“El ya clásico reportaje de Gay Talese sobre las ocultas costumbres sexuales de los estadounidenses, aborda uno de los grandes temas de nuestro tiempo de forma magistral, sorprendente y reveladora.

Talese realiza una excepcional investigación de la historia sexual del siglo XX, en la que podemos oír las voces de sus mayores protagonistas: desde los partidarios de la censura y perseguidores de la libertad sexual a los propietarios de salones de masajes o el fundador de la revista Playboy, Hugh Hefner. Historias de primera mano en las que el autor ve comprometida su intimidad en más de una ocasión con el fin de explorar el papel del sexo en los años posteriores a la revolución sexual, consumada en los setenta. Tan absorbente como una novela, describe minuciosamente el cambiante paisaje sexual y moral previo a la aparición del SIDA con un talento y una pasión desbordantes”.

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Estaba completamente desnuda, echada boca abajo en la arena del desierto, las piernas abiertas, sus largos cabellos flotando al viento, la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados. Parecía absorta en sus propios pensamientos, alejada del mundo, reclinándose en esa duna batida por el viento de California, cerca de la frontera mexicana, adornada únicamente por su belleza natural. No lucía joyas, ni flores en el pelo; no había pisadas en la arena; nada indicaba el día o destruía la perfección de esa fotografía salvo los dedos húmedos del colegial de diecisiete años que la tenía en la mano y la contemplaba con deseo y ansiedad adolescentes.

La imagen estaba en una revista de fotografía artística que él acababa de comprar en un quiosco de la esquina de Cermak Road, en las afueras de Chicago. Era última hora de una tarde fría y ventosa de 1957, pero Harold Rubin podía sentir el acaloramiento que le subía por el cuerpo mientras observaba la foto bajo la farola cerca de la esquina, detrás del quiosco, ajeno a los ruidos del tráfico y a la gente que pasaba rumbo a sus casas.

Hojeó las páginas para echar un vistazo a las otras mujeres desnudas, para comprobar hasta qué punto podían responder a sus expectativas. Había habido ocasiones en el pasado en que, después de comprar aprisa una de esas revistas porque se vendían bajo cuerda (y no se podían estudiar para hacer una adecuada selección previa), había quedado profundamente desilusionado. O las nudistas jugadoras de voleibol en Sunshine & Healtheran demasiado fornidas (la única revista que en los años cincuenta mostraba el vello púbico), o las sonrientes coristas de Modern Man trataban de atraer de forma exagerada, o las modelos de Classic Photography eran meros objetos para la cámara, perdidas en las sombras artísticas.

Si bien Harold Rubin generalmente conseguía alguna solitaria satisfacción con esas revistas, pronto eran relegadas a los estantes más bajos del revistero que tenía en el armario de su dormitorio. Sobre el montón estaban los productos más probados, aquellas mujeres que proyectaban cierta emoción o posaban de un modo especial que le resultaba inmediatamente estimulante; y, aún más importante, su efecto era duradero. Las podía ignorar en el armario durante semanas o meses mientras buscaba en otra parte un nuevo descubrimiento. Pero al fracasar en su búsqueda, sabía que podía volver a su casa y revivir una relación con una de las favoritas de su harén de papel, logrando una gratificación que ciertamente era distinta —aunque no incompatible— de la vida sexual que tenía con una chica que conocía del instituto Morton. De algún modo, una cosa se fundía con la otra. Mientras hacía el amor con ella sobre el sofá cuando sus padres habían salido, a veces pensaba en las mujeres más maduras de sus revistas. En otras ocasiones, a solas con sus revistas, podía revivir momentos pasados con su amiga, recordando su aspecto sin la ropa puesta, la suavidad de su piel y lo que hacían juntos.

 

Mientras hacía el amor con ella sobre el sofá cuando sus padres habían salido, a veces pensaba en las mujeres más maduras de sus revistas

 

Sin embargo, últimamente, debido a que se sentía inquieto e inseguro y estaba pensando en largarse del instituto, abandonar a su novia y alistarse en la Fuerza Aérea, Harold Rubin estaba más alejado de lo usual de la vida en Chicago, más predispuesto a la fantasía, sobre todo en presencia de las fotos de una mujer especial que, tuvo que admitirlo, se estaba convirtiendo en una obsesión.

Esa mujer era la de la foto que acababa de contemplar en la revista que ahora tenía en sus manos en la acera, el desnudo en la duna de arena. La había visto por primera vez en una publicación trimestral de fotografía. También había aparecido en varias revistas para hombres, de aventuras y en un calendario nudista. Lo que le había atraído no era solo su belleza, las líneas clásicas de su cuerpo o las facciones de su rostro, sino toda la aureola que acompañaba a cada foto, la sensación de que era absolutamente libre en medio de la naturaleza y consigo misma cuando caminaba por una playa, o estaba cerca de una palmera, o se sentaba en un rocoso acantilado mientras abajo salpicaban las olas. Si bien en algunas fotos parecía lejana y etérea, posiblemente inaccesible, había en ella una realidad penetrante, y él se sentía próximo a ella. También conocía su nombre. Había aparecido en un pie de foto y él confiaba en que fuese su verdadero nombre y no uno de esos mágicos seudónimos utilizados por algunas playmates («chicas del mes») y pinups (la «chica ideal») que ocultaban su verdadera identidad a los hombres a quienes querían encandilar.

Se llamaba Diane Webber. Su casa estaba en la playa de Malibú. Se decía que era bailarina de ballet, lo que explicaba el disciplinado control corporal que mostraba en varias posiciones frente a la cámara. En una foto de la revista que Harold tenía ahora en sus manos, Diane Webber parecía casi acrobática mientras se balanceaba grácilmente sobre la arena con los brazos abiertos y una pierna muy por encima de la cabeza, con los dedos del pie señalando un cielo sin nubes. En la página opuesta descansaba sobre el costado, las caderas muy redondas, un muslo ligeramente alzado y apenas cubriéndole el pubis, los pechos al descubierto, los pezones erectos.