No nos podemos resistir a la fascinación de un sacrificio ya que la pasión por los sacrificios es parte de la naturaleza de un jugador de Ajedrez”

Rudolf Spielman

 

Por: Óscar Alexander Zuluaga

Corre la mañana del 16 de febrero de 2006. Las ventanas de la  zona estallan; los vidrios  vuelan hacia el interior de las viviendas. Las casas  tiemblan y todos los que sienten el fuerte remezón yacen tendidos en el suelo, acurrucados, intentando reponerse. Sus miradas están nubladas y en los oídos retumba un chiflido estridente. Los corazones palpitan  ante la angustia  de no saber qué ocurrió.

Los segundos avanzan, en la calle hay un silencio profundo: es el eco sordo que dejó el estallido. A lo lejos se escuchan algunos pasos acelerados. Poco a poco, empiezan a brotar las sirenas de ambulancias. Se escucha un fuerte grito, luego otro y otro, y muchos más.

Las personas de las casas aledañas ya están en pie. Se sostienen de las paredes agrietadas mientras recobran el equilibrio. Olga, de 32 años, continúa en el suelo, sobre la calle. Sus brazos y sus piernas sangran; ella siente que su rostro también. La gente corre de un lado a otro, desesperada, pidiendo ayuda a gritos. Nadie acude. Al menos no por el momento.

Las ambulancias y los carros de bomberos llegan. Es el cuartel de la Sijín del barrio Ciudad Modelo en Cali. Vecinos del sector intentan aproximarse, pero son interrumpidos por agentes de policía que cercan el lugar. Los heridos son atendidos. Hay una inminente señal de alerta ante la posibilidad de que ocurra un nuevo atentado. La autopista Simón Bolívar, que honra al libertador y sus guerras, es cerrada a la altura del polideportivo ubicado en el costado norte del cuartel. Cien metros más adelante se ve una carretilla, o lo que queda de ella. Algunas manchas de sangre se perciben en el asfalto. Hay regados órganos humanos y cabello.

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Muchos de los agentes de policía que se encontraban ese día ya no trabajan en el sector. Los que trabajan en la actualidad aún viven las consecuencias del ataque: permanecen encerrados, atentos, expectantes, sin embargo parecen confiados en que algo igual no volverá a ocurrir.  A pesar del atentado, consideran seguro el sector, a diferencia  de otros sitios de la ciudad como la estación central en la Primera con Veintiuna o el Palacio de Justicia.

 

Permanecen encerrados, atentos, expectantes, sin embargo parecen confiados en que algo igual no volverá a ocurrir.

 

En cada una de las esquinas de la Sijín hay un centinela y otro más en la entrada principal. Todos vestidos de verde, con largos rifles en las manos, como parte de un dispositivo de vigilancia planeado para asegurar la protección de quienes permanecen allí. Están alerta ante cualquier irregularidad que se pueda presentar en la zona. En los alrededores, otros hombres vestidos de civil podrían  pasar desapercibidos de no ser por las armas que portan en sus cinturas. Los radios también los delatan. Los policías han creado un perímetro para protegerse y evitar peligros.

Pasadas las seis de la tarde salen otros guardianes. Recorren aproximadamente cien metros sobra la vía ubicada al frente del complejo de seguridad, y se disponen a cerrar la calle con una reja de  tubos gruesos pintados de  verde. La autopista permanecerá sin flujo vehicular durante doce horas, quizá un poco menos por petición de  los vecinos.

Los vehículos, motos y bicicletas que van de norte a sur  comienzan a desviarse hacia una vía alterna que les permita avanzar. Muchos pasan sin preguntarse por qué tienen que hacer eso: el suceso fue naturalizado. La memoria se perdió, y sólo reaparecerá cuando algo similar vuelva a ocurrir.

 

 

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Yuly Mercedes Tabares se despertó más tarde de lo habitual. “Quería ir a trabajar con mi papá pero no madrugué. Al bajar al segundo piso ya se había ido”, dice entre llantos, mientras responde al asedio de los periodistas.

Octavio Tabares, de 65 años,  buen contador de historias y trabajador incansable, salió esa mañana  acompañado por su nieto Víctor Hugo Tabares, de 21 años. El joven tuvo que empezar el día con el afán de reunir cinco mil pesos que le permitieran llevar a su esposa, Ana Xiomara Salazar, de 22 años, y a su cuarto hijo, nacido el día anterior, desde el hospital hasta su casa. 

Palomo se levantó distinto esa mañana. Lucía cansado; su rostro triste y la mirada nerviosa, no alertaron a su amo. El caballo, durante los cuatro años que estuvo en la familia Tabares, mantuvo una actitud tosca hacia los extraños. Octavio solía demorar treinta minutos en arreglar al caballo y su carreta.  Esa mañana, subieron él y su nieto a la carreta, y con un golpe tenue sobre el lomo del animal, iniciaron su recorrido. Se despidieron sin saber que sería la última vez. Quizá si se hubieran dado un abrazo más largo, o se hubieran demorado más en perderse en la distancia... El recorrido fue el de siempre: la autopista Simón Bolívar. 

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En una casa del barrio Mojica, Eduardo Molina Garay trabaja con tenacidad. No admite ruidos que lo perturben ni distracciones que lo alejen de su objetivo. Es jefe de las milicias urbanas de las FARC, pertenecientes a la columna Gabriel Galvis del Bloque Móvil Arturo Ruiz. Tiene 53 años y es un experto en explosivos.  Siempre, luego de terminar un trabajo, debe desaparecer del lugar. El trasteo comienza. En el camino se encuentra a un par de carretilleros. “Simularon un trasteo y, momentos antes de llegar a la Sijín, se bajaron y uno de ellos accionó la bomba”, dijo José Roberto León Riaño, el entonces comandante de la policía metropolitana de Cali. Después se supo que  Carlos Quiñones, bajo las órdenes de Molina, activó con un control remoto los cinco kilos de Amonal introducidos en un cilindro metálico. Aquel contenedor acabó con la vida y la familia del carretillero. También mató a  su caballo. Una jugada magistral.

 

Aquel contenedor acabó con la vida y la familia del carretillero. También mató a  su caballo. Una jugada magistral.

 

 “Mi hermano y mi sobrino fueron contratados para morir por unos desalmados que no tienen perdón de Dios”, explica a los medios de comunicación María Elsy Tabares, hermana de Octavio.

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Hoy, la Sijín alberga diariamente a unos quinientos hombres. Los muros de esta edificación han sido remodelados. Una cenefa gris de aproximadamente un metro cubre la parte inferior de las paredes del edificio. La parte superior ya no es roja, no se ve ni un ladrillo; ahora es blanca, lisa, uniforme. Hay  cámaras en las esquinas de los techos. Todo responde a una orden genérica impartida por los altos mandos a todas las estaciones de la Policía Nacional de Colombia. El objetivo: “mejorar el aspecto físico de las instalaciones de la institución a nivel nacional”.

Víctor Hugo no llevó a su esposa e hijo a la casa; dejó cuatro huérfanos. Los familiares de Octavio perdieron a su padre y a su hermano. Palomo no se logró jubilar: no estará dentro del grupo de caballos de carreta preparados para salir en 2014, donados a quienes puedan mantenerlos bien. Simplemente quedó tendido en el suelo, como muchas otras  víctimas del conflicto que perecen en medio de un juego en el que, al final, no hay ganador.

Al frente, casi sobre el costado  derecho de la edificación, se puede ver un charco de agua producto de la fuerte lluvia caída el día anterior. En realidad, el agua está empozada en el sitio exacto de la explosión, ocurrida siete años atrás. Ahí murieron un carretillero y su hijo.

El enorme hueco en la vía aún no ha podido ser sellado en su totalidad. El agua está sucia, quizás así quedó la sangre de las dos personas y un caballo que murieron en aquel atentado.