Más conocido como Raphael, Germán Serrano Bautista es un creador que luego de cruzar los estudios de ingeniería y filosofía, se dedicó a cantar. Esta autora, atenta a leer las expresiones no verbales y la acción psicológica de sus personajes, nos dibuja un retrato a viva voz.

 

Por: Camila Cuenca

 

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oña Luzma nos saluda desde su local de artesanías frente a la casa del cantante. Toco una vez la madera fina de la puerta. Nadie atiende. “Toque duro, que Germán acabó de llegar”. Luz María hace una pausa y un movimiento negativo de cabeza. “Él ya no se llama Germán, se llama Raphael. Raphael Serrano”. Mi abuela toca otra vez, más arriba, y el sonido es más hueco, más profundo. Lo cierto es que quien nos abre la puerta se presenta como Germán Serrano Bautista. Nos da la mano, nos invita a pasar. Mi abuela dice que no gracias, que ella sólo iba a mostrarme el camino. Le digo que ya puedo volver sola cuando acabe la entrevista. Ella se despide y el cantante me acompaña por un corto pasillo que da al patio interior y todavía conserva algunas de las casas coloniales de San Antonio. Alcanzo a reconocer la fuente seca, las inmaculadas estatuas de aves, las palmas, el plátano y los geranios; me hace pensar en el jardín de un castillo medieval, un mundo aparte que, en vez de contrastar con el resto de la casa y sus habitantes, complementa. Seis sillas de mimbre cubiertas por cojines color salmón se encuentran dispuestas a lo largo del pasillo. Al final hay una habitación pequeña cuya pared deteriorada por la humedad se alza salpicada de cuadros pintados por el papá de Germán. Tanto color opaca el resto: las cajas de cartón apiladas, el teclado, la guitarra, la tambora, el computador. Me invita a acomodarme en un asiento de escritorio y, sin pronunciar palabra, me pasa el Q’hubo del 11 de Marzo en cuya portada hay un artículo titulado “Yo me llamo… Germán Serrano.” Mientras leo, él se sienta en otra silla parecida, junto al teclado, y lo enciende para poner una canción instrumental que me recuerda de inmediato a las tonadas que suenan en las iglesias católicas. Germán comienza a hacer bocca chiusa y a tararear al ritmo de la melodía. Le devuelvo el periódico. ¿Qué estamos esperando? Una niña de cinco años se acerca al marco de la puerta. Dice que se llama Sarita. Le pregunta a su tío si le presta el piano, él responde que ahora no, que está ocupado. Ella se adentra de nuevo en la casa mientras repite dos veces: “Gaby, te voy a presentar a alguien. Se llama Camila.” ¿Qué estamos esperando? Sarita vuelve con su hermano mayor, de unos siete años. Se llama Gabriel. ¿Qué estamos esperando? Germán los manda a jugar ‘Yo me llamo’.

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ecibió clases de guitarra a domicilio en la Academia Alfonso Valdiri cuando tenía seis años. Las aptitudes musicales se dieron más en él que en su hermana, en especial en el aspecto vocal. Desde niño, cuenta Germán, sintió ese gusto por la música que no lo abandonaría nunca. No lo abandonaría en la adolescencia, a pesar de que estuvo más dedicado al voleibol en el Colegio San Luis Gonzaga y la Liga del Valle –llegó a quedar campeón nacional en la categoría infantil–. No lo abandonaría durante esos tres semestres que estudió en la Universidad Javeriana, ni en los nueve de ingeniería electrónica en la Universidad del Cauca, etapa en la cual fue solista del Coro de Cámara de Stella Dupont de Mosquera. Y, por supuesto, no lo abandonaría cuando decidió dejar la ingeniería y volver a Cali para estudiar filosofía y ciencias religiosas en la Universidad Santo Tomás. “El tiempo pasa muy rápido”, dice después de explicar que ahora se está dedicando a su tesis mientras trabaja cantando en misas, reuniones sociales, fiestas y matrimonios. Se está mordiendo la uña del pulgar cuando le pregunto acerca de la importancia que tiene la música para él. Lo piensa un momento y decide entrelazar las manos y posarlas sobre su rodilla, al tiempo que cruza la pierna. “Yo puedo expresar a través de la música un artista que tengo por dentro, y me gusta mucho transmitir las letras de las canciones, llegar a la gente, ver que la gente se conmueve”. Noto que ha comenzado a hacer movimientos circulares con su pie izquierdo, y cuando vuelve a hablar dirijo mi mirada a la pintura detrás de él, una que muestra a Jesús hablando con un niño. “En la música de Dios he encontrado más satisfacción que en la música popular, porque me parece que eso toca las mismas nervaduras, las mismas raíces de la espiritualidad del ser; lo que tiene que ver con el dolor, la esperanza, los sentimientos, la comunicación con Dios”. La música religiosa del teclado ha dejado de sonar y ahora se escucha en algún lugar de la casa al pequeño Gabriel cantando ‘Estar enamorado es’, y clamando llamarse Raphael. 

 

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ira al techo como implorando paciencia y cuando su mamá, doña Esperanza Bautista, comienza a reírse con los niños en esa manera alcahueta de las abuelas, Germán hace un gesto resignado, sacude la cabeza y vuelve su atención a mí. “Me agrada mucho cuando canto música de Raphael porque él es un cantante muy querido, y que alguien escuche una canción de él lo más aproximada posible es muy chévere, eso me da mucha satisfacción. No hay letra mala en su repertorio”. Recuerdo la emoción de mi abuela al contarme de las veces que ha escuchado a Germán en la iglesia de San Cayetano, o a Raphael Serrano en el canal Caracol. Más tarde él agregaría: “Me gusta la fuerza que tiene para cantar, esa pasión. La variedad de repertorio. La balada romántica porque yo soy una persona romántica. En mi casa nadie canta. Raphael también era así, no se sabe de dónde salió la vena artística”. Hasta el momento las respuestas han estado acompañadas de sonrisas ocasionales, de cortesía, y cuando le pregunto por algún momento difícil en el que haya recurrido a la música, su postura se libera de algo de tensión y me dice que he llegado a un punto muy interesante. Me cuenta que en la adolescencia tuvo una novia, que peleaban mucho. Cuando algo sucedía, él se encerraba en su habitación a cantar canciones de Raphael porque le gustaba su fuerza, y se pasaba dos, tres, cuatro horas cantando, sudando; y eso, combinado con el deporte y las clases de técnica vocal –con el barítono alemán Detlef Scholtz– lo desahogaba. Le pregunto entonces por el punto detonante que lo hizo desertar de ingeniería electrónica en noveno semestre, y su respuesta me hace reír, relaja el ambiente. “No hubo un momento detonante, fue parte de un proceso. Como en las parejas. Por ejemplo, tú y yo somos novios, entonces el primer día que salgo contigo me riegas la taza de café en el pantalón, y yo digo ‘no, mi amor, no te preocupes, eso le pasa a cualquiera.’ Salimos a los ocho días y vuelves y me riegas, me tiras el sándwich cubano otra vez (gesticula con las manos en torno a su pantalón negro, y se me ocurre que sería más fácil ocultar la mancha en la pálida camisa amarilla que está vistiendo); ‘no, mi vida, no te preocupes, tranquila’, ¿sí? Y si eso continúa y sigue siendo así, es todo un proceso. Entonces cuando en un restaurante ya tú me botas el agua otra vez, yo me paro iracundo y digo: ‘¡Ah, no friegue!’ Entonces la gente dice: ‘uy, ese novio tan incomprensivo con esa mujer.’ Pero fue una secuencia de cosas”. Le pasó lo mismo con la carrera: entró porque le gustaba la física y la matemática, todo ese bagaje tan científico que tiene la ingeniería electrónica, y en sexto se fue dando cuenta de que le gustaba más el enfoque humanístico –como el trasfondo filosófico de la física cuántica–, se desencantó. Luego de un momento Germán se distrae, no por la visita que acaba de llegar sino porque sus sobrinos están jugando al lado de la mujer y su mamá, en el corredor de las sillas de mimbre; no dejan hablar ni escuchar. Su mirada no se despega de los niños, así que aprovecho para preguntarle acerca de los cuadros que nos rodean, pinturas con pequeñas etiquetas de ‘Vendido’ o ‘$400.000’. Sonríe con nostalgia, aun viendo a los pequeños, y me cuenta que su papá, Pedro Serrano Granados, era santandereano, abogado y un gran pintor. Que murió en el 2011. Que le hicieron un homenaje y sus obras fueron donadas al municipio de Barichara, Santander. Que su nombre es ahora el de una de las salas de exposiciones de la Casa de la Cultura de Barichara, su pueblo natal.

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amilia. Esa es la respuesta inmediata ante la pregunta por el principal soporte emocional para continuar con su carrera musical. Se endereza y pasea su mirada por la habitación, contando los cuadros como recuerdos. Su familia, en especial su papá. Don Pedro Serrano no estuvo feliz de que se saliera de ingeniería electrónica, pero después de ver que él era un artista y escuchar lo bien que cantaba –“modestia aparte”–, manifestó que lo que más le gustaba era que su hijo interpretaba música para Dios, música religiosa, y eso para Germán fue un apoyo muy importante. “Las satisfacciones más grandes que he tenido, las he tenido cantando música religiosa”, dice. “Las personas se desempeñan en sus oficios mientras los hagan bien, con honorabilidad, virtuosamente. Y yo puedo ser más feliz cantando una misa en un sepelio que X cantante que tenga un público de diez mil personas en un escenario con luces y todo”. Recuerda que en una ocasión su papá llegó abatido a la casa porque vio a un señor en el centro vendiendo cordones de zapatos, “¡cómo puede vivir uno de vender cordones de zapatos! Uno se pone triste por eso, pero no por las cincuenta muertes que lleva un asesino a cuestas”. En otra ocasión, Germán le dio limosna a un pordiosero, como quinientos pesos, y el hombre alzó los brazos al cielo en agradecimiento. 

El cantante me mira incrédulo, gesticulando de nuevo con las manos. “A mí me pagan una misa de 250.000 pesos, de 300.000 pesos, ¿vos creés que yo tengo ese gesto de agradecimiento? Yo me los hecho al bolsillo, como un animal. Diferencias tan abismales. Y hay gente que se hecha cien mil millones de pesos a la cuenta, ¿y qué? ¿Gracias a quién? Hay gente que recibe su salario mínimo y le agradece a Dios su platica. Otros reciben quince millones y dan unas gracias ahí como superficiales, no sinceras. Y otros que reciben más y no tienen a quién agradecerle; piensan que el Universo, que Dios tiene una obligación con ellos, que ellos son dignos –en su ego”. Casi al final de la entrevista, hablando entre otras cosas de su hobby como escritor de ese tipo de reflexiones, comenta: “Yo creo en la vida eterna, te cuento. Y creo que estas canalladas que le hacemos al prójimo tienen que pagarse”.

 

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ólo salir de la casa se ha transformado en algo nuevo para él: las personas que lo reconocen y lo saludan en la calle, en centros comerciales, en las iglesias, ya no se limitan a los vecinos del barrio y amigos que ha hecho a raíz de su trabajo. Después de participar en Yo me llamo como imitador de Raphael, Germán Serrano ha tenido una acogida increíble. “Salí de Yo me llamo porque nunca remedaba a Raphael, y Raphael es un súper personaje, es el monstruo de la balada, y remedarlo no se hace en un mes ni en dos meses ni en tres meses. Hay otros participantes, colegas míos, amigos, que llevan cinco años haciendo el personaje. Entonces era muy complicado estar uno pensando en la risa, en la mirada, en los ojos de loco, en la boca, en la mano, en el pie. El personaje iba bien, como lo afirmaron Jairo Martínez, Luz Amparo Álvarez y Julio Sabala. También la misma Amparo Grisales, ¿no? La cosa iba bien, llegó hasta donde debía darse y así estuvo bien”. Luego de un silencio, aclara: “Mi timbre natural es Raphael, yo no estaba remedando a Raphael en la voz, yo estaba cantando como canto yo. O sea que llegué al concurso con mi voz, no con la voz de Raphael”. ¿Entonces no pensaba dedicarse a la imitación de Raphael como carrera musical? “Yo siempre he sido Germán Serrano artísticamente, eso es importante. Se presentó un concurso de imitación, Yo me llamo, y aprovechando mi timbre parecido al de Raphael yo me coloco a imitar al personaje para lo que requiere el concurso”. Me habla entonces del concurso Émulos de Todelar, en el que participó y ganó en Octubre de 2013: “Cuando salí del concurso de Todelar yo seguía con mi proyecto musical ‘Germán Serrano’, como me conocen aquí en Cali, ¿si pillás?” ¿Entonces entró al concurso sólo por el premio?, le pregunto. Él curva la boca hacia abajo y mira hacia el techo antes de responder: “Decir que por el premio… te cuento que no fue un aspecto fundamental. Por darme a conocer. Porque es que uno con quinientos millones de pesos no se da a conocer; con quinientos millones de pesos te sacan dos veces en televisión y listo, se acabó. ‘Yo me llamo’ es un concurso que proyecta a nivel mundial al cantante, al músico, más que los otros concursos. Hay demasiada calidad artística aquí en Colombia, demasiada. Pero también se necesitan millonadas de pesos para publicidad, para que si no es tan bueno termine gustando. En el teatro, en todo. ¡En la pintura! Tú ves unos mamarrachos de cosas impresionantes, impresionantemente horribles, y los verdaderos artistas allá...”. Y sus ojos están, por supuesto, en los cuadros de su papá.

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a imagen que proyecta la televisión y la que nosotros mismos nos hacemos, desde la perspectiva de espectadores y consumidores, es que muchos participantes de Yo me llamo se despiden tristes, decepcionados y enojados. Si esto fue lo que llegó a sentir Germán Serrano, Raphael, su expresión durante la entrevista no lo evidencia. Describe al programa como bien hecho, muy organizado, coordinado, espectacular –recuerdo con cierta sensación de ironía que el mismo reality es imitación de otros como Lluvia de estrellas (España) y Yo soy... (Chile)–. Cuando le pregunto cómo se dio y terminó la relación con los jurados detrás de cámaras me encuentro repasando en la mente la escena en la audición en la que Amparo Grisales le dice a Raphael, después de ser aprobado por los otros tres jurados: “Si llegas a Bogotá y no me erizas, sales de una por la misma puerta que entraste”. Germán no duda en responder. “Jairo Martínez es una persona muy ecuánime, muy centrada, chévere. Luz Amparo Álvarez es un amor, estimula mucho el progreso de los músicos. Amparo Grisales… pues ella es una actriz y tiene una pedagogía un poco dura, pero pienso que es para exigirle a los participantes y en parte eso forma parte del rating del programa. Y Julio Sabala fue un corazón muy noble”. Ante la pregunta sobre la experiencia ganada en el programa, dice: “Logré enfrentarme a la responsabilidad de cantar ante todo Colombia e imitar a un artista como Raphael, de cargar a cuestas eso; exponerme a quedar en ridículo y arruinar mi carrera musical, ¿te imaginas?”.

 

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ilencio. Antes de terminar oficialmente mi visita –es decir, antes de recoger mis cosas, tomar algunas fotos, despedirme de los sobrinos, la madre y Germán, antes de agradecerle por todo, antes de encontrarme sola frente al local cerrado de doña Luzma–, recuerdo el artículo del Q’hubo, en el cual mencionaba a una señora con mucho dinero que le pagó cuatro mil pesos por tocarle en una misa, y le pregunto acerca de eso. Se limita a asentir con la cabeza y dirigir su vista hacia el corredor, esta vez vacío. “Una vez, cuando tenía dieciséis o diecisiete años, me fui para la iglesia con mi guitarra a cantar una misa, no sé por qué lo hice. La iglesia Cristo Redentor. Y preciso ese día había una señora muy rica, con el chofer y los escoltas. ¿Y cuánto me cobra por la misa? Yo le dije quinientos pesos. No, cuatro mil le voy a pagar: dos mil para que ahorre y dos mil para que se los gaste en lo que quiera. Le hice caso en gastarme los cuatro mil, no en lo de ahorrar. Y entonces comenzó a presentarme a señoras muy prestantes de la ciudad, para que cantara aquí y allá y allá”. Siguiendo el sendero creado por las entrevistas que le han hecho, recuerdo que en el programa hicieron una breve que titularon: ‘Un estudiante de filosofía y ciencias religiosas está detrás de Raphael’. Me mira a los ojos y me habla, pero tal vez no me habla a mí. “Sirve más: ‘Detrás de Raphael hay un sicario’, gusta más, vende más”. Pronuncia la palabra ‘sicario’ con tanta seriedad que, por un momento, siento que mi personaje ha sido asesinado. Decido preguntarle entonces, a este estudiante de filosofía y devoto católico, si piensa que su vida musical ha sido producto de una serie de coincidencias –como a mis ojos era la anécdota con la señora rica– o del Destino. Deja pasar medio minuto, abriendo la boca en un par de ocasiones para cerrarla de inmediato, frunciendo el ceño, mordiéndose la uña del pulgar. Intenta explicarme que llamarla ‘coincidencia’ sería rebajar su vida al nivel de la suerte, que equivaldría a confiar en la ‘chiripa’. Que no, que no cree que su vida sea producto de coincidencias. Pero que tampoco puede llamarla ‘Destino’, que Destino es una palabra muy grande y, en cierta manera, le quita sentido a la vida. ¿Entonces qué? Lo piensa, lo piensa bastante. Finalmente, sonríe: “Los misteriosos caminos de Dios, el misterio de la existencia, actos de amor de parte de Dios”.

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Hay mucho, mucho más amor que odio.

Más besos y caricias que mala voluntad.

Los hombres tienen fe en la otra vida

y luchan por el bien, no por el mal.

(Estrofa de “Digan lo que digan”, compuesta por Manuel Alejandro y cantada por Raphael)

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De los labios de Germán brotan palabras cargadas de sentimiento, pero de sus manos nacen frases más profundas de las que podría algún día cantar. A corto plazo está pensando en producir baladas con mensajes, pero los temas de sus reflexiones lo detienen: es difícil llegarle a un público amplio con canciones que generen duda o crítica pues, como él dice, “entre más conocimiento, más dolor”. A largo plazo, sin embargo, confía en poder terminar los borradores de sus libros, que contienen extensas reflexiones y pensamientos con trasfondos sociológicos, teológicos, entre otros. Hoy en día, con su clientela multiplicada, goza de una buena carrera musical y del reconocimiento de miles de personas. El día de mañana podríamos encontrarlo en la portada de un libro, pero su voz seguiría portando con orgullo el mismo nombre: Germán Serrano.