Lo que un viejo jamás olvida.

Hace treinta y dos años, los techos de tejas de barro, los muros de bahareque y el 40% del centro histórico de Popayán, se vinieron abajo después de que un sismo de 5.5 grados sacudiera la ciudad. Lilia Gómez, una mujer anciana oriunda de Popayán, cuenta cómo lo vivió. 

 

Por: Alexandra García Manzano

 

En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo. Se persigna apresuradamente igual que aquel jueves santo del ochenta y tres en el que la tierra rugió y la ciudad blanca quedó hecha escombros. Lilia recuerda, con lágrimas en los ojos, el terremoto de Popayán. 

Con los ojos cristalinos y su mano derecha apretando un pañuelo me cuenta cómo cuando la naturaleza decidió enfurecer, ella estaba declamando un discurso malhumorado  a mi abuelo.  Lilia Gómez de Manzano, es una mujer de ochenta y seis años, profesora jubilada, madre de cinco hijos, abuela de once nietos y viuda de Gustavo Manzano, también profesor, padre y abuelo de la familia. 

El escritor de cartas, el profesor revolucionario, el adepto liberal; mi abuelo había despertado temprano esa mañana del treinta y uno de marzo para organizar los libros empolvados,  que por meses, estuvieron dentro de cajas  y sacaron de quicio a mi abuela. A Gustavo le dio por revolcar ese polvero en pleno jueves santo, me dice, mientras se frota un anillo que tiene en el dedo corazón de su mano izquierda, como si así los recuerdos se hicieran más claros.

 

 

 

Como buena católica mi abuela se disponía a ir, en compañía de mi abuelo, a la misa de la catedral situada en el centro histórico de Popayán, a unas once cuadras de la casa. Lilia estaba vestida y arreglada desde muy temprano, lista para salir. Gustavo aún en pijama terminaba de limpiar y apilar los libros en la  biblioteca. Una de mis tías y mi mamá, dormían en las primeras habitaciones de la casa, las que dan hacia la calle. La noche anterior habían estado de fiesta. 

Mi abuela estaba de pie bajo el marco de la puerta de su habitación observando el pasillo que conducía hasta mi abuelo, mientras le recordaba que se estaban perdiendo la misa, que se bañara de una vez para, por lo menos, hacer una oración en la gran casa del Señor. Mi viejo desde el otro lado del pasillo, cuenta mi abuela, se sacudía la pijama de rayas que había quedado llena de polvo, y le daba la espalda como para no escucharla. Ella insistía, pero en el momento que parpadeó, sus piernas comenzaron a perder estabilidad y sus manos, por instinto, se aferraron con fuerza al marco que la protegía. Su cuerpo se paralizó completamente y su mirada quedó fija en el corredor. 

 

 

 

Con las manos temblorosas, mientras levanta un vaso para tomar un trago de café que le devuelva la voz, me mira y describe como, primero, vio a mi abuelo correr y caerse a lo largo del pasillo; después lo vio gatear intentando salir de la casa por la puerta de atrás. Después vio correr a mi tía y a mi mamá por el mismo lugar, dándose tumbos contra las paredes como el viejo. Mi abuela estuvo los dieciocho segundos del terremoto completamente paralizada, en shock, sin poder moverse, mientras se reponía del susto. Treinta y dos años después, parece no reponerse del todo. 

–Eso fue como si se me saliera el espíritu, yo no tenía nada adentro, no tenía fuerza de nada, ni pensaba. 

–¿Cómo así que el espíritu, abuela? 

–Sí, es que el cuerpo me quedó desganado. Yo solo veía a Gustavo y a las niñas correr como borrachos por ese pasadizo, es que si viera, esas baldosas bailaban. Virgen Santa, las materas de la sala caminaban en frente mío. 

A las 8:13 de la mañana de aquel jueves santo, dice mi abuela, se cumplió la maldición que habían dejado sobre Popayán unos padres jesuitas expulsados de la ciudad por el ex presidente Mosquera, más de cien años antes del terremoto. Los padrecitos, como les llama, salieron caminando por el barrio Cadillal y señalaron la cruz ubicada a las afueras de la iglesia de Belén, pronunciando así la maldición que aseguraba que el día que cayera esa cruz, Popayán desaparecería. Y así fue, por lo menos una parte importante quedó sepultada luego de sentir con fuerza el remesón de 5.5 grados y poca profundidad que colapsó la ciudad.

 

 

 

Popayán está ubicada al sur occidente del país, muy cerca del nudo andino al que pertenecen gran cantidad de volcanes como el Puracé, Sotará, Los Coconucos, Pusná y  Galeras. Además, según Ingeominas, está sentada en una zona de subducción donde se encuentra la placa Pacífica, la Sudamericana y la del Caribe, lo que eleva las posibilidades sísmicas en el terreno.  El terremoto del ochenta y tres fue relacionado con la falla de Romeral que viene desde el Ecuador y atraviesa el país hasta el norte de Antioquia.

Los libros que había organizado mi abuelo no duraron mucho en esa biblioteca, cayeron uno a uno mientras él, gateando, huía de la casa. Los diplomas de mis tías, mis abuelos y mi mamá se fueron al piso. Los ventanales vibraban y hacían competencia con el ruido de los porta retratos que se rompían. El tanque a medio llenar parecía un mar enfurecido, el agua se desbordaba con violencia. Pero mi abuela dice que el sonido que más recuerda y más le asusta es el de la tierra, -se toca el anillo de nuevo y se tapa los oídos con fuerza-, asegura que espera nunca volver a escuchar eso. Le pregunto a qué se parece el sonido y responde, aún con los oídos tapados, al rugido de cien leones quebrándose. No sabe cómo explicarme, se le enredan las palabras y se le quiebra un poco la voz, sus manos pecosas siguen apretando sus oídos y, después de un rato, hace uno de esos comentarios que me ponen feliz de ser su nieta. 

– Después de un tiempo la gente decía que era que el diablo estaba corcoveando.– Comenta con seriedad y cara de preocupación-. 

– jajajajajajajaja –, estallo de la risa, mi mamá desde la cocina también lo hace y, hasta el perro, parece reírse. 

Mi abuela se echa la bendición por segunda vez desde el inicio de la conversación y me dice que no me ría tanto, que vaya uno a saber qué puede pasar después. Se sale del tema del terremoto y comienza a contarme historias sobre el diablo, intentando, tal vez, convencerme de las  actividades de Satanás allá abajo. Después de un par de historias retoma el relato sobre el terremoto, corre la silla donde está sentada hasta el ventanal por donde entra el sol. Tiene frío. 

 

 

Recuerda que caminó muy despacio hasta la puerta de atrás, por donde habían salido los demás. Su cuerpo no parecía ser consciente de lo que acababa de ocurrir y su cabeza menos. Dice que el pasillo nunca se le hizo tan largo como ese día, que mientras pisaba los vidrios rotos de los porta retratos y esquivaba obstáculos se preguntaba qué era lo que había ocurrido. En el camino hacia la salida, mi abuela se detuvo en el patio a buscar a Lorenzo, un viejo loro que tenían de mascota y que toda la familia aún adora. La jaula del animal había caído al tanque, pero él no estaba. Mi abuela revolcó el patio que, naturalmente, por la sacudida de la tierra ya estaba revolcado, pero no lo encontró. Desapareció para siempre. 

Dice que pasaron alrededor de diez minutos hasta que mi abuelo se acordó de ella y entró a la casa a buscarla. Frunce el ceño mientras me cuenta y dice que cuando lo vio, se acordó que tenía rabia con él. Ella se dio vuelta y salió sin pronunciar palabra mientras mi viejo la atacaba a preguntas: Que cómo estaba, que por qué no salía, que qué se quedó haciendo.  Al cruzar la puerta, lo primero que vio fue a un hombre andar apresuradamente, estaba todo empolvado y un camino de sangre le recorría el rostro. Mi abuela le preguntó qué le había pasado, el hombre le contestó que la catedral se había caído y que había muchos heridos y muertos. Se echó la bendición y dio un paso atrás para abrazar a mi abuelo. 

En total, dos mil quinientas viviendas quedaron sepultadas, siete mil averiadas; casi trecientos muertos y más de siete mil heridos dejó el despertar de la tierra en Popayán. Al igual que la catedral, la gobernación, la alcaldía y edificios pertenecientes a la Universidad del Cauca se vinieron abajo. El centro histórico de La Ciudad Blanca quedó envuelto en una nube de polvo y sangre. Las construcciones de siglos XVII, XVIII y IX sintieron con mayor fuerza el movimiento de poca profundidad que impactó la ciudad y sus paredes de tierra pisada y madera no resistieron.

 

 

Las pérdidas producidas por el terremoto fueron aproximadamente de $29.849 millones de pesos colombianos de la época. Según Ingeominas, más del 5% del presupuesto total del Estado colombiano en ese año,  de los cuales más de la mitad correspondieron a daños en viviendas, lo que desencadenó un panorama de precariedad  en la ciudad. Durante meses, y en algunos casos años, familias enteras  vivieron en carpas esperando ser beneficiadas por el gobierno con una nueva casa. Las migraciones desde el campo, cuenta mi abuela, fueron abundantes, las personas llegaban a Popayán a vivir en asentamientos haciéndose pasar por damnificados, esperando obtener una vivienda. 

Las comunicaciones se hicieron imposibles, los daños en los de teléfonos de la zona fueron calculados en ciento veinte millones. La radio fue quien cumplió con la misión de comunicar a Popayán con el resto del país.  Las primeras planas de los periódicos y una fotografía escalofriante de cadáveres fuera de sus tumbas rodearon el territorio nacional.  

Mi vieja sonríe recordando a mi abuelo, pero su mirada es de angustia, me cuenta que las amigas monjitas quedaron con la cara como arepas y, que la mamá de un conocido también murió. Me dice que le tenemos que dar gracias a Dios porque la casa quedó de pie y la familia también. Luego me mira y comenta susurrando, dele gracias a la “pachorra” de su abuelo también porque  esa catedral se hubiera venido encima de nosotros si él no hubiera sido tan terco. Le da risa y me hace un gesto de silencio, de pronto mi abuelo allá en el cielo la escucha. 

Mi familia pasó varios días durmiendo en el parque de enfrente porque las réplicas eran constantes; el miedo, el frío y la falta de comunicación con el resto de la ciudad hacían los días más difíciles. Mi abuela dice que en las tiendas ya no había comida, que los teléfonos no servían y que las calles que conducían al centro habían sido cerradas. Estaban aislados. Ella dice que siempre se hizo la brava, que años después del terremoto seguía reclamándole a mi abuelo, ya no por hacerla faltar a la misa en la catedral sino por salir corriendo de la casa y olvidarla adentro. Mi abuela nunca le agradeció a mi abuelo que tomara la decisión de organizar los libros aquel jueves santo, ni que se demorara para irse a bañar, ni mucho menos que se hiciera el que no la escuchaba,  aunque sabe que esa actitud les salvó la vida. Lilia solo le agradece con susurros para que no la escuche, y se besa el anillo del dedo corazón mientras me dice, llorando, que espera nunca volver a escuchar a la tierra rugir.