Por Angélica Bohórquez

 

Alguna vez, de niña, me puse a pensar en qué era lo peor que podía ocurrirle a cualquier persona. Y entre todos los males humanos que pude imaginar, escogí uno que encabezaría el ranking. De adulta, en una conversación con los padres de mi mejor amiga, volví a ese mal. Diana y Darío me contaron la historia de alguien cercano que es portador. A las pocas semanas voy a conocerle. 

La encuentro luego de subir tres pisos de escaleras empinadas. Me saluda tras la reja blanca.  

- ¿Sos la amiga de Diana?- pregunta con voz impostada y acento valluno, de empanada con champús y vocales abiertísimas.  

Sin embargo, algo en su aspecto hace pensar en las matronas caribes. Sonríe. Lleva una blusa color naranja pálido, sin escote, ceñida en los senos y suelta en el torso. Unos jeans apretados que no le cubren del todo las pantorrillas. Sandalias blancas, de plataforma y el cabello rubio oxigenado recogido en una coleta baja. Alcanzo a ver sus ojos mientras dice que me ponga cómoda y me entrega una revista de farándula nacional. Son oscuros y gigantescos, resaltan con el trazo suave de delineador negro sobre sus pestañas arriba y abajo, y las sombras rosa y púrpura que dividen sus párpados y recuerdan un jardín con hortensias a la derecha y violetas a la izquierda. Me siento y le extiendo la mano para presentarme. También se presenta. Su nombre es Luis Alfredo. 

Me pide que la espere, debe terminar de cepillar a una clienta. La miro peinar a través del espejo que tengo en frente. Observo el lugar. Es una peluquería de dos salones amplios, decorada con un concepto barroco: en el salón donde me encuentro está el retrato de una advocación de la Virgen, la Biblia abierta en Ezequiel 22, gatos de porcelana, gatos de verdad, un stand de cristal con bisutería para la venta, un cuadro con billetes colombianos de todas las denominaciones bajo el de María, tapetes de felpa, una mesa de centro y sofás que refuerzan mi impresión de que a Luis le gusta el color naranja. 

Casi veinte minutos más tarde, justo cuando la impaciencia me había llevado a ojear otra revista, ella entra.  

- Ahora sí ven, sentémonos por aquí para charlar. 

Yo estaba ahí para que habláramos. Diana y Darío me contaron que Luis estaba contagiado y que su pareja había muerto de SIDA. Yo estaba ahí para que me hablara del que creía era el peor de los males humanos. 

Entrar en detalles 

El SIDA -Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida- es una enfermedad provocada por el virus del VIH, que puede transmitirse por tres vías: de madre a hijo, sea durante el embarazo, el parto o la lactancia; el contacto con sangre, cuando se comparten jeringas o al pincharse o cortarse con elementos infectados (aquí entran desde los accidentes profesionales hasta la falta de esterilización de elementos de manicura); y claro, las relaciones sexuales sin preservativo, por el intercambio de líquido preseminal, semen o secreciones vaginales. Tres vías. Pero el imaginario colectivo se ha inventado otras (la saliva, las lágrimas, las picaduras de mosquito), así como un día de la nada me inventé que contagiarse de SIDA era lo peor que podía ocurrirle a alguien. Lo que no sabía entonces es que se contagia el virus, no la enfermedad. Había un error en los términos que empleaba y en mí. 

Como enfermedad que empezó a cobrar víctimas, el SIDA tiene su origen en 1920, en la ciudad de Kinshasa, República Democrática del Congo. Así lo reveló un estudio publicado por la revista Science en 2014. El SIDA llegó hasta ahí, hasta Kinsasa, desde el sur de Camerún, donde una especie endémica de chimpancés que portaban un virus de inmunodeficiencia lo transmitieron a humanos. Aunque no se conoce por qué vía se dio el contagio, se especula: el imaginario colectivo (de nuevo) ha establecido que la transmisión fue sexual, zoofílica, maldita, producto de la violación de simio. Es una idea que mitifica un poco más la enfermedad. En el ámbito científico se habla de un contagio por contacto con sangre infectada durante la actividades de caza. Pero claro, resulta más morbosamente atractiva la primera teoría. 

En 1990, treinta años después de la mayor expansión del virus, una fotografía publicada en la revista Life cambió la cara del SIDA, pues para el inicio de la década de los ochenta era un misterioso síndrome que atacaba con furia a los Estados Unidos y se ensañaba con una población en especial: los hombres homosexuales jóvenes de Nueva York y Los Ángeles. Se tipificó así, el síndrome de los gays cosmopolita. Y se les victimizó al cuadrado: primero, debieron vivir la zozobra del diagnóstico sin nombre y la crueldad del virus los destruía por dentro y por fuera a un ritmo incontrolable, y después debieron soportar el aislamiento que les impuso una sociedad ya homofóbica y ahora aterrada.  

La fotografía muestra a un hombre en cama, muy delgado, con la mirada perdida y la boca entreabierta. Lleva reloj en la muñeca izquierda. Su padre le abraza con un gesto de desgarradora despedida, mientras su madre parece contenerse, apretar los dientes, y una niña, quizá la hermana del joven, mira sin mirar. Su nombre era David Kirby. Fue su última foto. 

 

Tomada de: http://time.com/3503000/behind-the-picture-the-photo-that-changed-the-face-of-aids/

  

A pesar de haberla visto antes -estoy segura- jamás dimensioné la escena. En mi cabeza flotaba una sola idea acerca del virus, esa de "no tiene cura, no tiene cura, no tiene cura". Luego Luis empieza a hablar, posa las manos sobre la mesa, se contonea, acomoda su blusa, mira a los ojos... Y esta idea leve se diluye; da paso a sus palabras sencillas, a un relato que de entrada me recuerda la foto de Kirby y la forma como lo rodean sus padres. 

Hija única 

Fue diagnosticada hace 16 o 20 años, ya no lo recuerda: «Yo fui lo contrario a los demás, llegué a pesar 120 kilos, ¡me engordé demasiado! Entonces un día, me acuerdo tanto, fui al endocrinólogo que me llevaba el tratamiento de hormonización. Ya había salido del consultorio, pero me devolví, "Ay, doctor, mándeme la prueba de VIH". Entonces dijo "No, pero tú estás bien", porque sabía que yo tenía pareja estable y que el año pasado me la habían tomado. Igual le pedí que me la mandara».  

Salió positiva. Y Luis otra vez fue lo contrario. Dice que la mayoría de las personas ponen la vida en pausa. Ella no, la noticia la motivó a empezar. «¡Ah, bueno!, me pongo pilas porque si me voy a morir, no me voy a morir sin disfrutar, sin conocer, sin hacer».  

Lo primero que hizo después del diagnóstico fue contarle a sus padres. Su mamá lloró en silencio. A su papá la noticia lo tumbó en un asiento, y discutieron.

 

La idea de Luis de adecuar el tercer piso de la casa como peluquería y mudarse allá (acá) continuó. Su padre lo cuestionó: «Que para qué iba a gastarme esa plata... Entonces le dije que no pensaba morirme todavía, que me quedaba tiempo».  

A mí me lo cuenta con desparpajo, pero sé que no le respondió así a su papá.  

Y aunque suene a contradicción, lo segundo que hizo después del diagnóstico fue preocuparse por faltarles. Cuando supo que era portadora, empezó a pensar en un mecanismo para que el negocio familiar, la ferretería que funciona en el primer piso, y otros aspectos cotidianos se manejen solos cuando ella no pueda hacerse cargo. Hay una abogada que vigila las finanzas y doña Lucía les ayuda en casa con el aseo y las comidas.    

- No quiero que se preocupen por la vida exterior, quiero que todo les llegue. 

Luis tiene una hermana en Bogotá, pero me cuenta que por cuestiones de trabajo no puede estar pendiente de ellos.  

El pánico duele 

«No, es que yo no me pienso morir todavía», pero sabe que puede ocurrir. Ya lo ha visto. 

Antes del diagnóstico, de saber qué era un medicamento antirretroviral, de sentir que no tenía fuerzas para hacer un cepillado, antes de que la enfermedad dejara de serle ajena, Luis fue a la Clínica de Occidente, en el barrio Versalles, para visitar a un amigo enfermo de Sida. Había sido uno de los mejores peluqueros de Cali, y ahora agonizaba conectado a líquidos de colores, demente y cubierto en gotas de sudor como rocío sobre todo su cuerpo. El enfermo le pidió a Luis que le secara el rostro. «Lo sequé, pero cuando salí de allá me lavé las manos diez mil veces y boté el pañuelo».

Uno de los mejores peluqueros de Cali falleció a los días en una ciudad que ha registrado más de cuatro mil muertes por Sida desde 1985. 

Tiempo después, hace unos diez años, cuando ya conocía su enfermedad, fue a visitar a otro amigo cercano a "El pabellón de la muerte", como llamaban al séptimo piso de la Clínica Rafael Uribe Uribe. 

Luis intenta encogerse, retira las manos de la mesa, las agita y me cuenta que era desastroso, una película de terror, un oprobio; camillas sin tendidos, oxidadas, rechinantes y pacientes con alucinaciones por la fiebre, atados de manos y pies con pedazos de sábanas y toallas.

Hace un alto, sus palabras dejan de fluir como un torrente. Se acomoda en la silla.  

También vio morir a su pareja.