Una fila de camionetas lujosas que exhiben potentes equipos de sonido, obreros en bicicletas, sirenas desaforadas, jíbaros y ladrones ocultos reguardados bajo la oscuridad, forman el panorama de la avenida Simón Bolívar al esconderse el sol. En la noche pararse enfrente de la estación de la SIJÍN, puede considerarse un gesto sospechoso.

 

 Por: Joan Sebastián Santa

Poco a poco, la luz del día es atacada por el manto oscuro que avanza hacia la ciudad. Los faros citadinos empiezan a encenderse y muestran la senda por donde transitan los habitantes. De algún modo, la iluminación direcciona la atención de los transeúntes y limita su campo de acción. Hay lugares esquivos a la luz; es en esos oscuros pasajes donde se identifica la personalidad de una ciudad: Cali, la sucursal del cielo, Cali, la ciudad cuyo cielo no siempre es azul.

Desenfrenados, los carros fluyen por la avenida y el cansancio hostiga a los conductores. Las bocinas incesantes evidencian estrés y desespero. Los buses urbanos realizan arriesgadas maniobras para recoger a las personas que esperan en las aceras. Obreros de ojos caídos, bostezos contagiosos y cuerpos agotados, aguardan el vehículo que los lleve de regreso a su hogar. Pero los buses no son los únicos que se disputan pasajeros, también los piratas terrestres, que intentan arrebatarles viajeros a las busetas. La competencia es una tentativa de Nascar criolla; la habilidad de los conductores o la intervención divina, actúan para que los accidentes no sean el pan de cada día. 

El tráfico de Cali, un viernes en la noche, es distinto al de los anteriores días de la semana. Este día abundan los conductores ávidos de ocio. La música estalla al interior de algunos automóviles y sus ocupantes se ahogan en perfume. Algunos grupos se preparan para rumbear en alguna discoteca de Cali.

Dejando a un lado la excitación festiva de un fin de semana, a medida que seguimos avanzando por la avenida el panorama transmuta. La Simón Bolívar actúa como línea divisoria entre el Distrito de Aguablanca y el resto de la ciudad. El distrito presenta problemas sociales bastante complejos, teniendo en cuenta su extensión y las condiciones adversas que acompañan a sus habitantes. Quizá por eso, cuando pasamos la escombrera del barrio Brisas del Limonar, la Simón Bolívar cambia de piel.

Como estrategia de control y seguridad, la Policía Nacional tiende a instalar numerosos puestos de control a lo largo de su recorrido. A la altura del barrio Ciudad 2000 se divisa el primero. Según  el Instituto Nacional de Investigación y Prevención de Fraude, en su documento sobre “La instalación de puestos de control legales”, los retenes policiales deben verificar los antecedentes de los conductores y el registro de vehículos. Con una tasa de muertes violentas de 85.6 por cada 100 mil habitantes para 2013, Cali ostenta los índices nacionales más altos por muertes violentas. ¿Por qué si se instalan tantos puestos, la tasa de homicidios no disminuye?

Con un gesto a lo lejos, nos indican que debemos detenernos. La noche y los árboles tupidos, ubicados en ambos costados de la vía, componen una oscuridad casi absoluta. Las luces fugaces que irradian los vehículos al pasar y los chalecos reflectores de los policías son las únicas fuentes luminosas. Uno de los uniformados se acerca y pregunta por mis papeles de identificación y la documentación de la moto. Ojea la tarjeta de propiedad y habla por radio; mira el número de cédula y lo dicta al teniente al otro lado de la línea; espera respuesta. Mientras nos encontramos allí, comprendemos las causas por las cuales un vehículo es obligado a detenerse. Pesa, ante todo, la apariencia: camionetas polarizadas, carros y motos de alta gama, automóviles abordados en su totalidad por hombres, motocicletas con parrillero y camiones grotescos. El procedimiento con los demás dueños de los vehículos es similar. Hay estacionada una moto Honda Eco con una pareja a bordo; también está parqueada una camioneta Chevrolet Captiva Sport, un automóvil Sedán y un Spark Gt. Al parecer, la pareja de la moto tiene problemas con el papeleo; el muchacho del Sedán pasó sin problemas; pero el hombre de la camioneta sigue siendo objeto de una requisa exhaustiva.

 

Mientras nos encontramos allí, comprendemos las causas por las cuales un vehículo es obligado a detenerse. Pesa, ante todo, la apariencia.

 

El policía me devuelve la cédula, “Gracias, por favor continúe”. Trato de preguntarle el motivo del retén en este sitio, pero me indica que debo seguir; necesitan espacio. Mientras me preparo para partir, la Captiva comienza a moverse: no le fue encontrado nada sospechoso. Otros vehículos de características parecidas son detenidos en el retén. 

Continuamos subiendo por la avenida. Desde el lado exterior de la valla del coliseo de lucha Mariano Ramos, se ve un gran número de personas. Los menores entrenan  fútbol, otros utilizan este espacio para montar en sus bicicletas. Los mayores charlan y trotan. ¿Es acaso este lugar símbolo de seguridad? ¿Son las vallas barreras impermeables a los problemas del exterior? Es fácil percibir el fuerte contraste entre el gran colorido social de los alrededores del coliseo y el espacio monocromático que está al otro lado de la valla.

En la Simón abundan pequeños grupos de ciclistas. Generalmente, charlan entre ellos, se cuidan entre ellos. Saben que andar muy separados del grupo representa un posible robo o accidente. La mayoría de ciclistas no portan vestimentas de protección o de visibilidad. Son prácticamente invisibles, porque además la iluminación callejera es precaria. Algunas casas cercanas a la autopista donan un poco de luz. Le pregunto a un ciclista que a esa hora recorre la avenida: “Allí hay una ciclovía, ¿por qué no transitan por ella?”. El hombre no duda en responder: “Por allá no me meto. Allá lo roban a uno”. Es evidente que un lugar oscuro, rodeado de árboles y a esta hora de la noche, no es el más recomendable para transitar. La ciclovía de la Autopista Simón Bolívar va desde el barrio Mariano Ramos y sigue irregularmente hasta el barrio La Rivera, en el norte de la ciudad.

Ronald Pérez, ciclista de tez morena y pelo rizado, ve la ciclovía como un signo de precaución.

-¿Por qué usa la avenida si la ciclovía está al lado?-, le pregunto.

 -Porque es más rápida y menos peligrosa.

- ¿Es muy peligrosa la ciclovía?

- Parece que roban mucho, no me consta, pero uno se apega a los consejos.

-¿Quién lo dice?

-Un amigo que trabaja en el Ingenio, conocidos de él fueron robados.

Llegamos al cruce del barrio Puerto Rellena y, para nuestra sorpresa, la luz inunda todo el sector. La panadería, que también funciona como bingo, ilumina a los transeúntes y a los apostadores. Al otro lado de la calzada, descansan los puestos de fritanga por los cuales fue bautizada esta zona. Los habituales limpiadores de parabrisas no se encuentran en sus puestos. Los vendedores ambulantes empiezan la marcha hacia sus residencias. Los conductores, con una dudosa actitud cívica, se abstienen de pasar el semáforo en rojo. En un punto del cruce está instalada una cámara de vigilancia que fotografía a los infractores. Solución de choque a un conflicto cultural. 

Fue cuestión de pasar la frontera luminosa de la panadería para encontrarnos, mirando hacia la ciclovía, con una de las razones por la cual Ronald se abstiene de cruzar: localizados a las orillas del caño, en la oscuridad, estaba un grupo de travestis junto con otras personas que no compartían su forma de vestir pero sí su compañía. Los transexuales representan un punto de conflicto en la sociedad, además de los prejuicios machistas, de la discriminación generacional y de las diversas moralidades sociales. Los transexuales son vistos como focos de inseguridad y miedo. Pero el miedo no es a ellos, sino al espacio donde se afincan y a los personajes que frecuentan estos sitios. Aquellos personajes son los autores de tan sospechosos movimientos: parados en medio de la oscuridad, ofrecen el interior de sus maletines a los pocos peatones y ciclistas que se internan allí. Ese código de gestualidades, ademanes y movimientos, expresan el tráfico de drogas. Es curioso, este punto se encuentra a muy pocos metros del CAI de Villa del Sur.

 

Parados en medio de la oscuridad, ofrecen el interior de sus maletines a los pocos peatones y ciclistas que se internan allí.

 

Los retenes policiales siguen siendo parte fundamental en el panorama vial. Hay uno cerca a las construcciones del MIO, contiguo al barrio Calipso y, más adelante, otro en la troncal oriente, en el barrio Lleras Camargo. Al pasar cerca de ellos, no fuimos detenidos. Cuestión de comunicación entre puestos.

 

 

 

Muy cerca del Motel Sol y Luna, un automóvil se sobresalta debido a uno de los numerosos baches que azotan el pavimento de la autopista. El sonido es aparatoso, pero al conductor parece no importarle mucho; la soledad de las vías a esta hora permite abusar del acelerador. Según el Código Nacional de Tránsito, la velocidad permitida, bajo estas condiciones, es de 80 kilómetros; sin embargo, muchas leyes duermen en el papel. Los baches en la carretera representan un problema de seguridad vial. Pero la inversión pública es lenta e irregular, y la autopista Simón Bolívar sufre de esta dolencia.

Pasando la calle, frente al motel, se levanta la estación de la Sijín Ciudad Modelo. Esta central fue blanco de un atentado. Allí estalló una carretilla que transportaba cinco kilos de dinamita. Los ocupantes murieron. Hubo múltiples daños en las instalaciones y en las viviendas cercanas. Ocurrió el 16 de febrero de 2006; las secuelas aún son evidentes.

 

Frente al motel, se levanta la estación de la Sijín Ciudad Modelo. Esta central fue blanco de un atentado. Allí estalló una carretilla que transportaba cinco kilos de dinamita.

  

En las noches, las autoridades cierran la calle cercana a la estación y nadie puede pasar frente a ella. Varios policías militares hacen guardia alrededor del perímetro. A las 11 de la noche, pararse enfrente de la estación, puede generar sospechas. 

-A esa estación la han atacado varias veces, pero no todos los ataques han pasado en las noticias-, dice un  vecino del sector que aún recuerda el ataque con rocket de un grupo desconocido. Es un hombre de unos cuarenta años; lleva una gorra del Deportivo Cali. Está sentado junto a un puesto de dulces, cuyo dueño no asoma por ningún lado.-Ese día todo el sector estaba acordonado, buscando al mancito ese. Yo creo que a esa estación le han dado porque es la inteligencia de la policía-, apunta el hombre.

La Sijín es el estamento policial que se encarga de apoyar la investigación criminal. Esta es una de las razones, según las autoridades, que explica tantos atentados. La estación es un objetivo militar importante, está ubicada en un sector residencial. Casas, apartamentos y un parque recreativo colindan con ella. ¿Por qué mantener ese edificio de alto riesgo bélico en un sector residencial? Resulta  inquietante ver el edificio en la noche. Una aparente calma trasmite el caminar lento de los policías que hacen guardia. Ninguna otra persona ajena a la estación se acerca; ni perros, ni gatos. Es un espacio protegido por una cerca imaginaria de miedo y autoridad.

 

Ninguna otra persona ajena a la estación se acerca; ni perros, ni gatos. Es un espacio protegido por una cerca imaginaria de miedo y autoridad.

 

Juan Tabares, estudiante universitario de 21 años, me cuenta detalles acerca del día del atentado. Me invita a entrar en su casa, ubicada cerca a la estación de la Sijín. Nos sentamos en la sala, y mientras se acomoda en uno de los sillones ébanos, dice:

 -¿Atentados? No he visto sino una bombita que pusieron, pero lejos de ahí, era pa’ llamar la atención, pero nada raro.

-¿Y la bomba de la carretilla?-, le pregunto. 

-Una carretilla llevaba una carga y la volaron porque dizque habían cogido a un man que en ese tiempo era famoso y lo tenían recluido ahí. Eso voló carne por todo lado; el caballo quedo a la mitad y las personas también. 

Le pido a Juan que salgamos al antejardín para que me indique el lugar donde estaba la carretilla. Él señala hacia un punto más arriba de la estación, al frente de la entrada del parqueadero.

-¿Y qué hizo la policía?

-Acordonaron media manzana y vinieron los canales de TV a entrevistar a todos.

-¿Y los vecinos cómo estaban?

-Aterrados de severendo tramacazo. El gobierno respondió por los daños hechos a las casas con aproximadamente 800 mil pesos.

-¿Para cada persona?

-Por hogar, por los daños causados por terrorismo. Igual ellos tienen censada esta zona y ya saben quién vive, pero mucha gente de las unidades residenciales se fue.

-Y después del atentado, ¿cómo cambió la situación?

-Ahora hay más seguridad. Cierran la calle a partir de las seis. Uno informa de cualquier carro y van a revisarlo.

Precisamente, en ese momento, al otro lado de la avenida, un grupo de policías con separadores viales cerraban la calle que pasa al frente de la Estación. Eran las seis de la tarde.

Los censos que realiza la policía, alrededor de una Estación, son llamados Frentes de Seguridad. Según la Policía, se trata de una de sus modalidades de servicio público, orientada a la construcción de una cultura de seguridad y convivencia ciudadana. Buscan tener un contacto directo con la ciudadanía, formando lazos con la mayor cantidad de vecinos. Así se propicia la creación de grupos de seguridad local en zonas que lo ameriten, es decir, sitios de alto riesgo. Al estar en guerra interna, las estaciones policiales y su área circundante, se vuelven un sitio de alto riesgo.

Éstas solo son algunas de las cicatrices que un conflicto tan antiguo puede causar. La misma longevidad de la guerra, puede llevar a convertirla en algo cotidiano; se naturaliza entre los habitantes. No son necesarios los huecos de las bombas o los casquillos de bala regados en el piso, para saber que por la avenida Simón Bolívar el conflicto colombiano marca, con sus tentáculos, el tejido social de sus habitantes. Ellos no se sienten afectados. ¿Se nos olvida que estamos en guerra?