¿Es posible obtener la libertad para pagar el secuestro propio?

Por: Camila Raga

No podía dormir, tenía mucho frío y su ropa seguía húmeda a causa del paso por el río. Estaba muy agotado, habían caminado aproximadamente tres horas por la montaña. Sentado en el suelo helado y apoyado en la pared, trataba de descansar pero cada vez que cerraba sus ojos venían esas imágenes.

–¡Santiago, Santiago ábrame que me voy!- gritaba desde el campero, una Toyota blanca modelo 99. Miraba como Santiago salía de su casa con la llave del candado. Ya estaba abriendo el portón cuando cuatro hombres salieron de un cañaduzal. Todo fue muy rápido, estaban armados y lo encañonaron; le decían que no se preocupara –lo llevaremos arriba, el jefe quiere hablar con usted-. Inmediatamente lo bajaron del campero y lo metieron en el maletero. Le taparon la boca y con lazos amarraron sus manos y sus pies.

-Don Hugo, aquí le traigo aguapanela, tómesela que hace mucho frío-, le dijo uno de los bandidos. Volvía al mismo lugar y miraba a su alrededor. Un rancho humilde y muy pequeño; ya era de noche y no veía nada a través de las ventanas, solo oscuridad. El cansancio le podía y sus párpados empezaban a cerrarse.

Miró hacia abajo y tenía sus zapatillas blancas de Croydon prácticamente negras. Trató de mantenerlas limpias, pero los barrizales que debía atravesar se lo hacían imposible. Subía a la casa a almorzar después de una jornada de colegio. – ¡Mirá como tenés los zapatos!- le gritaba su mamá cuando llegó a la casa – ¡tanto que me costó comprárselos y no le duran ni un día, así no se puede!-, el niñito cabizbajo se fue directo a tomarse la sopa que ya estaba servida en el comedor.

Un fuerte portazo lo despertó, seguía ahí, en el mismo rancho, en las mismas montañas.

–Tiene que llamar a su familia, pero dígales que no avisen a la policía porque lo matamos.

Sacó del bolsillo su celular, grande y pesado, uno de los primeros modelos en salir.

-¡Rosario, soy Hugo!-, pero no se escuchaba muy bien. -¡No le vayan a avisar a la policía, ni a nadie!-. Fueron pocas las palabras que se le entendieron. Después del anuncio, uno de los bandidos avisó que tenían que moverse. Los pies le seguían doliendo y no se imaginaba otra caminata como la del día anterior. Salieron de la casa y llegaron otros bandidos con unos caballos flacos, don Hugo, de 59 años, sintió algo de alivio al pensar que no le tocaría caminar mucho.

Llevaban aproximadamente dos horas de viaje. El tiempo se le hacía eterno, no sabía qué pensar. Miraba sus armas e imaginaba que en cualquier momento lo podían matar, que dejarían su cuerpo en mitad de las montañas y que nadie sabría dónde encontrarlo.

Unos fuertes truenos avisaron la tormenta que se venía, lo hicieron bajar del caballo y se refugiaron bajo un gran árbol. Uno de los bandidos le ofreció un banano para comer; tenía tanta hambre que lo aceptó sin pensarlo. Mientras pelaba el fruto, comenzó a recordar esos enormes racimos de banano y plátano vendía en la galería.

Tenía unos trece años. Dejó de estudiar  y comenzó a trabajar en las veredas del pueblo. Al tiempo decidió trabajar independientemente; ahorró unos pocos pesos con los que compraba bananos y plátanos. Madrugaba todos los días a las dos de la mañana y con su carga se dirigía a la galería central en Cali, en donde vendía la fruta.

Había escampado y siguieron con el viaje. Anochecía, así que los bandidos decidieron parar. Comenzaba a llover otra vez, le ofrecieron un arroz mazacotudo para comer, él aceptó pero comió muy poco. Uno de los secuestradores sacó cuatro estacas, un plástico y armó un pequeño cambuche. –Ahí es donde va a dormir esta noche, descanse que mañana va a ser otro día duro-, le anunció.

Don Hugo se tumbó y al rato uno de los bandidos se le acostó al lado. Él comenzó a quejarse pues no quería dormir con nadie, pero uno de ellos no aceptó el reclamo y le dijo que le tocaría aguantarse. Entonces cambió de lado. Su cabeza estaba a los pies del bandido; en aquel momento el secuestrador se quitó las botas, olía a mil diablos juntos, lo que para don Hugo era ya un verdadero castigo; sin embargo estaba tan extenuado que no tardó en quedarse dormido.

Encontró la caja de cartón que estaba buscando. Metió la poca ropa que tenía y cogió sus ahorros. A sus quince años se despidió de su familia; ellos le hacían miles de preguntas que ni siquiera él sabía responder. Llegó al terminal y lo único que pensó fue subirse en el primer bus que llegara. Era una flota Magdalena con destino a Ibagué. Cuando llegó a la extraña ciudad pensaba hacia dónde ir.  Se dirigió al centro. Estaba por una estación de combustible cuando le pareció ver a alguien conocido, - ¡Don Ignacio Peláez!- afirmó. -¡Qué lo trae por acá Huguito!- le contestó el señor. Tiene la suerte de encontrarse a conocidos por todo el mundo que le ha acompañado toda su vida.

Don Hugo comenzó a explicarle que buscaba trabajo y le preguntó si podría tener algo para él. Don Ignacio le ofreció uno en una finca cerca a Ibagué y él aceptó agradecido. Trabajó durante tres meses, pero ya empezaba a extrañar su tierra. Así que buscó de nuevo su caja de cartón y regresó a Pradera.

Dormir sobre el suelo varias noches, hacía estragos en su espalda, le dolía muchísimo. El cielo estaba despejado y se oía el eco de pájaros volando a varios metros de donde estaban. 

-¿Cómo le gusta el huevo?- le preguntó un bandido. –cocido y duro, si puede ser- respondió él, y así  se lo prepararon. Uno de los secuestradores, con sus sucias manos comenzó a quitarle la cáscara. Cuando se lo pasó, el huevo estaba lleno de mugre. No tenía la apariencia de los huevos que le hacía su abuela cuando era un muchachito. Aquella abuela a la que le pidió una plaza de tierra de su finca para sembrar tomates. Era una época agradable en la que la venta de tomates y naranjas lo llevaron a conocer gran parte del país. Con tan solo dieciséis años, viajaba  a Medellín y a la Costa atlántica: Barranquilla, Cartagena y Santa Marta.

Continuaban la marcha. Había caminos tan estrechos y rocosos que los secuestradores tenían que bajarlo del caballo para seguir a pie. El lodo hacía que se resbalara y varias veces cayó contra el suelo. Los secuestradores no tuvieron más remedio que quitarle los lazos que tanto lo atormentaban; así el apresado no tropezaría tanto y el traslado sería más rápido.

 

 

Llegado el anochecer, pararon y armaron el cambuche. Esta vez la comida sería otra: fríjoles en lata que calentaba en un fuego improvisado. Estaban duros y sabían horrible, como todo lo que preparaban. Con dos cucharadas le bastó y se fue a descansar.

-¡Cincuenta plazas, buen terreno y cálido lugar!, me gusta- le decía don Hugo a su trabajador mientras observaba la finca que recién había comprado. Estaba ubicada en Tuluá y su tierra tenía toda la disponibilidad para sembrar lo que quisiese. Eran los años setenta y se tenía que aprovechar toda oportunidad de negocio que apareciera. Así que siguió sembrando legumbres; quería seguir cultivando el mismo producto con el que venía trabajando en sociedad con don Gustavo. Plantó soya y fríjoles.

-Fríjoles de los buenos, no como los que me dieron anoche-, murmuró mientras se acordaba del sueño que había tenido.

Eran como las nueve de la mañana, se habían completado unos diez días del secuestro. Después de un desayuno mediocre llegaron unos bandidos. Lo obligaron a refugiarse bajo el improvisado cambuche, esta vez bajaron más el plástico, impidiéndole que viera la cara de los nuevos hombres.

-Ahí está don Jairo- dijo uno de los bandidos. Se hacía llamar don Jairo, Dios sabrá si ese sería su verdadero nombre. Era el jefe y había llegado para hablar con el secuestrado.

-Con que usted es don Hugo- le decía al apresado después de haber levantado el plástico del cambuche. –Le vengo a comunicar que su familia no lo quiere para nada; hemos estado intentando comunicarnos con ellos para que me den su precio de salida, pero no quieren pagar. Van a dejar que se muera aquí Hugo, - le decía el bandido. –Ellos no tienen con qué pagarle- afirmaba don Hugo. Fue en ese momento que el negociante que lleva en su interior, el que lo ha acompañado siempre, comenzó a llenar de ideas su cabeza.  -¡Le propongo un negocio!- le dijo a don Jairo. Éste ni siquiera lo escuchó.

Pasó el día y ya estaba atardeciendo; don Hugo se dirigió a uno de los bandidos solicitándole que llamara a su jefe porque quería proponerle un negocio. -¡No joda más, no creo que él vuelva!-, le respondió.

Llegó la noche y don Hugo solo pensaba en negociar con don Jairo, en concretar  un acuerdo para que lo pudieran soltar. Extenuado y débil se fue a dormir.

-¡Tiene alma de comerciante, don Hugo!-  exclamaba el doctor Rojas, – Se hace lo que se puede doctor; los años no vienen solos y la experiencia siempre los acompaña- respondía don Hugo después de haber asesorado al doctor Rojas en el cierre de un gran negocio por una finca.

A través del tiempo los negocios iban y venían, lo que dio paso a una gran amistad que perduró por muchos años. Era ya el año de 1992, Gaviria estaba en el poder del gobierno y hacía poco se había firmado la famosa apertura económica, lo que significó la desvalorización del grano en el país.

Don Hugo y el doctor Rojas se veían afectados por tal acuerdo, el precio del grano que producían en las fincas que tenían en sociedad, se vino a pique y necesitaban pensar en otra opción para la siembra de sus terrenos.

-¿Caña?- cuestionaba don Hugo, -sí caña- le respondió el doctor. –Si lo piensa bien, la caña es el producto más valorado por el sector agrícola en el país. Da grandes cosechas y no hay que trabajar mucho la tierra. Así comenzaron con el manejo de la caña de azúcar y con el tiempo todas sus propiedades fueron  convertidas en  cañaduzales.

A la mañana siguiente, don Hugo solo pensaba en hacer una negociación con los bandidos, pero ellos lo ignoraban por orden del jefe.

Comenzó a llover en las montañas. Don Hugo envuelto en un plástico y tiritando del frío veía como caían las gotas sobre el suelo y fue en ese momento cuando escuchó una voz; no se sabe de dónde salió, él simplemente la escuchó, le repetía una y otra vez: La gotera vence la piedra.

Así que se llenó de valor y volvía a insistir a los bandidos que concretaran un acuerdo para su libertad. Unas horas después llegó don Jairo, cansado de la insistencia de don Hugo, decidió escucharlo.

 

 

Don Hugo conseguiría el dinero que ellos exigían desde afuera. Él siempre llevó el mandato de los negocios y el dinero en su casa, así que convenció al secuestrador de que si él no salía, nunca conseguirían el dinero.

En el camino de vuelta lo acompañaban dos secuestradores. Cada uno a una distancia aproximada de tres metros de él, ya que temían que el ejército se apareciera

Hugo iba montado en un jeep, de esos que son capaces de subir por montañas altísimas sin averiarse. Contaba los segundos que le quedaban para llegar a su casa. Nuevamente respiraba aire de libertad. El sol se escondía poco a poco y fue en ese instante cuando la imagen de unos cañaduzales fue llenando sus ojos claros. Una gran emoción se apoderó de él, sus manos temblaban y su corazón palpitaba velozmente mientras veía unas tierras a lo lejos, sus tierras.