Aunque esta explosión fue un ataque a uno de los medios más influyentes del país, la agenda mediática nacional de esos días se encargó de opacarla, pues andaba bastante ocupada en la reelección presidencial.

 

Por: José Ferney Tovar B.

Ocurrió una noche de febrero de 2005. Eran aproximadamente las diez y cuarto cuando la tranquilidad de mi hogar fue turbada por un estruendo que estalló las ventanas. De inmediato escuché algunos gritos al interior de la casa y me apresuré a salir de la habitación. Quería saber cómo se encontraba mi familia. Todos estaban a salvo aunque bastante nerviosos.

Minutos después, en la calle, la algarabía de la gente tomó cuerpo. A algunas cuadras de distancia de mi casa se concentraron varias patrullas de policía. Intenté indagar en la radio el motivo de la explosión, pero ningún medio daba información; sólo se escuchaba música y comerciales, hasta que surgió una voz anónima: “Fue ahí en RCN, un atentado”.

En efecto, los titulares de prensa del día siguiente confirmaban el suceso. Se trató de un carro bomba que detonó frente a las instalaciones de la cadena radial Rcn. Según la información, hubo dos heridos y varios daños materiales. Luego de un año, el único implicado en el hecho fue absuelto por falta de pruebas.

Días después del atentado, las FARC, mediante uno de sus comunicados, aceptaron la autoría. Acusaron a la cadena radial y televisiva de participar activamente en el conflicto alineándose con el gobierno de turno, sirviéndole con fines propagandísticos. La respuesta no se hizo esperar: diferentes asociaciones de medios hicieron público su repudio y argumentaron que era una total agresión a la libertad de prensa.

Como bien se sabe, en este país los hechos se diluyen en la memoria con la misma fugacidad que dura la noticia. Los atentados, masacres, homicidios diarios quedan guardados en un cajón. Aunque se trataba de un ataque a uno de los medios más influyentes del país, la agenda mediática por esos días andaba bastante ocupada en la reelección del presidente Uribe. Prioridades son prioridades; así que el atentado se dejó a un lado. La misma agencia que fue víctima del golpe, se encargó, a través de sus emisiones, de poner otros hechos en el panorama nacional. El olvido es sistemático.

 

La misma agencia que fue víctima del golpe, se encargó, a través de sus emisiones, de poner otros hechos en el panorama nacional. El olvido es sistemático

 

En agosto de 2010 se presentaría un suceso similar, pero esta vez ocurrió en las instalaciones principales ubicadas en Bogotá, de la otra gran cadena de medios del país: Caracol. El modo de operar de los autores fue el mismo: vehículo hurtado y cargado de explosivos, detonación nocturna, muertos, heridos, “cuantiosos” daños materiales.

Transcurridos ocho años, continúo recordando esa noche cuando camino por las calles cercanas al lugar de la explosión. Actualmente, se encuentran cerradas por conos anaranjados y custodiadas por agentes de seguridad privada. Las paredes de las edificaciones que antes brindaban sombra a los peatones, ahora están corroídas en medio de un silencio abrumador.

 

Transcurridos ocho años, continúo recordando esa noche cuando camino por las calles cercanas al lugar de la explosión

 

Esta tarde el sol golpea las estructuras abandonadas de lo que eran las bodegas de Postobón y constituían el vecindario de la cadena radial que continúa funcionando. Por el lugar solo se ve pasar las patrullas de seguridad y alguno que otro perro, gato o rata, que encuentra refugio en este sitio. 

En la superficie de los andenes se deslizan fragmentos de basura y hojas secas de algún árbol lejano, que a la vez danzan con el viento dejándose elevar y caer de manera delirante. Las cámaras de seguridad se posicionan en la altura, como el ojo de un dios secreto, escrudiñando la soledad de unos muros olvidados.

Al pasar, el silencio se ve interrumpido gracias al eco generado por el tráfico; así como por algún radioteléfono que murmura. Los perros se inquietan cuando camino cerca, sus entrenados olfatos los obligan a dudar de todo el que pasa por el sector.

Cuando llego a mi cuadra, noto en el ambiente una  tranquilidad similar a la de aquella noche. La gente tal vez no la recuerde, el tiempo cava la tumba de la memoria. Los vecinos pocos días después del atentado continuaron con sus vidas sin problema. La señora de la esquina siguió saliendo a barrer la calle como acostumbra; las doñas del frente sacando sus asientos para tomar aire fresco todas las tardes; los pelaos del colegio de la vuelta forman bullicio en el parque; y los jibaros aún siguen vendiendo sus mercancías en el improvisado parqueadero de la otra esquina.

La rutina no detuvo su andar, fue capaz de restablecer el orden después de una noche caótica. Ese recuerdo fue diluyéndose ante otras tragedias cotidianas. Por unas cuantas horas nos llegó el turno de ser el epicentro de la guerra, así como todos los días desde hace sesenta años les ha tocado a tantos colombianos.

 

Por unas cuantas horas nos llegó el turno de ser el epicentro de la guerra

 

Cada vez que paso por aquel lugar veo una huella de la guerra, casi imperceptible, plasmada en el asfalto, en las paredes, en los andenes y también en el silencio. Lagunas de olvido que componen un paisaje inhabitado. Se ha constituido en unos de esos muchos no lugares, senderos de escaso tránsito en donde no hay encuentros ni mucho menos memoria. Ahora solo son algunas calles cerradas.