Una historia desconocida se esconde tras la radio AM. Sin ella la vida de millones de colombianos no habría sido igual. Aquella onda que cruzaba montañas informó la muerte de Gaitán, persiguió a Cochise en las carreteras, educó a los campesinos en los cultivos, enamoró a las jóvenes en las ciudades y dibujó una radiografía de nuestra nación.

 

Por: Kelly Sánchez, María Camila Cuenca, Laura Muñoz, Laura Soto, Erika Delgado.

 

¡Hay una personita atrapada en esa caja!– dijo Blanca, una niña de ochos años, con gran asombro. Jugaba a ser estilista en la sala de su casa en Cali, cuando un objeto desconocido irrumpió en los brazos de su padre. Era una caja de madera adornada con tres perillas y una pantalla numerada. Tras la aparición de la caja, una voz desconocida hizo eco en el salón. Blanca notó que venía de un lugar próximo a su papá. Sin creerlo, la pequeña revisó el aparato por todos lados. No había alguien, pero Blanca pensó que había una personita atrapada. Aquel aparato era un radio y la persona que hablaba en realidad estaba a muchos kilómetros de distancia. 

Trece años atrás, en el barrio Obrero de Cali, los hermanos Jorge y Miguel Rivas parecían hipnotizados. Luego de conectar una vitrola, una corneta, dos micrófonos de carbón y algunos transistores al circuito, los hermanos se miraban para sincronizarse. Mientras Jorge intentaba captar una señal, Miguel pronunciaba palabras al azar, ansioso ante la posibilidad de que su hermano lo escuchara al otro extremo. Y sí, Jorge lo escuchó. Era 1930 y los  Rivas estaban creando en el solar de su casa la primera emisora radial de la ciudad sin advertir la magnitud de su innovación.  

Para entonces la ciudad era una especie de pueblo con grandes potreros despoblados que empezaba a construir alcantarillados y carreteras para modernizarse. A los hermanos Rivas se unió Luis Estupiñán, un nuevo compañero de experimentos. Los tres tenían los únicos dos radios del barrio. Una tarde, después de varias pruebas, se reunieron para presentar ante los vecinos la creación. 

Luis trastea su radio hasta la casa frente a los Rivas donde la gente comienza a aglomerarse. Mueve el aparato ante la mirada expectante de mujeres y hombres, y un sonido interrumpe los murmullos de la calle. Luis logra sintonizar la señal radiofónica de los hermanos Rivas. Un sonido nace tras otro en medio de la incredulidad de los vecinos. ¿Cómo es posible escuchar ahí lo que se dice dentro de la casa de los Rivas?, se preguntaban asombrados. Había nacido la primera radio local con una cobertura de treinta metros a la redonda. 

El invento era el furor tecnológico del momento y solo un año antes del experimento de los Rivas, en la mañana del 5 de septiembre de 1929, sobre el costado sur de la Plaza de Bolívar, se reunían el ministro de Correos y Telégrafos, José de Jesús García, el técnico alemán Karl Klemp, miembros del Congreso y servidores públicos de orden nacional para inaugurar la primera emisora estatal del país, la HJN de Bogotá. 

El gobierno le había encargado a Klemp la construcción de la estación de transmisión. Para ello Klemp adecuó el Capitolio Nacional para transmisiones de la radiodifusora. La obra costó en su momento mil doscientos pesos. El presidente Abadía Méndez estaba interesado en entregar la emisora antes de terminar su periodo presidencial y fijó la apertura para el 20 de julio. Sin embargo, el sistema no estuvo plenamente acondicionado. Dos meses después un reportero de El Espectador entrevistó a Klemp y éste en un confuso español le informó al país que aún faltaban “algunos enseres” para finalizar la instalación. 

Pero a pesar del apresuramiento político, la radio había llegado para quedarse. En adelante el nuevo sistema de comunicación humana se desarrollaría tejiendo una radiografía de momentos y emociones que modularon la vida de los colombianos. 

 

 

En sus inicios la radio era para los tres inventores de Cali un pasatiempo, pero un año después los hermanos Rivas empezaron a transmitir desde el Edificio Ávila en los alrededores de la Plaza de Caicedo, la principal de una ciudad que no paraba de crecer. Consiguieron un nuevo socio, Antonio Benítez, y  fundaron la primera emisora local llamada La Voz del Valle. A través de ella daban complacencias, dedicaban canciones y leían informes gubernamentales hasta la diez de la noche. 

La innovación de la radio y el deseo de estar a la moda del AM se fue propagando entre los ciudadanos. Pasado un tiempo los aparatos radiales empezaron a arribar por Buenaventura y a hacer parte de la cotidianidad de los caleños. Los radioaficionados del país, que en 1923 llegaron a ser 450 -hoy no pasan de 30-, trajeron a Colombia los primeros receptores de ondas electromagnéticas. Estos radios, mucho más evolucionados, ahora se conocen como receptores o transmisores de baja potencia. El invento tardaría casi una década en hacerse popular en el país, había sido llevado de Estados Unidos a Cuba y posteriormente había arribado al pacífico colombiano.

La radio se propagó poco a poco, al ritmo que se extendía la electricidad en los hogares. Ésta última en sus inicios se limitaba a alumbrar los espacios públicos. Pero luego la energía eléctrica se extendió al comercio y a las casas de los más privilegiados. Para 1930 el país contaba con poco más de 6 kilovatios de potencia instalada por mil habitantes; hoy para una población similar se dispone una potencia cincuenta veces mayor. 

 

 

A pocos meses de la inauguración de la emisora estatal, el 14 de enero de 1930, nació la Universal Radio Corporation, la primera emisora comercial del país. El entusiasmo por la radio se iba multiplicando y ocho años después ya había seis emisoras más. Doce años más tarde operaban 71 en 27 centros urbanos. 

Para la época Cali alcanzaba los 122.000 habitantes, una población similar a la que hoy tiene un municipio como Cartago, en el Valle. En el país solo existían alrededor de cinco mil radios, una cantidad que no alcanzaba ni para la mitad de las 11.000 familias que habitaban Cali. Como gran innovación la radio era un objeto suntuoso, costaba ochenta pesos, el valor equivalente a $516.000 en la actualidad. Un obrero ganaba alrededor de treinta pesos mensuales y un campesino recibía seis pesos cada mes por los duros trabajos del campo. Para adquirir un radio, un obrero debía ahorrar la mitad de su sueldo por cinco meses y un campesino la mitad de su salario por más de dos años. Pero el acceso a la cajita parlante iría avanzando en las décadas siguientes, al ritmo que avanzaba la historia del país.  


 

La guerra con Perú en Amplitud Modulada

En las casas o establecimientos con radios, entre 1932 y 1933, la tensión era palpable al escuchar las voces graves que emergían de los aparatos reportando las escaramuzas ocurridas en la cuenca del Río Putumayo y Leticia. Colombia libraba un conflicto con Perú. A falta de un gran ejército que contrarrestara las embestidas peruanas, la radio convenció a la audiencia de que estuviera preparada para defender la patria. Como muchos colombianos no contaban con radiotransmisores, algunas emisoras instalaron radioparlantes para llegar a más personas e informar sobre el conflicto. El himno nacional sonaba con frecuencia y los locutores invitaban a conformar batallones cívico-militares. Colombia era la víctima innegable del conflicto, al menos así lo hizo pensar la radio. Las transmisiones permanecían cargadas de un patriotismo del que muchos se contagiaban. Durante y después de la guerra, el sentimiento de “ser colombiano” se hizo fuerte. La radio empezaba a demostrar su gran poder de influencia.

El crecimiento de la sintonía y el impacto empezó a afectar a otros medios como la prensa. Los locutores leían los periódicos en las emisoras pero las empresas periodísticas sintieron que la radio usufructuaba sus trabajos. El gobierno le dio la razón a la prensa y en 1934 prohibió la lectura de noticias publicadas en periódicos. En adelante solo se podrían leer 12 horas después de que los tabloides fueran puestos a la venta. Ante la prohibición los productores radiales no tuvieron otra opción que crear sus propias noticias. 

 


 

Gardel y Gaitán reviven en la radio

El accidente aéreo del 24 de junio de 1935 es trágico. El avión en el que viaja el cantante Carlos Gardel se estrella contra el trimotor Ford F-31 de Ernesto Samper Mendoza, tío abuelo del ex presidente Samper. En el accidente mueren trece personas además del cantante argentino. Para ese momento en Bogotá se contaban más de 6.500 teléfonos y los periodistas de radio se valieron de este recurso para inaugurar una forma de hacer noticias. Ese día llega a las casas de los colombianos la voz de Antonio Henao Gaviria, corresponsal para La Voz de Antioquia, desde el aeropuerto Olaya Herrera en Medellín. Por vía telefónica las estaciones radiales mantienen informados a los colombianos sobre el accidente. Es la primera vez que se trasmite en vivo a través de la radio.

Años más tarde Jorge Eliécer Gaitán sale de su despacho junto a Plinio Mendoza, Eliseo Cruz, Alejandro Vallejo y Jorge Padilla. Era la una de la tarde  del 9 de abril de 1948. Mendoza toma del brazo a Gaitán, adelantándolo a los demás. Del otro lado, lo esperaba Juan Roa Sierra. Instantes después se escuchan algunos disparos. Tres balas atraviesan el cuerpo del caudillo liberal. Los testigos del hecho dirigen una cacería contra Roa Sierra, al que muchos dicen haber visto desenfundar un arma y disparar. El hombre sería alcanzado por la multitud, linchado y arrastrado por la carrera séptima de Bogotá. Su cuerpo irreconocible es abandonado frente al Palacio de Nariño. En la Clínica Central, mientras recibe una transfusión de sangre, Gaitán muere. La emisora La Voz de Bogotá es la primera en anunciar la noticia. Rómulo Guzmán, el locutor a cargo, no intenta camuflar la ira en su voz. El suceso, una vez se da a conocer por las emisoras del país, provoca una ira similar en los oyentes. Se genera el caos, las emisoras informales salen al aire y locutores desconocidos empiezan a desinformar a los oyentes hablándoles de supuestas manifestaciones en el país. Los colombianos, ciegos de rabia, salen a las calles. Incluso las emisoras radiales más reconocidas sufren estragos: las turbas se van contra ellas por haber transmitido la noticia que nadie quería oír.

En Cali, Radio Pacífico y La Voz del Valle son las más afectadas. Una multitud decide prenderles fuego. En Bogotá, el Ministerio de Comunicación también ardía. Después de ese trágico 9 de abril, conocido como el Bogotazo, todo aquel que contara con algún tipo de documentación sobre el estado de la radiodifusión en Colombia podía considerarse afortunado. Antes de los años 50, las emisoras tenían como política deshacerse de los archivos de programación anteriores a tres meses. No había lugar para almacenarlos. No se dimensionaba el valor que alcanzarían con el tiempo. A partir de 1948, la documentación cubre aspectos técnicos de la evolución radial, no obstante, aun advirtiendo la importancia de contar con archivos oficiales, solo después de 1960 se empieza a recolectar información sobre los contenidos y programación radial. El interés por los documentos, sin embargo, estaba lejos de ser memorístico. Al implementar tal sistema de “monitoreo”, que consistía en tener resúmenes o transcripciones del material transmitido en las emisoras, se pretendía llevar cuentas de las informaciones controversiales de las radiodifusoras disidentes.


 

El radio: ese costoso objeto del deseo

La calurosa Cali de mediados de los años 50, contaba con más 33.600 viviendas familiares. La radio ya era un medio masivo y había empezado a transformar la vida de las personas. Era mucho más que una radiodifusora. En Siloé, donde hacía poco había llegado la electricidad, Nora Chico, una joven morena rumbera y extrovertida, carece de radio. Sus vecinos no. Mientras ella pela papas para el almuerzo, el sonido de la radio vecina se cuela por las paredes de esterilla de su casa, y ella se mueve al ritmo de la música. Baila frente a un espejo quebrado, inventa y ensaya los pasos que exhibirá en su próxima rumba, a la que irá escapada de sus padres y bailará al son que ponga la emisora. 

Algunas familias, como la del pequeño Carlos Delgado, de seis años, no concebían sus días sin la compañía del aparato trasmisor. Para su desgracia, los Delgado deben pasar mucho tiempo sin radio, sin tangos y boleros, sin noticias y radionovelas que rompan el silencio provocado por la ausencia del aparato. Un día cualquiera el niño de pequeños ojos cafés, había presenciado cómo un hombre joven robaba el único radio que tenían en su casa, lo amarraba en una bicicleta y se perdía entre las calles. 

Por su parte la familia Parra se sentaba todos los días en la sala de su casa a escuchar con atención las voces expresivas de los actores de sus radionovelas favoritas: “La doña”, “Arandú” y “Kalimán”. Otras veces se concentraban en el tono agradable de la lectura de complacencias. Pero en una ocasión estuvieron tensos en sus sillas, pendientes de la voz grave del locutor que anunciaba las defunciones. Dos días atrás los Parra se habían enterado, por la radio, de la condición moribunda de un familiar en Bogotá. Cuando el locutor comenzó a leer la única carta con motivo de fallecimiento que había llegado ese día a la emisora, Nelly Parra, a sus doce años, escuchó con atención, mientras su madre, temblorosa rezaba el rosario. Ante la lectura del nombre del difunto, sus padres se abrazaron en un llanto triste. Pero no sería la única noticia trágica que tendrían que escuchar por la radio, estaba por venir un suceso que dejaría una gran huella en la memoria de la ciudad.

 

 


 

La explosión del siete de agosto

El fallecido padre Alfonso Hurtado Galvis se hizo famoso, entre otras cosas, por su programa en el que afirmaba “Nadie se acuesta en Cali sin oír La voz del prójimo”. En los homenajes a la vida del padre Galvis transmitidos desde el 12 de mayo de 2014, día de su muerte, se destacan las imágenes y videos de una tragedia del siete de agosto de 1956: “Cuando llegamos a la Calle 25, la fetidez era grande y el olor a humo espeso, asfixiante; entonces vimos aclarar el día y nos dimos cuenta de la magnitud de la tragedia. En la fosa común del Cementerio Central yo vi enterrar 3.725 cráneos…”. 

En la madrugada de aquel día seis camiones recién llegados de Buenaventura, con 42 toneladas de explosivos para la construcción de carreteras, estallan frente a la antigua estación del Ferrocarril del Pacífico. Algunos investigadores estiman que en menos de un minuto murieron más de 1.300 personas. Pero si las cuentas del padre Galvis son correctas y murieron casi 4.000 personas, esto equivaldría al 3% de la población caleña de la época, una magnitud similar a que hoy desaparecieran los barrios La Nueva Base, Villacolombia, El Troncal, La Floresta y 14 más de la comuna 18, con sus 365 manzanas. El estallido produce un temblor de 4.3 grados y el sonido se alcanza a escuchar en Buga, Palmira y Caloto. Las personas reaccionan de inmediato volcándose a las calles a socorrer a los heridos y a buscar a sus familiares. La radio difunde, reporte tras reporte, los listados de muertos y desaparecidos. En medio del caos, las familias escuchan las transmisiones mientras se lamentan por los nombres desconocidos y por los que tal vez reconocerán. 

Pero no todo era tragedia. Victoria Rojas, quien vivía a las afueras de Cali, en Felidia, a sus 17 años, llevaba cartas con sus dedicatorias, las de vecinos y amigos, a La Voz del Valle. En otra zona rural de Cali, Nelly Parra piensa años más tarde, mucho después de la época en que casi todos los jóvenes se sentaban en sus casas a escuchar complacencias, que era increíble cómo la noticia de la muerte de un familiar en Bogotá o la canción que algún amigo le habría dedicado desde Cali atravesaba volcanes, ríos y montañas hasta llegar a su casa en el campo vallecaucano. Sin embargo, la que emprende travesías por la geografía colombiana no es ni la noticia ni la canción, es la onda. 

De los términos “Amplitud Modulada” o “Modulación de Amplitud” viene la sigla AM, un tipo de onda que por sus características puede desplazarse, cual gigante, saltando obstáculos como grandes montañas, rebotar en la ionosfera sin que nada la detenga y llegar a los más recónditos lugares. A diferencia de la moderna Frecuencia Modulada, FM, que no puede cruzar montañas. Es fácil percatarse de este fenómeno cuando se viaje en un vehículo por zonas montañosas; la señal FM se pierde mientras que la AM se mantiene. De ahí la posibilidad de que en el campo Nelly Parra y muchas otras personas pudiesen escuchar las transmisiones de la ciudad.