Por buscar los hombres

A la una y media de la mañana llega al hospital una patrulla de la policía, a regañadientes los agentes sacan a una mujer y la entregan a dos paramédicos. La mujer encargada de hacer el ingreso de los pacientes al hospital, reporta una posible sobredosis o envenenamiento. Una enfermera se lleva a la desarrapada mujer, habitante de la calle, hacia una sala de procedimientos menores y luego a rayos x. Pero no pasan más de diez minutos y la paciente sale cojeando en busca de la salida, con dificultad sube a una camilla y comienza a buscar bajo su blusa, hurga entre el sucio sostén y se queja:

-Vea madre, todo por buscar a los hombres. Ese hijueputa me levantó con la moto –. Luego de mucho buscar encuentra un billete de mil y varias monedas, respira profundo y sonríe. -¡Encontré mi plata! ¿Y la gorra? Se me perdió la gorra-.

Al fondo del pasillo la enfermera que la atendió le contesta enojada: allá está, la dejó en rayos x con el cuchillo, usted venía armada, vaya por ella, allá el policía se la entrega. Sin importarle la gorra ni el cuchillo, se baja de inmediato de la camilla, con sus harapos y su cojera se aleja rápidamente del hospital, a lo lejos se ve como un fenómeno de circo.

Pasadas las dos de la mañana un agente de tránsito llega con el papeleo del anciano atropellado por la cuatrimoto. La peli roja comienza a hablarle golpeado, él llena formularios, garabatea croquis, la mira, se le encoje de hombros y vuelve a los papeles. Ella persiste y pregunta ¿Y el Soat?, ¿Y quién va a pagar? ¡Me imagino que el par de pendejitas ya estarán en la cárcel! ¿Las pruebas de alcoholemia? Pero ellas también resultaron heridas y por motivos de seguridad se encuentran en la Clínica Rey David. El anciano sale de la unidad de reanimación completamente inmovilizado e inconsciente, tiene el cuerpo lleno de moretones y raspaduras, fracturas en brazos y piernas y en la cabeza le hace falta buena parte del cuero cabelludo. La joven deja de instigar al guarda y se va detrás de su abuelo hacia la unidad diagnóstica donde le practicarán un TAC. Ninguno de los vuelve a verse en el resto de la jornada.

Gloria dice que la noche se puso floja, se acomoda las gafas y repasa el balance hasta el momento: cuatro heridas por arma de fuego, tres heridas por arma cortopunzante y otras tres por arma cortocontundente, seis pacientes por caídas, ocho heridos en accidente de tránsito, un quemado pediátrico y seis eventos diferentes. En el transcurso de las ocho de la noche a las dos y media de la mañana ingresaron al hospital dieciocho casos violentos frente a seis con enfermedad general.

 

 

El sacrificio y el amor. Una historia de locura

Hace un par de horas el silencio ocupa la sala de urgencias y es cómplice del descanso que se toman muchos de los funcionarios del hospital. Gloria duerme apoyada sobre sus brazos en el escritorio de la recepción, pero su sueño es interrumpido por los gritos de una mujer que desde la puerta llama a su hija mientras el personal de seguridad le frena el paso. En el hospital la histeria no es un boleto de entrada y aunque su voz retumba en el pasillo, la hija que reclama no aparece. De repente, se calma y deja de gritar, habla con el vacío, habla con su “bebé” y le dice que se quiere ir con ella, que se la lleve. Un paramédico, por orden de Gloria, prepara una camilla con múltiples correas, pero la familia de la madre desconsolada se hace cargo de ella y se marchan. Casi desapercibida, oculta tras los gritos y las personas que atendieron el escándalo, una mujer de unos 60 años, de cabello blanco, piel trigueña y rostro cansado ingresa en compañía de su hijo, un hombre maduro que camina lento y desorientado. Él se sienta en la improvisada sala de espera y ella de pie en la recepción aguarda con calma que alguien la atienda.

¿Qué le pasó?, pregunta Olga, la recepcionista.

-Alvarito se tomó una botella de Tiner.

Él, entre tanto, murmura frases sin sentido. Alba, así se llama la señora, se sienta a su lado dispuesta a esperar el llamado del médico que puede demorar incluso más de cuarenta y cinco minutos. Durante ese tiempo hace lo de siempre, cada vez que por descuido Álvaro comete alguna imprudencia y tiene que ser llevado al hospital; le cuenta la historia al que tiene más cerca: Alvarito estudiaba sistemas en un instituto. Trabajaba en el día y en la noche se dedicaba a estudiar. Era de muy buen humor y llegaba siempre contento, pero todo cambió hace diez años, cuando una noche un vecino lo despertó con la noticia:- ¡Tu hermano acaba de tener un accidente! -Quedó durante varios minutos en shock y en toda esa noche no pudo volver a conciliar el sueño. Salió esa mañana como de costumbre a su trabajo con el rostro lleno de preocupación. Por la tarde, su jefe me llamó, lo vieron distraído en el trabajo y decaído. No quiso hablar con nadie y se fue sin pedir permiso para la calle. Dos horas después me llamaron otra vez, andaba caminando y hablando solo. Desde ese día mi Alvarito no volvió a ser el mismo. Alba Lucía lo llevó inmediatamente al hospital en donde le dijeron que el “susto” que recibió le había causado un daño irreversible en el sistema nervioso central y que el Álvaro que ella conocía no regresaría jamás. Desde ese momento ella dedica su vida a los cuidados de su hijo que regresó a la infancia. Renunció a su trabajo, a sus amistades, a todo, ya no puede dejarlo solo porque ingiere lo que encuentra. “Lo de hoy fue un descuido, se tomó una botella de thinner que dejé detrás de unas herramientas, pero es que él se mete en todo lado y busca”.

Álvaro, inconsciente de sus actos, la escucha atento y cuando ella termina la historia vuelve a su mundo y con sus ojos fijos en ella comienza una canción:

Jamás la lógica del mundo nos ha dividido

Ni el futuro tan incierto nos ha preocupado

Una vez los dos dijimos hay que separarse

Más decidimos las maletas antes de emprender el viaje

Tú, no podrás faltarme cuando falte todo a mi alrededor

Tú, aire que respiro en aquel paisaje donde vivo yo

Tu me das la fuerza que se necesita para no marchar

Tú me das amor

Alba evade la ironía de la escena, pero su silencio la hace más evidente. Abraza a su hijo y lo conduce hasta un consultorio.

Mientras la luz del día aparece sobre el pasillo algunas personas se marchan con los primeros rayos del sol. Cali se levanta con una realidad ineludible, la de la incertidumbre del diario vivir en cada uno de sus rincones. Los caleños, protagonistas que cambian de rostro sobre el mismo escenario, inician el día para enfrentar los mismos papeles y enrolarse en las mismas historias.