En La Factoría de Palmira todos somos parte de un olvido colectivo, de un alzhéimer histórico. Pocos, casi nadie, conocen su historia, la cual está vinculada no solo a la economía del país, también a la guerra emancipadora de Simón Bolívar. Hijos del olvido.

 

Por: David Páramo

Fotografías: Erika Delgado                                                                                                  

Es sábado y son las 3:30 pm. La tarde es naranja; es una de esas en las que el sol, más que una molestia, es un adorno en el cielo de Palmira. Intento pasar la calle, pero una hilera de motos y carros lo dificultan.  Palmira ya no es la ciudad de las bicicletas. Al otro lado de la calle cambia por completo mi panorama. Ya no estoy en la aburrida carrera 28 de la ciudad señorial, llena de almacenes de repuestos para motos y de venta de churros en cada esquina. Ahora me rodean afiches de Black Sabbath, Iron Maiden, camisetas y pipas; de fondo Wear your love like heaven, todo es Wear your love like heaven. El Mono, con su cabello largo, su desgastada camiseta de Bob Marley y su actitud de paz y amor, se acerca y me ofrece una de las innumerables manillas multicolores que tiene a la venta en su pequeña vitrina de madera. Su sonrisa amarilla me dice “bienvenido”. Estoy en La Factoría, uno de los cuatro parques principales de la Villa de las Palmas. Esta es la historia de un parque que primero fue una empresa de tabaco y luego un colegio.

Ni siquiera me di cuenta del momento en que acepté comprarle al Mono una manilla de tejido con los populares colores de la bandera Rastafari. No para de sonreír. Esa capacidad de vender manillas es el resultado de más de diez años en el negocio, tres de ellos han transcurrido en los alrededores del parque. Nuestra conversación llega a su fin cuando aparece un cliente potencial. El Mono necesita la plata, ¿y quién no? No puede darse el lujo de pasar por alto una venta y más aún en Palmira, donde el desempleo suele sobrepasar los índices del 10%.“Nunca está de más unos pesitos extras”, diría mi querida madre. Me retiro del puesto de manillas y la sensación sesentera desaparece. Veo al Mono y pienso que se tomó muy en serio la consigna hippie que dice que “la paz comienza con una sonrisa”. Wear your love like heaven se desvanece en el ambiente.

Camino algunos metros entre un deteriorado sendero de ladrillos, de los cuales ya no quedan muchos. La Factoría se desmorona entre sus propios escombros. El deterioro hace parte del paisaje. El parque hoy no es más que un potrero. Me acerco a varias personas intentando develar un poco la historia de la Factoría: casi todos octogenarios que ocupan la plazoleta. Pregunto, pero nadie sabe nada. En la plazoleta todos somos parte de un olvido colectivo, de un alzhéimer histórico. Pocos, casi nadie, conocen la historia de La Factoría. Una historia vinculada, no solo a la economía del país, también a la guerra emancipadora de Simón Bolívar.

Sigo caminando y unos metros adelante algunas avezas se cruzan en mi camino. En frente de mí hay dulce, azúcar y colorantes demarcando la boca de varios comensales. De un pequeño parlante, ubicado en uno de los siete puestos de cholados, proviene la “melcochería” del merengue. Te compro tu novia se me pega a la piel, como abejas a la leche condensada. Minutos después descubro gracias a Milena que esa lecherita no tiene nada que ver con Nestlé: es una receta preparada con leche y panela. Al parecer, todo el mundo lo sabe, menos yo.

 Milena llega todos los días a las nueve de la mañana. Después viene su patrón y entrega el puesto. Él regresará alrededor de las siete de la noche. Milena dispersa un grupo de abejas amontonadas alrededor de los recipientes de leche.

-Trabajar es tan duro, que por eso le pagan a uno-, me dice.

Se limpia las manos en su delantal rojo, contrasta con su blusa blanca de rayas azules, o azul de rayas blancas. Miro su rostro y pienso en las dificultades que afrontar para mantener a su familia.

Mile es mamá y abuela. Tiene una sonrisa que calmaría a cualquier nieto. La miro y recuerdo a Robin Williams en Papá por siempre. Mientras hablamos, varias parejas se acercan para hacerle pedidos: que un cholado con frutas, una limonada, más leche condensada. Me alejo y le doy espacio para que trabaje. Veinte minutos después me acerco y le pregunto sobre el parque. Mile me mira y por primera vez alguien me dice  algo del parque. Antes era una fábrica y por eso se llama La Factoría.

 

 

 

La historia comienza el veintidós de enero de 1972, cuando al señor Francisco Romero le adjudicaron la construcción de un depósito o factoría de tabaco. Según Carlos Rodríguez, fundador de la Academia de Historia de Palmira, el sitio fue clave para el desarrollo del tabaco. Estuvo vinculado a los triunfos libertadores de nuestros soldados y el poder civil. Por sus aulas, menciona Rodríguez, pasaron ilustres varones de la ciudad para dar resplandor a la República con sus ideas o con su fina pluma.

La llegada del tabaco a Palmira se dio durante el reinado de Don Fernando VII, rey de España. Entusiasmado por el incremento del consumo de tabaco en el mundo, decidió impulsar la industria en el Nuevo Reino de Granada. Los grandes depósitos de tabaco se encontraban en Candelaria, pero posteriormente fueron trasladados a lo que en aquel entonces fue conocido como Llano Grande. Este fue el primer nombre que tuvo gran parte del territorio que hoy se conoce como Palmira. Los excelentes resultados en la producción de tabaco en la ciudad favorecieron la consolidación de la nueva urbe y el desarrollo de la región.

Un “vicio” estimuló el crecimiento de la ciudad.  La mayor producción de la hoja provenía  de las factorías de Palmira, Ambalema, Girón y Casanare. Superaban las 600.000 arrobas anuales. Sin embargo, durante el gobierno presidencial del general José Hilario López, fue abolido el monopolio del tabaco. Desaparecieron las grandes tabacaleras de El Bolo, Nima, Palmaseca, Rozo y otras de Palmira, donde la planta Solanácea crecía generosamente. 

 

Durante el gobierno presidencial del general José Hilario López, fue abolido el monopolio del tabaco. Desaparecieron las grandes tabacaleras de El Bolo, Nima, Palmaseca, Rozo y otras de Palmira, donde la planta Solanácea crecía generosamente. 

 

En el Informe sobre el consumo de tabaco de 2013 la Organización Mundial de la Salud estimó que más de seis millones de personas mueren cada año por causas relacionadas con su consumo. Problema de salud que no fue prioridad para el Estado colombiano mientras mantuvo el monopolio tabacalero. La tasa de mortalidad anual calculada por la OMS para 2030 es de ocho millones de personas.

***

Todo en La Factoría es amontonado. Más de 70 especies de árboles crecen en el parque. Un CAI está al otro extremo del mercado hippie, sobre la carrera 27 y, como un pequeño castillo, reposa sereno. La pequeña fortificación de concreto reforzado, con ventanas blindadas, suma seis años de construida. Hace parte de los nuevos CAI blindados, una medida que promovió el gobierno de Álvaro Uribe para contener los ataques, incrementados durante su período. 

Me acerco al CAI y la indiferencia de sus ocupantes es evidente. Los saludo con esmerada educación; el uniforme verde suele intimidar. Mi saludo no tiene respuesta. Una gran parte de uniformados en Palmira provienen de otros lugares del país. Estos policías foráneos hacen parte de una estrategia que empezó a operar desde el 2011, cuando el Gobierno, a través del Ministerio de Defensa, ordenó el incremento de fuerza pública para Palmira. Llegaron más de 350 policías a la ciudad para reforzar la seguridad, debido a un crecimiento exponencial de la delincuencia en sus calles en los últimos años. Según un artículo publicado en junio de 2012 por la revista Semana, “desde 2010 los homicidios crecen por encima de los 200 casos al año y la tasa de muertos por cada 100.000 habitantes supera con creces la de ciudades más grandes como Bogotá, Medellín y Cali”. Sin embargo, según el Observatorio de Seguridad, Convivencia y Cultura Ciudadana de Palmira, la tasa de homicidios para 2013 se redujo un 35% respecto al año anterior, pasando de 96,4 a 62,2 homicidios por cada cien mil habitantes. Una disminución importante comparada con la modesta reducción nacional de 8% en muertes violentas.

A través del cristal  grueso veo a un policía sentado frente a una computadora. Contiene una basede datos con antecedentes judiciales. Basta con ingresar un número de cédula y su relación de cuentas pendientes con la justicia se despliega en la pantalla.

Me alejo de la ventana buscando otro uniformado. Para mi suerte, conversa con una jovencita de cabello claro, a pocos metros del CAI.  Mientras me acerco, noto que algo había pasado por alto durante el recorrido: una cantidad innumerable de papeles blancos y basura yacen por todo el parque.

La apariencia de La Factoría es ambigua: sin importar el número de personas que lo ocupen, está abandonado. Su segunda transformación se dio cuando estalló la Revolución emancipadora en 1810. En ese año gobernaba el país don Antonio Amar y Borbón, último de los Virreyes.

En el Valle del Cauca Simón Bolívar no gastó un solo tiro, en parte gracias al gran compromiso de los habitantes y gobernadores de la Villa de las Palmas. Palmira se empeñó en dar albergue a todas las tropas confederadas del Valle. La Factoría pasó de ser un depósito de tabaco a un cuartel, el último desde donde partían las tropas de la Libertad. La ciudad participó con tropas y suministros en las memorables batallas que se dieron de 1811 a 1815. Entre ellas la del Bajo Palacé, el 28 de marzo de  1811, y la de Páramo de Tasines y Ejidos de Pasto, en 1814, antes de la reconquista española.

 

Palmira se empeñó en dar albergue a todas las tropas confederadas del Valle. La Factoría pasó de ser un depósito de tabaco a un cuartel, el último desde donde partían las tropas de la Libertad.

 

El Cuartel de La Factoría albergó al heroico contingente de mujeres que participaron en la batalla de San Juanito el 2 de septiembre de 1819, el único integrado por mujeres en América Latina que luchó por la independencia. Aquella  participación de Palmira permitió despejar durante diez años el camino hacia el Sur para Sucre y para Bolívar. Tanto así que en la proclama de Pamplona, el 7 de diciembre de 1897, el Libertador menciona a la ciudad: “El sol del histórico Cauca irradia también sobre la heroica ciudad de Palmira, que se emancipó para sí y para la libertad de la patria.” La Villa contribuyó económicamente gracias a la producción del tabaco recolectado en el Valle, procesado en La Factoría. 

Una enorme bocanada de marihuana salía de la boca de un punkero que pasaba enfrente del CAI. Se dirigía a la plazoleta. El punk en Colombia surgió a finales de la década de los setenta y principios de los ochenta, impulsado por el auge del movimiento punk del mundo anglosajón. En Palmira es un movimiento que lleva casi 20 años, aunque se ha popularizado por la llegada de la nueva ola “neopunkera” que tuvo lugar en California a mediados de los noventa. En Palmira el punk es considerado una sub-cultura de poco impacto, a diferencia de ciudades como Medellín. Sin embargo, la Factoría es el epicentro de la escena local.

Eran casi las seis de la tarde y la oscuridad empezaba a abrazar los secos árboles que rodean como huesos al parque. Avanzo varios pasos atrás del punkero. Tiene una cresta roja, un chaleco de jean y una camiseta negra con el nombre de la banda paisa IRA en letras rojas. En el bolsillo izquierdo lleva lo que parece ser un cuchillo, en una mano un porro y en la otra una bicicleta vieja. De inmediato el recuerdo del monumento a las bicicletas aparece en mi memoria como un hipervínculo de internet. En la década de los noventa el uso de las bicicletas influyó notablemente la cultura palmirana: cerca de 90.000 de los 251.000 habitantes de entonces usaban bicicletas, frente a 986 buses, busetas y microbuses de servicio público y otros 38.000 vehículos particulares, 16.000 de ellos motocicletas. La importancia de la bici estimuló la construcción del monumento sobre la carrera Veintitrés.

A mitad de camino el punkero se detiene, da la vuelta  y me mira. Lo que tiene en el bolsillo no es un chuchillo es una bomba de aire pequeña.

Se acerca y me pide doscientos pesos para comprar chirri, una bebida alcohólica de bajo costo preparada con Aguardiente de la Corte, Frutiño y Halls. Todo debidamente mezclado en la caneca del aguardiente. Mientras se fuma el porro me pregunta en qué me puede ayudar y le contesto en medio del humo. Le pido información del parque. Me dice que “parcha” aquí hace siete años y que ha visto de todo. No obstante, solo me cuenta una historia: una vez unos manes de Buga le pegaron una puñalada a un parcero del parche y se murió desangrado en el mismo lugar donde ahora unos niños, por caprichos de los vientos de agosto, intentan elevar una cometa. Se para y me dice que todo bien y se va. Al otro lado del parque su hermano, también punkero, le grita: ¡Chiken!

 

Unos manes de Buga le pegaron una puñalada a un parcero del parche y se murió desangrado en el mismo lugar donde ahora unos niños, por caprichos de los vientos de agosto, intentan elevar una cometa.

 

*** 

Es martes, son las tres de la tarde y han pasado dos días desde que estuve en La Factoría. Estoy en la alcaldía. Voy a la recepción, pregunto al encargado el lugar donde puedo encontrar información sobre el parque. Me mira de pies a cabeza y me dice que vaya a la biblioteca ubicada frente al parque. Unos minutos después, en la recepción pido una vez más información relacionada con el parque. El funcionario me mira de pies a cabeza y me dice que vaya a la alcaldía.

De nuevo dos días y  varias llamadas más tarde, estoy en la alcaldía. Esta vez tengo una cita con Henry Cobo, secretario de vivienda. Cobo me mira y me pregunta por qué escogí justo ese parque. Lleva puesta una camisa rosada con las mangas recogidas y un pantalón café. Después del fin de la guerra y la abolición del monopolio del tabaco, La Factoría, sin un destino especial, pasó a ser un lugar de espectáculos públicos, un circo de acróbatas y maromeros. En 1866 el gobierno nacional decidió desentenderse del deteriorado edificio y lo cedió al municipio, con la condición de convertirlo en una escuela y colegio.  La inauguración del colegio no se hizo sino hasta el 8 de febrero de 1868. Fue nombrado “La Libertad”, luego pasó a manos de la Congregación católica-educativa de los Hermanos Maristas y cambió el nombre a “Liceo Palmira”.

Cobo me explica, mirándome rara vez a los ojos, cómo en 1929 el Liceo Palmira se convierte en el Colegio Cárdenas -en  honor a Don Vicente de Cárdenas- y es trasladado de la casona de La Factoría a la Carrera veintiocho, a unas cuantas cuadras de su origen. Posteriormente, lo que quedaba de la casona fue demolido y se perdió para siempre un patrimonio arquitectónico de la ciudad.

Palmira no tiene memoria –pienso- mientras Cobo habla. Hace una pausa y le pregunto por qué demolieron la casona. Se levanta y me dice que los políticos de la época quebrantaron la ley al vender el predial a una asociación que buscaba construir un hotel. Mientras habla no puedo dejar de preguntarme si Cobo también es uno de esos políticos de turno. Termina diciendo que actualmente La Factoría no le pertenece al Estado, que el parque se encuentra en una especie de limbo judicial. Esto quiere decir que no se puede invertir en él.  Esto explica por qué proyectos como los de la Universidad Antonio Nariño, presentado en el 2011, para su remodelación no puedan ser tenidos en cuenta. Salgo de la oficina decepcionado. Palmira carece de terminal de transporte. Tiene una población de casi cuatrocientos mil habitantes, que la convierte en la segunda ciudad más grande del departamento. El espacio público es la prueba del sentido de pertenencia que  las personas tienen por su ciudad. La Factoría es un ejemplo de cómo sus habitantes destruyen su memoria, de cómo sus dirigentes promueven este olvido y distanciamiento histórico por medio de decisiones corruptas.

Han pasado varios días y estoy  aquí de nuevo. Me detengo en uno de los cuatro arcos de la plazoleta central. Todos están destruidos por el paso de los años y el abandono. A éste en particular  lo rodean unas hermosas flores amarillas. A mi lado, una señora con unas tijeras corta la maleza que crece alrededor de las flores. Y comprendo la esencia de este lugar: a La Factoría vienen muchos, pero pertenece a pocos.