La inseguridad y el microtráfico rondan al barrio el Rodeo. Una estación de policía en el sector no es suficiente para organizar la zona. Una calle es el límite donde coinciden maleantes y policías.  

 

Por: Carol Andrea Briñes

Fotografías: David Ramírez

La comuna doce, como la mayoría de los sectores del oriente de Cali, es una representación del desequilibrio social. En sus barrios conviven el mendigo que rebusca en las basuras y el pseudoaristócrata que viajó a Europa, compró casa y se regresó; convive la señora a la que a duras penas se le escucha el saludo y la vecina de al lado que cuenta a quién saluda y a quién no; comparten lugar el joven que consume drogas desde los diez años y el que pretende no probarlas en su vida porque el olor de la marihuana le perturba. En la calle 44 los transeúntes son de todas partes, vienen del barrio El Rodeo, van para la Nueva Floresta, cruzan la vía para llegar a Fenalco Kennedy, porque la Calle 44 hace las veces de frontera.

A las siete de la mañana  el sector está lleno de energías renovadas y ánimos dispuestos, las dos panaderías que compiten a tres esquinas de distancia tienen a sus panaderos frente a los hornos y a sus vendedores detrás del mostrador. El olor a pandebono caliente se desborda. En la panadería de mitad de cuadra hay algo más de diez policías degustando el manjar valluno acompañado de tinto caliente, dispersos, como aquella noche del atentado que cobró la vida de un civil.

Los desayunos de los oficiales y bachilleres de la estación de la Nueva Floresta son el trabajo de un par de panaderos y dos vendedores, que por la autoridad de su voz parecen propietarios. Una mujer y su hija llegan a comprar el desayuno y algo de mecato para el recreo de la niña. Caminan en medio del grupo de bachilleres y la señora toma la mano de su hija para acelerar el paso hacia el colegio. Detrás de ellas pasan dos mujeres más con un dúo de niños de cabezas engominadas y loncheras en las manos. La mañana parece el desfile de uniformes impecables, los policías, los panaderos, los niños, los abuelitos que van a hacer ejercicio; todos se pasean por la calle,  la cruzan al iniciar el día.

A eso de las ocho sale un camión con policías bachilleres que se distribuirán a lo largo de la ciudad; antes de subir, se forman al lado del parqueadero de la estación que está invadido de patrullas. El Centro de atención al usuario de Emcali está abierto, los vecinos de los barrios aledaños empiezan a llegar para hacer una cola que llega hasta el polideportivo; parece interminable, es fin de mes. Se escuchan quejas y reclamos. El vigilante controla la entrada y los hace pasar organizados en grupos de diez personas; da  prioridad a los discapacitados y a los adultos mayores; es un tipo serio, de gran estatura, cada que abre la puerta muestra el ceño fruncido. Parece no estar cómodo con su trabajo. Un joven llega a pagar el recibo de los servicios, lo han enviado y es su primera vez, estaciona su bicicleta a un lado de la fila y uno de los oficiales de la policía que merodea por allí le pide que la retire.

 

 

Sobre la calle dispuesta  a un lado de la estación, está prohibido parquear cualquier tipo de vehículo; esta medida fue tomada desde aquella noche del 5 de noviembre del 2000, a causa de un carro bomba accionado frente a la panadería donde hoy desayunan los uniformados.

 

Está prohibido parquear cualquier tipo de vehículo; esta medida fue tomada desde aquella noche del 5 de noviembre del 2000, a causa de un carro bomba accionado frente a la panadería donde hoy desayunan los uniformados.

 

Un vecino del sector tiene un vago recuerdo de lo sucedido. Cuenta como la silenciosa noche de un domingo fue interrumpida con un sonido extraño que aún le cuesta describir. Vive a cuatro cuadras de la estación y dice que en el momento de la explosión creyó que un transformador de energía había estallado, pero le sorprendió que la televisión siguiera intacta con la transmisión de Riesgo en el aire, el filme que daban en esa noche dominical de premier. Embargado por la curiosidad salió a la calle y no vio más que gente cotilleando confundida, un desconocido sin camisa venía corriendo mientras explicaba a gritos que habían volado la estación de policía. La conmoción lo hizo caminar en busca de la noticia. Después de dos cuadras de recorrido descubrió que las casas alrededor tenían los cristales de las ventanas rotas, así como en las imágenes de guerra. Cuando llegó a la cuadra de la estación, le detuvieron y no lo dejaron cruzar el cerco de cinta amarilla creado por los policías. Había un vehículo hecho añicos, gente alrededor preguntándose sobre los heridos, curiosos, policías consternados pegados de sus radioteléfonos. Era la primera vez que este hombre veía a los vecinos del sector tan escandalizados por un hecho violento, con el tiempo ya se fue acostumbrando.

Este atentado, que golpeó más a la comunidad que a la policía, fue adjudicado al ELN por represalias de un operativo que la policía, el ejército y la fuerza aérea realizó para liberar a las 70 personas que fueron secuestradas en la vía al mar, el 17 de septiembre del mismo año. Cuando el Renault 4 modelo 75 de color rojo, de placas NBF236 fue accionado con 20 kilos de superAnfo en la calle 44, cientos de panfletos con reproches y amenazas por parte del Frente Omaira Montoya  que operaba en Cali advertían sobre el riesgo para las familias de los liberados del kilómetro 18, evidencia clara de que en las guerras priman los intereses de las partes enfrentadas  más que los civiles.

Aquella noche seis personas quedaron heridas y una murió: un conductor de bus, padre de dos hijos, que pasaba por el lugar en bicicleta, no logró llegar con vida al hospital Primitivo Iglesias. La muerte de esta persona fue reparada a sus familiares de forma económica  por una demanda que ellos entablaron al Estado dos años más tarde; sin embargo la reparación es un proceso difícil porque la violencia persiste.

Para los habitantes del sector este hecho marcó sus formas de vivir. Las casas de la zona están generalmente habitadas, pero las que ponen en alquilar duran mucho tiempo en ser arrendadas, permanecen vacías porque vivir cerca de la estación no es garantía de seguridad. Algunos habitantes han hecho de este espacio bloqueado para vehículos un sitio de entretenimiento para sus hijos, parecen olvidar la tragedia para sobreponerse y continuar viviendo; allí montan bicicleta y juegan fútbol.   

Los dos lados de la frontera

La estación de policía está situada en el barrio Fenalco Kennedy, en él reside gran parte de los policías que prestan servicio en la estación y algunos pensionados de la institución. La calma se aparenta y ningún maleante tiene suficiente cinismo para delinquir por esta zona; se conserva un atisbo de confianza, de este lado de la calle el atentado, la delincuencia, el microtráfico, la violencia, la pobreza son sólo asuntos de interés social que acaso afectará a uno que otro; del otro lado de la zona las casas son grandes y lujosas, hay un vehículo frente a cada puerta, la gente chatea por su teléfonos con tranquilidad, hay pocos borrachos, pocos chicos en las esquinas de esos que la misma sociedad margina; no se sospecha de ningún expendio de drogas.

Del otro lado de la calle 44, la gente es y piensa todo lo contrario, vive con miedo, otros son temerarios, se enfrentan al microtráfico, a la inseguridad, a la delincuencia, a la mendicidad, a la deserción escolar, al desempleo y repiten esa vida a sus generaciones porque las alternativas en un barrio tan inseguro como El Rodeo son mínimas.     

En las noches, pasadas las ocho, cuando casi todos  han llegado a sus casas, los vecinos del Rodeo se encierran para no encontrarse con los problemas o para no dar “papaya”. Este barrio es uno de esos sitios donde se deben tener en cuenta los riesgos de ser civil. Reina la soledad, las cintas de restricción que la policía ha puesto alrededor brillan, algunos muchachos juegan con el balón en las calles y se escuchan madres llamándolos a gritos, la panadería con dos o tres policías hace mucho dejó de funcionar las 24 horas y le concedió involuntariamente los clientes de la madrugada a la otra. En una droguería que instalaron hace poco un farmaceuta melancólico espera que alguien se arrime por lo menos a cotizar un remedio cualquiera, pero trasnocha en vano y expuesto a perder la vida. Según dicen los vecinos, por las noches el riesgo de estar cerca del Rodeo es alto.

Es cuestión de prudencia quedarse hasta las diez de la noche porque en la cancha se juegan torneos de microfútbol y, a pesar del riesgo, las graderías se llenan. El señor de las comidas rápidas sabe que esa es la venta, algunas familias convergen en el lugar, hay niños en los juegos y mujeres que los cuidan, hombres jugando y viendo jugar; el balón concentra a muchos de los habitantes del barrio.

La cancha es, en las mañanas, el punto de encuentro del grupo comunal de la tercera edad, allí llegan unos veinte ancianos cada día para trotar y hacer algunos estiramientos, comparten espacio con dos o tres deportistas que corren en el sitio. Alrededor todo es muy tranquilo, suenan algunas aves, música suave sale desde el gimnasio, charlas de día nuevo y ruidos de carros y motos que transitan por la avenida.

Por las noches en cambio es más agitado, de las cercas metálicas se prenden espectadores de los torneos, jíbaros que parecen seres invisibles, patrullas motorizadas expectantes; están los vendedores de cholado, está el granero abierto para comprar la gaseosa de la apuesta, están los consumidores encendiendo un porro. Los patrulleros encienden cada tanto la moto para dar una vuelta alrededor y esperan dos o tres compañeros más para hacer una requisa a cualquier sospechoso que pueda vender droga. Hay gritos, suena el balón cuando toca el arco, se escucha el jugador  que pide un pase ansioso, se oye la campana de los cholados y se ve el rojo y naranja intenso de las anilinas que cubren el hielo. La policía da una vuelta de nuevo, los jíbaros se han ido, ellos no lo saben y por eso dan tres vueltas más.

 

Por las noches en cambio es más agitado, de las cercas metálicas se prenden espectadores de los torneos, jíbaros que parecen seres invisibles, patrullas motorizadas expectantes.

 

 

 

El incontrolable lado del crimen

Desde hace dos años el barrio El Rodeo es considerado uno de los 15 barrios más peligrosos de la ciudad, con reportes de hasta 6 muertes violentas  en tres meses; parece insólito que teniendo a tan corta distancia la estación de policía, no haya regulación en  las prácticas delictivas. Los vecinos se quejan de la ausencia de autoridad y son conscientes de que el barrio sufre una terrible crisis por ese abandono y por el  microtráfico en la zona. Basta andar unas cuantas calles, perforar del todo la frontera y ver como las esquinas están llenas de consumidores, es fácil identificar el campanero que alerta la presencia de los policías, aparenta leer un diario. En la siguiente esquina hay un proveedor que saca de un costado del contador de gas la dosis para la venta, segundos después pasa una patrulla haciendo el ritual de la falsa inspección. 

Así es como viven los habitantes de este sector, entre la tranquilidad y la zozobra, entre el ruido y la calma, entre policías y delincuentes, en una estabilidad aparentemente normal que en cualquier momento puede ser alterada, porque así es como se vive la ciudad hoy, con la violencia como personaje.