de pelea; mientras que para los nortecaucanos sus habilidades no son más que parte de la malicia que debe tener un hombre para desenvolverse en la vida. 

La malicia parece cobrar para estos hombres un significado que es trascendental en las palabras, pero concreto en la práctica. Pocas veces alcanzan a definirla, y cuando lo hacen, la explican de maneras distintas. La malicia es saber moverse dicen unos, la malicia es adelantarse a lo que se le viene dicen otros, la malicia le salva a usted la vida, concuerdan todos. En la esgrima, esa habilidad inexacta comprende el poder de descubrir cada detalle del contendor, su peso, estatura, movimientos e intenciones con solo una mirada.

Precisamente todas aquellas cosas que eran capaces de saber los empauta´os u hombres históricos del Patía, hombres negros que según las indagaciones del historiador Francisco Zuluaga, estaban dotados de gran fuerza y astucia, y que contrario a ser temidos, eran respetados por la población.

El más reconocido de esos hombres fue Rufino Angulo, una especie de Hércules Patiano, célebre por cazar venados utilizando únicamente sus manos. Las leyendas cuentan que él mismo reconocía que su fuerza provenía de las ánimas. Cosas similares se oyen de Graciliano Balanta en la vereda de Buenos Aires. Él, un experto machetero, convirtió a Ananías Caniquí y a su hermano en maestros, en sesiones que tenían lugar en un terreno circular que escondido entre cañaduzales, tiene grabado el piso con marcas y números de color blanco. Ese sitio fue bautizado como El Circo ¿Qué hombre no temería entonces de ver a tres sujetos reunidos al anochecer encandillando sus machetes y hablando en una jerga extraña de La Parada del Diablo? 

De los empauta´os se dice que saben rezos que los esconden de quien se atreva a perseguirlos, y que en su mayoría, al igual que los maestros celosos de la grima, niegan tener algún tipo de poder o conocimiento particular. Un campesino llamado Silverio, sin embargo, le confesó a Fransisco Zuluaga que él mismo, a punta de rezos, se hizo invisible a los ojos de dieciséis policías rurales que habían llegado a apresarlo por orden de un político del partido liberal. 

Pero los rezos a la Vírgen, el empeño del alma al diablo o las plegarias del Justo Juez y el Gallo Negro, no fueron suficientes para evitar que la Guerra con el Perú se llevara a los últimos hombres históricos. Algunos creen que los caucanos que fueron a la guerra eran empauta´os que prefirieron no volver al ver llegar extraños construyendo carreteras; otros prefieren pensar que sus antepasados eran guerreros natos, herederos de las técnicas de defensa de los egipcios. Las leyendas de esos hombres parecen haber quedado en los nombres de las paradas. 

-Eso es difícil de decir así a ciencia cierta. Tienen que ver más con una parte psicológica del juego, porque hay personas que dicen por ejemplo: ese señor se le paró a este en La Parada del Diablo, ya eso le da como miedo a uno; o se le paró en La del Muerto, o en La del Espíritu Santo o en La del Ángel. Y si el otro ha oído hablar de eso, dice no, eso es terrible… 

Para los maestros de Puerto Tejada, la malicia, atada o no a leyendas de brujos, les ha venido de golpe incluso antes de aprender a manejar un machete. Héctor Elías cuenta que él aprendió por la necesidad de defenderse, luego de vivir en Pereira, a donde había llegado con la intención de unirse a un equipo de fútbol. Allí, tuvo que trabajar en una hacienda en la que él dice se le presentó un pequeño problema. Por la forma en que ríen sus compañeros se advierte que fue una pelea buscada. La picardía de su sonrisa lo confirma.

- En una ocasión de un sábado, jugando que me gustaba el juego de azar, le gané la pareja a un fulano y ese señor se enojó y me dijo: ¡No, no, no! y que negro no sé qué, y a que me enojara. Y yo pues no me enojé del todo, pero sí le hice caso. Le dije: no, no hay problema paisa. Me fui y saqué un machetico que yo tenía y me le paré. No sé cómo, porque él era maestro de esgrima allí en el ingenio. Y sacó una peinilla larguísima y ahí mismo se me airó. ¡Me mandó uuuuun machetazo! Yo por instinto me agaché y la peinilla se le incrustó en una guadua. Entonces yo le mandé el machetico que tenía en la mano y ¡Bumm! él voló por allá. Ahí mismo cogí la peinilla que estaba incrustada y se la tiré, le dije: tome paisa. El paisa se quedó viendo ese machete, me veía a mí, veía el machete. Y yo no sabía qué hacer ¡¿A qué hora lo coge?! Y entonces me dice: Negro, no peliemos. Como quiera paisa, como quiera. Y cogió la peinilla y la enfundó y me dice por la tarde nos vamos a Pereira a tomar trago. Y así fue. Cuando yo llegué al ingenio, los discípulos que tenía el maestro me decían: usted le ganó al maestro de nosotros, enséñenos. Y yo noooo, a mí no me gusta enseñar ¿Yo qué iba a enseñar si no sabía? Como a los cinco meses, me vine. Y apenas llegué lo primero que hice fue buscar un maestro.

El sonido de una alarma que inunda todo el pueblo, interrumpe el relato. Son las doce del mediodía.

 

 

Forjar la historia sobre lo que se robaron

Una lluvia densa cae sobre los árboles que hay en la huerta. Son de cacao, me explica Angélica, una economista cartagenera que junto a Alicia lidera las actividades y proyectos con los que los macheteros pretenden proteger su arte. La resistencia que antes era política, hoy también es cultural y está cimentada en las mujeres. En este espacio son protagonistas, y los maestros no dejan de recordar que ellas han sido también grandes macheteras desde la época de los libres. Durante la guerra, las mujeres defendían sus hogares, sus propiedades y sus cuerpos a punta de machete porque el arte se enseñó a hombres y mujeres por igual, conscientes de que debían luchar juntos para no ser sometidos nunca más. Mire, en La Serafina, ahí no más, hay una señora que tiene 104 años. El papá era uno de los macheteros más reconocidos de por acá. Ella se llama Saturia Caycedo y juega esgrima mejor que cualquiera. Es que cuando el hombre no estaba, la mujer podía sacar la cara por él. No era que llegaban a sabotearlas como ahora, antes las mujeres eran muy duras. 

La conclusión de Héctor Elías llena de orgullo a Alicia, que explica la gran inspiración que es para Puerto Tejada la figura del maestro; porque además de esgrimista es músico, bailarín, docente, cacaotero, agricultor y poeta. Por eso, Miguel, Alicia y Angélica luchan para que el Ministerio de Cultura reconozca al maestro Héctor Elías como un Portador de Comunidades Afrodescendientes y para convertir la Casa en un museo. Los tres se han dado a la tarea de encontrar aquellas historias relacionadas con el cacao y la esgrima, que reposan en viejos documentos como las cartillas que los maestros denominan El Arte, y que son el regalo que se entrega a los discípulos cuando estos han culminado su proceso de aprendizaje. 

La cartilla más antigua de los maestros vivos es propiedad de Luis Vidal. Un papel amarillo del tamaño de un pliego, contiene aún los nombres de quienes fueron sus maestros y compañeros de estudio, además de la fecha de entrega: 18 de septiembre de 1976. Otra cartilla mucho más antigua data, de acuerdo con Alicia, de 1856. Cada uno de los manuscritos es personalizado. La de Luis está escrita a mano, la que porta Héctor Elías en máquina de escribir, pero ambas tienen dibujos hechos a pulso porque cada maestro hace con sus propias manos las figuras que explican el paso a paso de las cruzas y las paradas. Las cartillas son un lazo que une al discípulo con su maestro y con siglos de historia; un legado que sirve de guía en los entrenamientos para que la técnica no se corrompa. Héctor Elías es un gran defensor de la técnica tal cual la conoce, por lo que sus ojos recorren una y otra vez las indicaciones de ese libro viejo de color rojo que echa todos los domingos en su mochila.

La resistencia al olvido y la desatención del Estado a la cultura, saberes y supervivencia de los pueblos nortecaucanos, se libra desde varios flancos. El monstruo verde de la caña de azúcar, que desplazó al cacao, planta que hizo tan rica a la región en los años treinta, se combate desde las pequeñas plantaciones de los afiliados a la Federación Nacional de Cacaoteros. El arte del cultivo se ve reflejado en las más de veinticinco nuevas especies que experimentalmente crecen al lado de los macheteros y que son una forma de enfrentarse a las decisiones gubernamentales que hace algunos años les arrebataron unas 49 hectáreas de terreno en el sector de El Cortijo, donde los cultivos del germen del chocolate fueron remplazados por el basurero municipal. El lugar donde caben aproximadamente 98 canchas de fútbol solo produce lixiviados que van a parar al río que abastece a la población. 

Aquí ha pasado de todo: la pérdida de la granja, el despojo de tierras, el monocultivo de caña… y eso nos duele, nos duele, nos duele; pero seguimos luchando, me dice Alicia con una sonrisa. La misma que recuerda con decepción que este pueblo le regaló al liberal Eduardo Santos un palo de cacao en oro como muestra de apoyo en su campaña presidencial La estatuilla que medía unos veinticinco centímetros, y que llevaba consigo el peso de los sueños de los hombres negros y la bonanza de sus tierras, jamás se volvió a ver.

¿Eduardo? ¿Eduardo quién?