El año pasado murieron en Cali por armas de fuego 1.725 personas. Sombrío panorama que convierte a la Sucursal del Cielo en una capital del Hades. El artefacto de forma alada, capaz de cegar vidas a una velocidad supersónica, recuerda a las Arpías, aquellos seres mitológicos creados por Zeus para destruir. Les contamos cómo funcionan las armas; también su negocio. 

 

Por: José Ferney Tovar, Oscar Alexander Zuluaga, Sebastián Santa, Jorge Rengifo 

Es propio de la Grecia antigua la existencia de dioses y deidades que retozaban entre sí, se acechaban y amaban, libraban batallas y pulsos de fuerza e ingenio para luego entregarse a prodigiosas juergas y orgías. En medio estábamos los seres humanos, sus juguetes, piezas de recreo de Zeus, de la celosa Hera, del portentoso Poseidón, de la sabia Atenea, del sombrío Hades o el tumultuoso Ares; frágiles instrumentos de los dioses, de sus caprichos y decisiones. Las Arpías eran seres híbridos, mitad mujer y mitad aves rapaces; brujas aladas con patas de buitre, torso y cara de mujer, de cabellos gruesos, duros y enmarañados, dientes filosos y puntiagudos. Aliadas de Zeus, eran una de sus armas más eficientes contra sus enemigos. Descendían de los cielos emitiendo un chillido horrible que paralizaba a la víctima. Zeus las eligió para castigar a Fineo, que había aprendido de Apolo el don de la profecía. Cada vez que se disponía a comer, las arpías se abalanzaban sobre su comida y sólo le dejaban el alimento suficiente para vivir un día más.

Los dioses helénicos no resistieron el paso de los tiempos, desaparecieron barridos por siglos de historia, fueron olvidados por los hombres, pero las arpías se las arreglaron para sobrevivir, hábilmente mimetizadas en las armas de fuego. Como las mitológicas, éstas chillan y aterran, comparten esa maligna atracción, extraña mezcla de belleza y muerte que pone de rodillas y avasalla. Éstas no trabajan para los dioses, lo hacen para personas de carne y hueso que las usan para aniquilar a sus adversarios: son Arpías, ciegas mensajeras de odio, destrucción y venganza.

En el mundo hay muchas clases de armas letales, desde un rifle de asalto hasta una patada certera. Las dagas son armas silenciosas y eficientes. Las bombas nucleares han matado a cientos de miles en Hiroshima y Nagasaki. Pero las armas de fuego personales, las portátiles, las pequeñas pistolas y revólveres, esas arpías, han asesinado a millones. Y matarán a millones más en los siguientes años. Son la venganza de Zeus contra los humanos, esos engreídos mortales que han olvidado el Olimpo. Allí están sus picos y su grito de plomo. 

Un arma de fuego impulsa un proyectil, si es manual, o varios proyectiles, si es automática. La combustión que mediante estallidos sucesivos mueve a los carros, también mueve las balas. Hay armas subsónicas y supersónicas. Las balas de revolver o pistolas portátiles tienen una velocidad levemente superior a la del sonido (340 metros por segundo). Es decir,  a uno se le cuela una bala en el cuerpo, mucho antes de escucharla. Los proyectiles de un  fusil o una ametralladora, alcanzan entre 600 y 1000 metros segundo, doblando y triplicando la velocidad del sonido. Las arpías de hoy son, pues, mucho más eficientes: mueres antes de escuchar su canto.

 

Los proyectiles de un fusil o una ametralladora, alcanzan entre 600 y 1000 metros segundo, doblando y triplicando la velocidad del sonido. Las arpías de hoy son, pues, mucho más eficientes: mueres antes de escuchar su canto.

 

La pistola está vacía; no tiene balas. Para activarla hace falta introducir el cargador con munición. Diez balas aproximadamente. La corredera se retrae para darle paso al proyectil y el arma queda lista.  El martillo percutor se engancha en el diente de escape. La bala está preparada. Es hora de apretar el gatillo para que se libere el diente de escape; el martillo regresa a su forma habitual y golpea fuerte a la aguja retráctil que a su vez impacta contra el fulminante del culote de la bala para que ésta emprenda su destino. Al instante la corredera expulsa el casquillo de la bala dándole espacio para que suba una nueva. El muelle recuperador coloca a la corredera en sitio y la pistola está lista para seguir disparando.

Es un proceso rápido: hay armas que ejecutan más de 600 disparos por minuto como el rifle AK47, otras logran hasta 6.000, como la Minigun. Cali es hoy  una de las ciudades más violentas de Colombia. Durante el 2013 fueron asesinadas 1.964 personas. Por armas de fuego murieron 1.725. Cifras que ubican a la ciudad en el cuarto lugar entre las más violentas del mundo, según el Consejo para la Seguridad Pública y Justicia Penal, con 83.2 homicidios por cada cien mil habitantes. Algunas personas murieron porque alguien decidió disparar, y otras porque alguien pagó para que lo hicieran. Es como si ese año se hubiera  asesinado a bala al corregimiento El Saladito, ubicado a las afueras de Cali, sobre la cordillera occidental.

Las cifras en Cali asustan. Durante 2012 más de 2.897 armas de fuego fueron incautadas por la policía; de éstas, 2.213 eran ilegales y 684 eran originales que no contaban con el permiso que otorga la Tercera Brigada del Ejército. Y es que aunque parece exagerado, fuentes oficiales estiman que en Cali circulan alrededor de 280.000 armas de fuego, entre legales e ilegales, suficientes  para dotar a uno de cada diez habitantes de la ciudad.

En dos décadas las Fuerzas Militares decomisaron 254.817 arpías en todo el país. El crecimiento es colosal; y más aún cuando en la primera década del siglo XXI se ha incautado en la ciudad suficientes armas de fuego como para dotar a más de la mitad de los habitantes de la comuna 20, esto es Siloé, Brisas de Mayo, Belén, La Nave, Belisario Caicedo, La Estrella, Lleras Camargo y Cortijo. Con tantas armas circulando en la calle, la ciudad parece el remedo tropical del viejo oeste norteamericano. 

Pero muchas armas incautadas retornan a la calles. En diciembre  del año pasado la Fiscalía capturó a cuatro personas vinculadas con la venta  clandestina de armas extraídas del batallón de Cali para su comercio ilegal. En una primera inspección la Fiscalía descubrió que 460 habían desaparecido, entre ellas 50 fusiles, pero la cifra puede ser mucho mayor. Los investigadores interceptaron llamadas y descubrieron una organización conformada en parte por militares activos y retirados que hurtaban el armamento.

Aproximadamente el 94% de las armas en lista de destrucción fueron confiscadas a las FARC, ELN y Bandas Criminales. Sólo el 5% son entregadas voluntariamente por parte de particulares. A diario, se escuchan noticias sobre operativos en los que se confiscan armas. Si se calcula la frecuencia con que se decomisa un arma en la ciudad cuesta no horrorizarse al imaginar cuántas las veces en que han sido usadas y por cuánto tiempo seguirán en funcionamiento.

Muchas de las armas de fuego decomisadas no son destruidas. Algunas son exhibidas en los depósitos de armas de la policía. Según el Intendente Luis Hernando Hernández, “varias llaman la atención por su fabricación o estilo”. Y es sorprendente ver con qué astucia los fabricantes ilegales elaboran un arma. En las bodegas de la estación de Fray Damián se pueden apreciar sofisticadas arpías de doble boca como fauces de un dragón dispuesto a dejar salir llamaradas letales. Otras fueron fabricadas de afán con tubos de acero y PVC, plástico, cinta, cauchos y trozos de madera. “Ellas pueden hacer daño tanto a quien la usa, como a su víctima”, dice Hernández. Y es que aunque algunas cumplen con su función, tras disparar una o dos veces estallan en las manos de su creador.

Las armas artesanales de fuego son el objetivo principal de las pesquisas. Saber en dónde y cuándo se fabrican no es fácil y resulta riesgoso. Los artesanos de la muerte que las fabrican permanecen en el anonimato, rodeados de sigilo y secreto. En Cali se estima que hay cerca de 10 puntos de elaboración, armerías clandestinas muy eficientes, y otro puñado más de pequeños talleres con baja producción. Para hacer las armas se recurre, con frecuencia, a materiales reciclables. De la basura que se bota en las casas pueden surgir las piezas de un arma hechiza.