¿Será acaso que no se enteraba? Sí. Era bella. Tenía esa extraña belleza que encarnan los cuerpos adornados para el escenario. ¿Señorita? Sí. Esa fue la palabra, la misma con la que le pidieron bajar del taxi. Cientos de policías bailaban la danza de la caza, mientras la Señorita descendía con su cédula en la mano.

 

Por: Alexander Amézquita

 

“Me olvidaré de lo que fue

nadie sabrá lo que yo siento

simularé que soy feliz

la procesión irá por dentro.”

No pensar en ti (Raffaella Carrà)

 

El patio de las bironchas

¿Será acaso que no se enteraba? Sí. Era bella. Tenía esa extraña belleza que encarnan los cuerpos adornados para el escenario. ¿Señorita? Sí. Esa fue la palabra, la misma con la que le pidieron bajar del taxi. Cientos de policías bailaban la danza de la caza, mientras la Señorita descendía con su cédula en la mano. ¿Segura? Sí. Segura que del taxi-para el camión-del camión-para una celda-una celda en cualquier estación en una noche lejana, fría y bullosa de Bogotá, por allá en 1987.

Fría era Bogotá. Faltaba poco para las doce de la noche. La Señorita llegaba a entregar la corona, una de las tantas que había de ganar, en la discoteca Géminis Club, ubicada en la carrera 12 con calle 24. ¿Señorita? Todavía. Cuando vio por la ventana supo que había una batida. –Devuélvase–, alcanzó a decirle al taxista. ¡Ya no! Cuadrillas de policías husmeaban como perros los documentos de identidad ¿Nombre? ¿Apellido? ¿Número de identificación? ¿Alguna señal o particularidad? Sí. La invitaron a bajar del taxi. –Señorita, usted también, sus documentos–. Pero qué elegancia, qué trato más hermoso. El policía amable lo supo. –¿Pero qué pasa?– Quizás se preguntó el uniformado. Hasta allí le alcanzó la elegancia. Cinco, siete, once, veinte… eran patadas, eran golpes, eran palabras, y todo junto hería, supuraba rabia.

Arriba, en el camión, en el centro de un montón de carne apretujada, todo era una masa de gente, gente deforme de tanto apretón, arrejuntados, arrinconados. Una vez en la Estación 100 de policía, en plena Avenida Caracas con calle Sexta, fueron bañados con violentos chorros de agua.

¿Señorita? Ya no hay más Señoritas, ahora lo único que hay son maricas, enfermos, travestis, transformistas o una masa de esa gente rara, que finalmente, para la policía, era gente igual. Lo mismo de siempre. Un poco de hombres, que tenían poco de hombre, y por eso vestían como mujeres.

Aunque a partir de 1981 la homosexualidad dejó de ser un delito en Colombia, en el imaginario colectivo de los años ochenta, seguía vigente la idea de que hombres que tenían sexo con otros hombres eran enfermos. La medicina había hecho lo suyo, y como escribe Walter Bustamante en su artículo “El delito de acceso carnal homosexual en Colombia”, publicado en la revista Co-herencia, en julio de 2008, se lee que “… médicos y psiquiatras consolidaron diversos modelos de inclinación homoerótica que coincidían en que ‘algo no funcionaba bien’, estaba dañado. Esa idea se recogió en la cotidianidad, y a los sujetos homoeróticamente inclinados se les llamó <dañados>”.

La incomprensión, el desconocimiento y el lastre de muchos años siendo considerados unos delincuentes, eran evidentes en las redadas y persecuciones de la que eran víctimas hombres y mujeres que, por su orientación sexual, ‘atentaban’ contra el orden moral y social.

 

 

***

A las ocho de la mañana fue trasladada a la Cárcel Distrital de Varones, en Bogotá. Allí permaneció, hacinada con más de veinte personas en una celda para ocho. Reducida a dormir en un rincón, sentada sobre una espuma sucia, mugrienta. ¿Absurdo? Sí. Señorita, es tan absurdo. Pero cierto. Esa misma mañana intentaron violarla. Sacó fuerzas y se defendió. Fueron tres. Los gritos escapaban de la celda. Fue protegida, trasladada y obligada a dormir en los pasillos del patio de las bironchas, como se le conocía al patio que recibía a los maricas, travestis, transformistas y hombres de cualquier denominación que se igualaban con ese delito que era ser homosexual. 13 días durmió la Señorita en los pasillos. Con una alergia en la piel que no la dejaba dormir, ni siquiera pensar. Fue separada de su vida, de su familia, de su trabajo, de sus amigos. Fue como deshacer su alma en un segundo ¿Señorita? Creo que no lo volvió a ser más.

*** 

Y el encargado gritó: “¡el que quiera llamar a su casa tiene que recoger colillas!”. Y ella fue la primera en levantar la mano. Recoger colillas era salir a la calle, esposada y descalza, con la ropa más roñosa, pues sus prendas estaban confinadas. Ella pesaba 58 kilos, con unas medidas muy de bailarín, pero le tocó usar ropa de talla 40, amarrándola con un alambre para que no se cayera. Así, salió a recoger los restos de cigarrillos de una manzana completa, que cubría en ese entonces la Cárcel Distrital de Varones en Bogotá, con eso se ganó una llamada a casa de su madre …

*** 

Un abogado. Más de 100 cartas. Cientos de llamadas. Visitas de amigos. Gente preguntando por ella. Una corona sin entregar. Presos. El rostro desbordado, colgando en el filo de su mentón.

−¿Y qué hizo?

−Llamé a casa y les dije en qué condiciones estaba.

−¿Qué hicieron ellos?

−Inmediatamente se comunicaron con un abogado que defendía a la comunidad elegetebei, que no se le llamaba así en aquellos años.

−¿Y sirvió de algo?

−Este abogado se puso en función inmediatamente. Llegó con ropa limpia, con zapatos, con todo lo necesario para estar bien. Ya de la oficina de Derechos Humanos, que en ese tiempo no se llamaba oficina de Derechos Humanos, sino Ayuda para los homosexuales, me habían llevado unas chancletas y un cepillo dental, entonces ya…

[SILENCIO]

…Perdón, hacía mucho que no hablaba de esto. De hecho muchos desconocen esto.

*** 

−¿Quién es usted? − Preguntó el juez. Y la Señorita respondió: “lo que pasa es que a mí no me creyeron que soy artista. Soy uno de los pocos transformistas que tiene un carné especial que da la Alcaldía, para poder trabajar”. El juez y todos los presentes en la audiencia se dieron cuenta, por voz de la Señorita, que ella había sido invitada a trabajar en la Escuela de Caballería y en el Batallón de Mantenimiento del Ejército colombiano, y en la Dirección Nacional de la Policía. ¿Su trabajo? Animar novenas de aguinaldos, fiestas y otras celebraciones. Como una rubia de percal, bailando en un cabaret y los chicos deleitándose con esa bimba, bironcha, floripondia, galleta, loca, mariposón…

 

 

Después de 13 días de estar en el patio de las bironchas, La Tatiana, como la llamaban todos allí, salió sin rubor, sin plumas, sin zapatos de punta, sin corona. Recuerda tantas cosas, especialmente cuando la formaron para tomarle una foto, que ella muy bien llama: “¡asquerosa!”. ¿Por qué? “¿Se pueden imaginar el aspecto de unas personas detenidas, bañadas, desmaquilladas, vueltas nada? La fotografía tenía que ser espectacularmente horrible”, afirma hoy, quien fuera la Señorita. 

Tatiana Traumanova era el nombre de la transformista detenida en esa lejana noche bogotana, con su rostro dibujado con rímel, sombra y colorete. La misma que había comenzado a vestirse de Señorita desde muy niña; que brincaba hasta aprender algunos pasos de baile; quien terminó danzando para importantes compañías.

Corría 1984 o 1985, ella ya no lo recuerda, cuando Tatiana Traumanova, la Señorita, vistió sus primeras prendas femeninas para un escenario, ocultando ese cuerpo tosco y peludo que le pertenecía a su dueño originario. Velando esas partes íntimas para que no lo delataran, claro todos sabían que era un cuerpo prestado para vestirlo de mujer, pero ¿por qué no fingir? ¿Cómo no prestarse a ese juego de mentiras? ¿Acaso no era parte del espectáculo? El cuerpo es un territorio gobernado por lo moral, lo político y lo cultural. Tatiana Traumanova bombardeaba ese territorio impuesto, obligado.