“De repente agarraron al grupo que iba adelante de nosotros. Llegaron cuatro camionetas y varios policías en moto. Como había llovido, ellos no podían entrar a todos lados. Escuchábamos que a Raúl le decían cosas por el radio: ‘Dale hacia arriba. Dale hacia abajo ¡Escóndete!’. Sobre nosotros volaban helicópteros. En el suelo había muchas piedras y nos tocaba caminar arrodillados. A mi mamá se le estaban cayendo las uñas y yo andaba todo golpeado… Mejor dicho: feo. Encontramos un lugar para escondernos, había muchas plantitas y un árbol muy grande. Allí estuvimo’ quietos, poco más de dos horas”.

 

  

Por: Juan Fernando Camacho

 

Historia de un inmigrante/ 

 

Apenas noto que Rafael se salta la ‘s’ en algunos momentos. El reloj de mi pantalla marca las 3:45 de la tarde. Rafael se conectó al Skype a las tres en punto, como habíamos acordado, y desde allí no ha parado de contarme su odisea. De cómo cruzó la frontera entre México y Estados Unidos. 

Sus palabras fluyen con acento costeño. Parece que apenas han pasado un par de minutos cuando me saludó a través de su cámara web.

“Qué mi llave ¿Cómo andas?... Todo bien, todo bien. Vivo en Zacateca, al centro de México. Es una ciudad colonial. Hay muchos edificios viejos y la tierra es Semidesierta. Hace frío todo el año. Ahora estoy trabajando en un centro de copiado y estudio en las mañanas. Pero chévere, chévere. Los domingos no trabajo y hecho hueva todo el día, aquí en la casa”.

Muestra una sonrisa pícara. Se le ve recostado en su cama mientras la luz de una ventana cae a sus espaldas. Es un hombre corpulento, de piel blanca y pelo a ras. Bien podría confundirse con un policía. Estudia quinto semestre de Ingeniería Industrial. El centro de copiado donde trabaja está ubicado junto a la facultad de odontología. Reside en una casa de tres habitaciones que comparte con dos muchachas de allí, de Zacateca. Muy orgulloso me dijo que compró una moto. Su sueño es terminar la carrera para regresar a Colombia y visitar de nuevo Montería, la ciudad donde pasó sus primeros veinte años.

“Lo que provocó la decisión de irme fue el divorcio de mis papás. Lo que hacía en Montería era tomar cerveza y jugar dominó. Estudiaba segundo semestre de Contaduría Pública. Veía a mi mamá trabajar como cualquier hombre. Eso me impulsaba a pensar, hijueputa yo tengo que trabajar y sali’ adelante pa’ ayudarla a ella.Un día le dije: ¡Ya no tengo nada que hacer en Montería, me voy contigo! Entonces cancelé la carrera a mitad de semestre. El hecho de pensar que ella se iba, me hizo querer salir del país”.

“Ese viaje se hizo porque ella tenía tres hermanos en Estados Unidos que habían pasado por la misma historia. En ese tiempo existían las visas para ir a México pero debido a nuestra ignorancia le hicimos caso a una tía: ‘Vénganse a México y aquí se van como se va todo el mundo: de mojado’. Todos ellos conocían a un tal Rubén que los pasó a USA. La familia completa sabía como era la vuelta. Incluso mi tía sabía los precios. Como quien dice ya estaba todo organizado y contactado. Nunca hicimos esos trámites de visa en Colombia; ni solicitud ni nada. Solo hicimos un trámite de visa en México por 45 días”.

Efectivamente su estadía en el país Azteca duraría un mes y medio. Pero esto solo sería un trámite para llegar a la “tierra de las oportunidades”.

“Hace, más o menos, diez años viajé a México. Exactamente a Zacateca. Después viajé a Tijuana. Ahí ya no llevábamos identificaciones colombianas, porque cuando llegamos al aeropuerto agarramos el pasaporte, la cédula y todo lo mandamos por envío a Los Ángeles, que era donde vivía mi tía”.

“En el aeropuerto de Tijuana dijimos que éramos colombianos. Entonces nos preguntaron: ‘¿Qué profesión tienen? ¿Qué hacen aquí? ¿Por qué están en Tijuana?’ blablablá… inmediatamente nos pasaron a migración. Allí nos recibió una señora mexicana, muy ruda: ‘¡ah! ¿Ustedes creen que van a pasar a Estados Unidos?’. Pues no nos dejó pasar porque según ella eso era frontera y nosotros como colombianos no teníamos nada que hacer ahí; que si queríamos viajar como turistas podíamos ir a Cancún u otras ciudades. Así que nos devolvieron para Zacateca”.

“Acá en Zacateca vive mi tía que es doctora. En ese tiempo estuvimos ocho días con ella. Después nos acompañó de regreso al aeropuerto. Cada vez que nos preguntaban: ‘¿Qué nacionalidad son?’, nosotros respondíamos: ‘mexicanos’. Nos dejaron pasar normal, con nuestro equipaje. Si nos agarraban solo nos echaban pa’ México y ya. A todos les decíamos que éramos veracruzanos, pues Veracruz es una costa y hablan muy parecido a nosotros. Se comen la ‘s’ y toda esa vaina”.

“Ya en Tijuana, nos quedamos donde una amiga de mi tía por un tiempo. Fueron quince días encerrados en un apartamento. No salíamos sino a la tienda que quedaba a una cuadra. Comprábamos comida y regresábamos inmediatamente. Nos daba miedo que notaran el acento y nos agarraran en la calle. Como es una ciudad fronteriza hay mucho policía migratorio”.

“A los quince días, como a las 7 de la noche, Rubén nos llamó al apartamento: ‘vamos a pasar por ustedes’. Era el contacto que nos iba a pasar a USA pero totalmente ilegales, corriendo por el cerro como cualquier delincuente. En realidad no era él quien nos recogía pues estaba en USA. Mi tío y mi tía lo conocían desde hace mucho tiempo, él los pasó. El tipo es mexicano cien por ciento y vive de eso, de pasar gente. Le va bien”.

“Agarramos un taxi y nos fuimos al hotel que nos dijo”.

“Allí nos hicieron pagar la noche completa. Era un edificio de cuatro pisos. El cuarto donde nos quedamos tenía cama doble y un baño. Muy sencillo. Pensamos que eso era un negocio de los mismos que nos pasaron. Por esa noche tuvimos que pagar como unos 150 dólares y solo estuvimos desde las siete de la noche hasta las dos de la mañana”.

“Una hora después de que nos recogieron del hotel llegamos a una casa muy fea. Como de indigentes. Tenía dos pisos. Al subir le dijeron a mi mamá, ‘señora, hágase aquí con su hijo’. Era un cuarto grande. Había tipos feos, tatuados, fumando marihuana. Mi mamá se sentó y yo me recosté con mi cabeza sobre sus piernas, pero no nos dormimos ni un momento. Ella llevaba un dinero dentro de su brassier, cinco mil dólares. Estábamos pendientes de todo. Al ver esa gente tan fea uno siempre piensa lo peor. Un secuestro, que te violen o te maten. Yo pensaba: si nos dormimos nos friegan”.

“Nos quedamos despiertos hasta que amaneció. Como a las siete de la mañana comenzó a llover y hacía un frío terrible. Llegaron y nos dijeron ‘bueno, es la hora, ya nos vamos’. Allá hay muchos guías, de todo tipo. A nosotros nos tocó un peladito como de diecisiete años. Era trigueñito como tú, muy delgado y alto. ¡Raúl! recuerdo que se llamaba Raúl”.

“En ese entonces ya estaba construido el muro que dividía a México y USA. Haz de cuenta que entre los dos países solo hay un muro. Frente a la casa, pasando una calle sin pavimento, está esa pared que mide dos o tres metros. La trepas, brincas y ya estás en USA ¡Entonces a correr!”.

“Delante de nosotros había un grupo con alrededor de 15 personas. Ellos habían salido un poco más temprano. Brincamos la barda mi mamá y yo. Eso fue después de las siete. Lo que seguía era un tramo relativamente corto. Era un potrero como de dos kilómetros. Yo calculaba que lo podría caminar en media hora o cuarenta y cinco minutos, fácil. Pero en esa mañana estaban vigilando los policías. Nosotros nunca nos separamos del muchachito, ni un solo minuto. Generalmente un solo guía lleva diez o quince personas. Menos mal íbamos recomendados, por eso el peladito nos llevaba solo a nosotros dos”.

“Vimos pasar helicópteros y patrullas en moto. De repente agarraron al grupo que iba adelante de nosotros…. Encontramos un lugar donde había muchas plantitas y un árbol muy grande. Allí estuvimos, quietos, poco más de dos horas. Después ya no veíamos el helicóptero. Ya no había patrullas ni motos y seguimos”.

“Como a las once de la mañana nos escondimos en un árbol. De allí a la carretera había unos doscientos metros. El problema fue que por hablar mucho, se le descargó el radio a Raúl . O sea, ¡quedamos incomunicado’!. El muchachito nos decía: ‘esto nunca me había pasado’. Yo solo pensaba: 

¿Y ahora qué hacemos?

Mi mamá en esa época tenía cuarenta años. A pesar de que estaba delgada ya se veía muy cansada. Yo estaba más gordo, pesaba como cien kilos. Estaba mamadísimo. Raúl nos dijo: ‘ok, estos doscientos metros nos los vamos a correr, señora. Porque de aquí hasta allá, la hicimos’. Pues no había árboles ni nada, era planicie. Le dije a ella: ‘listo mami, vamos a correr hasta allá’. Ella siempre estuvo muy positiva. Pero era tanto el cansancio que a los diez metros de haber arrancado dijo: ‘¡Jueputa, yo no corro más! que llegue el que quiera llegar y que me lleve a donde sea’. Entonces agarré a llorar y en mi desespero la cargué. Quise correr con ella pero yo tampoco podía. Me caí y nos caímos los dos”.

“Entonces nos paramos. Ella siempre estaba cagada de la risa. Caminamos hasta unos arbustos, a la orilla del freeway, en la carretera. Eso es San Diego. Al rato estábamos un poco más tranquilos. Nos preguntábamos ‘¿Estás bien?’ y esas cosas. Ella se sentó y me dijo que no llorara que ya estábamos bien. De repente se volteó y dijo: ‘¿Todavía estoy maquillada?’”.

“A las doce del día, en punto, se para un carro. Era una muchacha mona. Blanca pero latina. Muy bonita: “¡Súbanse ya cabrones, que nos vamos!”.

 

 

Rafael y su mamá llegaron a México en Enero de 2005. Exactamente el 13 de marzo de ese mismo año llegaron a San Diego, California.

“Como a las seis de la tarde arrancamos en carro pa’ Los Angeles. Debido al retén, me fui en la cajuela del carro y mi mamá se fue con ellos adelante, supuestamente pa’ que no vieran mucha gente. Al llegar nos encontramos con mi familia. Llegamos echando el cuento y riéndonos de todo lo que nos pasó”.

“A mi mamá se la cayeron dos uñas y ya. Eso a los seis meses sanó. Me di muchos golpes y a los tres meses estaba bueno. Pero hay muchos cuentos sobre gente que le ha picado una serpiente o que se rompe una pierna saltando huecos o piedras. Y ahí quedan. La regla para pasar es: nadie ayuda a nadie. El que se rompió o se dañó algo, ahí quedó”.

“Hoy la pasada no se la recomendaría a nadie”. 

Rafael cambia el tono de su voz.

“Las cosas han cambiado mucho aquí en México. En ese tiempo tenía muchos amigos que venían a México y regresaban a USA cada seis meses. Venían y regresaban, venían y regresaban. Pero en los últimos tres años ya no lo podían hacer. Ahora les cobran seis mil dólares la pasada. Eso es mucho dinero que no tiene cualquiera”.

“En el tiempo que pasé, hace nueve años, si te agarraban te regresaban a tu país y ya. O solo te devolvían a México. Pero ahora está muy feo, por la inseguridad. Hace un tiempo nacieron las autodefensas campesinas que son como las que tenemos en Colombia. Matan, secuestran, te ponen de esclavo y te venden”. 

Rafael sonríe de nuevo. su mirada se pierde en sus recuerdos, quizá pensando en alguna cálida tarde en Montería, sentado junto al ventilador y refrescando su garganta con una cerveza bien fría.

“Mira, algo que he extrañado mucho hasta el momento es mi tierra, mis amigos, mi papá, mis hermanos, incluso mi carrera. Eso fue lo que sacrifiqué. Mi madre tiene cinco años de casada con un portugués, a ella sí le fue muy bien”. 

“Yo siempre he sido bruto pal’ inglés. Hasta la fecha no lo hablo muy bien, y eso que pasé seis años allá. Eso de que USA es el país de las oportunidades es pura mierda. Si no estudiaste, si eres un bruto, nunca vas a dejar de ser obrero. Gracias a Dios, a los ochos días de estar allá conseguí trabajo en jardinería. Me tocaba hacer zanjas para poner los springkler. El primer día tenía mis manos muy finas y trabajé desde las siete de la mañana hasta las 10 de la noche, cavando con una pala. Ya en la tarde se escurría la sangre por mis manos”. 

Eso fue en los primeros meses, después te acostumbras al trabajo pesado y lo haces mejor que cualquiera. Al principio había mucho sentimiento, lloraba la comida, lloraba mi novia que dejé. Si me hablaban de Montería lloraba. A medida que iba aprendiendo el idioma conseguí trabajo en restaurantes, limpiando oficinas o casas, repartiendo tarjetas, cosas así. A los tres o cuatro meses compré mi carro. A los seis o siete meses me mudé a Sacramento. Todo se fue acomodando. Pero realmente nunca me acostumbré del todo a USA. Supe que no era mi lugar. Nunca dejé de extraña’ a Colombia. 

“Pa’ que te miento, la verdad yo no ahorré mucho. Pensaba: no quiero toda una vida de lavaplatos y obrero. Prefiero estudiar. Pero sería una mala inversión porque si eres ilegal, la educación es muy cara. Además no te dan el título porque necesitas el número de seguro social”. 

“Después se me ocurrió que lo mejor sería regresar a Colombia. Mientras me decidía, mi tía me dijo: ‘Ven a México. Me visitas quince días y después te vas’. Pues en esos quince días conseguí universidad, trabajo, novia y todo”. 

Rafael se carcajea. Se pasa la mano por su rostro, como el obrero que se limpia el sudor tras haberse liberado de una carga. 

“Crecí mucho en lo personal. Aprendí otro idioma, conocí muchos lugares, otro tipo de gente. Y al conocer tantas culturas me di cuenta que colombiano busca colombiano. Mis amigos y mi novia también eran colombianos. Cuando conocías a alguien allá, te decían: hombe, mi hermano, vamo’ a tomarnos unas cervezas. Eso era muy bonito”.