En Puerto Tejada, Cauca, sobrevive una de las tradiciones más antiguas de los pueblos negros de Latinoamérica. Anclada a historias de libertad e independencia, la esgrima de machete y bordón, que bien podría ser el arte marcial de Colombia, se sostiene gracias a un grupo de hombres y mujeres que luchan para que la valentía de su pueblo algún día se reconozca en la Historia oficial.

 

Por: Diane Palacios

Fotografía: Juan Camilo Cruz

 

Thomas, un foráneo nigeriano hace estiramientos en medio de un gran salón: se inclina hacia atrás, su columna se dobla formando una c y alarga los brazos al frente cargando un machete. -¡Ufff! Respira. Luego se inclina sobre una de sus rodillas formando con ella un ángulo de noventa grados mientras estira la pierna contraria hacia atrás. Miguel, uno de los tres maestros de esgrima presentes en el entrenamiento, aprueba los movimientos con el monosílabo más usado entre ellos para dar aliento a sus discípulos: -¡Eeeso! Thomas resbala. ¡Uy! Ríe. Cada domingo, los fantasmas africanos de los esclavos negros, antepasados de Thomas y Miguel reviven a través de sus cuerpos. Las batallas de egipcios de hace siglos, se repiten hoy en la Casa del Cacao en Puerto Tejada, Cauca.

Libres 

Dos horas atrás, una mujer negra se asoma desde la terraza de una casa de tres pisos. Un ritmo tropical domina la cuadra. – ¡Pasáme café!, grita la mujer mientras baila y mira a Alicia Castillo, la esposa de Miguel, que desde la calle le devuelve el saludo con una mueca burlona. Son las siete y media de la mañana, pero en el pueblo parece ser casi medio día. Hombres y mujeres recorren caminos empolvados que desembocan en la calle principal, La 20, esa que pavimentada anuncia la llegada al casco urbano y sobre la que se sostiene la plaza de mercado. No hay rastro aún de los machetes y los bordones que distinguen el particular tipo de esgrima que se practica en la zona, pero sí de la historia de los antepasados de estos hombres. 

Las casas de Puerto Tejada están sobre el lugar en el que las antiguas levantaron el palenque de Monte Oscuro, un lugar de resguardo desde el que los negros cimarrones, los libres, ofrecieron resistencia al régimen esclavista de la Colombia del siglo XVIII y XIX, aprovechando las bondades del fértil valle del río Cauca, a orillas de los ríos La Paila y Palo.  La oscuridad del monte ahuyentó a los esclavistas, quienes debieron acomodarse a saber que al interior de sus propias haciendas, los hombres del cacao se sabían nuevamente honorables, dignos y hermanos. En Monte Oscuro, recuperó el aliento la mística de las pieles y las almas negras; los saberes de los libres sobrevivieron a través de la mezcla de lo ya conocido y los nuevos recuerdos que se gestaron en la tierra nueva. 

Hoy Puerto Tejada parece un pueblo extraño y a la vez común. Como en los demás pueblos, la iglesia en el centro; pero sólo aquí, esa iglesia siempre abierta, pues las puertas no son puertas sino rejas por las que hombres y mujeres asoman la cabeza desde muy temprano para echarse la bendición. Como en todos los pueblos, pan en las esquinas; pero aquí, con el horno sobre la acera, dándole forma a la masa con apenas una cuchara y el dedo tiznado que retira los sobrantes. Como en todos los pueblos, hombres obreros; pero aquí, esos que llevan siempre la camisa dentro del pantalón, con una elegancia indescriptible que exalta sus cuerpos torneados por el trabajo en el campo. Como en todos los pueblos, un monumento en la plaza; pero aquí, ningún prócer, aquí una iguana.

Guerreros 

Miguel Lourido es un hombre de buena altura y mejor peso. Una frente amplia, casi siempre tensionada, es el rasgo distintivo de cada uno de sus gestos. Posa una de sus manos sobre mi espalda e intenta conducirme al interior de su casa. Las paredes blancas del lugar se ven interrumpidas por cuadros de dignidad y herencia negra. En el cuadro más grande, una mujer vestida con una gran túnica y un turbante lava su ropa de rodillas frente a un río, rodeada por una vegetación espesa de árboles de cacao y platanales, que enmarcan un fondo de cultivos bajos junto a una modesta casa de paredes de cal. Parte de ese cuadro se reproduce en la parte trasera de la casa: en el umbral que conecta al patio, que parece más una porción de selva, Alicia se mueve ágil envuelta en una túnica roja que también tiene a juego un turbante. Su abundante cabello rizado se halla recogido herméticamente, tal como lo lleva la mujer del cuadro más pequeño.

Thomas Desch Obi, un historiador africano que llegó aquí en busca de la historia de los Maestros y su Arte, se ve inquieto. Miguel y Luis Vidal, otro de los maestros, se han entretenido con el regalo que él les ha traído y hojean animados, como dos niños, las imágenes de Figthing of honor, un libro en el que el historiador va tras las huellas africanas de  técnicas de defensa personal que se practican en Latinoamérica. ¡Está en inglés! dice Miguel mientras arquea las cejas. Thomas asiente y comienza a moverse por la sala cargando y descargando su maletín. Su silenciosa pero obvia insistencia arrastra a Luis hacia la calle. Los sigo a la casa de enfrente, a la Casa del Cacao. Allí compruebo que en Puerto Tejada, las fachadas ocultan la conexión selvática que pervive en sus gentes, pues una huerta con grandes árboles de hojas anchas y tropicales ocupa la mitad del terreno. 

Situados en el salón más grande de la casa, Thomas y Miguel inician una serie de estiramientos: sobre una banca, espalda contra espalda, todo el cuerpo hacia el frente y  la cintura a los lados sostienen dos bordones o compases, uno en cada mano. Los palos se ven ligeros y muy delgados, pero con la fuerza suficiente son capaces de abrir la piel de un contrincante.

 

 

-Los compases se llaman así porque acompasan con la peinilla. El nombre científico es bordón. Un hombre anciano, negro y muy delgado atraviesa la habitación, mientras da la explicación. Erguido, altivo, imponente. No desprende la mirada de una esquina a la que llega para desabotonarse una camisa azul que con cuidado cuelga de un clavo. Su pantalón es de blanco inmaculado, lleva un sombrero negro de fieltro, una mochila tejida y una peinilla que deja sobre una mesa. El hombre es el maestro Héctor Elías Sandoval, el esgrimista de machete más reconocido de Puerto Tejada.

Según el diccionario un bordón es un bastón o palo más alto que la estatura de un hombre, con una punta de hierro y en el medio de la cabeza unos botones que lo adornan; pero también es una persona que guía y sostiene a otra. Los bordones utilizados por los maestros no son tan altos como ellos, ni tienen puntas de hierro o botones, porque ya no se usan para cazar, pescar y guiarse en el monte como antes; ahora se usan para jugar. La segunda definición es una metáfora ajustada a la dinámica de estos hombres, pues los maestros son para sus discípulos un bordón que los guía no sólo en el aprendizaje de la técnica, sino también en el de su Historia. 

Mientras Héctor Elías los observa atento, Thomas y Miguel practican varios movimientos ¡La Cosquillosa! Maestro ¡La Vista! Clack, clack, los bordones chocan entre sí. En un movimiento rápido Miguel ataca el costado izquierdo de Thomas con el bordón de su mano derecha, mientras que el de la mano contraria busca la cabeza. La Cosquillosa y La Vista son dos paradas, me explican después. En la grima, nuestra grima, hay cruzas y paradas. Digamos que el juego tiene unos niveles. Un nivel básico, que es el manejo de las armas, eso es las cruzas. Y ya paradas, ya es aprender a moverse manejando el machete propiamente dicho y lo que entra es el juego de malicia, la cantidad de trucos y pendejaditas que uno tiene. 

Héctor Elías que ha estado observando en silencio, toma un compás y desplaza a los jugadores con solo avanzar dos pasos. Un ánima pícara lo rodea. Luego de introducir suavemente el compás entre uno de sus brazos y las costillas, lanza un chillido con una voz casi infantil y encoje su cuerpo como si un escalofrío entrara por sus costados y le recorriera el cuerpo.

Se dice La Cosquillosa porque ¡Uuuyy!

El salón es inundado por las risas. Thomas pregunta si La Cosquillosa hace parte del juego Español Viejo. Los entrenamientos son también clases de historia y debate acerca de los orígenes del arte, sus estilos, las variaciones que han sufrido en el tiempo y sus similitudes. Hay más de veinte estilos que se diferencian entre sí por la cantidad y forma de las paradas y cruzas; algunos llevan nombres que sugieren el lugar donde fueron modificados, sombra caucana, venezolano moderno, el juego costeño;  y otros, denominaciones que aluden a su base, español viejo, el juego francés, el granadino. Los que predominan el juego en esta escuela son el Español Viejo, el Español Reformado y el Remonte Relancino; en este último la autoridad es Luis Vidal.  Los jugadores siguen moviéndose. 

Thomas ha quedado en jaque y, arrinconado por Miguel, tambalea un poco. En algún momento la posición de los jugadores se invierte, ahora el atacante es atacado. Miguel retrocede. Clack, clack, clack, clack. El maestro propone un cambio de parada. ¡La Vista, de la misma gallada! Español Viejo. Y luego, La Mocha. ¡Maestro, la Mocha! Los pies abiertos a manera de zancada, una mano tras la espalda y la otra sosteniendo el bordón por encima de la cabeza. Defensa a una sola mano. 

Siglos atrás la defensa no era tan sencilla, ni la práctica de la esgrima tan inofensiva. Los machetes, en época de esclavitud y guerra, pasaron de ser simples instrumentos de trabajo a convertirse en las extremidades de cuerpos explotados que lograron la libertad de sí mismos y de otros. Pero ese tramo de la historia pocas veces se cuenta en los libros y nunca se refleja en la plaza de los parques de los pueblos y ciudades de Colombia, donde solo reposan bustos de blancos y criollos, que no hubiesen llegado muy lejos si no hubiesen  contado con la tenacidad y la fuerza del negro. 

Las Guerras de Independencia todas se libraron a machete, lo mismo que la Guerra de los Mil Días. Esa tuvo las famosas cargas de macheteros donde los ejércitos eran de negros armados con palos y machetes. Es que en ese tiempo habían era armas de un tiro, no armas de repetición, entonces cuando una persona hacía un tiro y se ponía a recargar la pólvora, al negro ya lo tenía encima. ¿Qué hacían los generales? Era que a los del machete los mandaban sigilosamente y cuando esos de allá estaban dando bala, los otros ¡zua! Cuando sentían era que veían treinta, cuarenta, cincuenta con machete. 

El relato de Miguel puede constatarse en las memorias de abuelos campesinos del Valle, Chocó y Nariño, que no olvidan que fue Sebastián de Belalcázar el que trajo al Cauca a los esclavos junto a la semilla de la caña de azúcar en 1536. Ocupando un deshonroso primer lugar en el comercio de esclavos, Popayán y Cartago, se convirtieron en los centros desde los que miles de hombres y mujeres negros fueron distribuidos y vendidos, primero para el trabajo en las minas y las haciendas, y luego para luchar en los campos de batalla. En los dos casos llevaban siempre, sin pedirlo, la marca real impresa en el lado derecho del pecho. 

Enrique Monsalve, campesino de Restrepo, Valle, contó en un encuentro regional de historias populares, que en una de las batallas de la Guerra de los Mil Días, el General Uribe Uribe, armó un ejército de negros a los que les indicó quitarse las camisas antes de atacar al enemigo horas antes del amanecer. El pecho descubierto funcionaba como rasgo de reconocimiento: en medio de la oscuridad solo se atacaba todo aquello que tuviera ropa.  La estrategia, que en aquella ocasión no funcionó porque la luz sorprendió al militar antes de lo planeado, fue implementada con éxito años después por los negros que libraron la Guerra con el Perú. De esa pocos saben que Colombia no ganó del todo y que lo ganado se consiguió gracias a los macheteros caucanos. Esos sí supieron medir la salida del sol.

 

 

¡Uhhh! Es que nosotros como afros venimos peleando todas esas guerras desde la Independencia. Primero se peleó al lado a los españoles porque fueron los primeros que ofrecieron la libertad a cambio de ayudarles. Ahí está el caso de las Guerrillas Patianas. El mismo Simón Bolívar decía que si el negro quería la libertad que se la ganara. Y eso se volvió un botín, ganaba el que más negros tuviera a su favor. Otra frase célebre, creo que fue de Santander, decía: Si nosotros como criollos seguimos matándonos, enfrentándonos ¿a quién le va a quedar el país? Pues le va a quedar a los negros y a los indios; entonces vinculémoslos a la Guerra. O sea prácticamente a los negros y a los indios los tiraban de carne de cañón. Por eso es que fueron tantas deserciones en los ejércitos, porque la gente se dio cuenta. Pero todo, todo eso se pelió fue a machete.

¿Y es que no les daban espadas o bayonetas? Le pregunto a Miguel, al sentir que mi recuerdo de las pinturas de la Independencia, me traiciona. En ellas creía haber visto a hombres luchando con armas de fuego, enfundados en sendos trajes militares o vistiendo humildes harapos blancos. Pero no traiciona el recuerdo, traiciona la forma en que ha sido retratada la Historia. Cuadros como La Batalla de Boyacá de Martín Tovar y Tovar o la mismísima Batalla del Río Palo de José María Espinosa, no muestran un solo rostro negro. Apenas, cuando es muy evidente o se pone empeño en la tarea, se logra distinguir uno que otro indígena. La honra se hizo exclusiva para ciertas tonalidades de piel.

-Los ejércitos de Arboleda, López, o de Tomás Cipriano estaban llenos de negros. El ochenta por ciento del ejército de Bolívar eran negros, porque ellos fueron a hacer la conquista al sur. Asegura Miguel. -Y nunca aparecen en ninguna pintura, le digo. -Por allí aparece uno en un billete ¡pero como un bobo! Remata. 

Las inevitables carcajadas atraen a Luis, que con caminar pausado entra al salón, calzando unas sandalias negras y empolvadas. Un tejido blanco ha comenzado a invadir sus ojos, que miran con cierta desconfianza y parecen estar a punto de llorar de alegría todo el tiempo. La malicia de la que me hablaron antes está encarnada en esa mirada. La misma que tenía en vida el Maestro Ananías Caniquí, otro reconocido machetero que enseñaba el arte en las veredas cercanas a Santander de Quilichao. 

- Don Luis, grita Miguel contemplándolo por un momento. ¿Y en qué íbamos?... Claro, es que el machete era para el que no tenía más nada, porque era más barato. Hay tantos escritos… como de lo que pasó en Haití. Es que los europeos le tenían miedo pavoroso al machete. Cuando Pétion llega… cuando sacan a los franceses de la isla… eso lo puede leer en Alejo Carpentier, a los franceses los sacaron a machete ventia´o. Y si no vea también en Venezuela, en muchas partes de Latinoamérica. 

Y tiene la razón, al no contar los negros con ningún otro instrumento para pelear por la libertad o por la independencia de las repúblicas que comenzaban a formarse -incluso antes de que se gestara la Revolución Francesa-, el machete fue el arma con la que los esclavos se levantaron en contra de los colonos en Haití, Cuba, y lo que se pretendía sería La Gran Colombia. Las memorias de esas batallas, individuales y colectivas, se encuentran consignadas efectivamente, aunque ficcionalizadas, en El Reino de este mundo, de Carpentier; o en La Mala Hora, un cuento del ecuatoriano Leopoldo Benites, que narra la lucha de Nicasio Ronquillo, un campesino negro que evadía a la policía rural y la muerte, esa que lo perseguía en forma de hacendados explotadores y animales furiosos. Como los primeros pobladores de Monte Oscuro, Nicasio huye siempre entre la espesa selva. 

-Y también hay en Cuba ¿cómo era que se llamaba? Interrumpe Andrés Lemos, un joven estudiante de geografía de la Universidad del Valle, que llegó hace poco menos de un año a practicar el arte de sus ancestros y hoy no deja de asistir a uno solo de los entrenamientos. 

-¿Usted qué mi señor? ¡Bienvenido! Y venga, que eso que usted está hablando es de Avelino Rosas. Lo que pasa es que en la Guerra de Los Mil Días, se cree que él fue el que trajo el famoso Venezolano Moderno que usan los haitianos, porque es que él participó al lado de Maceo en la Independencia de Cuba. ¡Juuuumm!  El tipo aquí anduvo en el Palenque de Monte Oscuro. 

El extenso saludo da paso a que Miguel vuelva al centro del salón para enfrentarse a Héctor Elías. Suena el filo del machete contra el piso. El mayor de los maestros inicia una danza con el arma, mueve los brazos alrededor de su cuerpo lentamente, encoge uno hacia su torso y alarga el otro. Suelta el lance. Él se sabe admirado. Su contrincante lo mira fijamente y va describiendo en voz baja: Se cubre. Héctor Elías repite: Me cubro y entro. Otro lance. Plim, plim, plim, plim, plim, plim. El chocar de las armas no da tiempo a pestañear.

Thomas contempla la escena con emoción. No se ha dado cuenta, pero su cuerpo quedó rígido: con las manos apuñadas y un pie adelante lucha contra cada músculo que le pide entrar a la contienda. Andrés lo nota y lo invita a jugar, buscando inducir la práctica de un movimiento que aún no acaba de dominar, La Puerca Flaca. Listo para ensayar Thomas pregunta si se trata de una cruza o una parada.

- Esa es parada. Pero es que no se distinguía tampoco. Es que antes sólo se decía pare y vamos a jugar tal cosa. Responde Héctor Elías.

- Lo que es español, lo que le llamamos español, español, interviene Miguel, eran pocas paradas

-Pero eso sí, bien sembradas. La contundente conclusión de Héctor Elías deja a los demás en silencio.