“La esquizofrenia es un portal que te lleva a otras dimensiones”

 

Por: Estefanny Ríos González

 

Freddy Camargo Ramírez es un joven de 25 años que se considera actor, rapero e “ideasta”, por el frenetismo con que piensa sus proyectos artísticos. Tiene finos conocimientos fotográficos, gracias en parte a que trabaja desde los 17 años en una tienda de accesorios para fotografía y cine. A ella ingresó luego de que fuera echado del colegio Comfandi El Prado por indisciplina en décimo grado. A los 23, después de una crisis de alucinaciones que sufrió por cuatro días, tras consumir un coctel de hongos alucinógenos en medio de una depresión, fue diagnosticado con esquizofrenia aguda y trastorno bipolar. Esto agravó sus trastornos psicológicos del pasado. 


 

Ondas cerebrales, Olas de pastillas

En contra de las ideas estereotipadas que se nos podría cruzar por la mente: ¿No le darán ataques en medio del trabajo? ¿Qué pasa si no se ha medicado?, Freddy es muestra de que esos dos pensamientos son innecesarios. Por supuesto, él está medicado; pero su madre, Lorena Camargo, cuenta que “A Freddy empecé a mermarle la dosis porque esos medicamentos me lo dejaban dopado. Si me decían que le suministrara media pastilla, le daba un cuartico. Si era una, le daba la mitad. Él ahora aprendió a vivir con eso. Cuando se siente ansioso e hiperactivo, ya sabe que no debe dejarse llevar y se toma media pasta. Yo no tengo los medicamentos, él los tiene en su cuarto y él mismo se controla. Usted le habla y es una persona normal, sólo que sabe que tiene que controlarse”. Freddy ha sido internado en un hospital psiquiátrico dos veces. Su primera crisis la sufrió a los 23 años y hasta hoy ha pasado por cuatro crisis.

“Hay veces en las que habla mucho. Dice cosas cuerdas, pero no para. Hasta se pone a comprar frutas, leche, pan y le regala a la gente”. En uno de sus actos heroicos de un Robin Hood caleño, alarmó a su abuela y ésta llamó a Lorena para que fuera a controlar a su hijo. Junto con su hermano y su esposo intentaron cogerlo para que se entrara a la casa pero él salió corriendo sin rumbo fijo. Estuvo desaparecido por dos días. Caminó hacia Santander de Quilichao, hasta el puente que divide Valencia con Santander. Su jefe, Francisco, llamó a Lorena y  le dijo que Freddy lo había llamado para decirle que lo recogiera en la nave espacial. Lo tenía la tropa de la Policía Militar en un cambuche. Estaba desnutrido y  sucio. Se  había mantenido sólo bebiendo sus orines. Eran las doce de la noche y estaba lloviendo. Él no los reconocía. Estaba encerrado en un mundo que sólo él puede entender. Delante de su madre y hermana se arrancó las agujas que le tenían puestas e intentó arrancarse también las venas de sus brazos con los dientes. Estaba totalmente fuera de sí. Fue trasladado a Jamundí en la ambulancia y allí le aplicaron calmantes. Era la segunda crisis, la primera fue un intento de suicidio al tratar de tirarse desde un puente, luego de consumir un coctel de hongos alucinógenos.

Lorena afirma que la atención típica que le prestan a una persona con una crisis de esquizofrenia es el suministro de tranquilizantes. Lo que le incomoda es que las constantes dosis dejan a su hijo “hecho un tonto”, y llega a ser la excusa de los médicos psiquiatras para tratar la enfermedad, sin preocuparse de verdad por una recuperación menos invasiva con una medicación acorde a la persona. “En las dos veces en que he estado allá –el HPUV- , he visto cómo tratan al paciente, ensayan en las personas hasta lograr el medicamento que le funcione a cada uno…”.

Ante esta problemática el médico psiquiatra Eduardo Botero de la Clínica Santillana de Cali, afirma: “Fármaco viene del griego que significa veneno. Por ende pueden llegar a ser potencialmente benéficos, como potencialmente perjudiciales. Los efectos secundarios en los medicamentos psiquiátricos se deben controlar recetando un medicamento que contrarreste las consecuencias de los efectos. En el caso de que los otros efectos que pueda producir el segundo medicamento perjudiquen más al paciente, se debe modular la dosis hasta que se llegue a la reacción esperada”. Entre experimentación y experimentación, el paciente no tiene otra opción que terminar a la deriva de las olas de un cerebro perdido entre intensos fármacos “normalizantes”.

A partir de la primera crisis de Freddy, el psiquiatra del HPUV le recetó cuatro medicamentos: Haloperidol, 2 tabletas, Biperideno, 2 tabletas, y Levomepromazina 1 tableta. Según Lorena Camargo, con el Biperideno y la Levomepromazina su hijo termina con exceso de sueño y no habla, y eso sucede aunque ella solo le suministra la mitad de la dosis. Según ella, si se la diera completa su hijo estaría tan dopado que no se despertaría en dos días. Es entendible este tipo de reacciones considerando que el Biperideno es uno de los activadores de dopamina más fuertes producidos en el sistema nervioso. Fue sintetizado por los laboratorios Bayer para ser usado como un anti bipolárico. Por su parte, la Levomepromazina es un antipsicótico y potente sedante con una importante acción analgésica. 

 

 

Cuando Lorena le dio por primera vez a su hijo la medicación, él terminó todo un día con una incontrolable tembladera en el cuerpo, tanto que era incapaz de agarrar una cuchara para comer. Su madre tenía que hacer de enfermera. “Los médicos dicen que eso es mientras el cuerpo se acostumbra al medicamento. Yo empecé a suspendérselo. Le di como de a una tabletica, de a media, por cuatro meses y no le seguí dando. Luego de esta crisis – la que ocurrió en Santander de Quilichao - le di como por dos semanas y no más. Sólo le voy a dar cuando lo vea que está a punto de darle una crisis. Con media pasta duerme todo el día y con un cuarto duerme la noche”. 

El Haloperdiol es también un medicamento antipsicótico con notables efectos en la materia gris del cerebro y afecta el área que controla el movimiento y la coordinación, produce como consecuencias penosos efectos secundarios como babeo, temblores y síndrome de piernas inquietas, lo cual explica la “natural” reacción de Freddy al fármaco. Los otros dos medicamentos que se suponen ayudan a efectos nerviosos similares al síndrome de Parkinson, ya que deprimen el sistema nervioso y hasta pueden provocar catatonia –como lo es con el Biperideno-, no tuvieron suficiente eficacia como para evitar el episodio de temblores.

En un estudio realizado en la Universidad de Heidelberg en Mannheim, Alemania, se descubrió que con el Haloperidol se modifica en aproximadamente dos horas el tamaño del estriado en el cerebro (stratium 1), área que controla el movimiento en el cuerpo y en mitad de ese tiempo rebota –el cerebro vuelve al tamaño normal-, de acuerdo con el psiquiatra y psicoterapeuta Andreas Meyer-Lindenberg. Después de un día los cerebros de los voluntarios volvieron casi a su tamaño original una vez los efectos de la dosis de Haloperidol desaparecieron. Meyer-Lindenberg  dice: “Éste resultado debería aliviar los temores de que la droga destruye las células cerebrales. Sabemos que no está matando las neuronas porque el cerebro rebota”. 

La madre de Freddy es firme en sus convicciones y defiende a su hijo más allá de que le hable una enfermera o un psiquiatra “Yo soy hasta más psiquiatra que esos médicos”, afirma. Para ella esos medicamentos terminan dañándole más el cerebro de su hijo, quemándole neuronas -aunque en realidad no sea exactamente así-, e insiste en que el trato que se le da al paciente en el hospital en que lo atienden atenta contra la integridad de la persona.

“Le mandaron a hacer tres electrochoques luego de la crisis. A los cinco días lo visité y lo vi grave. Tenía fiebre, estaba con pañal porque tenía diarrea y me lo tenían amarrado de pies y manos a una cama. Le dije a una trabajadora social que estaba de turno: ´ustedes aquí no tienen calidad humana; mi hijo no es ningún delincuente ni un presidiario, ¿por qué me lo tratan así?, ¿por qué le dio fiebre?, ¿por qué tiene diarrea?; yo a mi hijo no lo traje así´”. 

-Ellos no saben qué decir, porque saben que está mal y creen que uno es un bobo. 

Al otro día llegué y a mi hijo lo tenían totalmente diferente. Lo habían cambiado de cuarto y ya no estaba amarrado. Me fui a estar allá día y noche para saber qué medicamentos le daban y cómo era su atención. Le decía a Freddy: no se  trague esas pastas, bote eso. Nunca me dijeron en realidad qué le suministraban. Al final me dieron un papel que decía supuestamente lo que le daban, pero ¿cómo saber si es verdad? No me dieron la historia clínica. Usted como familiar de su paciente tiene derecho a ver qué le dan. Allá no, hacían las cosas como si fuera a escondidas”.

Decía el Doctor Benjamin Rush, padre de la psiquiatría norteamericana en 1818: “El terror actúa poderosamente sobre el cuerpo a través de la mente, y ha de emplearse en la cura de la locura”. Por supuesto, cualquier ser humano tendría terror al saber que va a sufrir convulsiones provocadas por electro choques, o incluso que le cercenaran el cerebro con las lobotomías en ese entonces. ¿Por qué un método tan invasivo y tortuoso como los electrochoques se sigue practicando aún en el siglo XXI? Hay quienes afirman que ya muy poco países en el mundo practican con regularidad este tratamiento. Ahora las directrices del Instituto Británico de Excelencia Clínica (National Institute for Health and Clinical Excellence) no recomiendan el electroshock para la esquizofrenia. Fundamentados en evidencias meta-analíticas, encuentran en el TEC escasos beneficios en comparación con el uso de una sustancia placebo o el consumo de medicamentos antipsicóticos, incluyendo la Clozapina. Puede verse que en Cali, y con seguridad en otras partes de Colombia, que este tratamiento no se ha considerado como algo que atente a la humanidad del paciente. 

La madre de Freddy tiene muy claro que no puede dejar que su hijo se hunda en una permanente somnolencia y vaguedad cultivándole, desde lo que ella considera como bueno, la independencia de su hijo: “Las dos veces que lo tuvimos que internar, me lo llevaron a la sala donde están los locos más locos, los más desechables, los más feos. ¿Por qué no miran qué pasó con este paciente, qué trae, si ya ha sido ingresado aquí? Los médicos me decían que todo paciente pasa por esa sala y que con la recuperación lo van trasladando a salas diferentes. Para una persona que no está loca del totazo, en un sitio como esos se vuelve más loco”, comenta Lorena.