Historia de una ciudad contada desde sus desperdicios. Una generación sortea los desechos de la anterior generación. Un grupo de científicos intenta reencauzar las fuerzas desbordadas de Cali. Basura y agua. Vida y muerte. Lucha y esperanza.

 

 

Redacción: Kevin A. García

Unidad Investigativa: Diana Marcela Torres, Lina Sánchez, Dahian González, Gladys Arboleda

 

Aquella mañana, la del 13 de abril del 2011, la ciudad despertó sin agua. No cayó de los grifos el líquido que disuelve en los hogares el café y con las verduras se vende como sopa en los restaurantes. El agua que enjuaga las bocas de los niños para ir a la escuela y limpia los pañales de los bebés. El agua que lava los cuerpos desnudos en los moteles y los cuerpos enfermos en los hospitales; que remoja cabezas en las peluquerías, sale disparado contra carros sucios en los lavaderos y se lleva los excrementos de los sanitarios. Aquel día, el líquido vital que se extiende entre un sistema de venas y arterias bajo el asfalto urbano no llegó a las empresas, ni a las industrias de bebidas refrescantes, ni a los jardines infantiles.

En Cali, el escenario donde a diario más de dos millones y medio de personas hacen malabares para sortear el día, cada quien hace lo suyo. En el hospital Carlos Holmes Trujillo, hacia el oriente de la ciudad, médicos y enfermeras sortean la crisis financiera para coser cuerpos y salvar la vida de los más pobres; en la pescadería La Casona algunos vendedores sacan las entrañas de los bocachicos para venderlos en las mañanas; en el sur obreros de la construcción rompen la tierra para construir más casas. Cualquiera de estos lugares podría suspender sus actividades sin afectar a los demás. Pero cuando los obreros de la bocatoma de Puerto Mallarino suspenden el tratamiento de las aguas del río Cauca por turbiedad y contaminación, la ciudad pareciera infartarse. Los medios alertan sobre el corte del servicio, algunas universidades suspenden sus clases, muchas madres no mandan sus hijos a las escuelas, y los bomberos proveen a los hospitales del agua que reservan para apagar incendios. 

Antes que la gente se impaciente, los dirigentes de turno anuncian que el corte obedece a causas naturales o a mantenimiento de las redes, y los operarios de la empresa de servicios públicos, con explicaciones técnicas, indican la hora en que reactivarán el suministro. A la mañana siguiente la ciudad se levanta a sortear las dificultades del nuevo día. Hospitales e industrias continúan sus labores, en las calles los autos esquivan las grietas, también los carros de la basura que recogen los desperdicios de estos dos millones y medio de habitantes. Desperdicios que durante años formaron montañas de residuos que hoy se descomponen muy cerca del río que abastece a la propia ciudad.  Bajo las aguas del río Cauca se esconde una historia.

 

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La ciudad de hierro

Décadas atrás, la ciudad y el río no tocaban sus linderos. El Cauca descendía desde el páramo de Sotará, en el Cauca, y bajaba por un lado de la cordillera occidental. Pasaba por el oriente de la ciudad y en épocas de invierno se expandía sobre sus tierras bajas, a varios kilómetros de donde vivían los caleños; siempre avanzaba por el Valle y seguía su trayecto hacia las tierras de Antioquia; penetraba Córdoba y Sucre, y en Bolívar entregaba sus aguas al río Magdalena.

La ciudad, por su parte, durante algunos siglos había sido una provincia apartada de las tierras donde se asentaba en invierno el río Cauca. Pero desde principios del siglo XX, algunos de sus influyentes ciudadanos se empeñaron en que fuera moderna y empezaron a mirar como un atraso a la vieja ciudad.

Cali empezó a crecer y se convirtió en capital, en epicentro de los pueblos del Valle. Se expandió hasta bordear el río y extendió vías que la conectaron con la salida al mar. Cuenta Edgar Vásquez, un hombre que recogió la historia de la ciudad, que los sectores más tradicionales aceptaron el crecimiento, pero invitaron a un urbanista llamado Karl Brunner para que proyectara un modelo urbano. El hombre, un arquitecto austríaco, propuso construir urbanizaciones como ciudades jardines, de estilo californiano, con amplios prados, avenidas soleadas y arborizadas, espacios pintorescos y a la vez modernos. Pero a la propuesta de ciudad jardín, como una villa francesa para la vida armoniosa, los gremios económicos opusieron la ciudad de hierro, gigante, industrial, estricta y productiva, de la que esperaban generara riqueza como las urbes alemanas. Los expertos terminaron seducidos por la promesa de prosperidad: escogieron la ciudad de hierro.

El periódico Relator, en 1942, anunciaba la transición. La ciudad de calles estrechas, de casonas coloniales con amplios patios y gruesos portones de madera empezaría a ser parte del pasado. Los tejadillos donde colgaban los musgos y las plantas parásitas, los aleros descomunales y los techos bajos, darían paso a las grandes avenidas, con edificios de diez pisos y terrazas para ver amplias panorámicas. Llegaba la ciudad de las escaleras, las ventanas de cristal, la urbe de pequeñas oficinas y apartamentos.

 

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Un presente se olvidó del pasado

Pero pronto Cali empezó a verse como un gigante que expandía sus tentáculos sin control, se vio henchido y sometido por sus propias fuerzas. En un abrir y cerrar de ojos, entre 1933 y 1958, aumentó cinco veces su población. Los defensores de la ciudad de hierro no previeron la marea de inmigrantes que llegaron a recorrer las calles y a trabajar en las fábricas. La ciudad en expansión se salió de las manos de sus administradores. Aquí y allá se extendían invasiones, barrios piratas y barrios clandestinos. Algunos bordearon la zona del río y en épocas de invierno sufrieron inundaciones.

Urbanizaciones piratas vendieron lotes en tierras inestables sin suministro de agua ni alcantarillado. El crecimiento desmedido de la ciudad de hierro desbordó la capacidad de la vieja Cali. El precio del suelo se elevó y quienes no podían comprar tierra se fueron a vivir a las altas pendientes del occidente, cerca a las minas de carbón que explotaban para alimentar el ferrocarril. En 1953, la ciudad, constreñida y rebasada, empezó a buscar maneras de tomar las aguas del río Cauca y explotar sus tierras aledañas. Para contener las inundaciones construyeron un jarillón en el oriente de la ciudad,  crearon canales para la recolección de aguas lluvias y estaciones de bombeo.

En los años siguientes Cali continuó su expansión desbordada. Miles de inmigrantes llegaban en busca de empleo, otros terminaron desplazados por la violencia en el campo y se asentaron a pelear un espacio en la gran urbe. Muchas comunidades negras llegaban desde los asentamientos del pacífico y el norte del Cauca, mientras comunidades campesinas venían desde parcelas precarias saqueadas por la violencia.

Pronto las empresas debieron extender nuevas redes de acueducto y alcantarillado. Al río Cauca empezó a llegar el 70% de las aguas sucias de Cali. Todos los residuos fecales, industriales y hospitalarios vertidos a las alcantarillas desembocaban en las aguas del río Cauca. Para mitigar el daño y explotar las tierras inundables que bordeaban el cauce, la CVC, la entidad protectora de las aguas y la contaminación ambiental de la región,  construyó un extenso canal que interceptaba los ríos Lili, Meléndez y Cañaveralejo. Estos a su vez ya habían sido interceptados por nuevos sectores de la ciudad  y usados como depósitos de desperdicios. Buscaban que los ríos desembocaran sobre el canal y que en él se produjera una corriente de agua menor a la corriente natural para que los contaminantes se dispersaran tras su llegada al río Cauca.

También los administradores de los servicios públicos buscaron un lugar para arrojar las toneladas de basura que, a diario, producía la nueva ciudad de hierro. En 1967 escogieron el suroriente y sobre un antiguo cauce del río, en una zona de humedal, dispusieron doce mil metros cuadrados, con una profundidad de veinte metros bajo el nivel del mar, para arrojar todos los desechos de la ciudad. Le llamaron el basuro de Navarro, un gigante colector de descomposición.

 

 

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Navarro: el hijo indeseado

La madrevieja del río se convirtió en el destino de cientos de toneladas de basura que semana tras semana generaba la ciudad. Los camiones recolectores retiraban los desperdicios dispuestos por los habitantes a un lado de las casas, los hospitales y las fábricas, y cuando estaban suficientemente henchidos avanzaban hacia el suroriente, se internaban por una carretera destapada, entre una planicie cubierta de arbustos y en las entrañas de Navarro expulsaban todos los desechos y desperdicios. Una y otra vez con insistencia. Toneladas de basura, dispuestas unas sobre otras cada día, mientras la ciudad de hierro continuaba su crecimiento vertiginoso, su expansión desmesurada.

Y de a poco Navarro fue creciendo como un tumor incómodo y oculto. Su paisaje fue cambiando, la planicie del humedal mutó en pequeñas montañitas de residuos que a los pocos años desbordaban el área que la empresa de servicios públicos les había destinado. Un submundo de descomposición se fundó en sus entrañas. A él empezaron a llegar los ciudadanos descartados por la ciudad industrial. Los más pobres entre los pobres encontraron en Navarro una manera para subsistir. Con los propios desperdicios extendieron cambuches de plástico, madera y lata. Allí no tenían que pagar arrendamiento ni servicios públicos. Tampoco debían cancelar transporte para ir al trabajo. Cuando llegaban los camiones cargados de basura se apostaban alrededor; bastaba que el carro empezara a descargar para que un enjambre de hombres, mujeres y algunos niños se internaran en la basura fresca. Extraían la chatarra, el papel, el plástico, uno que otro accesorio viejo y en regular estado. Las verduras mallugadas, la carne que aún no estaba totalmente dañada, la sábana rota que podía coserse, el colchón viejo y aún servible.

Los nuevos advenedizos que vivían del reciclaje habitaban en la basura. Con los años se convirtieron en una fuerza humana que resistía las condiciones más extremas de contaminación, al tiempo que recuperaban materiales para la industria de la ciudad de hierro. Esta población del desperdicio aumentaba con la expansión de Navarro. Con el paso de los años el basurero se convertía en un tumor maligno cada vez más grande, invadido de ratas y gallinazos, se expandía por un área diez veces mayor a la asignada décadas atrás.

Gigantes montañas de basura que alcanzaban en sus picos cuarenta y cinco metros de altura se descomponían sobre la madrevieja del río. Los recicladores carecían de agua potable y entre días eran abastecidos por los carros de los bomberos. Cuando llovía acumulaban agua en tanques; la misma lluvia licuaba los jugos de varios millones de toneladas de desperdicios. Los recicladores se adaptaron para convivir entre los malos olores, sortearon las cortadas por los vidrios que encontraban entre los residuos, evitaron las heridas ocasionadas por las agujas; y entre los gases que, desde sus partes bajas, las montañas emanaban por la descomposición, estos ciudadanos del desperdicio clavaban tubos delgados, encendían fuego e improvisaban pequeñas estufas para cocinar sus alimentos. 

En medio de las estrategias de subsistencia de los recicladores, para los años noventas el basuro de Navarro ofrecía una geografía siniestra; sus montañas se divisaban desde algunos puntos de la ciudad. Los caleños comprendieron que un tumor maligno crecía de manera desmedida. Un abrumador botadero con sus entrañas afuera descomponía alrededor de quince millones de toneladas de desperdicios sin ningún control ambiental. Para drenar los gases que acumulaban las montañas, en las noches, mientras la ciudad dormía, los operarios del basuro encendían fumarolas que esparcían tóxicos al ambiente. Los pobladores cercanos empezaron a quejarse de los malos olores. Sin embargo, el perjuicio sería mucho mayor que inhalar un olor desagradable.

 

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Coctel de metales

Para 1995, la CVC ordenó el cierre definitivo de Navarro en un plazo no mayor a dos años. Sin embargo, Emsirva, la Empresa de Servicios Varios de Cali, no acató la orden. Por el contrario, tres años después entregó la administración del basuro al consorcio español UTE por veinte años.

La CVC estaba preocupada, el botadero de basura ya alcanzaba una altura de sesenta y cinco metros, expuesto al sol y al agua. A esta zona de la ciudad de hierro, el progreso había llegado en forma de desastre. Los hombres de la entidad protectora del medio ambiente temían que en la zona se hubiera conformado un ecosistema urbano contaminado en todos sus estados. Temían por los lixiviados, las aguas lluvias que se filtraban entre los desechos sólidos y se mezclaban con productos descompuestos como los químicos. Sabían que estas aguas son altamente contaminantes, contienen componentes como materia orgánica, ácidos y residuos de pesticidas; un coctel suficientemente peligroso para afectar la vida de las personas. Algo estaba por venir.

Un año después que la orden de cierre fuera desacatada, estos científicos se internaron entre trochas y desperdicios para reunir las pruebas que evidenciaran los riesgos. Descubrieron que las aguas tóxicas vertidas sobre la madrevieja del río avanzaban dos kilómetros aguas abajo. Eran bombeadas, en verano para el riego de cultivos de caña y en invierno para el drenaje de la zona. Al final descargaban sobre el río Cauca. Descubrieron que cada segundo el tumor gigante producía siete litros de lixiviados.

Para evacuar los gases los operarios habían instalado chimeneas que expulsaban los tóxicos al aire, los residuos no eran recubiertos ni compactados y, durante cinco kilómetros, los olores se expandían en el ambiente. El suelo donde se asienta el basuro es de una composición semi permeable, compuesto por limos y arcillas. Las aguas superficiales estaban deterioradas. Entre el suelo y la basura no había un sistema de separación, y las basuras fueron mezcladas sin discriminarse. El basuro carecía de sistemas de drenajes internos y durante treinta años los lixiviados fueron dispuestos sobre un canal abierto.

Dedujeron los científicos de la CVC que si el agua se filtraba podría afectar el suelo. Bajo la zona escogida tres décadas atrás para arrojar desperdicios, yacía una de las reservas hídricas más importantes para el futuro de la ciudad. ¿Imaginaron los ingenieros de su época que en el futuro la ciudad necesitará esta reserva de agua? En invierno, durante cada segundo Navarro podía generar treinta litros de aguas tóxicas y la falta de sistemas de drenaje, la mala compactación y el inadecuado cubrimiento de los residuos contaminaría las aguas subterráneas. Se estaban convirtiendo en sumidero de lixiviados.

Frente a este panorama los científicos estaban preocupados, alrededor del basuro algunas comunidades, colegios y clubes de recreación se abastecían del agua de pozos con poca profundidad. Para indagar si estaban contaminados construyeron 28 pozos más y revisaron  15 aljibes usados por los pobladores del sector. Para su tranquilidad, a pesar de que los pozos de los colegios estaban localizados a menos de un kilómetro de Navarro, no estaban contaminados. Sin embargo, descubrieron bajo la tierra una mancha de contaminación en dirección opuesta a los colegios; había alcanzado una profundidad de doce metros y se había desplazado alrededor de dos kilómetros. En las aguas subterráneas había, entre otros, materia orgánica, mercurio y plomo. Para remediar la situación, los científicos propusieron construir pozos de gran diámetro para extraer el agua contaminada. Una vez más esta sugerencia no fue acatada.

En septiembre de ese mismo año, 1998, el equipo de la CVC, durante un monitoreo al basuro, observó la instalación de un tubo de descarga entre las lagunas de lixiviados y la madrevieja del río Cauca. Encontraron además un tubo de veinte pulgadas que conectaba el canal de desagüe de sustancias tóxicas de la zona sur del basurero con un canal creado por la propia CVC para conducir aguas hacia el río. La entidad denunció la situación y al año siguiente demostró que la empresa española que administraba el basuro no cumplía las normas ambientales. Sostuvo la CVC que mil ochocientas toneladas diarias de basura, a pocos kilómetros del río, implicaban un riesgo para la salud. Sin embargo, pocos parecieron escuchar la advertencia. Dos años después, en 2001, la CVC lo descertificaba como “relleno sanitario”.

Un año después, mientras las montañas de basura seguían creciendo, una fundación dedicada a la protección de los derechos ambientales en estrados judiciales llamada Biodiversidad acudió a instancias judiciales para exigir que Navarro fuera sellado; al año siguiente, en 2001, la CVC, lo descertificaba como “relleno sanitario”.

Pero mientras algunas fuerzas de la ciudad pujaban por sellarlo, Navarro seguía creciendo de manera incontrolada sin compactarse. En la mañana del seis de septiembre los obreros detectaron una profunda grieta de treinta y tres metros en la montaña. Advirtieron que era suficientemente grande para causar un colapso monumental. Al día siguiente en las entrañas de la montaña se produjo un fuerte asentamiento de desperdicios generando un sonido de ultratumba y la abertura creció aún más. De inmediato los operarios evacuaron al personal; una cuadrilla de hombres, mujeres y niños recicladores, alrededor de ciento cincuenta, que escarbaban la basura en las partes altas fueron evacuados. Se abrieron paso con sus costales, cartones y plásticos y se apostaron en las afueras del gran tumor. Estos ciudadanos del subsuelo parecían espectadores de primera fila ante el mayor espectáculo de putrefacción y abandono de la ciudad de hierro; desde el cielo los gallinazos descendían con sus alas abiertas para descubrir los residuos de las grietas.

Al día siguiente los obreros registraron un nuevo y poderoso sacudón. En la noche del jueves, en medio de un aguacero, la montaña se vino abajo. Un alud gigante expulsó ciento cincuenta mil metros cúbicos de basura descompuesta durante 34 años. El tumor maligno de la ciudad de hierro se reventó expulsando sus desperdicios sobre el canal de desagüe que conduce su cauce al río Cauca. A pocos kilómetros de allí se encuentra la bocatoma de la planta de tratamiento de Puerto Mallarino. Toma el agua que abastece a un millón y medio de personas. Cali se decretó en emergencia sanitaria. El suministro de agua fue suspendido, la ciudad vivía una de sus mayores crisis ambientales. En la madrugada no cayó de los grifos el líquido que disuelve en los hogares el café. Los medios alertaron la emergencia. En cada una de las casas de la ciudad de hierro, los ciudadanos sintieron que esa montaña dispuesta a lo lejos, en las periferias de Cali, también podía afectar sus vidas. 

 

 

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Jugos tóxicos

Los científicos de la CVC encontraron metales pesados en las aguas del río. Si bien no en grandes cantidades, la exposición permanente a ellos podía ocasionar daños severos en la salud. Advirtieron que el mercurio podría generar daños permanentes en los riñones y el cerebro, que el cadmio era cancerígeno y cuando se inhala puede producir lesiones en los pulmones hasta ocasionar la muerte. Dijeron que el cromo podía producir efectos mutágenos, que el plomo en altos niveles era tóxico en los peces, y que en los humanos se acumulaba en los huesos, afectaba el sistema nervioso central, los riñones, la tiroides y causaba esterilidad e inhibición del crecimiento. Pocos prestaron atención.

Dos meses después, apenas superada la remoción de desechos, un Tribunal del Valle del Cauca adoptó medidas cautelares frente a la contaminación y ordenó cerrar de inmediato el basurero, tratar los lixiviados y los gases, reubicar a los recicladores y ejecutar un plan ambiental para los residuos. Sin embargo, un año después, cuando la ciudad de hierro ya olvidaba su pasada emergencia, el Consejo de Estado atendiendo una apelación del consorcio administrador del basuro, consideró que no se había comprobado de manera plena que las aguas para el consumo estuvieran contaminadas por lixiviados, y que éste no revestía un peligro inminente.

Emsirva, la empresa que había retomado el control de los residuos, cambió el manejo de los lixiviados luego de las denuncias de la corporación ambiental. Fueron almacenados en lagunas que recaudaban cada una alrededor de setenta mil metros cúbicos, emitían gases, olores fétidos y no estaban sometidas a sistemas de tratamiento. Lagunas a cielo abierto, donde las aguas tóxicas eran evaporadas por el sol. No obstante, la capacidad fue desbordada y entre los científicos de la CVC empezaron las dudas acerca de si la propia empresa expulsaba los jugos contaminantes al río.

 

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Vida y muerte

Los efectos por la contaminación pronto se manifestaron. Entre diciembre de 2004 y febrero de 2005 la ciudad presenció un hecho único hasta ese momento en su historia. En el Hospital Universitario, especializado en la atención a los sectores de menores recursos, a una joven de 17 años que estaba próxima a cumplir el octavo mes de su primer embarazo, durante una ecografía los médicos detectaron serias inconsistencias y ordenaron una cesárea inmediata. Hallaron un niño que, entre sus múltiples complicaciones, carecía de genitales, sus miembros inferiores estaban fusionados, no tenía vejiga, tampoco ano. Tenía además daños pulmonares severos. Quince minutos después de nacer, murió.

Pocos días después una joven de 24 años ingresó al mismo hospital con síntomas de parto. Luego de ser sometida a una cesárea de urgencia, los médicos se encontraron un recién nacido sin genitales y con un solo miembro inferior. Dos horas después falleció. 

Transcurrían pocas semanas cuando otra madre, esta vez de 34 años, registró anomalías en su ecografía. Su hijo nació muerto, carecía de pies y genitales. Finalmente, una mujer de 18 años fue sometida a una cesárea de urgencia, luego que la ecografía registrara complicaciones severas en el organismo de su bebé. La mujer dio a luz un niño con sus miembros inferiores fusionados. Como los tres anteriores también carecía de genitales. Los niños con sus pies unidos semejaban la figura de un pez, un bebé sirena. Quienes nacen con esta enfermedad duran muy poco por los múltiples trastornos. Desconcertadas y adoloridas por engendrar tal monstruosidad, tres de las cuatro familias no permitieron que se practicaran autopsias a sus hijos.  

Un grupo de científicos especializados en malformaciones congénitas de la Universidad del Valle, llamado MACOS, informó que los niños habían nacido con sirenomelia, una extraña malformación distinguida por la unión de los pies. Los investigadores informaron que la enfermedad es asociada con complicaciones digestivas, renales, reproductivas y genera un trastorno severo en el organismo, afectando los sistemas neurológicos y genitales.

Por su parte, por la misma fecha otras cuatro mujeres tuvieron niños con ciclopía, una malformación en la que no se dividen los hemisferios del cerebro y el organismo desarrolla un único ojo en medio de la frente. A pesar de que estas mujeres no se conocían, quedaron embarazadas en la misma época del año y sus hijos nacieron con malformaciones. 

El promedio de nacimiento de un bebé sirena es de uno entre cien mil. En Cali el porcentaje fue cien veces mayor. Las malformaciones congénitas se venían estudiando con especial atención desde 1982, cuando fueron la principal causa de muerte infantil en los Estados Unidos. La misma situación vivieron otros países desarrollados, pero desde tiempos antiguos el hombre ha registrado su relación con las figuras deformes.

La monstruosidad en Grecia Antigua, en Roma y en Egipto tenía tanto de divino y adivinatorio como de horroroso: advertía catástrofes, señalaba el advenimiento de un nuevo gobierno, avisaba una prosperidad general o el final de una dinastía. En Esparta se ejecutaba al deforme tras su exhibición pública. La exhibición de la monstruosidad ha sido importante entre las formas de control social sobre las personas: ya en el circo, ya en la prédica moral y religiosa, ya en el discurso político la monstruosidad sirve para apuntalar y subrayar aquello que no somos, no queremos ser y debemos extirpar a condición de corregir el rumbo desviado. Rumbo marcado en los niños vietnamitas nacidos con malformaciones luego que Estados Unidos usara el agente naranja durante la guerra. Pero como se sabe la negación repulsiva del otro monstruoso suele indicar hasta qué punto estamos hechos precisamente de aquello que rechazamos, de aquello que permitimos.

Los científicos de MACOS señalaron que la ciudad vivió una epidemia de sirenomelia y ciclopía. Los científicos indagaron en las historias clínicas, entrevistaron a las madres y tomaron muestras de sus cabellos. Pronto se conocerían los resultados.

En sus informes señalaron que era posible que el número de fetos malformes en la ciudad y la región fuera mayor, pues muchos mueren en el vientre, se presentan como abortos espontáneos, y no alcanzan a ser identificados en una radiografía. En casos menos graves las malformaciones podrían presentarse en el interior del cerebro dificultando su diagnóstico.

En las madres de los niños que nacieron con ciclopía encontraron que el primer caso presentaba diabetes y el tercero mostraba antecedentes de consumo de alcohol, un medicamento abortivo llamado misoprostol y marihuana. Sin embargo, encontraron como coincidencia que cuatro de las madres vivían en un radio cercano al río Cauca. En una de las mujeres hallaron exceso de plomo en el cabello, en otro exceso de cadmio, los mismos metales pesados que los ambientalistas de la CVC habían encontrado en las aguas subterráneas y en las lagunas de lixiviados. En la gran mayoría de los casos las madres vivían en los estratos 1,2 y 3, en el suroriente de Cali. ¿No lo habían advertido los científicos de la CVC?

A través de historias fantásticas el hombre ha registrado su relación con la ciclopía. Polifemo es quizás el más famoso de los cíclopes del mundo occidental. Poderoso y bestial es engañado, dada su estupidez, por Odiseo. Es la metáfora del poder miope, socavado por la pequeña astucia. ¿No es ésta la mejor representación nuestra, polifemos enceguecidos? Ha advertido Stephen Jay Gould, un biólogo y divulgador científico que, contra nuestra gloriosa centralidad en el hombre, la especie dominante en la Tierra son las bacterias. Su astucia pequeña y adaptativa les ha permitido sobrevivir a las cinco extinciones masivas que casi han dejado inerte el planeta. Y hoy los grandes bastiones de basura son su recompensa a la persistencia: megápolis construidas por polifemo al servicio de las pequeñas y astutas sobrevivientes. Allí, en los navarros del mundo, prosperan orgiásticas y bien nutridas las ciudades bacterianas.

 

 

 

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Las sospechas de la contaminación en el río se confirmaron en 2005, cuando un reportero gráfico de El País registró una manguera ancha y extensa que, propulsada por una motobomba, expulsaba las aguas tóxicas desde el basuro hacia el canal que desemboca en el río Cauca.

Un año después, el 3 de octubre de 2006, de nuevo Navarro se hizo sentir. Esta vez fue a causa de los gases con los que los recicladores preparaban sus alimentos. A las 4:55 de la madrugada se inició un incendio que consumió doscientas hectáreas con toda clase de desechos. Durante doce horas los bomberos arrojaron trescientos mil metros cúbicos de agua para apaciguar las llamas alentadas por los vientos. Esta vez el tumor maligno de la ciudad de hierro expulsó toda clase de gases tóxicos al aire. Al medio día una nube negra despuntaba hacia el oriente, en la sucursal del cielo.