Habitantes confrontados por la tranquilidad y la muerte ofrecida por cuidanderos que aparecen y jíbaros que se desvanecen. Un negocio organizado cambia de mando pero no de lugar. La Paila, un pueblo con olor a caramelo y tardes sofocantes.

 

Por: María Alejandra Arias 

Si uno busca en Google Earth el corregimiento de La Paila, ubicado en el municipio de Zarzal, a 130 kilómetros de Cali,  aparecerá simplemente un punto verde borroso. Aunque tiene catorce mil habitantes, no aparece ningún registro suyo en las páginas oficiales del Valle. Es de esos pueblos colombianos cuyo nombre sólo asoma en el panorama cuando ocurre algún desastre o algún milagro. Y también es de esos pueblos que son pequeños infiernos dados al calor que los azota. "En La Paila no hay violencia, hay drogadicción”, dice don Guillermo mientras recuerda a los cinco hombres que se hacían pasar por cuidanderos del pueblo.

A las doce del mediodía, el sol obliga a los habitantes de La Paila a refugiarse en grandes y antiguos caserones; a los demás, aquellos que han construido sus casas con cemento y tejas de zinc, les queda el consuelo de los viejos árboles del parque. El centro del pueblo es una iglesia restaurada con los pocos dineros que llegan de la Alcaldía. Al frente de ésta, custodiado por dos grandes ceibas y alfombrado con flores amarillas que caen desde los árboles de ébano, se encuentra el parque. Allí se esconden del sol unos cuantos ancianos que juegan dominó y parqués hasta que cae la noche.  A las dos de la tarde entran y salen los obreros de Colombina y del Ingenio Riopaila; estas dos grandes industrias generan la mayoría de empleos en esta región. Hombres de piel negra, los únicos que pueden soportar las largas jornadas de corte de caña, llegan de todas partes del país y se asientan en La Paila, buscan trabajo y un futuro mejor.

A las cinco de la tarde cuando el sol se aleja la gente sale a las calles y el pueblo cobra vida. El olor a caramelo fundido proveniente de la planta de Colombina, la más grande del país,  inunda estas calles empolvadas. Al tiempo se percibe, aunque en menor medida, el olor putrefacto de los lagos que sirven como desagüe a la misma fábrica. A esta hora despierta el ambiente festivo de La Paila. La influencia de la cultura negra cada vez distingue más a este pueblo de sus vecinos como Zarzal o Bolívar.

 

A las cinco de la tarde cuando el sol se aleja la gente sale a las calles y el pueblo cobra vida. El olor a caramelo fundido proveniente de la planta de Colombina, la más grande del país,  inunda estas calles empolvadas

 

No hay mucho por hacer, aun así la gente sale. Las calles que en la tarde estaban vacías y calientes, ahora no tienen espacio para el tránsito de motos. Tener moto en La Paila proporciona estatus; sus dueños van en ella a todas partes: a la heladería, al parque, al estanco. Sin embargo, el pueblo no solo se mueve por las motos, también por los chismes. Por las calles se ventila información de la vida diaria: la muerte de “Chemo”, el matrimonio de la hija menor de los Valencia o el asesinato de “Juaco”. 

En La Paila hay un momento de la tarde en que ocurre algo curioso: desde el parque central se escuchan las campanas de la iglesia, anuncian la misa de las seis y media, y al mismo tiempo, cruzando la vía, tres discotecas, una al lado de la otra, suben al máximo el volumen de las canciones de música popular, en un combate sonoro entre el deseo profano y la religiosidad tradicional del pueblo.

Este corregimiento no cuenta con grandes festividades; no se celebra la independencia ni tiene ferias artesanales o gastronómicas. La única oportunidad que tiene de celebración es “La alborada”, un desfile que se realiza cada 30 diciembre. En él los  paileños celebran el fin de año recorriendo las calles y lanzándose harina y huevos. Ese día ni una solo moto se queda en el garaje. El desfile termina con un paseo al río La Paila o alguna de las quebradas que corren a las afueras del pueblo. Aquí la gente va a lavarse la harina de la cara y a refrescarse para continuar  hasta el 2 de enero.

Ahora, en los primeros meses del año, no es el calor lo que hace que la gente se esconda. Una fuerte ola de violencia está afectando a los pueblos cercanos. Zarzal, que queda a 15 minutos, está más caliente que La Paila a las dos de la tarde; esto debido a los enfrentamientos entre bandas criminales por el control del microtráfico. Si bien los principales jefes de las bandas han sido capturados o se entregaron, las intimidaciones continúan en menor medida. Pero el conflicto es más crudo en Tuluá, donde estas mismas bandas empezaron a extorsionar a los comerciantes del municipio y a desmembrar cuerpos con el fin de atemorizar a los habitantes. La gente siente miedo de ir a estos municipios donde muchos paileños tienen familiares. 

 

 

A pesar de estos antecedes, La Paila se encontraba en relativa seguridad hasta que, a finales del 2010, varias personas empezaron a hacerse notar. Cinco hombres y una mujer desconocidos se sentaban en las sillas blancas del parque; tres motos completaban la escena.

 

La Paila se encontraba en relativa seguridad hasta que, a finales del 2010, varias personas empezaron a hacerse notar

 

“Tu primo anda en malos pasos, decile que ya lo pillamos”, así amenazaban a aquellos que estaban robando o consumiendo droga. La voz corrió: habían llegado al pueblo varias personas para “restablecer el orden”. Algunos se asustaban, dejaban de robar o se iban del pueblo, otros con menos suerte no hicieron caso. Las amenazas se cumplieron.

“En esa época empezaron a crecer los expendios de droga. Los muchachos y hasta los niños empezaron a consumir, y por eso fue que supuestamente aparecieron los cuidanderos”, cuenta Don Guillermo, de 54 años, quien ha vivido toda su vida en el corregimiento. Con su trabajo de mecánico sostuvo a su familia y crió a tres hijos profesionales.

Él y su esposa conocieron La Paila como un pequeño caserío cruzado por una acequia, un desagüe artificial que divide el centro de los barrios más viejos; este río aparece y desaparece a las afueras del pueblo, creando lagos donde la gente va a bañarse los fines de semana. Actualmente, los habitantes más antiguos han visto que La Paila ha pasado de ser un corregimiento pequeño y familiar a ser un pueblo influenciado por la cultura del dinero fácil y por el lujo que exhibía el grupo de hombres  recién llegados.

Muy pronto aquellas personas que se apostaban en las bancas del parque, fueron reconocidas y aceptadas a pesar de no vivir en el pueblo ni tener algún conocido por los alrededores. Todo el mundo supo quiénes eran y aquellos que lo ignoraban, solo tenían que esperar en el parque a que hicieran su ronda diaria para conocerlos. El asesinato de varios jóvenes, conocidos en el pueblo por robar casas, consumir drogas y trabajar como sicarios, lejos de preocupar a la población, pareció tranquilizarla, pues la limpieza social empezaba a ser efectiva. Una vez aceptados por la comunidad, estas personas pasaron de ser los cuidanderos, a ser los interlocutores que arreglaban los más mínimos problemas de la población. Por ejemplo, servían de cobradores a aquellos que estaban cansados de reclamar a sus deudores; y además, durante los dos años y medio que “cuidaron” La Paila, nunca se supo que pidieran vacunas a los comerciantes, como suelen operar este tipo de “grupos justicieros”.

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El 23 de febrero de 2013, en El Tabloide, el periódico que muestra la gravedad de la violencia que azota a los pueblos del Norte del Valle, apareció la noticia de la muerte de Arcadio Montaño Torres de 42 años, una semana atrás.

Según la pequeña nota, “Juaco” había sido asesinado por un hombre desconocido; la muerte se habría dado producto de una discusión desatada por una partida de parqués. No obstante, por el pueblo corrieron otras voces. “Juaco era un buen muchacho, no estaba metido en problemas, pero tenía fama de que golpeaba a la mujer. La última vez que le pegó, ella fue donde el cuidandero y le dijo que lo asustara, pero Juaco lo desafió,  y el “justiciero” por rabia, fue a buscar la pistola y lo mató”, cuenta doña Martha, una de sus vecinas que se enteró, como todos en el pueblo, por rumores.

“Juaco” fue asesinado de noche en un billar frente a la antigua galería y al lado de su pequeño hijo. Vecinos lo vieron pero nadie fue capaz de detener al hombre que huyó en una bicicleta. “A los muchachos les tocó irse porque esta vez mataron a alguien que no hacía daño”. Como por arte de magia dejaron de amenazar, de hacer rondas por el pueblo y de sentarse en el parque a vigilar. La Paila continúa en una calma parcial, pero no se pregunta por qué aparecen y desaparecen tan repentinamente este tipo de grupos.

 

Como por arte de magia dejaron de amenazar, de hacer rondas por el pueblo y de sentarse en el parque a vigilar

 

La presencia de las bandas criminales y sus constantes enfrentamientos por el control total del microtráfico de la región afecta a la población de Tuluá, Zarzal, La Unión, La Victoria, Obando, Roldanillo, Toro, Versalles y El Dovio. Sin embargo, estas bandas no solo están interesadas en tener el control, también buscan expandir su negocio. Si bien La Paila no es escenario frecuente de asesinatos o venganzas entre grupos, sí sufre el impacto del expendio de droga y la narcocultura.

Cuando en 2011 se entregó Hilbert Nover Urdinola, alias “don H”, jefe de “Los Machos”, se creyó reducido este grupo que se disputaba el negocio de las drogas con “Los Rastrojos”. Luego, en junio del 2012, las autoridades capturaron a Diego Pérez Henao, alias “Diego Rastrojo”, pero la venta de droga no cesó por la captura de estos cabecillas; por el contrario, los que quedaron al mando protegían más el negocio, se dividían en pequeños grupos o se aliaban con otras bandas como “Los Urabeños” y “La Cordillera de Pereira”. Por eso, cuando la fuerza pública desmantela una banda criminal, aparecen otras tres más organizadas.

 

Por eso, cuando la fuerza pública desmantela una banda criminal, aparecen otras tres más organizadas

 

Una de las estrategias de los grupos para monopolizar el negocio consiste en  hacerse pasar por cuidanderos y limpiadores, pero en realidad hacen presencia para amenazar a la competencia. Aun sin amenazas, los lugares de expendio de droga en La Paila continúan abiertos, esta vez tendrán que buscar una forma menos evidente de controlar por completo la zona.