Al interior del espejo

Sobre un vidrio resquebrajado en la portería del hospital, un montón de hojas descoloridas por el sol dictan las condiciones y reglas de ingreso al hospital: Todo paciente ingresa con un acompañante ¡NO INSISTA!, Acompañante portador de la boleta normal su visita es de 2:00 a 4:00 pm ¡NO INSISTA!, Cambios y salidas de familiares hasta las 10:00 pm ¡NO INSISTA! El agua se ha llevado la tinta de las advertencias y la insistencia de los acompañantes se ve reflejada en el destrozado cristal. El guarda de turno comenta que “son las mujeres las que rompieron el vidrio, ellas son las que más problemas dan”.

La bulla de las discusiones de la portería es remplazada en el interior de la sala de urgencias por los murmullos y las quejas de pacientes y familiares, médicos y enfermeras que conviven en un reducido espacio de azulejos blancos y paredes viejas. El hospital diariamente presenta un sobrecupo en esta área del 40 al 50%. El área que suman las habitaciones colectivas y los pasillos por días es desbordada por los heridos y sus familiares.

-Hoy algunos muchachos han encontrado donde sentarse, porque está flojo, hay días en los que las camillas y los enfermos llenan todo el pasillo y hasta le dan la vuelta. El guarda de turno mueve el dedo y marca el recorrido desde el fondo del pasillo hasta una salida del área de urgencias en un intento por dimensionar el problema. Se llama Jaime Yatacué y es oriundo del Cauca, no necesita decirlo. Es bajito, trigueño, calmadito y charlón. Su trabajo por lo general es sencillo, vigila que nadie no autorizado entre o salga del área de urgencias, pero siempre existe el riesgo de ser agredido por los visitantes o pacientes que quieren irse sin pagar. “Se quitan las manillas y no se sabe si es paciente o un particular”. La mayoría de quienes ingresan pertenecen a estratos bajos, muchas veces ni siquiera pueden pagar la consulta, mucho menos cubrir un tratamiento o los gastos de una hospitalización. Si a Jaime se le vuela un paciente la sanción va de acuerdo con el monto de la cuenta, no es lo mismo que se vaya un paciente que ha ingresado hace pocas horas a uno que esté hospitalizado varios días.

-¿Quiere saber a quién sí le toca complicado? A los del Inpec, a ellos se les vuela un preso o lo rematan y el problema que se les viene encima…usted ni se imagina.

 

 

De vacaciones en el hospital

Al fondo del pasillo, al lado de la unidad de trauma, sentados sobre una camilla, dos jóvenes del Inpec custodian un interno que ingresó hace cuatro días al hospital. En medio de una riña un compañero de patio lo apuñaló en el brazo derecho utilizando un cepillo de dientes.

La atención de uno de los custodios se divide entre las miradas fugaces que dirige hacia el interno y su play station portable. Durante las veinticuatro horas que dura su turno de guardia sus ojos se mueven rápidamente entre el individuo esposado a la camilla y la pequeña pantalla del PSP, en donde aparece como un jugador de fútbol, sus dedos al igual que sus ojos se deslizan velozmente y de forma mecánica oprimen cuatro teclas en diferentes combinaciones. De vez en cuando hace pausas para celebrar los goles que anota o para estirar las piernas y acompañar al interno al baño. La dinámica de su compañero es similar, pero para él la distracción no es el juego, sino una pelada con la que habla a través del chat de su smartphone. Parecen animales entrenados para cazar, al menor movimiento del preso, reaccionan, no pueden perder contacto visual.

Las causas de ingreso de los internos al hospital son en su mayoría por enfermedad general, los llevan cuando se complican los cuadros de diabetes, hipertensión o enfermedades de transmisión sexual y requieren un manejo especializado. “Otro interno se encuentra hospitalizado en el cuarto piso porque no ha podido defecar, a veces les han metido tantas puñaladas antes de entrar a la cárcel que presentan complicaciones en el sistema digestivo”. Pero nunca faltan los que ingresan heridos a causa de peleas o agresiones autoinflingidas. En su relato los dragonenates del INPEC aseguran que algunos presos se hieren a sí mismos o planean fallidos intentos de suicidio para alegar enfermedad mental y poder salir de la cárcel, pero en la mayoría de los casos el plan fracasa tras la evaluación psiquiátrica que como primera opción contempla las acciones de los reos como plan de escape. “Al final lo único que consiguen es pasar unos días de vacaciones en una camilla del hospital, usted no sabe de lo que son capaces de hacer por salir de allá”, concluye el guarda.

El interno reposa en una camilla en una posición bastante relajada, como si la camilla fuese una hamaca. Por el pasillo varias enfermeras conducen una camilla, el negro tendido sobre ella, pasará la noche en la unidad de trauma, cubierto con una tela gris y con siete sondas que entran y salen de su tórax, una por cada agujero que abrió una bala. En la misma habitación, en el extremo opuesto, un hombre acomoda la cabeza de una anciana sobre una almohada blanca y nueva. Las luces del cuarto de trauma se apagan.

Inteligencia vial ¡Úsala!

En el pasillo se le ve intranquilo, sentado en una camilla con un café en la mano interroga a una estudiante de medicina por la situación de la anciana. Heber cuenta que la anciana, su madre, fue trasladada desde Dagua en estado de inconciencia con múltiples heridas, luego de sufrir un accidente en la vía Cali-Buenaventura.

-Ella venía con mi hermana en un bus de la Coomoepal, regresaba a Cali luego de recuperarse de una cirugía en el ojo izquierdo. Dicen que estaba lloviendo mucho y había trancón y como siempre al conductor le entró el afán e intentó adelantar. Se dio de frente con otro carro, venía arriado, creo yo, porque del golpe se desprendió la puerta de la buseta y mi hermana salió disparada por ahí. Mi mamá no está tan grave y se la trajeron para acá, pero mi hermana si me preocupa, la tienen en la Valle del Lili.

Heber se distrae y mantiene despierto detallando el cuento de su vida. Su relato es interrumpido por los gritos desesperados de una joven en la recepción. Su abuelo, un anciano de sesenta años ingresó una hora antes en estado crítico luego de ser atropellado por dos adolescentes en la Avenida Ciudad de Cali. Le pasaron una cuatrimoto por encima a ochenta kilómetros por hora.

 

 

Es extraño que esta noche lleguen tantas víctimas de accidentes de tránsito. Por lo general son trasladadas a la Clínica Nuestra Señora del Rosario. En Cali levantar accidentados o caídos de balaceras se convirtió en negocio. Una gran déficit en el número de ambulancias sumado a las olas incontrolables de violencia y accidentes hicieron que a algunos se les ocurriera montar una línea de ambulancias pirata. Operan con un taxista retirado en el volante y un radio sintonizado en la frecuencia de la policía. Al menor anuncio de accidente o herido de bala encienden las sirenas y en cuestión de segundos están en el lugar, incluso mucho antes de que llegue la policía.

Un paramédico que descansa en la recepción afirma que Cali cuenta para una noche de fin de semana con siete de las quince ambulancias públicas, propiedad del municipio y un promedio de veinte entre privadas y piratas. Veintisiete ambulancias para atender muertes violentas, accidentes de tránsito y pacientes que por complicaciones generales requieren ser recogidos o trasladados en estos vehículos. Ante esta situación es claro por qué autoridades no toman medidas y las ambulancias piratas continúan en circulación, “abolirlas implicaría una inversión económica por parte del Estado que no sólo significa la compra de automóviles especializados, sino una dotación que cumpla con todos los requisitos que exige la Secretaría de Tránsito y la de Salud. El hueco es enorme y si no hay plata para sueros, mucho menos para esto”.