En la actualidad, muchos inmigrantes españoles retornan a sus países de origen. No saben si es una derrota, pero no pudieron soportar más la situación. Por eso regresan. Han decidido abandonar el barco antes que termine de hundirse con sus sueños.

 

Por: Guillermo Sarmiento 

El Nuevo Sol

Sí, aún recuerda la última mirada antes de seguir obediente la fila hacia el avión. Y al cielo. Después, los últimos pedacitos verdes de las montañas, las nubes. Iría lejos, muy lejos, más allá del mar. En la distancia se alejaría de la mirada de la nieta que nació en su ausencia; a quien no ha podido cargar en sus brazos y que pronto cumplirá tres años. Recuerda también su primera impresión de España y la transformación de su experiencia como inmigrante. La suma de los días.

En 2009 Olga recibió el año nuevo con un cartel en la ventana de su negocio igual al que exhibían algunos locales de vecinos de su barrio en el sur de Bogotá: SE VENDE. “Una ganga, motivo: viaje”. La crisis la empujaba hacia la embajada, luego, al aeropuerto. Pero antes: edificios, fotocopias, sombrillas, filas, empujones, formularios, salas de espera, turnos, oficinas de ocho a cinco, burocracias, busetas, transmilenios, fatigas, notarías, tintos, monedas, apostillas, sellos, firmas de notarios, autenticaciones, certificados, llamadas, oraciones, desvelos, y por último, las dolorosas e inminentes despedidas. Equipaje con poca ropa y mucha ilusión. Le habían dicho algunas conocidas que en eso de la peluquería le podía ir bien. Que tranquila, que ella tan trabajadora…

Precipitada a la desazón y sin empleo, aún conservaba cierta convicción sobre su partida a nuevos rumbos. Construir su casa le había costado largos años de trabajo y sacrificio; y entonces, solo le quedaba un insipiente paquetico de euros que había cambiado antes de irse. Imaginaba que muy pronto, cuando recibiera el primer pago en su nuevo trabajo, haría lo mismo pero a la inversa. Enviaría unos pocos billetes y aquí su hija los cambiaría por un gordo fajo de modestos pesos. Ya se imaginaba su vida en España. En Colombia seguirían viviendo su hija y su pequeña nieta. Ya no podría verla crecer de a poco. Le tocaría conformarse con las fotografías digitales y pequeños fragmentos de video casero. Y “tranquila mamita, que pronto le mando para que compre eso, que Dios la bendiga, mucho juicio”.

Al recibir el nuevo sol en la península ibérica se pueden ver desde la ventanilla del avión unas enanas montañas sin verde, seguidas de extensos terrenos llanos: tan solo algunas pequeñas franjas de color verde olivo. Los pinares aquí son mayoría. Aquí no hay selva.

En Madrid se prohíbe fumar en lugares públicos pero muchas de las calles huelen a tabaco, como si todos fumaran. El aroma se impregna en las ropas después de caminar un rato por La Gran Vía de Madrid. Todos fuman. Hay largas filas en las tiendas exclusivas de tabaco, como si fueran bancos en Cali o Bogotá en una hora pico de un día de pago. Ahí, al final de la vía, está Cibeles, diosa de la madre tierra, en su carruaje tirado por esos feroces e imponentes leones.

La celebración de Noche Vieja

Año nuevo en Madrid: Mariano Rajoy en la Moncloa. En la plaza del Sol, los caminantes de distintas nacionalidades buscan con frenesí en las tiendas los objetos de última hora. En medio de las escenas con fotografías familiares un hombre marroquí vende pelucas sintéticas de colores para la celebración de la noche vieja: la hora cero. La policía llega y lo detiene de forma brutal; los uniformados se lo llevan sin preguntar, sin pausa, sin respeto. Arrastran a la fuerza los colores en la bolsa plástica. Ante la mirada de los compradores indiferentes un hombre es apresado por intentar ganar algunos euros. Probablemente, es detenido por el color de su piel.

En algunas casas hay cava y vino para brindar y acompañar la mariscada; mientras en la televisión, aparece Isabel Pantoja en transmisión directa desde la Plaza del Sol. Entre tanto, en las fiestas de inmigrantes colombianos no falta el aguardiente y la cerveza acompañando al sancocho o los tamales. Y siempre, las llamadas. En estas fechas, como nunca, muchos locutorios se inundan de esas lágrimas que se abandonan en sus mostradores.

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Rebajas anunciadas por la radio, la prensa o la televisión. Madrid fría e iluminada. El nuevo gobierno de Mariano Rajoy llega con reformas, apretándose el cinturón porque así lo ordena Bruselas. Rindiéndose ante el capitalismo voraz del sector financiero; entregando sin asomo de vergüenza o disimulo la dignidad y el pan del pueblo español. El discurso político ya ni siquiera se esfuerza en su demagógico arte del engaño: no hay ningún velo. El cinismo en sus discursos supera cualquier record. La política económica europea “apoya” a los bancos, “rescatándolos” del naufragio. Es simple: los fuertes arriba, los débiles abajo. Un país desmoronado, como los sueños de millones de griegos, italianos y libios. También egipcios, sirios y turcos viven una situación similar, se suman al bloque de ciudadanos inconformes que salen a las calles a protestar. Casi sería mejor enumerar las ciudades de la región en donde las calles no son campos de batalla. La lucha por hacerse oír es aplastada por las fuerzas de cada uno de los estados. La suerte de la vieja Europa la echan desde las orillas del Rhin. Y hay que decirlo: Merkel o Rajoy tan sólo son títeres del Gran Capital, Don Dinero. Los bancos conspiran, definen, especulan; luego deciden y ordenan, los gobiernos se arrodillan y recogen las migajas. Ya no hará falta decir qué es lo que queda al resto de la población.

España es una especie de balneario de Europa donde ya no hay vida para los propios ni para los nuevos, a menos que éstos tengan dinero. Destino del placer y la lujuriosa embriaguez de las fiestas. Cae la Cuna de Occidente, pero aumenta día a día la concentración de dinero y poder de los más poderosos. En España los partidos políticos se echan culpas y se agitan en un círculo vicioso que ha ido lanzando a sus electores al desbarrancadero: al vacío. Un oscuro laberinto. La Nada. No hay luz al final. Pero el rey Juan Carlos puede cazar hipopótamos en África.

La producción y distribución de alimentos se ha ido monopolizando paulatinamente por los especuladores; los intereses de las multinacionales se ponen de manifiesto; entre otras razones, se evidencia a través de las imposiciones que la Unión Europea ha hecho en materia de agricultura al grupo de naciones firmantes. Con sus políticas y leyes se han encarnizado hasta el agotamiento con los pequeños agricultores, ya casi extintos. Así pues, han empujado a la quiebra a muchos de ellos. Bancarrota y exterminio de las pequeñas industrias nacionales con sus gravísimas consecuencias económicas y sociales.

Ahora se juntan centavos para una barra de pan. Y los estudiantes no soportan más atropellos. En las principales plazas de Madrid, Barcelona, Málaga o Valencia, las protestas que manifiestan la inconformidad con las políticas del actual modelo de Estado son contenidas con agresión por parte de la policía. Hoy se hunde aquél sueño que prometía el Estado de Bienestar. Esa democracia que se recuperaba del largo y oscuro período de su historia con Franco y en que se basaba la carta magna tan celebrada y dogmatizada internacionalmente. La España de ahora es el país de los indignados del movimiento del 15M que se suma a la larga lista de gente sin empleo, sin casa.