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Lucha y esperanza

Fabián Méndez es un hombre de cabello  negro y ondulado que en las noches recibe clases de marimba en compañía de su hijo. También es un científico joven y avanzado, coordina el grupo de epidemiología de la Universidad del Valle. Desde mediados de los años noventa, cuando la CVC adelantó las investigaciones sobre Navarro, se  ha interesado con su grupo por rastrear las huellas no visibles a primera vista de la contaminación. “Los recién nacidos, los niños y las madres embarazadas son la población más vulnerable en un ambiente contaminado”.

Méndez  ha observado como el desarrollo industrial, el crecimiento poblacional y la migración descontrolada a áreas urbanas han incrementado notoriamente la producción de residuos sólidos. Este hombre se interesó por conocer el impacto que la contaminación genera en la vida de las personas. Conformó un equipo de profesionales que visitó alrededor de dos mil hogares ubicados en cercanías al basuro, donde las mediciones de la calidad del aire mostraron altos niveles de benceno. Allí encontró trescientos cincuenta y cuatro niños menores de tres años que estaban expuestos a la contaminación por gases. Descubrió que sufrían con mayor frecuencia cuadros de diarrea y enfermedades respiratorias. También comprobó que los más enfermos eran aquellos que habían habitado la zona durante más de la mitad de sus vidas.

Sin embargo, su mayor hallazgo fue comprobar que los niños registraban un retraso en el crecimiento. “Esto es muy sugerente porque nos podría indicar un efecto mayor en el largo plazo”. Pero Méndez es enfático en señalar que sus hallazgos están asociados a otras variables, los niños que registran retraso en el crecimiento viven con bajas condiciones económicas, no están afiliados a seguridad social y carecen de acceso a servicios públicos.

“La mayor dificultad es evaluar los efectos crónicos, no podríamos saber si la contaminación causará un cáncer en cincuenta años”. En una ciudad donde la urgencia opera como modo de vida, pocos parecen interesarse por las miradas a largos plazos.

Nos cuenta que ha indagado cuáles son todos los posibles medios por donde llega la contaminación a las personas. Para explicarlo, extiende una servilleta sobre su escritorio y empieza a dibujar un pequeño circuito. Nos cuenta que a través del aire los ciudadanos pueden contaminarse por inhalación, los tóxicos que se propagan por tierra pueden llegar a través del consumo de plantas o de animales que las consumen como el pollo y los huevos de la gallina. “Algunos niños juegan sobre la tierra y se llevan las manos a la boca”, dice. En el agua, los peces pueden adquirir los metales pesados. Nos cuenta que La Casona, la pescadería de la zona, podría ser un foco de difusión porque allí venden el corroncho del río Cauca, un pez limpiador de residuos que vive en las aguas poco profundas y corrientosas.

La Casona es un mercado dispuesto en el oriente de la ciudad. El fin de semana permanece atiborrado de compradores, frutas, fritanga y pescado, sobre todo pescado. Los locales encerrados  lo venden bajo condiciones de limpieza, pero los externos lo exhiben expuesto al sol y  a la lluvia en carretillas y parcelas.

Sin embargo, hasta los vendedores callejeros aseguran que es un pez de muy mala calidad; un hombre cuenta, sentado a un lado de bocachicos frescos, que cuando hay lluvias y tormentas los corronchos muertos son arrastrados fuera del río por las corrientes turbias. “Cuando eso sucede llega el corroncho por bultos a la galería”, asegura. Entonces los pobladores pueden llevar hasta ocho de estos peces por dos mil pesos.

En esta zona viven los habitantes más pobres de Cali. Cuando enferman asisten al hospital Carlos Holmes Trujillo, un centro de atención también enfermo por la crisis económica y la violencia urbana del sector. Para contener los ataques entre pandillas contra el personal médico, un CAI de la policía funciona en una parte de sus instalaciones. En la sala de control prenatal mujeres embarazadas, en su mayoría jóvenes, esperan la atención. Sobre las paredes blancas, como una paradoja de su preñez, varios carteles artesanales aseguran que la mejor forma de prevenir embarazos y enfermedades es el “sexo seguro”.

Las mujeres caminan en chanclas que esconden sus pies de trabajo, pies grises por la arena de la calle. Del otro lado, sobre un salón, en ocho camillas dispuestas en hilera reposan varios enfermos. Afuera, en un largo pasillo, hay otra camilla ocupada por una mujer senil, que lanza alaridos de dolor y de angustia. Más y más personas esperan, hacen fila, corren. Es mucho ruido, sangre y tiempo de espera. Van y vienen batas blancas, guantes. Las mujeres embarazadas aguardan, en su mayoría son negras, deambulan solas, sin pareja, sin más familia que su hijo. Ingresan con el polvo que cuenta el trayecto de las calles destapadas. Afuera no huele a alcohol, ni a droga, ni a muerto.  La ciudad de hierro, vertiginosa, siempre creciente y desmesurada, se descose por sus costados.

 

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Ahora Fabián Méndez está preocupado. En una nueva investigación busca la posible contaminación en madres embarazadas. Con su equipo ha hecho un seguimiento a 385 mujeres. “Hemos encontrado presencia de cadmio y plomo en la sangre de las madres”, dice con inquietud.  Méndez es enfático en señalar las condiciones que potencian los riesgos, “son madres pobres, con problemas de nutrición y expuestas a otras fuentes de contaminación en sus casas, factores que ayudan para que las principales víctimas por contaminación sean los más pobres”.

 

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Agua pasó por aquí

A finales de los años sesenta, cuando las autoridades locales escogieron la antigua madre vieja como botadero de basuras, ¿alguien habrá imaginado que se podría convertir en un tumor gigante? Parece que no. Una década después, en 1978, se construyó la mayor planta de tratamiento y abastecimiento de agua de la ciudad a un lado del río, ocho kilómetros después del basurero. ¿Era una distancia prudente para aquel tiempo? Con el paso de los años y el aumento de la población esta planta toma cada vez más agua del río, cada segundo retira cuatro metros del líquido para abastecer a la mitad de la ciudad. En la planta los operarios controlan las máquinas que retiran la arena, decoloran la turbiedad y eliminan los microorganismos. Pero en los últimos años el abastecimiento se ha suspendido de forma reiterada. El agua que disuelve en los hogares el café y con las verduras se convierte en sopa en los restaurantes deja de llegar de forma inesperada. Entonces la ciudadanía se preocupa, la contaminación se expresa como ausencia de líquido vital en la ciudad de hierro.

Entre el 2007 y 2008, Cali vivió más de ochenta y tres cortes en el suministro del agua. Ante la presión de la ciudadanía, los operarios indicaban que debían interrumpir el servicio por exceso de turbiedad y sedimentos, aumentados por las temporadas de lluvias, también por  la contaminación industrial. En algunos casos puntuales argumentaron la presencia de lixiviados como motivo del corte. Un año después, debieron suspender el servicio 36 veces por contaminación directa sobre el río.

El año pasado la ciudad vivió dos cortes severos de agua, el primero, en marzo, se justificó por el empalme de algunos tubos y privó del servicio a la mitad de la población. El segundo dejó al 75% de los caleños sin suministro. Los operarios argumentaron un daño en la tubería de la bocatoma. Sin embargo, en noviembre, periodistas de El País denunciaron, una vez más, que en las aguas del Cauca se estaba generando una contaminación directa por los lixiviados de Navarro.

Cali sigue creciendo vertiginosamente, los políticos de turno buscan la forma de crear espacios para tanta gente, a la vez que esperan ganar la popularidad suficiente que les permita mantenerse en el poder público. Por su parte, la ciudad intenta tomar medidas para corregir en parte los errores del pasado.

En medio de la expansión descontrolada, el municipio atendió la normativa nacional de crear el POT, un plan que busca organizar el territorio. En él incluyó como terrenos urbanizables una parte del área cercana al basuro. Querían resolver las exigencias del gobierno para cumplir las promesas de campaña del entonces presidente Uribe. Él dijo que construiría cien mil viviendas de interés social cada año en Colombia, mientras estuviera en el poder. Uribe también fusionó algunas dependencias para reducir costos, y desde su gobierno el Ministerio del Medio Ambiente era a su vez el Ministerio de Vivienda y Desarrollo Territorial. Para resolver la preocupación de la CVC y estimular a su vez la construcción de viviendas, esta entidad pidió postergar el uso del suelo en Navarro hasta que estuviera apto. La CVC señaló que necesitaban protegerse los humedales, crear una planta de tratamiento para los lixiviados y atender todos los factores de contaminación. Pero en 2007, luego que la policía encontró ochenta millones de dólares del narcotráfico, el gobierno destinó ochenta mil millones de pesos para la construcción de viviendas en Cali. Para aprovechar los recursos, el municipio planeó construir la Ecociudad Navarro, un macroproyecto que busca crear seis mil viviendas en el área afectada por la contaminación.

De inmediato Fabián Méndez y su equipo de investigadores llamaron la atención sobre los peligros a que se sometería la población que residiera allí. Luego de conocer las razones del grupo de científicos, la Contraloría emitió una advertencia sobre la construcción de la Ecociudad. El proyecto no podía iniciar. “Podríamos no decir nada y dejar que la zona se convierta en un campo de experimentación y ver qué nace allí, pero esto no sería ético, nuestro deber es señalar los peligros a que se someterán los pobladores”, me comenta Méndez. No obstante, los funcionarios de la Secretaría de Vivienda se han preocupado más por retirar la advertencia de la Contraloría que por conocer los riesgos para la población.

“Mandaron a hacer estudios desconociendo las investigaciones que hicimos, y no sabemos qué resultados arrojen cuando son contratados por ellos mismos”, señala Méndez mientras muestra los resultados de sus indagaciones. Los funcionarios del municipio han solicitado al equipo de investigadores que coordina Méndez colaboración para retirar la advertencia de la Contraloría. Una mañana en que hablamos por teléfono, Méndez me informa que ha convocado a una audiencia pública para dar a conocer los riesgos de la construcción.

Varios días después los científicos, los funcionarios de la Alcaldía, los ambientalistas de la CVC y los arquitectos e ingenieros del proyecto se dan cita en audiencia pública.

 

 

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Los costos: la cuestión

Es una mañana cálida y normal, sobre la calle quinta la congestión vehicular de la hora pico empieza a mermar. Los almacenes y restaurantes abren sus puertas, algunos estudiantes caminan apresurados sobre la acera, miran a ambos lados y atraviesan la calle. Cada cual en lo suyo en la ciudad de hierro. Elkin Salcedo es un hombre de mediana estatura y voz serena. También es Doctor en Ciencias de la Tierra. Dirige el Observatorio Sismológico de la Universidad del Valle. Esta mañana se ha dado cita en la audiencia para explicar las condiciones del terreno de Navarro.  Luego de la intervención de Méndez, explica que la zona de Navarro es una llanura aluvial y está integrada por antiguos depósitos del río Cauca. “El terreno está conformado por materiales limoarcillosos y arena fina”. Señala que aún debajo de cincuenta metros de profundidad se pueden encontrar capas de material orgánico y que la zona representa una gran amenaza y vulnerabilidad sísmica.

Al escuchar sus últimas palabras, el grupo de ingenieros del proyecto, dispuesto hacia el fondo de este recinto de paredes blancas, mira con escepticismo. Salcedo no se perturba y continua indicando que además la zona es atravesada por una falla geológica y un sismo de 6.5 grados podría generar ondulaciones en los terrenos blandos hasta ocasionar una licuación de los suelos. Desde un video beam proyecta la imagen amplia de un conjunto de torres de apartamentos colapsadas tras el sismo de Niigata, Japón, en 1964. En la diapositiva siguiente muestra una vía de Seattle agrietada y semi hundida por licuación de suelos, tras un sismo en la costa noroeste norteamericana, ocurrido en febrero de 2001. 

Uno de los ingenieros luce visiblemente molesto. Se pone de pie y señala que también la falla atraviesa otros barrios del oriente de Cali. “Es cierto, atraviesa barrios de invasión que fueron creados de manera clandestina y sin estudios del suelo”, responde Salcedo y continúa, “frente a un sismo los daños podrían provocar desde grietas delgadas en los muros hasta el colapso total de las edificaciones. Si a pesar de estos riesgos quieren construir, el gobierno tendrá que clavar cimientos suficientemente profundos para que las casas no colapsen. Esos costos deberán asumirlos”. 

Luego de su intervención un ambiente tenso se respira en el recinto. El espacio atravesado por un chorro de luz tibia que se filtra por las ventanas, parece dividido entre los defensores y detractores del proyecto. El Secretario de Vivienda ha solicitado cerrar la audiencia con su presentación. Es trigueño y delgado, sonríe para mermar la tensión. Saluda y hace un chiste sobre una funcionaria de la CVC; quiere sentirse dominador del escenario. Camina hacia el frente del auditorio y presenta un panorama general. Indica que ese antiguo terreno era usado para el monocultivo de la caña y ahora se aprovechará para vivienda de interés social. Dice que más de seis mil familias se verán beneficiadas y que espera que los científicos le ayuden a quitar la advertencia de la Contraloría para que el gobierno no le retire los dineros a la ciudad.

Cuando le preguntan por qué no construye en otra zona eleva un poco el tono de su voz y da muestras de su pragmatismo político, “vamos a hacerlo en esa zona porque podríamos garantizar el suministro de los servicios básicos, y sobre todo porque el terreno es barato; si quieren aumentamos los costos, pero tendríamos que cargarlo al bolsillo del propietario final”.

Ha finalizado la sesión y el ambiente tenso sólo empieza a disolverse a medida que los participantes abandonan el recinto. En el rostro de Fabián Méndez se refleja un poco de tensión ante los argumentos del Secretario de Vivienda. “No me pueden acusar de estropear la llegada de cincuenta mil millones de pesos para la ciudad;  por supuesto que todos queremos que hagan casas para los más pobres, pero también debe haber equidad en los riesgos ambientales”, me dice con su rostro un poco desencajado, mientras promete enviarme la presentación donde registra los nacimientos con malformaciones.

Varias semanas después lo visitamos en la Escuela de Salud Pública. Lo han nombrado director, luce una camisa blanca mientras lee un libro sobre ciencia. El país acaba de salir de su más fuerte temporada de invierno y la Alcaldía decidió suspender la construcción de la ecociudad para trasladar a cientos de habitantes asentados sobre las laderas del río. Sus casas  estaban afectando el jarillón que contiene las aguas. Nos cuenta Méndez que en días pasados un periodista de El Caleño lo entrevistó y tituló la nota “El Chernobyl de Cali”. Nos dice que no se podría comparar la contaminación de Navarro con una de las mayores tragedias atómicas de la historia del hombre.  Pero indica que el contenido del texto era acertado. Tal vez esta ciudad necesita sentir que ocurrirá un desastre mayor para despertar.

Méndez está interesado por saber si su trabajo influye de alguna forma en la toma de decisiones sobre la ciudad, si puede celebrar la cancelación del proyecto como una pequeña victoria. Necesita algún logro mientras se prepara para una batalla mayor. Mientras debatían la construcción de la ecociudad, una poderosa inversora privada está construyendo Ciudad Meléndez, un megaproyecto de apartamentos y casas en condominio para las clases media y alta dentro del primer perímetro de la contaminación.

Durante una visita al basuro el Secretario de Planeación no pudo explicar quién otorgó las licencias para la construcción privada. Tampoco se sabe con qué estudios ambientales obtuvieron los permisos para vender el proyecto. Una vista satelital muestra al área de Ciudad Meléndez muy cerca de la montaña de basura que se desplomó y de las lagunas de lixiviados que la Procuraduría ordenó descontaminar, pero en las que aún no se inician las obras.

Méndez mira con preocupación la proximidad, teme que los gases, las aguas de los acuíferos y las escorrentías afecten la vida de las personas. Antes de abandonar su oficina le contamos que el Viceministro de Vivienda, durante la reubicación de los desplazados del jarillón aseguró que no está en duda la construcción de la ecociudad. Por un momento agacha la cabeza con tristeza. Lo percibimos como un pequeño guerrero que en compañía de sus científicos intenta reencausar las poderosas fuerzas desbordadas de la ciudad, de llamar la atención sobre su desarrollo, a pesar de si misma.

En 2008, cuatro décadas después, el basuro de Navarro fue cerrado. El cierre del tumor gigante significa que las mil ochocientas toneladas de basura que genera Cali cada día irán a parar a otro lugar. Iniciarán otra historia. Sin embargo, la montaña de Navarro, ahora recubierta de tierra y pasto en su superficie, seguirá contaminando por veinte o treinta años más, generando cada segundo siete litros de lixiviados. Una pequeña cantidad de esa sustancia en el organismo bastaría para ser letal. No obstante, a pesar de sus siglos de historia, en la ciudad de hierro cada cual continúa en lo suyo, luchando por la subsistencia.

 

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Un monumento

Un día, cuando los husmeadores de pasados vengan a desenterrar y escarbar lo que fuimos, no encontrarán nuestros relucientes discos duros, ni las delicadas pantallas de cristal líquido, ni el cántico pegajoso de nuestros teléfonos móviles. No se toparán con algo parecido a las primorosas tumbas mayas enclavadas en las selvas guatemaltecas. Tras cavar cientos de metros bajo tierra será más triste y gris su hallazgo. Se encontrarán con las ruinas de miles de lugares escombrosos, monumentos a nuestra voracidad, vórtices de bolsas plásticas descoloridas y lavazas, túneles oscurecidos de lodo y desechos; allá, en lo profundo hallarán islas y bolsones de basura con los restos de nuestra ignorancia frente a los limitados recursos para la vida.

Cientos de miles de Navarros estarán en el próximo milenio, enclavados allí donde ya no quede huella alguna de ciudad, de máquina, de acero, donde ya no quede nada de aquello que hoy celebramos como prueba elocuente de nuestra gloriosa potencia. Ellos, los basureros, son nuestro monumento y nuestra herencia, porque un monumento no es lo que erigimos para representarnos de manera complaciente, sino aquello que realmente encarna lo que somos o fuimos. Y los basureros son, como las pesadillas y los sueños, mensajeros, la genuina expresión de nuestra condición sirena y nuestra visión cíclope. Como los cíclopes, miramos el mundo con un solo ojo, de modo tal que nos cuesta atender el largo plazo y la complejidad de nuestra realidad; y como las sirenas, caminamos el mundo con dificultad, como si recién hubiéramos salido del fondo del mar para destrozarlo a golpes mientras nos agitamos en él como peces en agonía. 

Con mucho, el basurero de Navarro es la construcción más grande de la ciudad, su montaña colosal. Ahora es verde, fue compactada y cubierta de tierra y pasto. En el último recorrido caminamos hasta su cima. En lo alto vimos un pequeño redondel de pasto seco, cuidadosamente tejido, que protegía varios huevos. Era un nido de pato. Estas aves vieron la oportunidad de levantarse y engendrar vida por encima de nuestras propias miserias.