Han pasado más de seis años desde que ocurrió el atentado al cuartel de la Policía de Cali. Hoy, el sector vive en las noches una paz de ficción. Policías armados vigilan con sigilo. Los carros deben desviarse. Un ambiente sombrío invade esta parte de una ciudad que con cada explosión fue perdiendo sus lugares de paso.

 

Por: Juan Camilo Parra

Ruge el motor de un bus azul articulado. Su presencia rompe el silencio de un paisaje nocturno que se mantiene estático. Es de los pocos vehículos que tiene carta blanca para transitar por los alrededores del reconstruido edificio de la Policía Metropolitana de Cali, ubicado sobre la carrera primera con calle 21. A lo largo del cordón de seguridad que inicia desde las seis de la tarde, no se ve un alma, por lo menos, no una que vista de civil. El patrullero que custodia el primer puesto de vallas se muestra tímido, esconde el rostro bajo la sombra de su gorra. Le pregunto por qué está cerrada la vía. Con la mano izquierda inmóvil sobre su arma y la derecha sosteniendo una valla, me recomienda salir del lugar. “Tiene que seguir por el desvío; yo no tengo esa información”, dice.

Eran las 12:05 de la madrugada del 9 de Abril del 2007. Lunes. En algunas horas Cali retomaría los agites de su día a día. Terminaba Semana Santa, pero el viacrucis continuaba. En el barrio San Nicolás, al frente del cuartel de la Policía Metropolitana, estallaba una camioneta Piagio Roja, con 50 kilos de amonal. Las consecuencias: 1 muerto y 38 heridos; también un futuro huérfano. Al día siguiente del ataque se supo de la única víctima mortal era Gil Antonio Palomino, un taxista que conducía por el lugar, y cuya esposa  esperaba un hijo suyo en el momento de su muerte. 

Son casi las diez de la noche. Jueves. Cali ya se alista para recibir el fin de semana. La calma del centro a esta hora se contrapone con el acelere que lo invade durante el día. El centro ahora luce cansado, como quien no quiere nada con nadie. El agente que custodia la estación de Policía frunce el ceño. Mira con suspicacia. Imagino normal su paranoia; aunque no tiene acento caleño, debe estar enterado de las razones por las que presta guardia en ese lugar. “Hermano yo no sé nada y solo hago mi trabajo, siga por favor”. No se ve alguien aparte de él. La soledad de la calle produce frío. Parece que ni para los indigentes es atractivo pasar la noche en los andenes de esta zona de la ciudad.

 

“Hermano yo no sé nada y solo hago mi trabajo, siga por favor”. No se ve alguien aparte de él. La soledad de la calle produce frío.

 

Después de la explosión, las versiones de la Policía apuntaron a que el atentado correspondía a retaliaciones de la guerrilla de las Farc, por los golpes que había recibido esta organización en días anteriores. Con este cordón nocturno, compuesto por policías, vallas y tanquetas del Esmad, la integridad del sector hoy parece blindada. La carrera  Primera conecta al centro con el nororiente de Cali y es la principal vía de salida hacia Palmira. La disposición del cordón de seguridad supone una protección de  aproximadamente 150 a 200 metros a la redonda. Los 50 kilos de amonal que contenía el carro bomba produjeron daños en seis manzanas. 

 

 

El plan de desvío es ordenado por la dirección general. Inicia en la calle 19 y finaliza en la calle 22, en sentido vertical; también se bloquea desde la carrera segunda, hasta la Avenida del Río. En cada  punto de bloqueo hay dos agentes, casi todos llevan bufanda y guantes; esta no parece la misma Cali nocturna que todos imaginan a la distancia. Para el cierre la policía dispone cuatro carrotanques del Esmad, los atraviesa sobre las calles que conectan con la carrera primera; a éstos, se unen varias vallas metálicas para terminar de cubrir espacios libres; el cierre se extiende hasta los senderos peatonales. 

La calle se congela. Solo los buses del transporte masivo ruedan pasadas las diez de la noche. Adentro del parqueadero del cuartel se levanta una valla gigante, con vista hacia la carrera primera, lleva impreso el escudo de la Policía Nacional, sobre un corazón rojo y la leyenda: “Con corazón trabajamos por usted y la ciudad”.

Las marcas de la violencia afectan la vida social y la infraestructura física de los espacios. Los lugares se convierten en no lugares. Este fragmento de la Carrera primera ya no es sólo el punto de referencia para transitar del centro hacia el norte de la ciudad. Ahora interfiere en la movilidad de sus habitantes. Desde la explosión y con la disposición del operativo de vigilancia nocturna, el sector en la noche dejó de ser la gran vía por la que los caleños transitaban desapercibidos.

 

Desde la explosión y con la disposición del operativo de vigilancia nocturna, el sector en la noche dejó de ser la gran vía por la que los caleños transitaban desapercibidos.

 

Doscientos metros justo al final del plan de desvío hay una estación de servicio de gas y gasolina. El cordón debería estar pensado para protegerla. Cabe preguntarse qué sería del sector si seis años atrás esa estación hubiese estado allí, justo cuando accionaron, a control remoto, el carro bomba. Cabe pensar también en la confianza que deben tenerle los dueños de la estación al sector y a la Policía misma, para iniciar un negocio de esa naturaleza, en una zona que sufrió las consecuencias del conflicto armado del país. 

La nueva edificación combina el color gris, el blanco y la pulcritud física. Está rodeada por un enrejado negro, junto a una seguidilla de arbolitos muy bien cuidados. No es para menos teniendo en cuenta los 7.500 millones de pesos que invirtieron en su reconstrucción. En su interior, sobre el costado que colinda con la Avenida del Río, la nueva estación policial alberga una cancha sintética de fútbol, debidamente enmallada, quizás para evitar que el balón cruce y se lo lleve el río Cali. Al parecer ni la gobernación, ni la alcaldía se percataron de que el monto invertido en la reconstrucción y remodelación del edificio, más la recompensa de 1.000 millones de pesos, un total de $8.500.000, ofrecida por el Gobierno Nacional para esclarecer el atentado, habría subsanado una cuarta parte del déficit presupuestal de $34.444 millones del Hospital Departamental del Valle, el mismo año del atentado.    

El bloqueo de la vía les recuerda a los transeúntes por qué deben alargar su recorrido o sumar unos pesos más a la tarifa de su taxi. El mapa vial de la ciudad cambió en la noche. La calle alimenta un sentimiento de zozobra que se disfraza de miedo y amaina cualquier deseo de protesta. Si después de la explosión el tránsito se hubiera normalizado, el atentado habría quedado en el lugar a donde muchas tragedias que a lo largo de la historia han afectado nuestro país: al olvido.