¿Qué tan confiable es el aire que entra a tus pulmones?

Te propongo un ejercicio, te tomará 10 segundos. Cierra los ojos. Inhala y exhala sin prisa. Respira profundo. Siente como el aire entra, te recorre y llena tus pulmones… ¿Ya lo hiciste? ¿Sabes que en esa acción vital pueden entrar a tu cuerpo partículas y gases contaminantes imperceptibles, suspendidos en el aire, perjudiciales para tu salud? Ahora intenta dejar de respirar ¿cuánto tiempo puedes aguantar?

 

Por: Kelly Sánchez

 

Si un día supiéramos que de nuestros grifos baja agua contaminada y que su consumo podría afectar nuestra salud, podríamos decidir si consumirla o buscar otras alternativas. Sin embargo, en una hipotética situación, igual de crítica, si un día nos enteráramos de que el aire que respiramos está contaminado y es nocivo para los humanos, no tendríamos más opción que seguir respirándolo, quizás aunque ese mismo aire, de a poco, nos provoque la muerte. No podemos decidir la respiración.

Los adultos respiran entre 7.200 y 8.600 litros  de aire a diario, equivalente aproximado por 21.000 respiraciones.  Los niños respiran más que eso. Si respiramos aire contaminado, aunque en mínimas cantidades, durante algunos años, los sistemas de nuestro cuerpo se hacen vulnerables a muchas afecciones. Una simple tos, un estornudo, irritación en los ojos, comezón en la piel podrían ser señales de contaminación atmosférica. También pueden serlo el cansancio, la baja productividad, el insomnio, la ansiedad y la irritabilidad. Estudios de la Organización Mundial de la Salud, OMS, declaran la contaminación del aire cancerígeno para los humanos, siendo de más incidencia el cáncer de pulmón y  de vejiga. ¿Sabes qué tan limpio es el aire que respiras?

Datos recientes de la Asamblea de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, Unea, señalan que la contaminación atmosférica constituye un riesgo medioambiental para la salud y se estima que causa alrededor de siete millones de muertes al año en el mundo. Eso es casi como si muriera cada año, tres veces la población de Cali.

En el último reporte de la OMS, Cali figura entre las 20 ciudades más contaminadas de Latinoamérica, detrás de Bogotá y Medellín. En Cali, la mayor contaminación la aportan las fuentes móviles como buses, camiones, taxis, carros particulares y motos.

En el 2009 comenzaron a circular los buses del Masivo Integrado de Occidente, MIO, concebido como parte del proceso de transformación para la ciudad. La novedad hacía que todos quisieran usar el nuevo transporte. Pero pronto esa novedad fue opacada por la ineficiencia del sistema. Los caleños siguieron prefiriendo el transporte tradicional, aunque fuese más contaminante. La administración municipal tomó medidas. Expidió resoluciones que cancelaban el permiso para operar a empresas como Alameda, Cañaveral, Decepaz, Papagayo, Verde Bretaña, Villanueva Belén, Coomoepal, Verde San Fernando, Montebello y Sultana del Valle. En las calles dejaron de verse aglomeraciones de buses tradicionales que dejaban a su paso estelas negras de humo. Sin embargo una nueva alternativa de transporte surgía con fuerza: el transporte pirata. Carros viejos y motos que llevan al pasajero a su destino, más rápido, por el mismo costo del pasaje en un bus. Con esto, otro esquema de contaminación en el aire ha emergido. Si el MIO pretendía ser una solución de movilidad para la ciudad y además reducir los niveles de contaminación, con su deficiente implementación, el objetivo no se ha cumplido. 

En Cali se ha registrado un incremento de motos y autos. Cada día se ven más vehículos recorriendo las calles y cada vez es más fácil adquirir uno. De acuerdo con el documento Cali Cómo Vamos de 2012, el parque automotor matriculado en Cali aumentó 92% entre 2000 y 2012. Mientras el reporte Cali en Cifras registra para el 2013, más de 180.000 motocicletas y 500.000 vehículos entre particulares, públicos y oficiales. Sin embargo, estas cifras son solo el reporte oficial de vehículos matriculados. Por las calles circulan muchos vehículos matriculados en otros lugares del país, lo que hace incalculable la cantidad exacta de vehículos. 

 

 

Aunque pudiéramos pensar que la emisión de gases de un vehículo no hace la diferencia, imaginemos esto: si una persona lanza un papel a la calle es posible que no se note, pero si 500.000 mil lo hacen, será muy notable. Así van miles de vehículos por las vías, aportando más del 90% de las emisiones contaminantes conocidas. Motos y  taxis son los principales contaminantes en la ciudad.

En el norte, habitantes de la comuna 2 de Cali notan que algo no está bien en el aire. En Brisas de los Álamos, Martha López, una trigueña robusta, que vive en la zona desde hace más de 10 años, ha notado que la respiración de su bebé de seis meses no es normal. Una especie de silbido se escucha cuando el pequeño inhala. En el Hospital Joaquín Paz Borrero, donde lo atienden por urgencias, los médicos dicen que sus problemas respiratorios son probablemente un efecto de la contaminación a la que está expuesto el sector. “No es el único caso, se ve mucho en los niños por aquí”, dice Martha, mientras barre su antejardín. Joaquín Bejarano, también residente del sector, se queja por una constante picazón en los ojos y alergias en la piel que según dice, son provocados por los vapores contaminantes de las empresas en la salida de Cali, además de la contaminación que trae el aire desde Yumbo. 

Vecinos coinciden en que síntomas como gripa, alergias respiratorias, virosis e irritaciones en la piel se han hecho más constantes. 

Las frecuentes molestias en la salud de muchos de los habitantes de la comuna, sumadas a los constantes malos olores y el smog,  los hace pensar que los niveles de normalidad que reporta el  Dagma, no son tan confiables. Según la CVC, entre el 30% y 40% de las partículas contaminantes que respiran los habitantes de estos sectores proviene de las industrias. La misma entidad declaró esta área industrial como zona contaminada y contaminante. Sin embargo, el Dagma asegura que los niveles son tolerables.

En el “Grupo de Calidad del Aire” en el Dagma,  la ingeniera Gisela Arizabaleta, una mujer amable y dinámica, y Jefferson Valdés, un joven estadístico, de apuntes muy precisos, tienen disponibilidad para mostrar la información con la que cuentan sobre la calidad del aire. Jefferson señala que la entidad tiene nueve estaciones de monitoreo del aire, dispuestas en puntos clave de la ciudad: La Flora, en el norte; el Obrero y la Ermita, en el centro;  Poblado y Compartir, al oriente; La Base, al nororiente; Pance, en zona rural; Cañaveralejo, al suroccidente y Meléndez, al sur. De estas estaciones, Jefferson asegura que son confiables y que este monitoreo ofrece una garantía sobre el aire que respiramos los caleños. Sin embargo, algo no encaja.

La Organización Mundial de la Salud, respaldada por análisis consensuados, propone unas guías de calidad que recogen los parámetros recomendados para reducir los riesgos sanitarios por contaminación aérea. En Colombia, la normatividad del aire se rige por la Resolución 610 de 2010 del  Ministerio de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial. Si comparamos las guías de la Organización Mundial de la Salud con la normatividad de calidad de aire en Colombia, encontraremos que en nuestro país las reglas son bastante flexibles. Así por ejemplo, cada 24 horas en Colombia está permitido el doble de emisiones de material particulado que las recomendadas por la OMS. Para el dióxido de nitrógeno los parámetros colombianos sobrepasan las recomendaciones con más del doble al año, pero aún más alarmante es la norma para el dióxido de azufre, el parámetro de la emisión diaria es doce veces mayor.

El material particulado, es la mezcla de diminutas partículas suspendidas en el aire, son imperceptibles a nuestros ojos, pueden ser 400 veces más pequeñas que el diámetro de un cabello. Entre más pequeñas, más respirables y más perjudiciales. Entran directamente al sistema respiratorio. Pueden ser ocasionadas por fábricas, combustibles como el diésel (como el que usa el MIO), fricción de las llantas en el cemento y otras fuentes, se les relaciona con un gran número de muertes por infartos y ataques cerebrales. El dióxido de nitrógeno, por su parte, es agresivo para los tejidos pulmonares y  aumenta la frecuencia de las infecciones de las vías respiratorias. Mientras el dióxido de azufre puede ocasionar desde una leve molestia en la nariz hasta un colapso circulatorio y la muerte. En todos los casos, las consecuencias en la salud dependen del tiempo de exposición y el nivel de concentración del contaminante. 

En el último boletín de calidad de aire del Dagma se evidencia que el monitoreo se hace al material particulado y al dióxido de nitrógeno. “Existen más de mil gases contaminantes”, dice con tono firme Luis Antonio González, director de la Especialización en Gerencia Ambiental de la Universidad Santiago de Cali; el Dagma monitorea dos. Si bien es cierto que no es necesario monitorear la totalidad, ya que no todos los contaminantes implican problemas para el bienestar de los seres humanos -como lo explica con mucha propiedad Jefferson Valdés-, por lo menos sería indicado monitorear los Contaminantes Criterio, que son seis: dióxido de azufre (SO2), dióxido de nitrógeno (NO2), material particulado (PM), Plomo (Pb), Monóxido de carbono (CO) y Ozono (O3).

Desde la ventana de la oficina de Luis Antonio González, en la Universidad Santiago de Cali, al sur de la ciudad, se disfruta de la vista a los Farallones y también de la deliciosa brisa que llega en algunas horas del día permitiendo respirar un aire fresco y limpio. No ocurre lo mismo al norte. Basta con permanecer unos minutos en la zona de Acopi Yumbo para darse cuenta que hay en el aire una pesadez distinta. En 2013, Luis Antonio realizó con sus alumnos de Gerencia Ambiental, un ejercicio en Menga. Propuso medir material particulado; eligieron iones de sulfato, material que no es monitoreado por el Dagma, pero que ejerce efectos adversos sobre la salud, especialmente para los asmáticos, los ancianos y otras personas susceptibles a  problemas respiratorios crónicos. El hallazgo resultó revelador. Encontraron que en promedio mensual, se emiten cerca de 338ppm (partes por millón), mientras la recomendación de la EPA, Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos, es  que no sobrepase 0.1ppm. “Este es sólo uno de tantos contaminantes, imagínate con cuántos pasará lo mismo”, dice Luis Antonio, reclinándose en su silla mientras el viento que entra por la ventana mueve algunos papeles de su escritorio.

 

 

Con este panorama, es entendible entonces la normalidad en los reportes del Dagma. ¿Qué garantías reales podemos tener sobre la calidad del aire que respiramos?

Las nubes de gases oscuros que expulsan las grandes chimeneas del complejo industrial al norte de la ciudad, se pueden percibir a simple vista. No ocurre así con los gases tóxicos que sigue expulsando el Basurero de Navarro, aunque fue sellado hace cinco años.  Sigue y seguirá siendo otro gran enemigo del aire que respiramos. Para comprenderlo, basta con pensar que si ponemos todos nuestros residuos orgánicos  en una bolsa plástica, en nuestra cocina, durante unos meses, aunque la cerremos, esa basura seguirá expulsando líquidos y olores nocivos. Ahora piensa en esto a mayor escala: eso es Navarro.

Los olores son otra forma de contaminación, no solo son desagradables, la exposición a malos olores causa estragos en la salud y el problema se acentúa cuando quienes los respiran terminan por acostumbrarse como lo han hecho los habitantes de las zonas cercanas a la Galería de Santa Elena o a la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales de Cañaveralejo. La regulación de los malos olores se hace más complicada por la dificultad de monitorear su origen. No se miden las concentraciones de olor en la ciudad. 

En otra oficina, un poco más encerrada, está Juan Pablo Silva, director del programa de Ingeniería Ambiental de la Universidad del Valle, hombre de mirada fuerte. Se abstiene de dar un diagnóstico de la calidad del aire en Cali. Por falta de financiación, no hay estudios epidemiológicos actuales que relacionen la contaminación atmosférica con consecuencias en la salud en nuestra ciudad. Si los hubiese, tendrían que ser a largo plazo, ya que los efectos de la contaminación no pueden identificarse en poco tiempo. Al no haber estudios, no hay evidencias y por esto las normas siguen como están. “Si se tuvieran que cambiar las normas, habría que alterar todo el sistema de regulación del aire, y adaptarse a las nuevas disposiciones sería costoso para el Estado. Así es que mejor dejan las cosas como están para evitar la fatiga”, comenta Juan Pablo al mismo tiempo que consulta en su computador informes de contaminación aérea en Cali. Aunque no se puede hablar con certeza de la calidad del aire en Cali, el panorama habla por sí solo.

Ahora bien, no solo las industrias con sus grandes chimeneas, contaminan; las panaderías, los asaderos, las lavanderías que se encuentran en nuestros barrios, también lo hacen. Como ciudadanos, no estamos exentos de la responsabilidad sobre nuestro aire. Acciones cotidianas como cocinar en leña, quemar el césped, usar bolsas de basura con olor, no reciclar, usar aerosoles, usar el carro todo el tiempo, no hacer revisión a nuestro vehículo… son nuestros aportes a la contaminación, nuestra huella de carbono. No es culpa de unos pocos, cada uno hace su contribución.  Es nuestro deber como ciudadanos comprender la implicación de nuestras acciones, pero también es cierto que la exposición a contaminantes en nuestro aire, está en gran medida fuera del control individual, requiere acciones de las autoridades públicas. En este caso también es deber, como ciudadanos,  exigir nuestro derecho a un aire limpio.

Se han tomado medidas como las Declaraciones Ambientales (D.A) que las industrias deben presentar anualmente con reportes de materia prima, cadenas de producción, residuos y emisiones. Además de correctivos a vehículos que no cumplen con los requerimientos de emisión de gases. Sin embargo, las acciones de control aún son insuficientes. Tanto empresas como vehículos se las ingenian para eximirse de correctivos. “Es un tema de educación y conciencia, pero también de autoridad”, señala Juan Pablo Silva.

Con su voz pausada y grave, Juan Pablo dice que “aunque las normas en Colombia no son las más deseables, por lo menos tiene. Hay países que ni siquiera cuentan con una normatividad en la calidad de aire”, pero me pregunto si no es esto una especie de consolación ¿nos debemos conformar con que haya una forma de regulación aunque sus estándares no sean los más recomendables?

Por supuesto, en materia de contaminación, estamos muy lejos de ciudades como Beijing, El Cairo, Nueva Delhi o Ciudad de México, ciudades que figuran entre las más contaminadas del mundo, cuyos habitantes se ven sumergidos en una espesa nube de smog que amenaza sus vidas. Estamos lejos de esa realidad, por fortuna. Pero si tenemos en cuenta que el número de habitantes, fábricas y el parque automotor no paran de crecer, los estragos de la contaminación atmosférica se harán sentir con fuerza en unos años, más aún entendiendo que muchos de las consecuencias  en la salud aparecen a largo plazo. Urge una mejor regulación en la calidad de nuestro aire que nos ofrezca garantías para respirar tranquilos. 

En este momento, mientras lees, hay partículas suspendidas que no alcanzas a percibir y que estás respirando. La contaminación que se concentra en algunos lugares, no se queda allí. El aire se encarga de esparcirla por toda la ciudad. Así como el aire trae las pavesas de la quema de caña desde lugares muy lejanos hasta nuestras casas, con la misma facilidad trae los contaminantes que respiras.