El año anterior la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano realizó el Premio Gabriel García Márquez de Periodismo, en continuidad con el concurso similar que venía realizando en años anteriores. Sin duda, el premio es un sensor del periodismo de calidad en Iberoamérica...

 

Por: Kevin A. García

 

...una cartografía de aquellos trabajos de calidad hechos con pretensiones de perdurar, un periodismo de largo aliento. Quedará para la historia el valioso aporte que viene realizando esta Fundación para el periodismo continental. Por ahora diremos que en su concurso, en el cual han participado 1.400 trabajos, el reportaje Exxon Valdez: una mancha de 25 años, ha obtenido el primer lugar en la modalidad de texto. 

La investigación, realizada por Eduardo Suárez para El Mundo de España, se sumerge 25 años después en las profundidades del norte de Alaska, para comprender, con la perspectiva que solo brinda la distancia, los efectos y transformaciones desencadenados luego de que el gigantesco barco petrolero ‘Exxon Valdez’ chocara contra un arrecife en 1989 expulsando una cantidad de crudo similar al de 16 piscinas olímpicas sobre el hábitat de ballenas orcas, nutrias y millones de peces que representaban una de las mayores riquezas ecológicas de la zona y la principal fuente de subsidio para los habitantes. 

El jurado destacó que el reportaje da cuenta de un relato sobrio, ensamblado por capítulos que funcionan como crónicas y generan un híbrido de géneros bastante singular. Dispuesto como micrositio en el portal de El Mundo, el reportaje sintetiza lo mejor del periodismo de profundidad con la exploración de recursos pertinentes del lenguaje de la web. Sin mayores pirotecnias, contiene un video y una galería que ofrecen un contexto del tema. Incluye además animaciones sobre la estructura del Exxon Valdez que ayudan a conocer la capacidad de crudo que podía almacenar en su vientre metálico.

El periodista teje una red de conversaciones con los testigos de primera mano de la tragedia, se soporta en una amplia documentación y revela múltiples aristas del problema con un estilo narrativo fluido y ágil. Suárez escabulle caracterizar sus fuentes entre culpables y víctimas y este es uno de sus mayores logros: revelar los matices, los detalles del impacto humano y ecológico del crudo en Alaska. 

El periodista encontró que el vertido sacó lo mejor y lo peor de las personas, y mientras el crudo mató y dejó estériles a miles de animales, muchos hombres mancharon otros para engordar sus cuentas por labores de limpieza. Por su parte, los ejecutivos de la petrolera vertieron dinero a la catástrofe, como si éste solo pudiera revertir el derrame. Otras personas, sin embargo, se embarcaron con entrega en las labores de limpieza con la recomendación de no mirar a las nutrias a los ojos para no domesticarlas. 

Al final, sorprende que las lecciones de la tragedia aún no hayan servido para aplicar estrictos planes de prevención en otros lugares del mundo. Felicitamos a Daniel por su portentoso trabajo e invitamos a su lectura.


 

Exxon Valdez: una mancha de 25 años

Por: Eduardo Suárez

Fragmento

 

La madrugada del vertido

Aquella noche de marzo de 1989 David Janka se las arregló para esquivar los mismos bloques de hielo que unos minutos después harían encallar al 'Exxon Valdez'. No era la primera vez que David surcaba sin luz las aguas gélidas del estuario del Príncipe Guillermo. Entonces pasaba los inviernos con su esposa y su hija en una cabaña que custodiaba para una empresa turística y cubría los 50 kilómetros que separaban aquella isla del pueblo de Valdez en una barcaza hinchable para comprar provisiones una vez al mes.

«El glaciar de Columbia había desprendido más hielo que de costumbre pero no era una noche especialmente difícil», recuerda junto al timón de su barco, atracado en el puerto nevado de Cordova rodeado de varios buques pesqueros y junto a un hidroavión que parece sacado de uno de los álbumes de Tintín.

David nació en Illinois pero es una de las personas que mejor conoce la fauna de este estuario de Alaska. Se mudó aquí a finales de los años 70 atraído por la belleza del paisaje y desde entonces se ha ganado la vida en distintos negocios. El más rentable, este barco que alquila a cineastas, científicos y periodistas que quieren conocer mejor este paraje natural.

Se podría decir que la vida de David cambió para siempre aquel día de marzo de 1989 en que el 'Exxon Valdez' partió cargado con unos 208 millones de litros de crudo hacia la refinería californiana de Long Beach. Era un viaje que habían llevado a cabo sin sobresaltos otros buques hasta 8.700 veces desde que empezó a correr el petróleo por el oleoducto en julio de 1977 y que estaba diseñado para transportar el petróleo de los pozos del Ártico a las refinerías del sur del país.

El barco permaneció aquel jueves atracado en la terminal petrolera de Valdez y algunos de los 20 miembros de su tripulación aprovecharon para pasar unas horas en tierra mientras los operarios del consorcio petrolero Alyeska bombeaban unos 100.000 barriles por hora en su vientre de metal.

Entre quienes estuvieron aquel día en el pueblo de Valdez se encontraba el capitán Joseph Hazelwood, al que varios testigos recuerdan bebiendo chupitos de vodka durante el almuerzo y por la noche mientras esperaba las pizzas para la tripulación. Ni el taxista ni el guarda de la terminal notaron nada extraño en su conducta. Pero sí lo hizo el marinero William Murphy, que percibió cómo al capitán le olía el aliento y le persuadió para que descansara durante unos minutos en su habitación. Murphy fue el primer oficial que llevó aquella noche el timón del petrolero. El protocolo de seguridad exigía que fuera un marinero experto en el estuario quien sacara el buque del estrecho de Valdez antes de dejar la responsabilidad en manos del capitán.

El 'Exxon Valdez' zarpó 12 minutos después de las nueve de la noche y Murphy abandonó el puente de mando dos horas después. El petrolero quedó entonces en manos de Hazelwood, que enseguida percibió la presencia del hielo y advirtió por radio que abandonaría su trayectoria para esquivar los restos del glaciar.

Aquella noche apenas había tráfico en el estuario. Un extremo que el capitán aprovechó para ordenar a sus subalternos que viraran hacia el sur y llevaran el petrolero por la ruta por la que suelen entrar los petroleros en el puerto de Valdez. Pero Hazelwood, cuyo sueldo rondaba los 180.000 dólares, no esperó a completar la maniobra. Se marchó a su camarote con la excusa de que tenía que rellenar unos formularios y dejó el barco al cargo del tercer oficial Gregory Cousins, que no tenía las credenciales necesarias para pilotar un petrolero de esa magnitud.


 

Mucho más que un capitán borracho

«El puente de mando era enorme y sólo una mujer se dio cuenta de que el barco se estaba desviando de la ruta», recuerda David Janka sobre los sucesos de aquella noche. «Aquella mujer advirtió del peligro hasta dos veces y Cousins no le hizo caso supongo que por puro machismo. Sólo después de un cuarto de hora se dio cuenta de que el petrolero no había enderezado el rumbo porque seguía activado el piloto automático. Entonces intentó girar pero ya era demasiado tarde. La inercia empujó al 'Exxon Valdez' contra el arrecife mientras el oficial hablaba con el capitán».

Cuatro minutos después de la medianoche del 24 de marzo de 1989, el 'Exxon Valdez' encalló en Bligh Reef: un arrecife que lleva el nombre de uno de los lugartenientes del legendario capitán Cook. «Deberíais verlo ahí en vuestro radar», afirmó Hazelwood en su titubeante llamada de socorro. «Evidentemente se está filtrando petróleo y durante un tiempo estaremos aquí».

La investigación desveló que el tercer oficial que estrelló el barco llevaba 18 horas sin dormir. Pero quien estuvo en punto de mira de las autoridades desde el primer momento fue el capitán Hazelwood, que vulneró las normas al dejar al cargo a un subordinado incapaz de guiar el petrolero y superó la tasa permitida en el control de alcoholemia que se le practicó unas horas después del accidente en el puerto de Valdez.

Sólo entonces salió a la luz que unos meses antes se le había retirado el carné por conducir borracho. Un detalle que ayudó a la industria petrolera a presentarlo como el chivo expiatorio de un desastre cuyos verdaderos responsables eran los ejecutivos de Exxon, que habían reducido las tripulaciones de los petroleros por el desplome de sus ingresos anuales y habían despedido unos meses antes a los expertos en los protocolos de seguridad.

A Hazelwood se le condenó a pagar una multa de 50.000 dólares y a llevar a cabo mil horas de servicios públicos que cumplió recogiendo basura en una carretera y fregando platos en un comedor social. «El desastre representa mucho más que el error de un capitán borracho», dirían luego las conclusiones del informe que las autoridades encargaron sobre el accidente. «Fue el resultado de la degradación gradual de una supervisión cuya intención era salvaguardar los errores inevitables de los seres humanos».

Unas horas después del accidente, David Janka se despertó en su cabaña de la isla de Growler y encendió la radio pública NPR mientras preparaba el café. «No podía creer que hubiera ocurrido algo así en un lugar por donde acababa de pasar», explica mientras señala el lugar donde estaba aquel día en un mapa del estuario. «Recuerdo que mi mujer y yo hicimos unos bocadillos y llegamos en apenas media hora. Suponíamos que nos pedirían ayuda pero los guardacostas no nos dejaron acercarnos demasiado y atracamos en una isla cercana para hacer unas fotos del barco. Supongo que aquéllas fueron las primeras imágenes del naufragio del 'Exxon Valdez'».

A la mañana siguiente, David volvió con la esperanza de ayudar a evitar la marea negra que amenazaba las playas vírgenes del estuario. En apenas unas horas el petrolero había desprendido unos 40,8 millones de litros de crudo: más o menos la mitad de lo que expulsó el 'Prestige' en el otoño de 2002.

Dos embarcaciones hacían lo posible por contener el petróleo extendiendo un cordón de boyas de espuma que durante horas formó una uve gigante en torno al petrolero. «La balsa que exigía el plan de emergencia para almacenar el petróleo estaba averiada», recuerda David. «Las embarcaciones que debían succionarlo se rompían constantemente y los empleados de Exxon no habían hecho un solo simulacro. El generador eléctrico que debía inflar las boyas dejó de funcionar y los mecánicos me dijeron que no tenían recambios para arreglarlo. Sólo me quedé unos días porque me di cuenta de que no servía de nada y de que nadie garantizaba nuestra seguridad».

Sus palabras concuerdan con las del pescador indígena Mark King, que llegó al lugar tres días después del accidente. «Me topé con una humareda que se levantaba como un muro sobre el estuario», cuenta. «Aquel lugar apestaba a petróleo y nadie sabía muy bien qué hacer».

El caos que presidió las primeras horas no mejoró durante las labores de limpieza. Exxon contrató a personas sin experiencia que confundían líquenes con restos del vertido y perseguían a los cormoranes como si estuvieran manchados sin darse cuenta de que el negro era su color original. «Lo único que les importaba a los ejecutivos de Exxon era alimentar la maquinaria de la propaganda», recuerda David. «Entonces dijeron que la naturaleza se haría cargo de limpiar el crudo. Pero dos décadas después eso no ha ocurrido y nadie les ha obligado a volver a limpiar».


 

El epicentro del vertido

CORDOVA

El estuario del Príncipe Guillermo es uno de los entornos naturales más excepcionales de Estados Unidos. Situado en el extremo norte del golfo de Alaska, alberga los bosques pluviales más septentrionales del planeta y un ecosistema en el que antes del vertido convivían orcas, nutrias, águilas calvas y decenas de especies de peces como el fletán, el arenque o el salmón.

Aquí caen unos 7.600 milímetros de agua y nieve cada año: cuatro veces más que en San Sebastián. El agua potencia el crecimiento del plancton que nutre a los cetáceos y a los peces más pequeños, que a su vez son el alimento de las orcas y de las águilas de la región.

El estuario se extiende sobre unos 25.000 kilómetros cuadrados: un territorio del tamaño de Galicia que hace muy difícil cualquier comunicación. La actividad volcánica ha creado 34 islas, cientos de islotes sin nombre y hasta 100 fiordos que serpentean en un laberinto de canales que en ocasiones termina en la lengua de un glaciar.

Cinco localidades se asientan a orillas del estuario del Príncipe Guillermo: el minúsculo Whittier, el petrolero Valdez, la pesquera Cordova y los poblados indígenas de Tatitlek y Chenega Bay.

Whittier apenas tiene 177 habitantes que viven en un solo edificio de hormigón que también alberga la escuela, la farmacia, la oficina de correos y el centro de salud. Valdez ha crecido al calor de la industria petrolera, que instaló allí la terminal por la que sale de Alaska el petróleo de los pozos del Ártico y ha financiado unas infraestructuras mucho mejores que las de otras localidades de la región.

La población de Tatitlek y Chenega Bay ha ido mermando por los efectos del vertido de 1989. Pero ningún lugar sufrió un impacto tan fuerte como la villa de Cordova, cuyos habitantes vivían entonces de la pesca del arenque y del salmón.

La localidad le debe el nombre al explorador español Salvador Fidalgo, que llegó aquí en la primavera de 1790 y bautizó este lugar en honor a su mentor el almirante Luis de Córdova y Córdova, que entonces rondaba los 84 años y había alcanzado el rango de capitán general.

Fidalgo apenas tenía 33 años y había nacido en la villa leridana de La Seu d’Urgell. Su presencia en estas tierras era el fruto de un encargo directo del virrey de Nueva España, que había oído que los rusos se estaban adueñando del comercio de las pieles en Alaska y quería saber hasta dónde llegaba su penetración.

Así fue como Fidalgo llegó al estuario del Príncipe Guillermo y como fondeó aquí durante nueve días a bordo del buque 'San Carlos' para examinar la situación. Los españoles se aseguraron primero de que no había asentamientos rusos y trabaron luego relación con los indígenas, que salieron a su encuentro cantando himnos amistosos y les dieron después pescado y pieles de nutria a cambio de piezas de hierro y cuentas de cristal.

Según cuenta el historiador Arsenio Rey-Tejerina, los españoles desembarcaron el 3 de junio de 1790 para celebrar una ceremonia que incluyó el canto de un 'Te Deum' y una misa solemne oficiada por el capellán de la embarcación. Al final del acto, levantaron una enorme cruz de madera que los carpinteros habían construido con el árbol más grande que encontraron y tomaron posesión de la región.

Se trataba de dejar constancia de la conquista española y por eso dejaron inscrito en la cruz el nombre de Carlos IV y la fecha de la expedición. Al final del acto, Fidalgo anunció que desde entonces aquel lugar se llamaría Puerto Córdova. Pero los españoles nunca crearon una colonia en Alaska. Su único legado fueron los nombres de algunos de los parajes de este estuario. Entre ellos, el pueblo que lleva por nombre el apellido casi intacto del ministro de la Armada española Antonio Valdés.

Cordova (sin acento) sólo empezó a existir a principios del siglo XX cuando un buscavidas llamado Michael J. Heney descubrió cobre en las minas cercanas de Kennicott. El hallazgo atrajo la atención de un consorcio liderado por JP Morgan y la familia Guggenheim, que invirtió el dinero necesario para construir una línea de ferrocarril hasta el puerto para sacar el mineral de Alaska. La línea se inauguró en 1911 y sus propietarios explotaron las minas durante 27 años en una empresa que generó cobre por valor de unos 5.000 millones de dólares al cambio actual.


 

Explotación de recursos naturales

Los habitantes de Cordova siempre han subsistido a base de explotar los recursos naturales. El declive del cobre dio paso a la cría de zorros y ésta a la pesca de navajas, que se esfumó por la codicia de los pescadores unos años después de la Segunda Guerra Mundial.

A finales de los años 60, se habían ido los empresarios mineros y los militares que controlaron la región durante la guerra y Cordova era el sueño de cualquier 'hippie': una comunidad de pescadores entregada a una economía de subsistencia sin piscifactorías ni cruceros turísticos que alteraran su belleza natural. Fue entonces cuando BP encontró petróleo en el norte de Alaska y construyó el oleoducto que desemboca en el estuario y que aún sigue llenando petroleros similares al 'Exxon Valdez'.

Hoy Cordova es una villa pintoresca cuyos edificios aún muestran algunos signos de su viejo esplendor. En la calle principal aún se levanta el letrero gigante del hotel Alaska, que alojó durante los años del cobre a los mineros que llegaban atraídos por la oportunidad de prosperar.

En los alrededores del puerto se amontonan unos barracones donde se alojan en verano los trabajadores de las conserveras, que llegan de lugares tan distantes como México o los Balcanes. Pero las mejores casas son mansiones que han construido los pescadores con madera de los barcos y que se sitúan en lugares pintorescos como Whisky Creek.

Cordova tiene dos escuelas, seis iglesias de distintas confesiones, un templo masónico, un hipermercado y un centro de salud. Algunos restaurantes cierran durante el invierno y muchas calles están sin asfaltar. Los pocos bares abiertos están llenos de rostros asiáticos, indígenas o hispanos y todavía es posible revelar un carrete analógico o alquilar una película en un videoclub.

A Cordova sólo se puede llegar en barco o en uno de los aviones que cubren la ruta entre esta villa pesquera y Anchorage, que es la localidad más poblada de Alaska y donde todos aquí viajan cuando tienen un problema importante que resolver.

Unos metros al sur de la terminal del ferry, hay una pequeña bahía donde media docena de nutrias marinas se refugian del vendaval. Son seres alargados de color parduzco que cualquiera tomaría por troncos si no fuera por los pies y la cabeza que dejan fuera del agua. Los biólogos calculan que unas 2.800 murieron durante el vertido del 'Exxon Valdez'.

 

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